Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 16
27%

CAPÍTULO 16

Dylan

C hrishell, que lleva toda la noche desaparecida, entra en la habitación casi una hora más tarde. Lo hace con los zapatos en la mano y una sonrisa relajada.

En cuanto Savannah y Musculitos se han ido, he empezado a buscarla, pero con toda la locura que había en la cúpula me ha parecido una hazaña imposible para la que apenas me quedaban fuerzas.

Así que he optado por ponerle un mensaje rápido diciéndole que iba a llevar la cerveza al hotel y que ya la esperaba allí.

Ahora, que me ha dado tiempo a darme una ducha y a descubrir que el bueno de Ewan juega en los Rams como línea ofensiva, me estoy tomando una segunda cerveza tirado en la cama mientras veo al señor del tiempo asegurar que lo peor de la tormenta ya ha pasado.

Que mañana vuelve el sol. Ojalá pudiese creerle.

Chrishell cierra la puerta de un golpe con el pie y, en cuanto me ve, una sonrisa de victoria absoluta le ilumina el rostro. Está claro que la noche ha ido exactamente como ella esperaba.

—Tengo tantas cosas que contarte —exclama casi sin aire, dejándose caer a mi lado.

«Yo también», pienso. Pero a diferencia de ella, no lo voy a hacer.

—¿Pedimos algo de cenar al room service y te cuento? —añade.

Miro el reloj de la mesita de noche, porque creo que esta chica vive en una realidad paralela.

—¿ Room service ? Son las dos y media de la mañana, Chrishell.

—Pero tengo hambre —se queja—. No he cenado y sabes que si no me tomo algo antes de dormir luego siempre tengo pesadillas. ¿Un sándwich de pavo y un bol de frutas, aunque sea?

—Vale, llamaré a ver qué pueden hacer —cedo una vez más hoy.

Me incorporo lo justo para alcanzar el menú que han dejado sobre el aparador, justo al lado de la carta de almohadas (porque todo el mundo sabe que elegir entre plumas o viscoelástica es una decisión vital a estas horas) y confirmo lo que suponía: el servicio es veinticuatro horas solo que incluye un suplemento del veinte por ciento a partir de medianoche.

Perfecto.

Ya puede estar bueno ese sándwich.

Marco el número mientras Chrishell se tumba boca abajo en la cama, balanceando los pies en el aire.

—Buenas noches. Servicio de habitaciones —responden al tercer tono.

Pido el sándwich de pavo, el bol de frutas y, ya que estoy, un bocadillo de beicon y queso. Cuando cuelgo, me dejo caer de nuevo sobre la cama, mirando al techo.

—Vale —dice ella, girándose hacia mí—. No sabes con quién he estado esta noche.

—Déjame adivinar —resoplo—. ¿Con medio evento menos conmigo?

—Si te integrases más… —Mete la mano debajo de mi camiseta y me acaricia el torso—.

No, en serio. He estado hablando con un chico que es el sobrino de un tipo que tiene un conocido que hizo las prácticas en real estate y dice que nos puede presentar a Lucas Whittaker porque una vez le enseñó un apartamento en Calabasas a su tercera exmujer.

«Claro, parece una conexión muy sólida».

—¿Y ese tipo es…?

Chrishell se incorpora un poco y me da un pequeño codazo.

—¡Dylan! Whittaker es el magnate de una de las compañías de bebidas más grandes de todo Estados Unidos. Tiene más de siete refrescos y como dieciséis cervezas bajo su poder. Y ahora quiere meterse en cadenas de comida rápida.

—Guau. Impresionante.

—¡Sí que lo es! Lo que me sorprende es que no lo conozcas teniendo una marca de cerveza.

—A mí me sorprende más que lo sepas tú… Sin ánimo de ofender, eh —digo al final, rascándome la barbilla.

—Soy una chica de marketing , Dylan. He hecho mi trabajo antes de venir aquí —responde, tomándoselo como un halago—. ¿Te imaginas todo lo que podríamos conseguir si lo conocemos?, ¿si le vendemos la marca?

Frunzo el ceño.

—¿Venderle la qué?

—Ya sabes, la cerveza —dice, como si fuese obvio—.

Se la vendemos y que se encargue él de todo.

Nosotros, a cambio, nos llevamos un porcentaje o una cifra cerrada, ya veríamos.

Habría que negociarlo bien porque todavía no tenemos mucho nombre, pero si nos pasamos todo este año de evento en evento…

—hace cálculos con la mano que solo ella entiende— para principios del año que viene podemos ponerle una oferta sobre la mesa.

Ella está convencida. Ilusionada. Construyendo un castillo entero con todos mis botellines de cerveza.

El problema es que ninguno de esos botellines le pertenece.

—Sabes que yo no quiero vender la marca, ¿verdad?

—Eso no es verdad, Dylan…

Sí lo es.

Lo ha sido siempre, solo que hasta ahora era fácil ignorarlo y dejar que soñase en voz alta. Pero, claro, quién iba a imaginar que iba a conocer al sobrino de un tipo que tiene una red de networking más grande que LinkedIn.

Nuestras conversaciones sobre el tema son como esas amenazas que dices en voz alta pero que nunca vas a cumplir.

Como cuando juro matar a la vieja que me roza la pick-up en el parking del bar cuando va al supermercado.

Pero ahí está la señora, con sus ciento ochenta años y su Toyota mugriento.

