Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Savannah

M e despierta el sonido de algo vibrando en la habitación.

Tardo unos segundos en ubicarme, en recordar dónde estoy, en comprender por qué las sábanas no huelen a mí, sino a él —y también a algo más femenino, como orquídeas, que intuyo que es el suavizante de este hotel—, y en entender por qué tengo el cuerpo pesado y a la vez tan… satisfecho.

Parpadeo un par de veces, todavía medio dormida, y alargo la mano hacia la mesita de noche, pero ahí no hay nada. El zumbido sigue, así que ruedo un poco sobre mí misma y estiro el brazo hasta el suelo. Tanteo a ciegas la moqueta hasta que doy con mi móvil, boca abajo, justo cuando deja de vibrar.

Cuando lo desbloqueo, la luz me golpea directa en la cara. La una de la tarde y tres llamadas perdidas de Brooke. Antes de ayer fui yo la que la llamó, pero me saltó el contestador.

Levanto la vista hacia el otro lado de la cama.

La habitación está en penumbra, con las cortinas medio corridas, y Dylan sigue dormido, boca abajo, con un brazo perdido entre las sábanas y el pelo revuelto.

Me quedo mirándolo embobada y respiro más despacio sin darme cuenta, temerosa de que cualquier movimiento brusco pueda romper algo que todavía no termino de creerme del todo.

El móvil vuelve a vibrar entre mis manos y doy un pequeño respingo.

Como no coja la llamada, Brooke es capaz de presentarse aquí con un megáfono, pero tampoco quiero despertarlo.

No ahora. No cuando todo está… en pausa.

Así que rechazo la llamada y le escribo un mensaje torpe, todavía con los dedos medio dormidos:

Dame un momento. Ahora te llamo.

Me incorporo con cuidado, apartando las sábanas lo justo para no hacer ruido, y empiezo a buscar mi ropa entre el desastre que hemos dejado.

Mis bragas aparecen, y los leggings y la sudadera no tardan en seguirlas.

Me visto con cuidado y cojo el pomo de la puerta para salir solo un momento.

Antes de hacerlo, miro una última vez a Dylan.

Sigo sin entender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí tengo algo claro: no puedo cometer la misma estupidez.

No puedo desaparecer otra vez sin más. No quiero que abra los ojos y piense que me he esfumado y todo esto ha sido otro error del que me arrepiento.

Cojo un papel y un boli, ambos con el logo del hotel, y le escribo una nota rápida:

No creas que me he ido a ningún lado. Tengo que contestar a una llamada, pero no quería despertarte. Ahora vuelvo. No te muevas de la cama si no es conmigo. S.

La dejo sobre el colchón, justo al lado de la almohada, para que sea lo primero que vea al abrir los ojos. Antes de irme, lo miro una última vez, grabándome la imagen en la memoria por si se arrepiente y todo esto se viene abajo.

Salgo al pasillo cerrando la puerta con cuidado. Una vez fuera, suelto el aire que estaba conteniendo, pulso el botón de rellamada y me llevo el teléfono a la oreja.

—Brooke —susurro cuando descuelga.

—¿Cómo que «Brooke»? —imita mi tono al decir su nombre—. Esperaba un «hola» algo más efusivo después de haber estado casi un mes sin dar señales, la verdad.

Cuando me fui de Dukeforth, Brooke —como todos— se enfadó muchísimo conmigo, pero también me dejó volver.

Durante semanas la llamé a todas horas, como hacía con Dylan, solo que con ella fui un paso más allá y empecé a mandarle mensajes contándole mi día, aunque no obtuviera respuesta.

No pensaba rendirme. Conozco a Brooke. Sé lo que la mueve.

Y si algo le gusta más que enfadarse, es un buen chisme.

Por eso no me sorprendió —bueno, quizá un poco sí— que la primera vez que me contestó fuese seis semanas después de mi huida (aunque siga sin gustarme llamarlo así), justo cuando le conté lo de la entrevista.

Vomitarle al presentador en los pies cinco minutos antes de mi primera aparición en la televisión nacional, frente a una audiencia de millones de personas, fue un auténtico desastre.

Se las dejé tan empapadas que tuvo que cambiarse corriendo.

Acabó saliendo en antena con unas zapatillas de estar por casa con forma de pato; un regalo que su hija le había entregado por el Día del Padre y que él se había llevado al estudio como excusa para no tener que usarlas en casa.

En cámara no se veían, pero el público hizo su magia y filtró las imágenes.

Desde esa noche, estoy vetada en ese late night .

—Te llamé el otro día, pero fuiste tú la que no me lo cogió —me excuso, jugando distraída con el borde de la manga de la sudadera.

—Perdona, estos días están siendo una locura por aquí. El jefe se ha ido a un evento con… —hace una pausa— su marca de cerveza.

No dice su nombre porque yo se lo pedí. Necesitaba fingir que Dylan Parker no existía si quería mantenerme cuerda. Aunque me moría por saberlo todo, no era lo mejor para mi salud mental de aquellos meses.

Tenía que centrarme en sacar el mejor disco posible, y tener la cabeza todavía en Dukeforth solo me estaba retrasando.

—Lo sé, por eso te llamé. Está aquí conmigo.

Hay un silencio.

—Un momento, —habla por fin—, ¿qué quieres decir con «está aquí conmigo»?

—Brooke, ¿cuál de las tres palabras no entiendes? —susurro con fuerza, girándome por si alguien aparece por el pasillo.

