Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Savannah

—¿Q ué quieres? —me espeta.

Nos detenemos justo al final de la cúpula, en un rincón apartado donde el ruido llega amortiguado. Solo ahí, sin cincuenta cuerpos pegajosos rozándome a cada paso, logro ordenar mis pensamientos. Y la verdad es que no tengo ni idea de lo que quiero, pero no podía dejar pasar la oportunidad.

Ahora que lo tengo delante, sin música ni gente interrumpiendo…

me doy cuenta de que no tengo ningún plan.

Por eso, en un arrebato de estupidez, me invade la absurda sensación de que, si no digo nada, si me quedo completamente quieta, nos pasaremos aquí toda la noche y el mundo se solucionará por arte de magia.

—No me gusta cómo acabamos antes de ayer —comienzo, obligándome a sostenerle la mirada.

Él ni siquiera tarda en responder:

—Ni a mí hace tres años. ¿Quién lo resolverá primero? —pregunta con voz de un presentador que está a una pregunta de dar un millón de dólares.

—¡Dylan! Deja de estar a la defensiva, por Dios.

El tono me traiciona, sonando mucho más hostil de lo que quería.

Él suelta una risa rota, que no tiene nada de divertida.

—¿A la defensiva? —repite—. Savannah, vienes aquí, me sueltas eso y esperas que… ¿qué? ¿Que te diga que sí, que todo arreglado? ¿Nos volvemos de la mano a Dukeforth?

Niego con la cabeza, notando cómo la frustración empieza a colarse a cuentagotas.

—¿Podemos hablar normal? —pregunto, bajando un poco el tono—. Sin atacarnos cada dos frases.

Dylan me sostiene la mirada, valorando si merece la pena el esfuerzo, y, cuando por fin habla, lo hace más despacio.

—Depende de la tontería que vayas a decir.

Aprieto los labios intentando comprender su ira.

—No te estoy pidiendo que volvamos a estar juntos…

—Claro se me olvidaba que ahora tienes a tu jugador de la NFL.

—¡Deja a Ewan fuera de esto! —salto antes de poder pensarlo demasiado—. ¿No lo ves? Solo quiero no vivir con la sensación constante de que me odias.

—¿De verdad crees que te odio? Porque no es así...

Y de pronto, algo dentro de mí comienza a latir. Como si alguien hubiera metido la mano en mi pecho y hubiera apretado un interruptor que llevaba demasiado tiempo apagado.

Durante una ridícula y peligrosa fracción de segundo creo que aún estamos a tiempo de arreglar algo, pero decide continuar:

—No te odio porque creo que realmente no eres consciente de lo que hiciste.

—El efecto es inmediato. Es como si ese mismo corazón que acaba de volver a latir se quedara suspendido, atrapado en mitad de un limbo a la espera de sus palabras.

Y, aun así, no aparto la mirada. No puedo.

Me quedo ahí, esperando, sabiendo que va a rematarlo—.

Eres una egoísta que solo piensa en sí misma y ahora solo quieres que te perdone para sentirte mejor contigo misma.

Y justo ahí lo entiendo. No es que me haya roto el corazón. Es que me lo ha devuelto solo para poder destrozarlo con más precisión.

Acaba de destruirlo de un modo mucho más violento y sangriento del que me creía capaz de soportar.

—No, no… —susurro, sintiendo cómo se me empiezan a formar lágrimas en los ojos—. No piensas eso de verdad. Solo quieres hacerme daño y… lo acepto. Me lo merezco.

La distancia que nos separa se convierte en una línea invisible que me ahoga y me arrastra hacia un nuevo error.

Doy un solo paso hacia él.

Necesito tocarle, rozarle, comprobar que lo que dice no es cierto, que lo que veo en sus ojos es rencor, no verdad. Quiero inclinarme hacia él, buscar algo que nos salve, una conexión que nos haga olvidar lo que pasó…

Mi respiración se acelera y, sin pensarlo, me inclino un poco más hacia él, buscando sus labios, un contacto que borre el pasado.

Pero él no lo permite. En cuanto avanzo, retrocede. Su cuerpo entero se tensa y su mirada me atraviesa con una mezcla de rabia y decepción que me paraliza.

—No tienes ni idea —gruñe—. Ya estás haciendo que todo gire en torno a ti otra vez.

Mis labios se separan de los suyos antes de que pueda siquiera rozarlos.

—Admítelo. No sabes por qué te tengo que perdonar —continúa—. Te propongo un plan: contesta bien a la pregunta y tendrás mi perdón. ¿Por qué te tengo que perdonar, Savannah Morgan?

Solo tengo una oportunidad y me da miedo abrir la boca y cagarla, pero tengo que decir algo rápido si no quiero perderlo.

Mientras Dylan sigue ahí, esperando la respuesta perfecta que aún no sé si tengo, un murmullo crece de repente en la cúpula. Levanto la vista y me doy cuenta de que la gente ha empezado a entrar de golpe, obligada por la lluvia que cae a cántaros sobre la terraza.

Y ahora, lo que antes era nuestro pequeño refugio, queda inundado por cuerpos mojados que se empujan entre sí.

Tengo que dar un paso atrás para no tropezar, y siento cómo Dylan ajusta su postura a mi lado, extendiendo el brazo apenas un centímetro para protegerme. Es un gesto diminuto, casi imperceptible, pero no para mí.

