Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Dylan

O igo ruidos en la habitación, pero estoy tan cansado que no me permito el lujo de abrir los ojos.

Estoy borracho de sueño, de satisfacción.

Estoy en una especie de parálisis del sueño de la felicidad, donde el cuerpo pesa demasiado y la mente decide que cualquier cosa que esté pasando puede esperar unos minutos más.

Por mucho que perciba movimiento a mi alrededor, mi cerebro no me permite despertar, solo cedo cuando el colchón se hunde a mi lado y extiendo la mano para rodear a Savannah con mi brazo.

«¿A dónde había ido?».

Cuando hago el esfuerzo de abrir un ojo, lo hago despacio. Todo está ligeramente desenfocado, pero lo suficiente como para darme cuenta de que la silueta que tengo delante no es la que debería.

Parpadeo una vez a ver si mejora, pero no lo hace. Porque no es Savannah, sino Chrishell, que al darse cuenta de que estoy con los ojos abiertos actúa de un modo errático, torpe sin saber bien qué hacer. Se mueve rápido y recoloca la almohada de mi lado, sin venir a cuento.

—¿Qué…? —Mi voz sale ronca, arrastrada, todavía medio dormida. Me aclaro la garganta y me incorporo un poco, apoyándome sobre un codo—. ¿Qué haces aquí?

De pronto reparo en que solo llevo los calzoncillos, cuando se supone que yo simplemente venía a coger unas cervezas para volver al festival. ¿Cómo mierda voy a justificar eso?

—Eh… —empieza, mirando alrededor como si la respuesta pudiera estar escondida en algún rincón de la habitación—. Esta es mi habitación, Dylan.

Frunzo el ceño.

Su respuesta me desconcierta todavía más. ¿Podría ser que me lo haya imaginado todo?, ¿que me haya acostado con mi novia y haya vuelto a pensar en Savannah, como antes? No, no puedo estar tan loco.

—¿Cuándo has llegado?

—¿Cómo que cuándo he llegado? Dylan —dice despacio—, ¿estás bien?

Buena pregunta.

Me dejo caer hacia atrás y, al hacerlo, encuentro la excusa perfecta.

—No, la verdad. Me ha dado un golpe de calor tremendo viniendo hacia aquí. Iba a darme una ducha, pero… me he desmayado o me he quedado traspuesto.

Chrishell no parece del todo convencida, pero asiente despacio mientras sus ojos bajan por mi cuerpo, recorriéndome sin disimulo. Está intentando decidir si le compensa creerme o no.

—Ya… —murmura, frunciendo algo el ceño—. Pues te ha dado tiempo a desmayarte con bastante precisión, porque estás en la cama. Y sin ropa…

—Iba a la ducha —mantengo mi mentira.

Ella suelta una risa corta, pero no del todo relajada. Sigue mirándome raro, pero parece que acaba de decir que merece la pena creerme. ¿Qué otra cosa podría hacer en una cama desnudo si no?

—Bueno… —titubea, alargando un poco la palabra—. Supongo que tiene sentido.

Asiento.

—¿Y…? —pregunto, intentando sonar casual mientras alargo el brazo para coger la camiseta—. ¿Qué tal fuera?

Chrishell se levanta de la cama y se deja caer en el sillón, cruzando una pierna sobre la otra.

—Ha terminado ya.

—¿El… festival?

—Sí, genio —resopla, aunque sin mala leche—. Hace rato, de hecho. Y como no aparecías por ningún lado, he venido a ver si te habías muerto por el camino o algo. La última hora ha sido un caos, pero hemos terminado todos los barriles. A falta de botellines… —señala lo obvio.

—¿Has servido tú las cervezas? —No sé si me sorprende más que hayamos agotado o que ella haya estado detrás de la barra.

—¡No digas tonterías! —salta de inmediato—. Creo que aún estás algo mareado… Zac se ha quedado al mando del puesto todo el tiempo. Está encantado, por cierto. Quiere que vayamos juntos a los próximos festivales.

—¿Todo el tiempo? —empiezo, buscando una forma que suene menos acusadora de lo que realmente es—. Era bastante curro para dejarlo solo, ¿no?

Ella se queda mirándome, intentando decidir si voy en serio o qué.

—¿Bastante tiempo como para echarte una siesta desnudo... o lo que quiera que hayas estado haciendo? —Hace un gesto vago señalando mi cuerpo sobre la cama—. Teniendo en cuenta que tú has desaparecido y has acabado aquí… tampoco sé si estás en posición de repartir tareas.

—Me ha dado un golpe de calor, Chrishell —insisto. Luego pensaré si es momento de contarle la verdad, pero aquí y ahora desde luego que no—. Solo digo que igual podrías haber echado una mano.

Noto que Chrishell se empieza a crispar y sé que la estoy empujando a algo que no debería, pero no me importa. Hay algo dentro de mí que necesita estallar, aunque sea con la persona equivocada.

No es por ella, ni siquiera es por el festival, Zac o las cervezas. Es por la sensación que me recorre el pecho desde que he abierto los ojos y Savannah no estaba.

Es un puto déjà vu del que no aprendo nunca.

Me paso una mano por la cara, arrastrando el cansancio, la frustración y esa rabia contenida que no termino de encajar en ningún lado.

—Dylan… —empieza ella, con un tono más serio esta vez—. ¿A qué viene eso ahora?

—A nada —respondo demasiado rápido, casi pisando sus palabras—. Olvídalo. Me doy una ducha, recogemos y nos vamos.

—Si te pasa algo, dilo —añade, más tranquila—. Pero no lo pagues conmigo.

Aprieto los puños y tenso los hombros. No lo hago a propósito, pero mi cuerpo va por delante de lo que intento aparentar.

—No lo estoy pagando contigo —digo, dejándome vencer por un tono más relajado—. Solo… da igual. Vámonos a casa.

Pero no da igual. Y los dos lo sabemos.

Chrishell suspira, esta vez de verdad, y descruza los brazos, relajando un poco la postura.

—Siempre haces lo mismo —refunfuña—. Te pasa algo, no dices qué es y luego acabas soltándolo por otro lado.

—No es por ti —murmuro.

«Mierda, ¿qué hago?, ¿voy a contárselo? ¿Estoy loco?».

No. Ni de coña estoy tan loco.

—Es el agobio de estos días y no haberte podido ayudar por… una mala decisión. —Ella me mira confusa—. Si no hubiese ido por el sol y corriendo para llegar antes al hotel… igual no me hubiese dado el golpe de calor —reconduzco rápido, apoyándome en la única parte medio creíble de esta mentira.

Chrishell me observa unos segundos más. Al final, su expresión se suaviza ligeramente, y da un paso hacia mí.

—Han sido días muy estresantes, cielo, pero nos vamos con muchísimos contactos nuevos —me anima—. Creo que esto ha sido bueno para nosotros, ¿tú no?

Para mí ha sido una cagada monumental. Un descenso a los infiernos.

Chrishell se acerca lo justo para darme un beso rápido en el hombro, un gesto automático y familiar que en cualquier otra circunstancia me habría resultado natural. Ahora, sin embargo, me deja una sensación distinta.

—Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? —Entrelaza sus dedos con los míos antes de que pueda meterme en la ducha.

No le respondo porque sé que no lo estamos.