—¿Estás con Dylan? Perdón, con…

—Puedes decir su nombre —la corto, más rápido de lo que pretendía—. Sí. Por eso te llamé el otro día. Tendrías que haberme avisado; me sentó fatal que no lo hicieras, por cierto. Así que, sinceramente, doy gracias de que no me lo cogieras —añado, pensando en voz alta.

—¡Cómo iba a saber tu agenda! Si últimamente no me has estado contando nada... —me recrimina.

—Tienes razón. Te tendré que perdonar, entonces... —bromeo soltando un suspiro fingido.

—¡Pero no me dejes así!, ¿qué ha pasado?, ¿habéis hablado?

Fijo la mirada en la puerta de la habitación, pensando qué contarle.

—Sí… Nos encontramos la primera noche y no acabó muy bien. Ayer nos vimos y me dijo cosas horribles, pero… —titubeo, midiendo las palabras— creo que ha vuelto a haber un acercamiento. Me ha dicho algo así como que quiere olvidar el pasado y…

—¡Eso es genial, Savannah!

—No sé hasta qué punto —murmuro, bajando la mirada—. A mí me ha sonado más a despedida que a otra cosa.

—Oye, ya que estás en Nashville..., ¿no crees que es una buena oportunidad para venir a ver a tu amiga? Yo no puedo volverme a escapar.

Hace algún tiempo la invité a Los Ángeles para la fiesta de mi disco de oro, y la excusa que le puso a Dylan fue que su madre había tenido una recaída y tenía que ir al centro en el que está ingresada.

Centro de rehabilitación que, casualmente, está en Los Ángeles y estoy pagando yo. Algo que Dylan tampoco sabe.

—¿Crees que debería ir? —pregunto, aunque en realidad ya estoy empezando a imaginarlo.

—¡Claro que sí! El mundo no se va a caer si Savannah Morgan desaparece una semana.

Por un instante me imagino volviendo a Dukeforth junto a Dylan, en su pick-up , si es que la sigue conservando, claro…

Debería decirle a Brooke que nuestro acercamiento ha sido algo más intenso de lo que le he contado, pero creo que bajar de su camioneta delante de la puerta del bar me resulta infinitamente más tentador.

—¿Sabes qué? —digo, notando cómo la sonrisa se me instala del todo—. Creo que me voy a tomar unas vacaciones. ¿Te viene bien que vaya hoy? ¿Me harías un hueco en tu sofá?

—¿Qué?, ¿de verdad? —Brooke grita como una nutria loca al otro lado del teléfono—. Mira que como no vengas, no te lo voy a perdonar en la vida, eh. Y ahora sí que hablo en serio.

—Que sí —la corto—. Tengo que solucionar unas cosas, pero creo que esta noche podré estar ahí.

—¡Esto va a ser genial, Savannah! Avísame cuando estés llegando y me escapo para darte las llaves… a no ser que quieras pasarte por el bar.

Miro otra vez hacia la puerta.

—Bueno…, vamos hablando, ¿vale? Te cuelgo, que tengo que organizarlo todo.

—¡Nos vemos en unas horas! —canturrea antes de despedirse.

Cuelgo y me quedo parada en el pasillo, sin saber cuál es el siguiente movimiento que tengo que dar.

Doy la vuelta para entrar en la habitación, pero una chica muy mona me detiene a un metro de la puerta.

—¿Sav… Savannah Morgan? —tartamudea.

Sonrío y asiento.

—¡Oh, Dios! No quiero actuar como una quinceañera, pero soy muy, muy fan tuya. Ayer vi tu actuación y fue increíble. ¡Estuvo genial! Estuve bailando todo el tiempo.

Solo por eso ya me cae bien.

—Muchísimas gracias… —dejo la frase en el aire para que me diga su nombre.

—Chrishell —sonríe—. ¿Te alojas en este hotel? ¡Yo también!

—Oh, no, bueno… —Todo el mundo sabe en qué hotel me quedo durante el draft . No me puedo permitir un fallo así y que esto se filtre a la prensa—. He venido a hacer unas cosas... entrevistas —rectifico, forzando un tono casual— aquí.

—Vaya, ya creía que éramos compañeras de habitación —se ríe—. ¿Nos podemos hacer una foto juntas? —Señala su teléfono móvil.

Madre mía voy hecha un horror y ella va perfectamente maquillada, pero no por eso puedo negarle una foto a una fan, ¿no?

—Claro.

Desbloquea su móvil de forma torpe y activa la cámara en modo selfie .

Me veo en su pantalla y, aunque vaya sin maquillaje, con una sudadera cutre y sin peinar, vuelvo a ver el brillo de mi mirada.

—Eres la mejor. —Sonríe cuando se separa.

—Gracias, Chrishell.

Siempre se me da fatal los encuentros con fans. Aunque es algo que me encanta, nunca sé cómo actuar del modo correcto. ¿Qué se supone que le debo decir «tú también»? En lugar de eso, le doy un abrazo y ambas nos quedamos paradas, mirándonos de un modo un tanto incómodo.

—Bueno…, me voy ya. Ha sido un placer conocerte.

Me quedo quieta, esperando a que sea ella la que se mueva, pero no lo hace.

Yo tampoco puedo entrar en una habitación que no es la mía con ella delante.

Si cuenta que ha visto a Savannah Morgan entrando en una habitación de como quiera que se llame este hotel, y más cuando ya le he dicho que no me hospedo aquí, puede liarse muy parda.

Así que no me queda más remedio que seguir recorriendo el pasillo. Cuando llego al final, me giro y la veo entrar en la misma habitación en la que lo iba a hacer yo.