CAPÍTULO 14
Dylan
P or suerte, Chrishell no ha visto a Savannah. Y Savannah no me ha visto a mí.
Todavía.
La azotea está a reventar y nunca me había alegrado tanto de ver a tantas personas juntas. Esta gente apretujada, intentando parecer glamurosa en una terraza en la que, encima, ha empezado a chispear hace cinco minutos, es lo único que me está librando del desastre más monumental de la noche.
Pero que Savannah no me vea no hace que yo no lo haga desde mi perspectiva. Bendita palmera. A la que no he visto en toda la noche es a Chrishell, que con la excusa de «hacer contactos» ha hecho de todo menos servir cervezas. Tampoco esperaba otra cosa, la verdad.
Savannah, por su parte, sigue enganchada como un mono a un tío de dos por dos metros. Sé que es jugador de la NFL, tampoco hay que ser un genio para sumar tres y tres, pero no ubico demasiado su cara. Solo sigo a los Tennessee Titans y ese no es uno de ellos.
Me gusta creer que no estoy al tanto de su vida amorosa. De hecho, no sé nada de ella desde que cortó con el chico ese con el que se prometió justo antes de que yo empezase a salir con Chrishell.
Recuerdo que la noticia salió un martes, yo estaba en el bar (dónde si no) y mis amigos se pasaron toda la tarde actuando de un modo jodidamente extraño.
No le di importancia. Pensé que estaban haciendo el capullo, o que a Knox se le había ocurrido probar alguna gilipollez nueva que había visto en TikTok y había convencido al resto para seguirle el juego.
Lo que no se me ocurrió pensar es que la gilipollez la había decidido hacer otra persona que no estaba allí.
«¿Cuántas decisiones de mierda puede tomar una persona en la vida?».
Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando ya no les quedó más remedio que soltarlo.
No recuerdo exactamente quién lo dijo. Solo recuerdo el vacío que se produjo justo después, cuando todo se vino abajo. Una cosa era salir con tipos de Hollywood y otra muy distinta comprometerte con ellos.
Esa misma noche, lo siguiente que hice fue marcar el número de Chrishell para pedirle una cita formal.
Si ella sabía hacer tonterías yo también.
Ahora, viéndolo con perspectiva, igual sí que estábamos participando en el juego de Knox y ninguno nos habíamos dado cuenta.
O igual no. Igual simplemente necesitábamos una excusa para hacer algo que, en el fondo, ya habíamos decidido.
Joder.
Me he permitido el lujo de divagar tanto que, cuando vuelvo al mundo real, tengo a Savannah a menos de un metro.
Y la distancia se reduce a cada segundo que pasa.
Ahora mismo noto su perfume por encima del alcohol y la lluvia. Aunque ya no lo reconozco… La tengo tan encima que no me da tiempo a apartar la mirada antes de que ella levante la suya. Pero no está sola. Mierda. Viene con su nuevo guardaespaldas de la NFL.
—¡Eh! ¿Eso es cerveza artesanal? Me flipa.
Tardo más de lo que debería en reaccionar porque no estoy mirándolo a él. Estoy mirándola a ella. Solo es un instante, pero el suficiente para ver que Savannah ya se ha percatado de mi presencia y aparta la cara.
—Eh… ¿colega? —insiste el tío, dando un golpecito con los nudillos en el borde del puesto.
—Claro, perdona —me obligo a sonreír—. Así es, cerveza artesanal de Dukeforth.
Al contrario que Savannah, yo no oculto los comienzos.
—De locos. Pues ponme una. ¿Quieres otra, cariño? —Le pasa el brazo por la espalda desnuda.
Ella niega con la cabeza, pero no lo mira a él, sino a mí.
Es una suerte que no me importe nada esta chica, porque, si no, hasta tendría miedo de agarrar el botellín con tanta fuerza que terminara estallando entre mis manos.
Lo abro y se lo tiendo con un gesto rápido, evitando cualquier roce innecesario.
—Ewan —se presenta él, estirando la mano por encima del carrito—. Encantado.
«¿Tengo que hacer que lo conozco? Porque sigo sin tener ni idea de quién es».
—Claro —asiento, como si fuera obvio—. Yo soy Dylan.
