Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 17
29%

CAPÍTULO 17

Savannah

H ay dos cosas con las que una famosa siempre debe tener cuidado. La primera es ponerse carillas en un dentista poco cualificado. La segunda, buscarse en internet.

La primera la llevo bastante bien. Mis dientes siguen en su sitio y, de momento, no brillan en la oscuridad ni son más grandes de lo que mis encías pueden soportar.

La segunda…, la segunda es mi deporte de riesgo favorito.

Sobre todo, tras un día de actuación, en el que debería estar rehidratándome y dándome una buena sesión de fisioterapia.

En lugar de eso, aquí estoy, en la cama, con el móvil a cinco centímetros de la cara, leyendo opiniones de desconocidos que probablemente las escriban desde el baño con las extremidades dormidas.

Y aunque todavía no entiendo qué demonios quiere el algoritmo de mí y desconecto en cuanto me hablan de métricas —pese a que Nora y Lucy me lo han explicado mil veces—, me encanta pasarme horas perdiendo el tiempo leyendo los comentarios hirientes de la gente.

Es un recordatorio constante de que, en el fondo, no soy buena para la industria. O al menos, no lo suficiente.

Podría hacer caso al resto de mensajes positivos, que son cientos de miles más, pero esos no los capta mi retina.

Empiezo a sospechar que tengo algún tipo de enfermedad degenerativa muy específica que me impide procesar halagos y, en cambio, potencia cualquier mínima crítica hasta convertirla en un documental de dos horas en mi cabeza.

También podría hacer algo sano, como reeducar el algoritmo. Darle like a vídeos de cachorros de bulldogs franceses o fotos de Pedro Pascal. Pero acabaría enganchándome demasiado a internet… y eso tampoco sería bueno.

Así que, en lugar de mejorar como persona, decido hacer lo que cualquier adulta emocionalmente estable haría en mi situación: seguir scrolleando y hundirme más en la mierda.

A nadie le gustó mi baile de ayer, o al menos no a los antagonistas de mi documental de dos horas.

@Cynic_Queen99: Canta mal… pero baila peor.

@Dax_Survivor: Creía que Coyote Dax era lo peor que le había pasado al country … hasta hoy.

@NotAnotherClon: ¿Por qué tiene que empezar a bailar igual que todas? Para una que se salvaba…

@Drama_King_7x: ¿Le está dando un ataque epiléptico en directo? Que alguien llame al 112.

@ProfesionalMonkey: Savannah Morgan tenía un talento oculto… que lo siga ocultando.

Hay uno que es tan ingenioso que se me escapa una carcajada. Es una risa horrible atragantada con un sollozo. Me absorbo los mocos y lanzo el móvil sobre la cama.

Fue una actuación horrible. Directa al pódium de mis peores momentos profesionales.

Sasha me dijo que, «para lo que yo soy», no estuvo nada mal… Cada vez tengo más claro que esa mujer y yo no estamos destinadas a llevarnos bien.

Nora y Lucy, en cambio, me alabaron. Las quiero. De verdad que sí, pero últimamente empiezo a sospechar que me apoyarían aunque les confesara que, no sé, he raptado a un niño y estoy cruzando la frontera hacia México.

A veces siento que nadie me dice la verdad, que todo el mundo prefiere mantenerme contenta, estable, funcional… Así la rueda del dinero sigue girando.

Cuando acabó la actuación, me acerqué hasta donde estaban mis bailarines y, tras agradecerles su participación, le pregunté a Michelle.

Lo susurré tan bajito que tuve que repetírselo dos veces.

No quería que nadie más lo oyera. No quería que mi inseguridad se hiciera eco en un sitio lleno de gente.

Ella se limitó a sonreír y a darme un abrazo.

Algo que, dependiendo del momento del día en el que lo recuerde, significa cosas completamente distintas.

Y ahora mismo no tengo la mejor de las opiniones.

Algo así como: «ha sido horrible, pero no voy a ser yo quien te lo diga a la cara».

Suspiro.

Vale. Ya está. Suficiente autocompasión por hoy.

Me incorporo de golpe, antes de que mi cerebro tenga tiempo de convencerme de que lo mejor que puedo hacer es quedarme aquí, en horizontal, sin enfrentar el día.

Me arrastro hasta la maleta y me pongo lo primero que encuentro.

Mi estilista probablemente se llevaría las manos a la cabeza, pero la verdad es que ya no me apetece ser Savannah Morgan.

Me recojo el pelo en un moño rápido frente al espejo y observo mi reflejo.

—Hoy, solo Savannah.

Cojo el móvil, la tarjeta de la habitación y salgo antes de que pueda arrepentirme y volver a esconderme bajo las sábanas.

Solo necesito aire.

Un paseo.

Cinco minutos sin pensar en nada.

El pasillo del hotel está en silencio y al fondo distingo el carrito de la limpieza, pero no hay ni rastro de huéspedes. Tiene sentido. Todo el mundo estará en el draft . Hoy, como es el último día, ha empezado mucho antes y terminará entrada la media tarde.

Camino hacia el ascensor con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera.

