Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Dylan

—S avannah se ha oscurecido el pelo con un balayage espectacular.

¡Ahora se parece más a mi tono!, ¡está preciosa!

¿Crees que a mí me quedaría igual de bien su corte?

, ¿le molestará que me copie? —Mira su reflejo en el espejo, levanta las puntas, algo más claras que el resto, y las superpone en la parte de las raíces—.

¡Qué más da! No la voy a conocer jamás —se carcajea de su propia broma.

Chrishell, desde que ha visto en directo a Savannah, está pesadísima y no hace más que hablar y hablar de ella como si fuera un disco rayado.

Yo, por suerte, me he librado de su concierto.

He hecho de buen novio y le he dicho que fuese ella sola mientras yo me quedaba sirviendo cervezas.

Y eso que el bueno de Zac se ha ofrecido a encargarse de nuestro stand durante los quince minutos que duraba su actuación.

Lo que ninguno de los dos sabe es que prefiero trabajar durante cuarenta y ocho horas seguidas antes que ser parte del público de Savannah Morgan.

Y, pese a que no he salido de mi puesto en todo el día, la jornada ha ido mucho mejor que el anterior, en la que Alex desapareció dos veces y me tocó recorrerme la avenida a las cinco de la tarde con un calor insoportable.

Según él, estaba ayudando a la señora de los gofres de pollo rebozado, según yo, estaba ligando con su hija, porque la señora de Duck or Chicken ni siquiera está en nuestro cuadrante.

Esta tarde, como compensación, me ha traído un gofre XXL (Alex, no la señora, a esa ni siquiera la conozco).

—¿Nos vamos o qué? —ignoro su pregunta. Estoy apoyado en la puerta de la habitación, esperando que deje de mover el pelo delante del espejo y sea ella la que se mueva de una vez por todas.

—¿En serio vas a ponerte eso? —Hace una mueca al fijarse en mi reflejo.

—¿No íbamos a trabajar? No pretenderás que me ponga un traje…

Cosa que realmente espero, porque no he traído ninguno.

—Pero no es un trabajo cualquiera, cielo. —Deja de hablarle a mi reflejo y se gira hacia mí—. He conseguido que nos inviten a la fiesta de esta noche, así que no me dejes en evidencia, por favor te lo pido.

Cruza la habitación contoneándose hasta plantarse delante de mí.

—¿Sabes lo que puede suponer eso para la marca? —Su labio inferior se curva en un puchero calculado.

—Sí, lo sé… —cedo.

Significa contactos, fotos, historias etiquetadas… Significa ventas.

—Dime qué quieres que me ponga y me lo pongo —vuelvo a ceder. Levanto el brazo y señalo la maleta abierta a los pies de la cama.

—¡Claro que sí! —Me deposita un beso breve sobre los labios y se gira ya con media sonrisa dibujada.

Odio verla remover la ropa de mi maleta, porque luego voy a ser yo el que la tenga que ordenar.

—¿Qué te parece esta camiseta? —Extiende la prenda en alto. No contesto porque sé que no me lo está preguntando a mí—. ¡No! ¡Mejor esta!

Me lanza una camiseta azul claro que casualmente me regaló ella.

—No sabes lo sexy que estás con el cuello en V.

No tengo ni idea de lo que significa eso.

Me quito mi cómoda camiseta de algodón y la sustituyo por esta que se ajusta algo más a mi torso y me da mucha más pereza. Odio este tipo de tejido tan ceñido, pero no se lo digo.

Chrishell deja la maleta abierta y aprovecha para acercarse de nuevo a mí y arreglarme un poco el pelo.

—Si se nos da bien la noche, luego… —desliza un dedo por mi pecho, despacio— podemos celebrarlo.

«Sí, tiene pinta de que va a ser lo que más me va a apetecer al llegar».

Esto tampoco se lo digo.

En el ascensor intento indagar cómo diantres ha conseguido que nos inviten a la fiesta de Verizon, uno de los patrocinadores oficiales de la NFL.

Dice que durante el concierto de Savannah se ha hecho amiga de la publicista, le ha hablado de la marca…

y se ha interesado. Así, sin más. Lo cierto es que me suena un poco raro, pero lo dejo pasar porque nos darán una comisión por cada unidad y, aunque no ganemos tanto como en el festival, todo suma.

Además, todavía nos quedan cientos de botellines a los que dudo que vayamos a dar salida. La gente aquí es más de barril.

Al salir de hotel, Chrishell se encamina directamente hacia The Hermitage, pero el festival está justo en la otra dirección.

—Creo que es mejor que primero vayamos a por la cerveza y luego ya directos hacia el hotel. He visto que Zac tiene una carretilla, se la podemos coger prestada —propongo—, no creo que le importe.

