CAPÍTULO 20
Savannah
N o sé en qué momento exacto empiezo a caminar más rápido.
Tal vez es cuando mi mente comprende hacia dónde se dirige y acepto lo evidente sin estar preparada para ello.
Intento mantener el ritmo, aparentar normalidad mientras cruzo el vestíbulo de mi hotel, pero noto cómo el aire empieza a escasear en mis pulmones, cómo la respiración se me vuelve irregular mientras avanzo por un pasillo que, de pronto, parece mucho más largo de lo que era esta mañana.
Creí que ninguna traición superaría a aquella en la que vi a mi prometido acostándose con su nueva compañera de rodaje; que ese sería el fondo de mi abismo, el recuerdo respecto al cual todo lo demás quedaría inevitablemente relegado, pero me equivoqué.
Nada se compara a esto. Porque aquello fue un golpe directo, imposible de malinterpretar; una verdad dolorosa, sí, pero inequívoca.
Ahora, en cambio, además del dolor, siento la incertidumbre de no saber si lo que acabo de ver es real o si es mi propia cabeza jugando conmigo, recomponiendo imágenes que ya viví una vez y encajándolas donde no corresponden.
Conocí a Colson Mason en el set de una película en la que participé en la banda sonora, justo el día que me invitaron a grabar unos planos del videoclip.
Todo con él fue rápido, intenso y demasiado fácil.
Recuerdo perfectamente cómo me miró la primera vez.
De un modo en el que todo parecía sencillo, como si no hubiese nada detrás que pudiera complicarlo.
Y yo necesitaba exactamente eso. Algo que no me hiciera pensar demasiado, que me permitiera mantenerme centrada en el trabajo y que me hiciera sentir querida al mismo tiempo.
Durante las semanas en las que estuve conociendo a Colson, Dylan seguía apareciendo en mi cabeza.
No lo hacía como una opción real, sino como un recuerdo lejano al que sabía que no podía volver.
Era la viva imagen de la niña enamorada de su compañero de pupitre que, años más tarde, va al baile de graduación con el quarterback , convencida de que eso es lo correcto.
Me detengo en mitad del pasillo, obligándome a frenar porque siento que, si doy un paso más, todo lo que estoy intentando contener va a desbordarse sin remedio. No quiero empezar a llorar hasta que llegue a la habitación.
El recuerdo se mezcla con el presente de una forma que me revuelve el estómago.
Intento convencerme de que estoy exagerando, de que probablemente no es lo que parece, de que Dylan no es esa clase de persona, y, sin embargo, la imagen de esa puerta cerrándose tras esa chica se repite una y otra vez en mi cabeza con una nitidez que me resulta imposible de ignorar.
Apoyo la mano contra la puerta de mi habitación y cierro los ojos, intentando recomponerme antes de entrar.
Me palpo por todos lados en busca de la tarjeta del hotel, pero no la siento en ninguna parte.
«No puede ser».
La había guardado en el bolsillo de la sudadera y ya no está.
—No… —murmuro para mí misma, notando cómo la calma que estaba intentando construir se desmorona en cuestión de segundos.
No puedo volver a la habitación de Dylan. Me niego. Es mucho más fácil bajar a recepción y decir que me he ido a hacer algo de deporte al aire libre y la he perdido.
Vuelvo a rehacer los pasos para plantarme enfrente de una chica que me hace un duplicado de la tarjeta en menos de un minuto.
No puedo evitar arquear una ceja cuando me la entrega sin pedir absolutamente nada a cambio.
Odio el doble rasero que tiene la gente con los famosos.
Si fuese una don nadie, me habría ido de aquí con la tarjeta, sí, pero también con cincuenta dólares menos, tal y como pone en sus políticas… y en el cartel que hay detrás de ella.
—Aquí tienes, Savannah —dice, como si nada.
—Gracias —respondo, devolviéndole la sonrisa, aunque por dentro estoy ligeramente ofendida en nombre de la justicia universal.
Cuando vuelvo a subir a mi planta, me encuentro con Ewan en mitad del pasillo.
—¡Mi novia favorita! —me saluda, alzando los brazos.
—Hola, Ewan —respondo, frenando justo delante de él.
Hoy ninguno de los dos tenía nada en el draft , así que, en teoría, es nuestro día libre.
Va con un albornoz y unas zapatillas del hotel, puedo intuir dónde se ha pasado la mañana.
—¿Dónde has estado? —me pregunta.
—He ido a correr —miento.
Arruga la nariz por reflejo.
—No te pega nada —comenta, cruzándose de brazos—. Yo acabo de salir del spa , pero si quieres podemos volver juntos. Tienes cara de necesitarlo.
—No, gracias —empiezo a decir antes de que me dé tiempo a meditarlo siquiera—. Bueno, ¿sabes qué? Que sí. Lo decías en serio, ¿no? —reconfirmo cuando me mira con cara de sorpresa.
—Totalmente.
—Vale. Dame un minuto que me cambie.
—Puedo entrar contigo a ayudarte —añade, sin perder tiempo.
—No te aceleres, amigo. Ahora salgo.
En la habitación, me quito la ropa y me pongo un bañador que normalmente utilizo como body con unos pantalones cortos, pero hoy le doy el honor de cumplir con la función para la que se creó. Cojo un coletero, me ato el pelo de cualquier manera y respiro hondo antes de salir.
Ahora mismo necesito un rato de jacuzzi a cuarenta grados para deshacerme del aroma de Dylan que siento que impregna todo mi cuerpo.
Adiós a mi vuelta a Dukeforth.