Vivita y coleando y rozándome la camioneta todos los martes a las siete.

—Nunca hemos hablado de venderla de verdad —digo, incorporándome un poco—. Tú hablas, yo te sigo el rollo. No es lo mismo.

—¿Me sigues el rollo? —repite, ofendida.

—Sí —resoplo con desgana—. Además, no tengo por qué darte explicaciones, Chrishell.

—No te estoy pidiendo explicaciones —dice, apoyando la mano sobre mi brazo.

Odio cuando intenta ser tan comprensiva para llevarme a su terreno. Al principio, su forma de suavizarlo todo, de bajarle el volumen a la conversación, era una de mis cosas favoritas de ella. Ahora me irrita y solo me pone más nervioso.

Quiero que me grite y me diga que quiere que venda mi cerveza al tío del Monopoly. Que suelte algo lo bastante feo como para poder devolvérselo. Eso me daría derecho a hacer lo mismo con ella.

—Ya lo sé —digo, apartando un poco el brazo—, pero siento que me estás presionando para hacer algo que no quiero hacer.

Ella asiente despacio.

—Lo siento, cariño —dice, y su tono es tan calmado que me irrita—.

Puede que esto sea mucho para ti de golpe, no pasa nada.

No tenemos por qué tomar una decisión ahora —continúa—, pero sí es una opción que debemos tener sobre la mesa…

y estaría bien valorarla. Podemos intentar llegar hasta él y el resto ya se verá, ¿no?

—Puede que tengas razón… —murmuro.

«¿Por qué demonios estoy cediendo otra vez?».

—¡Por cierto! —Chrishell vuelve a apoyar la mano sobre mi brazo, justo en el mismo sitio del que la aparté hace unos segundos—. Te prometo que no es por seguir metiendo el dedo en la llaga, pero me parece importante.

Hago un gesto con la cabeza para que siga, porque sé que lo va a hacer de todas formas.

—He oído que vas diciendo por ahí que vendemos cerveza artesanal de Dukeforth.

Asiento. Porque es exactamente eso.

—Yo estoy diciendo que es de Nashville —continúa—. Tenemos que ponernos de acuerdo con la imagen de marca que vamos a dar. ¿No ves que, si decimos Nashville en lugar de Dukeforth, un sitio que no conoce nadie, tendremos muchas más oportunidades?

«Nadie». Tan solo me quedo con esa palabra dando vueltas.

—Tanto mi cerveza como yo somos de Dukeforth, Chrishell —respondo, girando la cabeza lo justo para mirarla—. Y eso, por mucho que últimamente os empeñéis en reescribirlo, no va a ocurrir.

—No estoy diciendo que lo cambies. Solo que lo adaptes al discurso.

—Es que la que no está siguiendo ningún discurso eres tú, cielo —remarco la última palabra lo justo para que suene de todo menos cariñosa—.

No pienso fingir ser quien no soy. Mi cerveza es una receta familiar y eso es precisamente lo que la hace especial.

Así que no, no quiero vender la marca a un tío que va a hacer que sepa como la del resto del país para comercializarla en masa.

Para mí, venderla no sería hacer negocio, sería cerrar una puerta a lo único que me conecta con mi pasado. Con quién soy.

Chrishell no sabe que la receta familiar tiene una historia mucho más grande detrás. Que no es solo una mezcla de ingredientes y fermentación, sino el único legado que siento que realmente me pertenece. Que si la vendiese, estaría fallando a mis padres.

Ella, siendo nieta de Nolan Fraser, el viejo que competía contra mi cerveza en la fiesta de la cosecha anual, debería saber lo que significa. Pero no lo hace.

Además, ya no se trata solo de eso. No se trata de contentar a alguien que ya no está, sino de mantenerme fiel a algo con lo que me comprometí años atrás, cuando el resto de lo que me rodeaba era bastante más inestable.

Seguir mejorando mi cerveza y el bar me da un motivo para querer seguir adelante todos los días.

—Ay, Dylan… —dice Chrishell, fingiendo ser más razonable que nunca—.

Te entiendo, pero… —niega con la cabeza antes de continuar—.

Bueno, vamos a hacer una cosa, ¿sí? Disfrutemos de las horas del draft que nos quedan y, cuando lleguemos a Dukeforth, nos hacemos las preguntas necesarias para ver cómo seguir este año con la marca. ¿De acuerdo?

La única pregunta que tiene cabida aquí es por qué lleva toda la noche hablando de mi cerveza como si fuera suya.

Pero como buen pringado funcional que soy, asiento y vuelvo a ceder, porque ahora mismo me da absolutamente igual todo.

Son las tres de la mañana, tengo hambre, estoy cansado y lo único que me apetece es comerme mi bocadillo viendo un capítulo de The Office y quedarme dormido antes de que el despertador me recuerde, dentro de cinco horas, que debo salir ahí fuera a seguir tomando decisiones de mierda.

—¡Genial! Me encanta que estemos siempre tan alineados.

—Creo que no hemos mantenido la misma conversación, pero lo dejo estar—.

Me voy a dar una ducha rápida mientras llega la cena, que mira cómo tengo el pelo después de la lluvia, perezco un caniche abandonado.

¡Te quiero! —canturrea antes de meterse en la ducha.

—Yo también —miento.

Y eso, con total seguridad, es el tercer error de la noche.

El segundo ha sido no haber besado a Savannah.