Dentro, me subo la capucha en un intento estúpido por esconderme.

En cuanto veo mi reflejo con las gafas de sol y la capucha, la bajo enseguida.

Siempre me ha parecido ridículo cuando los famosos intentan ir de incógnito.

¿No se dan cuenta de que así solo consiguen llamar más la atención?

A diferencia del hotel, la calle es un hervidero.

Ríos y ríos de gente avanzan en la misma dirección, arrastrados hacia la entrada principal del draft .

Hoy no hay ninguna actuación relevante salvo el sorteo del día final, donde la marca de coches patrocinadora regalará tres todoterrenos.

Más que suficiente para que nadie quiera perderse el cierre; un incentivo que, desde luego, motiva mucho más que verme bailar como un husky con pulgas encima de un escenario.

Por razones obvias, mi dirección es la contraria a la de todos ellos. Me abro paso entre codazos y conversaciones ajenas. Por suerte, nadie se fija demasiado, solo soy otra figura desplazándose contra corriente.

Cuando por fin dejo atrás el bullicio, el aire cambia.

El camino hacia el río Cumberland se abre más tranquilo, ajeno a todo lo que ocurre al otro lado de la ciudad. En mis anteriores visitas a Nashville nunca había venido hasta aquí, y la última vez que estuve en este mismo río fue en Kentucky, en las cataratas. En mi otra vida…

Mi mente vaga hacia años atrás.

Lo recuerdo tan bien.

Recuerdo a una Savannah libre, feliz, eufórica por ser capaz de sortear las olas junto a Dylan.

Recuerdo que después de aquello terminamos en un recoveco del río donde toda esa corriente y adrenalina que habíamos vivido se disipó y la calma nos inundó durante un tiempo hasta que, no recuerdo muy bien cómo, terminamos discutiendo, como siempre.

Ese siempre fue mi gran problema con Dylan Parker. Parecía que hablábamos idiomas distintos y, pese a que queríamos llegar a decir lo mismo, dábamos vueltas y vueltas hasta que nuestras palabras se malinterpretaban y uno de los dos acababa enfadado.

Supongo que no nos dimos el tiempo suficiente como para entendernos, para comunicarnos…

No estoy diciendo que esa fuese la razón por la que hui, porque, de hecho, ni siquiera considero que lo hiciera como tal, simplemente me equivoqué de salida.

Me vi abrumada por todas las decisiones importantes que parecían estar ocurriendo en mi vida al mismo tiempo y tomé la vía fácil, la de desligarme de todos y subirme a un avión que me prometía todo eso que ansiaba desde hacía tanto tiempo.

Jamás estuvo en mis planes que las cosas terminasen así con Dylan, pero no tuve la entereza suficiente como para afrontar una conversación que no sabía a dónde me iba a llevar.

¿De verdad estaba dispuesta a dejar todo lo que había soñado por algo que no sabía a dónde me iba a llevar?

Intenté ponerme en contacto con él día tras día durante más de cinco meses hasta que una noche, Brooke, a la que me costó recuperar, me dijo que así solo le estaba haciendo más daño. Que volviese o lo dejase ir.

Y por aquel entonces, volver no era la mejor opción…

Igual sí que soy la egoísta que Dylan cree.

Intento salir de la burbuja en la que el maldito río me ha metido, pero me es imposible. Mi cabeza sigue anclada en lo mismo, girando en círculos, como una canción que se ha quedado atascada en la peor parte posible.

Conforme avanzo, el sonido del agua empieza a colarse entre esos pensamientos.

Y, casi sin darme cuenta, dejo de reconstruir momentos.

Dejo de imaginar finales alternativos. Dejo de intentar justificar decisiones que, por mucho que quiera cambiarlas, ya están tomadas.

Y, al fin, consigo que mi mente se quede en blanco.

Sé que no es una paz absoluta, no soy tan ingenua, pero es suficiente como para dejar descansar mi cabeza un rato. Como para recordarme que, antes de todo esto, yo ya era alguien. Y que quizá me equivoqué escogiendo un camino.

Cuando me doy la vuelta para volver, el sol ya está en lo alto. Pica tanto que no me queda más remedio que quitarme la sudadera y atármela a la cintura.

Vaya, debería haberme traído una gorra para mejorar mi outfit de incógnito.

A medida que me acerco de nuevo al centro, el bullicio vuelve a crecer hasta tragarse cualquier rastro de calma que había conseguido arañar.

Las calles principales están tan abarrotadas y el asfalto irradia tanto calor que no se me ocurre nada mejor para huir de todo que desviarme por una de las transversales y acabar metiéndome en un callejón.

Según Google Maps, esto es seguro. Lo cual, siendo sincera, no es precisamente el argumento más tranquilizador del mundo.

Aquí por fin el ruido se queda atrás, amortiguado, permitiéndome respirar sin sentir que me asfixio.

Me tomo un respiro para reducir el paso y evaluar mis opciones.

Me apoyo sobre la pared de ladrillo que, pese a estar ya en la sombra, todavía sigue algo caliente por el sol, e inspiro un par de veces con los ojos cerrados para liberar la tensión.