Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Cuando abro los ojos, desbloqueo el teléfono, abro el mapa y amplío la zona con los dedos, buscando la ruta más corta hasta el hotel.

Técnicamente, desde aquí tendría que callejear un poco más, pero prefiero perderme un poco a volver ahí fuera donde el camino más corto se verá alargado hasta la saciedad.

Bloqueo el móvil y, al reincorporarme, lo oigo. Un ruido, un pequeño desplazamiento de aire. Algo que, definitivamente, no ha venido de mí.

Me detengo tratando de ubicar su procedencia. Miro a ambos lados, pero no veo nada fuera de lo normal. Sigo tan sola como antes.

Aprieto los labios, incómoda conmigo misma por haber sido tan descuidada, y retomo el paso intentando restarle importancia.

No suelo ser asustadiza, pero tampoco soy tonta, y sé que esta no ha sido mi idea más brillante…

sobre todo si tenemos en cuenta el pequeño incidente con aquel paparazzi .

Así que, en alerta, aumento algo el ritmo, pero sin llegar a correr, y cruzo hasta el siguiente callejón.

Aquí, mis zapatillas resuenan un poco más de la cuenta y el eco rebota entre las estrechas paredes.

A pocos metros, distingo la salida trasera de un local, probablemente un bar o un restaurante, y a dos personas apoyadas cerca de la puerta, fumando y hablando entre ellas.

El humo se eleva lento en el aire caliente y, extrañamente, la escena me transmite algo más de confianza.

Estoy a punto de alcanzar la esquina, a solo un par de pasos de salir de este maldito callejón y reincorporarme a la civilización, cuando lo veo.

Camina hacia mí desde el otro extremo, mucho más relajado que anoche, pero con la misma mueca de cansancio acumulado.

Con el pasado que tenemos, me sorprende que el presente siga encontrando formas tan cuestionables de cruzarnos.

Me clavo en el sitio con la sensación de que igual debería haberme quedado en la cama viendo vídeos de perros.

Evalúo mis opciones con la rapidez mental de alguien que no sabe tomar buenas decisiones bajo presión, y, como estoy bastante segura de que todavía no me ha visto, considero fugazmente darme la vuelta, pero mi mente encuentra mucho más lógico esconderse detrás de uno de los contenedores de basura del local y esperar a que pase.

No quiero que piense que soy una acosadora. Lo cual, irónicamente, es justo lo que pareceré si me encuentra agazapada entre bolsas de basura.

Me deslizo detrás del contenedor intentando no hacer ruido, conteniendo la respiración, pero el aire aquí es denso, caliente y algo húmedo.

Entre el humo del tabaco que llega desde la salida trasera y el olor a pis y basura acumulada, mi nariz empieza a quejarse.

Parpadeo varias veces, intento concentrarme, pensar en otra cosa, en cualquiera que me permita reprimir el estornudo el máximo tiempo posible, pero eso solo empeora la situación, porque lo único que consigo es que, cuando salga, lo haga con mucha más fuerza de la esperada.

—¿Savannah? —pregunta Dylan que, para sorpresa de nadie, se ha girado ante tal estruendo y me ha encontrado agazapada entre el contenedor y la pared.

—Vale. —Cierro los ojos preparada para asumir mi derrota—. Antes de que digas nada, puedo explicarlo.

Él me observa en silencio. Lleva la vista al contenedor y luego vuelve a mí. Juro que puedo ver el momento exacto en el que da por hecho que estoy loca.

—¿Me estás siguiendo?

—¿Qué? ¿Yo? —Me señalo el pecho a la defensiva—. ¿Cómo iba a saber que estabas aquí?

—¿Entonces qué haces escondida ahí?

Esa es una gran pregunta que requiere una gran respuesta.

—Me seguía un paparazzi —afirmo tajante. Desde que soy famosa esa excusa siempre funciona.

—No te seguía ningún paparazzi . —«¿Qué?, ¿por qué con él no funciona?»—. Sé cuándo me mientes —añade, sin cambiar el tono—, y lo acabas de hacer.

Y ahí está. Dylan Parker, arruinando mis mecanismos de defensa.

—Vale —exhalo, dejando caer los hombros—. Igual tienes razón. He salido a despejarme —termino admitiendo en un tono más bajo—. Y te he visto. Y… bueno.

Hago un gesto vago hacia el contenedor, como si eso lo explicase todo. Que, en mi cabeza, lo hace.

—Era eso o enfrentarme a ti —continúo, encogiéndome de hombros—. Y supongo que he tomado una decisión equivocada. Otra vez… —Dejo eso último en el aire, por si quiere captarlo.

Mi comentario le arranca una leve sonrisa que no puede controlar, y odio lo fácil que es que eso me descoloque por dentro.

—Desde luego no ha sido tu movimiento más inteligente. ¿Sabes una cosa? Creo que no quiero seguir enfadado contigo.

Mi pecho da un pequeño vuelco.

—Si llego a saber que lo que necesitaba para que me perdonases era esconderme tras un contenedor, lo hubiese hecho muchísimo antes. ¿Quieres que me meta? —Hago un intento ridículo de levantar una pierna—. Porque creo que también puedo hacerlo.