—Genial, tío. Buen sitio tienes aquí montado, ¿eh? —añade, echando un vistazo alrededor—. ¿Es tuya? Quiero decir… ¿la has hecho tú?
—Así es. Es una receta familiar. —No amplío más información porque no quiero que sea mi amigo.
No me interesa caerle bien.
Quiero que se acabe su cerveza y se vuelva con sus amigos gigantes, a ser posible lejos de mi carrito de palomitas.
—Está muy buena, de verdad —dice después de unos cuantos tragos seguidos—. Dale un trago, Savannah. Estoy seguro de que nunca has probado ninguna igual.
No hace falta mirarla directamente para saber que está incómoda. Se le nota en cómo se ajusta el escote del vestido, en cómo cambia el peso de un pie a otro…
—De eso puedes estar segura, Savannah —digo con una carcajada que me sorprende a mí mismo.
Ante mi comentario, coge el botellín de las manos de su novio y se lo lleva a la boca.
—¿Y bien? —pregunta él, girándose hacia ella, expectante.
—Probé una parecida hace tiempo… —dice al final del trago, cuando sus ojos se encuentran con los míos—. Pero esta la ha superado.
—Te lo he dicho. —Le toca la punta de la nariz y le quita el botellín—. Bueno, un placer, hermano. Ahora te mando a un par de colegas, que esto lo tiene que probar Regan.
«¿Se supone que también tengo que saber quién es Regan?».
—Aquí le espero —contesto, manteniendo la sonrisa el tiempo justo, lo suficiente como para que no parezca que estoy deseando que desaparezca.
—Cariño, yo voy a ir un momento al baño —se justifica Savannah con una sonrisa, señalando con un gesto la puerta que queda al otro lado de la palmera—. Ahora voy, ¿vale?
—Claro, yo vuelvo con estos —dice él, inclinándose un poco hacia ella antes de apartarse—. No tardes.
Nos quedamos en silencio en cuanto su figura se pierde entre la gente y, por un momento, pienso que Savannah va a seguir caminando en la dirección contraria. Hace el amago, de hecho. Da medio paso, gira ligeramente el cuerpo, como si fuera a irse…, pero no lo hace.
—Parece un buen tipo —digo al cabo de unos segundos que se estiran demasiado.
—Lo es —asiente, e incluso entreabre los labios dispuesta a añadir algo más. Pero se lo piensa mejor.
Bien. Yo tampoco tengo nada más que hablar con ella.
Mira a su alrededor, incómoda. Somos demasiados para una conversación que debería ser privada.
—¿Podemos hablar? —pregunta al fin.
—¿No estábamos haciéndolo ya? —ironizo.
—En serio. Te prometo que solo será un momento.
La observo más de lo necesario, igual que durante toda la maldita noche, y ahí me da tiempo a todo: a recordar cada una de las veces que imaginé este encuentro, cada frase que ensayé en secreto, cada versión de mí mismo que se suponía que sabría cómo reaccionar…
Y, sin embargo, ahora no me apetece ser ninguna de ellas.
—No creo que sea buena idea —sentencio, desviando la mirada lo justo para señalar con la barbilla el puesto—. Tengo que quedarme con todo esto…
Hago un gesto vago hacia las cervezas, pero en realidad aprovecho para buscar a Chrishell entre la gente. Como aparezca aquí y vea a Savannah Morgan plantada delante de mí, la noche se nos va a la mierda a todos.
—Dylan, por favor…
Ese «por favor» me atraviesa. Siempre ha sabido usarlo.
Resoplo, me paso una mano por la nuca y cierro los ojos, odiándome por lo rápido que me vengo abajo con ella.
—Cinco minutos —acepto—. Ni uno más.
Su alivio es inmediato, casi imperceptible, pero lo veo. Cómo me jode saber leerla tan bien. Incluso ahora, que es una persona totalmente distinta.
—Gracias.
No respondo. Me limito a caminar hacia la cúpula, abriéndome paso entre la gente sin comprobar si me sigue. Pero lo hace.
Y mientras avanzo, con ella a mi espalda, con en el ritmo de sus pasos acompasándose al mío, tengo la incómoda sensación de que nada bueno puede salir de esta conversación.
Aun así, no me detengo.
Y eso, probablemente, es el primer error de la noche.