Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Savannah

E wan no es un mal tipo, solo es un tío que juega al fútbol y la prensa ha decidido meterlo en sus filas porque da dinero.

Y sí, probablemente la mitad de lo que dicen sobre él sea cierto, pero la otra mitad es puro clickbait …

y, siendo honestos, yo últimamente tampoco estoy como para dar lecciones de imagen pública a nadie.

Desde que bajamos al spa nos dedicamos a hablar de cosas triviales, como el resto de los días, y, sin darnos cuenta, la conversación ha ido derivando a terrenos más personales.

Nada demasiado profundo, pero lo suficiente como para ver más allá de la fachada que muestran los medios.

Al final, hemos acabado conectando tan bien que incluso hemos prometido vernos en Los Ángeles fuera de nuestra agenda de novios falsos.

Sin cámaras ni contratos de por medio, como dos personas normales. Bueno…, lo más normales que podamos.

Agradezco haber aceptado su invitación, porque después de todo lo que ha ocurrido, me siento algo mejor y con la cabeza lo suficientemente despejada como para fingir que sé lo que estoy haciendo.

Me dejo caer en la cama todavía con el pelo ligeramente húmedo, notando cómo el olor del spa se mezcla con el de las sábanas del hotel.

Alargo la mano hacia el móvil, que está tirado sobre la colcha, y al darle la vuelta me encuentro con la pantalla llena de notificaciones y la batería al mínimo.

Si llegas antes de las siete igual puedo esperarte en casa, Dylan llegará después.

Bueno, no. Mejor te paso la dirección y te dejo la llave dentro del cactus con forma de cerebro. Creo que es el tercero desde la derecha.

Voy a ir a comprarnos algo para cenar para cuando vuelva del bar.

Mierda.

Brooke.

Se me ha olvidado decirle que ha habido un ligero cambio de planes.

Vuelvo a releer los mensajes y la ilusión que transmite detrás de cada palabra... No me veo capaz de hacerle esto.

No quiero ir a Dukeforth porque eso implicaría enfrentarme a algo que todavía no he digerido y que, siendo sincera, tampoco sé muy bien cómo hacerlo.

Sé que lo lógico sería hablar con él, poner las cartas sobre la mesa y darle la oportunidad de que me explique quién era esa chica.

También sé que no me debe ninguna lealtad después de lo que ha pasado, y que, a ojos de él, yo también estoy con Ewan, pero…

Pero no pienso plantarme delante de su puerta.

Y mucho menos llamarle por teléfono. Hace tiempo que cambió de número precisamente para que yo dejara de colarme en su vida cuando me daba la gana.

Mi dedo se queda suspendido sobre el chat de Brooke, dudando entre escribirle la verdad o soltarle cualquier mentira piadosa que sé que no se va a tragar. Aunque lo segundo dinamitaría aún más nuestra relación y eso es algo que no me apetece lo más mínimo.

Brooke, soy un desastre. Acabo de ver tus mensajes.

Antes de seguir, mantengo los dedos suspendidos sobre la pantalla. Ahora viene la parte en la que elijo qué tipo de persona quiero ser hoy.

Un minuto después, con la decisión tomada, salgo de mi habitación, todavía con el albornoz puesto, y bajo hasta la planta donde está Nora.

Aprovecho el trayecto en el ascensor para enviarle otro mensaje a Brooke.

Toco a la puerta de mi amiga más fuerte de lo que pretendía.

—Me voy —me limito a decir en cuanto me abre con unos calcetines enrollados en la cabeza.

—Ya, yo también —responde con total normalidad, apartándose para dejarme pasar—. Mañana por la mañana sale el vuelo. He empezado a hacer las maletas ya.

Señala la cama, que está cubierta de montones y montones de ropa. ¿Cómo es posible que se haya traído más ropa que yo?

—¿Se puede saber qué haces así vestida? —Me mira de arriba abajo.

Ignoro su pregunta y la empujo suavemente hacia dentro. Cuando me aseguro de que nadie nos va a oír, suelto la bomba:

—A Dukeforth. Me voy a Dukeforth.

—¿A la avenida o al pueblo? —pregunta, confusa.

—¡Nora! —Intento sacudirla con el cinturón del albornoz, pero ella lo esquiva de un salto—. Te estoy hablando en serio. Siéntate.

Ella obedece, aunque lo hace dejándose caer sobre un montón de ropa.

—Vale, vale… Dispara. —Se acomoda sobre la irregular superficie, pero enseguida se desestabiliza y cae sobre el colchón.

—Me acabo de acostar con Dylan.

—¿Qué? —Se incorpora de golpe—. ¿Ahora? ¿Por eso vienes así vestida?

—No —respondo exasperada porque no me está entendiendo—. Esto es porque vengo de estar en el jacuzzi con Ewan.

—¿Qué? —repite, todavía más alto, alzándose del todo—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga?

—Siéntate como una persona normal y te lo cuento —digo, señalando la cama.

Tira la ropa al suelo sin ningún tipo de miramiento y se recoloca con las piernas cruzadas.

—Soy toda oídos.

Respiro hondo y empiezo desde el principio, haciéndole un resumen rápido (o lo más rápido que puedo) de la mañana, del encuentro con Dylan, de todo lo que ha pasado después.

Me escucho a mí misma contarlo y hay momentos en los que suena tan surrealista que casi parece que esté improvisando sobre la mancha.

Mi historia termina justo donde estoy ahora, plantada en su habitación.

Nora sostiene la mirada en el vacío, procesando.

