CAPÍTULO 18
Dylan
S abía que iba a pasar. Lo supe en cuanto me acerqué lo suficiente y su recuerdo dejó de ser una idea abstracta para transformarse en una realidad a escasos metros de mí. Estaba claro que si rompía la distancia que me mantenía a flote, iba a naufragar.
Y aquí estoy, ahogado y envuelto en su aroma.
Pero ya no huele a fresa ácida, ya no es aquella chica inocente. Ahora hay algo más atrevido, como un rastro de ámbar y especias; y aun así, sigue siendo ella: Savannah. Sigue siendo la única persona capaz de desarmarme con un roce.
Intenté poner límites. Lo juro. Me repetí mil veces que no, que ni de coña iba a volver a caer en esto, que ya había aprendido la lección.
Todas las barreras que levanté durante años se han venido abajo en un soplo en cuanto su mano ha rozado mi camiseta.
Mierda. Mierda. Mierda.
Sé perfectamente cómo va a acabar esto. Lo veo venir como un accidente a cámara lenta y, aun así, no hago nada por apartarme.
Porque no quiero.
Porque, por mucho que me joda admitirlo, llevo demasiado tiempo queriendo exactamente esto.
Y si va a ser una cagada histórica… al menos va a ser la mejor de todas.
No sé quién da el primer paso.
O quizá sí lo sé, pero prefiero no pensarlo demasiado porque tendría que asumir que podría haberlo evitado.
Que podría haberme apartado.
Que podría haber sido más fuerte.
Su mano sigue agarrada a mi camiseta, como si necesitara asegurarse de que no me voy a ir ninguna parte.
Intento decir algo, cualquier cosa que suene mínimamente coherente. Lo que sea con tal de frenarnos antes de que esto se nos vaya de las manos, si es que no se nos ha ido ya...
—Savannah… —empiezo.
Decir su nombre así, tan cerca, con su respiración mezclándose con la mía, solo empeora las cosas. Porque basta ese susurro para que ella alce la mirada y me observe.
Y, joder.
Esto ya no es solo deseo. Ojalá lo fuera, porque haría las cosas mucho más sencillas.
Mi mano asciende por su cuello hasta rozar la línea de su mandíbula, despacio, midiendo la resistencia de su cuerpo ante mi contacto.
—Esto es una idea horrible—murmuro, más para mí que para ella.
Pero no me aparto, al contrario. La empujo más contra mi cuerpo y aprovecho el movimiento para pasar la tarjeta por el detector y entrar en la habitación.
Y cuando al fin nuestros labios se encuentran de verdad, todo lo demás deja de importar durante un segundo. Uno solo. El suficiente para entender que, por mucho que intente engañarme, nunca dejé de querer esto.
El clic de la puerta al cerrarse a nuestra espalda suena demasiado alto, marcando el punto de no retorno que llevo años intentando evitar… Bloqueo la puerta, no solo para evitar que no escape otra vez, sino para que no entre Chrishell.
Su espalda choca con la pared nada más cruzar el umbral y el beso deja de ser contenido en cuestión de segundos. Se vuelve más profundo, más urgente, e intenta recuperar de golpe todo el tiempo perdido.
No es que no quiera parar, es que no puedo.
La sostengo con más firmeza de la que probablemente debería mientras la guío hacia dentro. Apenas podemos coordinar los pasos, pero no me importa porque soy capaz de moverme a ciegas sin dar tregua a su boca.
Hay demasiadas cosas en esta habitación que no debería ver, demasiadas explicaciones que no estoy preparado para dar, pero ahora mismo mi prioridad es otra, mucho más inmediata y peligrosa.
No quiero que vea las maletas rosas que hay esparcidas por la habitación. Savannah no sabe nada de la existencia de mi novia y así quiero que siga siendo. Sé que no estoy actuando bien y esto no es propio de mí, pero desde luego que no es mi cerebro principal quien está al mando de mis decisiones.
La dirijo hasta la cama y la dejo caer con cuidado, aunque el gesto contradice por completo la intensidad con la que vuelvo a inclinarme sobre ella, atrapándola entre mi cuerpo y el colchón. Apenas hay espacio entre nosotros, apenas aire, y aun así siento que no es suficiente, que necesito más.
Le quito la sudadera que lleva anudada a la cintura y después dejo que mis manos bajen despacio por sus costados, memorizando de nuevo cada curva, cada reacción. Llevo años imaginando exactamente dónde tocar para hacerla perder el control.