—¡Savannah! —Me sujeta del brazo antes de que me caiga de espaldas—. Estoy hablando en serio.

«Lo peor es que yo también».

Noto que no está tan a la defensiva como ayer, que ha bajado un poco la guardia.

—¿En serio? —pregunto, intentando mantener la compostura.

—Sí —asiente—. No quiero decir que vayamos a ser los de antes porque ha pasado mucho tiempo y ninguno de los dos lo somos.

Incluso puede que nuestras nuevas personalidades ni siquiera se puedan llevar bien.

—Sonríe—. No te estoy hablando de ser amigos, pero sí intentar tener un trato cordial entre nosotros.

Los dos hemos pasado página y es absurdo guardar un rencor que ya no nos pertenece…

porque, al fin y al cabo, nuestra historia pertenece al pasado, ¿no?

Si una buena noticia duele, es que no es tan buena como creías. Y esta es una de esas.

—¿A dónde ibas? —Con un movimiento rápido aparto el brazo que todavía seguía bajo su mano. Aprovecho el gesto para reconducir la conversación antes de que se dé cuenta de lo mucho que me han afectado sus últimas palabras.

—Al hotel —responde, metiéndose las manos en los bolsillos y alzando la punta de los pies—. Anoche dejé allí las cervezas que sobraron del evento y esta mañana no las he llevado porque creía que no las iba a necesitar. Sorpresa. Se han agotado.

Hay algo en su tono que no refleja lo mismo que sus palabras.

—Me alegro muchísimo de ver que te va tan bien con tu cerveza, de verdad.

—No tan bien como a ti. —Me da un codazo suave que me pilla desprevenida.

Y esto es raro. Nosotros. Este intento torpe de normalidad después de todo.

Se le nota a la legua que está haciendo un esfuerzo enorme por cambiar su actitud conmigo.

—¿Puedo acompañarte?

—Claro. —Se encoje de hombros y empieza a andar, saliendo por fin del callejón.

Y lo hacemos en absoluto silencio. No es incómodo, pero tampoco llega a resultarme natural. Siento la tensión. Por lo menos en mí.

—Pero, Dylan… —empiezo a hablar antes de que pase más tiempo—. Yo no quiero dejarte en el pasado.

No podía permitirme tragarme esas palabras.

Él no se detiene, pero noto cómo algo en su postura cambia.

—Por eso mismo. Cuando sea viejo y mire atrás quiero recordar lo que tuvimos como algo especial, y no podré hacerlo si te sigo guardando todo este rencor. Por eso quiero dejarlo de lado. ¿Me sigues?

Le sigo. Claro que le sigo. Sería incapaz de no hacerlo, aunque me pidiera que caminara en dirección contraria a todo lo que quiero.

Pero no es ahí a donde yo quería llegar.

Quiero recuperarlo, y está claro que no de este modo. Aun así, si es lo único que por ahora me permite, lo aceptaré. Si eso es lo que necesita, eso seré: la amiga que tiene sentimientos por él. Pero no me voy a rendir tan fácilmente. Ni de lejos.

Atravesamos el vestíbulo de su hotel. Creía que se iba a despedir de mí en la entrada, pero no lo ha hecho. Así que lo sigo hasta dentro del ascensor. Lo voy a hacer hasta que me eche.

—Anoche —empieza, con la vista fija en los números que cambian en la pantalla digital—, mientras intentaba dormir, no podía dejar de pensar en ti.

Y llegué a la conclusión de que estaba enfadado por mis propias expectativas.

Me gustabas mucho, Savannah. No sé si eres consciente de cuánto.

—No me mira cuando lo dice. Lo cual, honestamente, lo hace peor—.

Y cuando te fuiste echaste por tierra todo lo que yo ya había construido en mi cabeza.

Las puertas del ascensor se abren en su planta y salimos al pasillo.

—Sé que ayer me pasé de la raya. No debí de haberte dicho todo eso —continúa, girando apenas la cabeza hacia mí—. Supongo que tenía unas expectativas para nosotros y tú no tenías las mismas, pero no por eso tengo que enfadarme contigo.

Trago saliva, apoyándome ligeramente contra la pared, justo al lado de su puerta.

Ahora, aunque «me haya perdonado», sus palabras me suenan a despedida. Quiere sanar para olvidarme, para pasar página…, algo a lo que no estoy dispuesta.

Se ha dado por vencido conmigo.

Él sigue con la tarjeta en la mano. Yo, bloqueándole el paso sin tocarle siquiera.

Doy un pequeño paso al frente, lo justo para obligarle a prestarme atención antes de que abra la puerta.

—Pero tengo una duda —digo, alzando la vista hacia él. Sus ojos encuentran los míos al fin—. ¿En qué momento decidiste que lo mejor era conformarte con tener solo un buen recuerdo?

He dicho que no me iba a rendir, no que fuese a hacer algo imprudente. Pero, aun así, lo intento de nuevo.

Con un gesto rápido y decidido para que no le dé tiempo a hacerle caso a su cordura, rompo la distancia que nos separa, le sujeto suavemente de la camiseta y junto mis labios con los suyos.