La burbuja estalla cuando Ewan emerge de la nada, brillante y mojado, con su pelo rubio pegado a la frente y un refresco en la mano.

—¡Cariño, estás aquí! —exclama con esa energía exagerada que ya empiezo a reconocer.

Disimulo rápido, levantando la mano.

—Sí… He salido del baño y justo empezó a llover —respondo, intentando sonar casual. Ewan se acerca, sacudiéndose el pelo con una mano, hasta que su mirada choca con Dylan, que se ha distanciado de mí.

—¡Amigo mío! —lo saluda, totalmente ajeno a la tensión que hay entre nosotros—, ¿has conseguido rescatar las cervezas antes de entrar?

—No es lo más importante que me hubiese gustado recuperar esta noche…

Ewan lo mira, divertido, sin comprender ni una palabra de lo que ha querido decir con eso, aun así, sonríe y le palmea el hombro.

—Eh… Nosotros nos vamos a ir ya, tío —Ewan aprovecha el movimiento para atraparlo y pegarlo contra su enorme pecho a modo de despedida—, pero espero verte en la próxima fiesta.

Hoy me he quedado con ganas de otra cerveza…

, pero ya sabes cómo es esto. Hay que cuidar la marca.

Uno siempre está de servicio, incluso en offseason .

Dylan le devuelve una sonrisa escueta y nos hace una pequeña reverencia de despedida.

Sigo a Ewan por el salón que, con lo grande que es, me va abriendo paso entre la gente.

Lo cierto es que es un buen tipo. «¿Podría llegar a enamorarme de él?».

Al mismo tiempo que me hago la pregunta, me giro por puro instinto. Dylan sigue donde lo hemos dejado, medio oculto entre la gente, pero lo suficiente visible como para que no me haga falta pensar demasiado la respuesta.

—Menuda noche, ¿no? —comenta Ewan a mi lado—. ¿Has visto cuando esa amiga tuya y Tyler han desaparecido?

—¿Qué amiga? —pregunto, ya dentro del ascensor, justo cuando las puertas empiezan a cerrarse—. ¿Nora?

Sé que es una pregunta absurda. Es la única amiga que ha venido hoy. Y, además, la he visto tontear sin ningún tipo de disimulo con todos los amigos de Ewan, tal y como me prometió que no haría y, por supuesto, tal y como yo sabía que iba a hacer.

Lucy, en cambio, que parece ser la única que ha venido aquí a trabajar de verdad, se ha quedado en la habitación del hotel cuadrando agendas y enviando mails .

«¿Debería volver a la azotea y coger uno de esos pastelitos de cereza que tanto le gustaron la otra noche?».

—¡Sí, esa! —Ewan chasquea los dedos, sacándome de mis pensamientos—. Se me había olvidado el nombre, disculpa. ¿No te pasa que por mucho que te lo repitan hay algunos que no se te quedan? No es tan difícil. Nora, Nora, Nora…

Empieza a repetírselo en voz baja, con la intención de grabárselo a fuego en la memoria.

Madre mía. Qué dolor de cabeza me está dando.

Miro el ascensor. Todavía quedan seis pisos.

Mientras él sigue repitiendo el nombre de mi amiga como si fuese un niño de cuatro años que acaba de aprender a pronunciar la letra «r», yo comienzo una cuenta atrás.

Cinco.

Cuatro.

Tres…

Parecemos una clase de parvulitos.

Cuando por fin el ascensor se detiene en nuestra planta, bajamos sin decir nada más. Además de compartir planta también estamos en habitaciones contiguas.

—Bueno…, gracias por la fiesta. —No sé muy bien por qué he dicho eso, él no me ha invitado a nada.

Ewan se queda en silencio, ordenando las palabras en su mente antes de soltarlas.

—¿Sabes? Cuando me dijeron… —hace un gesto vago con las manos, refiriéndose a lo nuestro—, me pareció un auténtico coñazo. Es decir, mírate, siempre tan perfecta…, pero eres una tía guay, Savannah Morgan.

No puedo evitar una media sonrisa, pero también recuerdo que fue Nora quien me dijo que él me había elegido. Alguien miente. ¿Por qué todo el mundo se empeña en ocultarme información de mi propia vida?

—Gracias, supongo.

—¿Quieres continuar la fiesta en mi habitación, entonces? —me reta con una sonrisa.

—Ni de coña —replico divertida, ya plantada delante de mi puerta—. No soy tan guay.

—Lo sé, lo sé, solo amigos. —Alza las manos, rindiéndose—. Había que intentarlo, ¿no? Aun así, cuando te apetezca… ya sabes dónde estoy.

—Seguro que tienes una agenda llena de teléfonos que te pueden ayudar con eso —me río por lo bajo—. Buenas noches, Ewan.

Y antes de que pueda añadir nada más, entro en mi habitación, dejándolo plantado en medio del pasillo.

De algún modo, no me he sentido ofendida por su ofrecimiento.

Con lo poco que lo conozco, se le ve bastante legal.

El típico tío que no se complica, que no tiene doble fondo, que no juega a decir una cosa y pensar otra.

Él solo quiere pasárselo bien; nada que ver con el resto de la gente de la que me rodeo últimamente.

Me apoyo en la madera, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Quizá nunca llegue a estar con él, pero sí lo podría empezar a considerar un amigo.