Ella arquea ligeramente la espalda cuando mi boca empieza a trazar una línea de besos hacia su clavícula, y ese pequeño gesto…, joder, ese pequeño gesto me destroza.
—Dylan… —Mi nombre le sale en un suspiro que no sé si me está pidiendo que pare o todo lo contrario. Decido no analizarlo demasiado porque sé perfectamente la respuesta que quiero creer.
Busco sus ojos a la desesperada para encontrarme con la misma mezcla de duda y necesidad que me está consumiendo por dentro. Y eso es todo lo que necesito para terminar de decidir que es una locura horrible, pero que voy a cometer igual.
Mis manos siguen explorando, aprendiendo de nuevo todo lo que nunca olvidé. Mis dedos se cuelan bajo el borde de su camiseta, y cada pequeño sonido que se le escapa, cada reacción, es gasolina directa a un fuego que lleva años deseoso de prender.
Y en algún punto entre sus gemidos ahogados, dejo de intentar convencerme de que voy a parar, porque la forma en la que se aferra a mi cuerpo, en la que responde a cada movimiento, hace que todo lo demás —las dudas, la culpa, el desastre que sé que viene después— quede relegado a un segundo plano.
Y ahora mismo, eso es lo único que me importa.
Savannah no se queda atrás. Sus manos bajan por mi espalda con urgencia, buscando el final de mi camiseta.
Tira de la tela sin demasiada paciencia y yo acabo ayudándola, rompiendo el contacto lo justo para quitarme la prenda antes de volver a estampar mi boca con la suya.
Soy incapaz de mantener la distancia más de tres segundos seguidos.
—Cómo te he echado de menos… —murmura sobre mis labios.
—No lo creo—respondo, en mitad de un beso—. Pero eso no importa ahora.
Ella gruñe contra mi cuerpo, distrayéndome el tiempo necesario para invertir la situación con facilidad. Con un giro rápido, me empuja con la fuerza justa para hacerme caer de espaldas sobre el colchón y atraparme bajo su cuerpo.
Sus labios no tardan en volver a los míos, pero ahora es ella quien marca el ritmo, la que decide cuándo acelerar y cuándo dejarme en vilo para hacerme perder la cabeza.
Sus manos recorren mi pecho con una curiosidad que nada tiene de inocente…
Y yo me quedo sin aire, incapaz de procesar el tacto de sus dedos sobre mi piel.
—No juegues a eso —le advierto en voz baja, aunque mis manos ya han encontrado su cintura de nuevo, negándose a soltarla.
—¿A qué? —responde, inclinándose en el ángulo exacto para rozar mi boca sin besarme del todo, provocando.
Y ese maldito gesto…
La giro con firmeza, atrapando su cuerpo bajo el mío en un movimiento tan rápido que nos deja a ambos sin aliento. Esta vez no tengo la menor intención de soltar el control, dispuesto a demostrarle quién va a llevar las riendas a partir de ahora.
—A esto —murmuro, antes de besarla de nuevo de un modo mucho más lento y profundo.
El tiempo corre en mi contra; se supone que yo solo venía a por las cervezas, y lo último que necesito es que Chrishell empiece a sospechar. Agito la cabeza para despejar mi mente y me concentro en lo verdaderamente importante: Savannah.
Mis labios abandonan los suyos solo para descender hacia la curva de su cuello, deteniéndome lo imprescindible en cada punto para notar cómo su respiración cambia, cómo su piel se eriza ante el contacto, cómo su cuerpo reacciona antes incluso de que ella sea consciente de mi caricia.
Sus manos vuelven a perderse en mi pelo, tirando suavemente, guiándome sin necesidad de palabras. Y su intento por controlarme solo aviva mis ganas de romper las reglas e ir un poco más allá.
El resto de nuestras prendas empieza a desaparecer entre movimientos torpes y respiraciones desacompasadas.
Y cuando por fin no queda ninguna barrera entre nosotros, el tiempo se dilata lo suficiente como para dejarme ver mi propio reflejo en su mirada.
Los dos estamos pensando exactamente lo mismo: nos importan una mierda las consecuencias.
Nos rendimos, aunque sea un espejismo temporal.
Sabemos el peligro que corremos, pero ya no hay frenos.
Ya no hay vuelta atrás. Me dejo llevar por esta maldita necesidad que hemos estado reprimiendo durante tanto tiempo.
Porque lo único real ahora mismo es Savannah y el fuego con el que nos estamos consumiendo.