—¿Y qué tal la espera de tres años? —pregunta al final, ladeando la cabeza—. ¿Ha mejorado en todo este tiempo?

La miro, incrédula.

—¿De todo lo que te he contado solo te quedas con eso? —le suelto—. ¿Qué hay de la tal Chrishell?

Antes me había caído bien, ahora el nombre se me hace raro en la boca.

Nora se encoge de hombros, sin perder la calma.

—Creo que estás exagerando —dice, con una naturalidad que me irrita—. Estás volviendo a tener miedo y a poner excusas.

—¿Qué? Espérate, que ahora la culpa va a ser mía y todo.

—No, Savannah. Pero eres así, cuando las cosas se ponen intensas, huyes.

La acusación resuena en mi cabeza más de lo que me gustaría porque no es la primera vez que la escucho. Y porque, en el fondo, sé que tiene razón.

—¿Qué tontería estás diciendo, Nora? —replico, cruzándome de brazos—. Ha entrado una tía en su habitación. Yo estaba decidida a irme a Dukeforth hasta que he visto eso.

—Pero ahora vas a ir…

—Sí, pero por Brooke —la corto rápido, casi a la defensiva—. Nuestra relación no está muy boyante, la verdad, y si no aparezco después de prometérselo, no me lo va a perdonar. Pero desde luego que no voy por él. De hecho, espero no cruzármelo.

Nora arquea una ceja, despacio, como si acabase de confirmar algo que ya sospechaba.

—¿Ves?

—¿Veo qué?

—«De hecho, espero no cruzármelo» —repite, imitando mi voz con una exageración irritante—.

Lo lógico sería que te plantases delante de él y hablaseis.

Pero en vez de eso prefieres hacer como si no existiera.

—Se inclina un poco hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—.

Tienes que enfrentar tus miedos, Savannah, si no, no vas a avanzar en la vida.

Igual es un malentendido tonto. ¿Qué posibilidades reales hay de que sea su novia? Igual era la chica de la limpieza.

—Te aseguro que no iba vestida como una chica de la limpieza.

—Pues igual te equivocaste de puerta y entró en la de al lado. Me has dicho que lo viste de lejos, ¿no?

Abro la boca para contestar… pero me quedo en silencio.

Intento reconstruir la escena en mi cabeza, pero las imágenes llegan fragmentadas, como si hubiese recortado las partes clave. Me pasa más veces de las que me gustaría admitir. Cuando algo me sobrepasa, mi cerebro decide protegerme borrando detalles importantes, dejándome solo con la emoción.

—Eso… igual puede ser.

Según mi psicóloga no es que esté loca, sino que es un estado defensivo donde mi cerebro no almacena la información en la memoria a largo plazo.

—Ve allí y aclara las cosas. A no ser que prefieras ir ahora a su habitación del hotel y montar una escena. A eso también me apunto.

—No lo sé, Nora —confieso, dejando escapar el aire en un largo suspiro—. Ya veré qué hago con Dylan. Pero a lo que yo venía era a que me ayudases con mi huida.

Sus cejas se disparan hacia arriba.

—¿Cómo que huida?, ¿no vas a informar a nadie? —Ambas sabemos perfectamente el nombre que se esconde detrás de ese «a nadie». Niego con la cabeza—. Sabes que esto no le va a hacer ninguna gracia ni a Alen ni a la discográfica, ¿verdad?

—Estoy cansada de estar siempre a sus órdenes. El mundo no se va a caer si Savannah Morgan desaparece una semana —replico las palabras de Brooke.

—¡Di que sí!

A Nora le encanta sembrar el caos. Sabía que iba a estar a favor de esta locura.

—¿Te vienes conmigo?

Contengo el aliento al ver que va a decir que sí. Lo veo en cómo se le iluminan los ojos, en cómo se incorpora un poco más.

—¡Sí! —responde por impulso, pero enseguida duda.

Y eso ya es mala señal—. Nah , no puedo —añade con una mueca—.

Si te vas, tengo que quedarme yo aquí, porque, aunque creas que no trabajo, hago cosas…

Además, te va a venir bien alguien que te cubra.

Si desaparecemos las dos, va a ser demasiado sospechoso.

Me dejo caer a su lado en la cama, sintiendo cómo la idea deja de ser una fantasía impulsiva para transformarse en algo irreversible.

—Tienes razón... Gracias por salvarme el trasero siempre —murmuro, girando la cabeza hacia ella. Cuando me sostiene la mirada, continúo, un poco más seria—: ¿Me ayudas a ver cómo puedo ir? No puedo coger el jet …

—Ni un avión comercial si no quieres que nadie se entere de dónde estás. Tendrías que dar tus datos, y eso deja rastro —explica.

—¿Nora? —Alzo una ceja, perpleja. A veces me sorprende que sea mi asistente—. Con lo del jet también me refería a un avión comercial. Sorprendentemente, el aeropuerto más cercano a Dukeforth es Nashville. Acabaría en el mismo sitio.

—Ah. —Parpadea, reajustando el plan en su mente—. Sí, hacer eso no tendría mucho sentido. ¿Un coche quizá? Aunque también tendrías que dar tus datos… ¡Lo tengo! —Se levanta de la cama de un salto—. ¡Tú no te muevas de aquí, ahora vengo!

Antes de que me dé tiempo a decir nada más, me quedo sola en la habitación, con el silencio cayendo a mi alrededor. Pero esta vez no siento ese nudo en el pecho de antes, ni la presión constante en la cabeza.

Me voy a Dukeforth. Y aunque sea una huida… también es el regreso al punto de partida.