Ella se detiene. Baja la mirada hacia su vestido y las sandalias de diez centímetros.

—Oh, que quieres que te acompañe…

Sí, la verdad es que va demasiado arreglada para cargar cerveza, o incluso servirla.

—Había pensado ir yo a la azotea del hotel y esperarte allí. Así, cuando llegues, ya sabes dónde tenemos que dejar la cerveza y no tendrás que estar cargando con ella.

Visto así, tiene razón. Podemos ahorrar tiempo.

No he llegado a aceptar todavía cuando Chrishell interpreta mi silencio como una afirmación.

—Estoy pendiente de la entrada para cuando llegues, te lo prometo. ¡No tardes, te quiero!

Con eso último, me lanza un beso al aire y empieza a caminar más rápido hacia The Hermitage. El vestido vaporoso se le alza ligeramente con cada paso y los tacones repiquetean contra el suelo. Solo cuando la veo doblar la esquina, me pongo en marcha en la dirección contraria.

El ruido del festival todavía flota en el ambiente, pero los gritos ya no suenan a euforia, sino que es un bullicio cansado y apagado.

Cuando llego a la entrada, uno de los guardias de seguridad ya está negando el paso a un par de chavales que intentan colarse con pulseras VIP visiblemente arrancadas.

—Está cerrado, muchachos —informa sin ganas.

Levanto la acreditación antes de que me pida explicaciones.

Consigo entrar gracias a ella, porque ya no admiten público; más bien están echando a la gente que se niega a irse a dormir a su hostal de mala muerte para volver aquí dentro de unas horas oliendo incluso peor.

Los técnicos siguen enrollando cables y los voluntarios ya han empezado a recoger la basura para dejar el recinto listo para mañana.

El suelo está pegajoso y todo huele a cerveza rancia.

Dentro, los últimos rezagados apuran el vaso, y la avenida, ahora sin música tronando por todas partes, mejora por completo. Miro a mi alrededor y veo los neones de los locales brillar, deseosos de cazar a cualquiera que se haya quedado con ganas de fiesta.

Las ciudades siempre se alegran de que el draft se aloje en ellas porque deja millones y millones de dólares en apenas tres días, pero estoy seguro de que no todo el mundo piensa lo mismo.

Quizá los hoteles, el transporte, las tiendas de souvenirs …

, pero no los bares que están aquí. Ellos tienen que seguir abiertos mientras ven cómo alguien delante de ellos vende su mismo producto tres veces más caro y, aun así, la gente lo prefiere.

Entiendo que no es justo, pero nada está hecho para serlo.

Sé cómo deben de sentirse ahora mismo, sé lo que es pasar noches sentado delante del televisor de tu bar rogando que alguien entre.

Por suerte para mí, las cosas han mejorado mucho y Dukeforth ha vuelto a confiar en el Loopsie’s.

Y por suerte para ellos, están en Nashville y esto solo van a ser tres días, así que... sobrevivirán.

Cojo la carretilla de Zac y empiezo a cargar las cajas. Hace poco cambié los botellines: ahora el vidrio es algo más grueso y ligeramente más oscuro, un detalle que hace que todavía no me acostumbre a su sonido seco al chocar entre sí.

El nuevo cristal bloquea mejor la luz, algo esencial cuando de verdad te preocupas por la calidad de tu producto.

Si la cerveza se expone demasiado al sol, los compuestos del lúpulo reaccionan y aparece ese olor agrio que arruina el sabor original.

Y en festivales como este, donde las cajas y los botellines pasan horas bajo el sol, ocurre más de lo que debería.

Por eso cada vez me gusta menos venir a este tipo de eventos. Sí, es una buena oportunidad para dar a conocer mi cerveza, pero a veces siento que solo estoy rodeado de borrachos a los que le da igual beberla en un botellín marrón que en uno transparente mal conservado.

Meto una caja más en la carretilla y rezo para no romperlas todas de vuelta a The Hermitage. El camino hasta allí no es demasiado largo, pero sí lo suficiente como para mandarlas a la mierda con un solo tropiezo.

Tras cinco minutos de tintineo constante, por fin llego al hotel. No es tan alto como el nuestro, pero sí mucho más ostentoso. Mientras el Renaissance tiene un rollo moderno con líneas rectas, este se pasa de frenada con la decoración y ornamentos clásicos por todas partes.

Sin duda, pego más en el otro. Bueno. Lo cierto es que no. No pego en ninguno que exporte la fruta directamente desde Europa y no sirva polvos naranja para crear un zumo radioactivo a la hora del desayuno.

Reduzco la velocidad, la poca que me había permitido coger la carretilla, y subo por la pequeña rampa de acceso.

Seguramente debería haber entrado por la zona de carga y descarga porque como me vean hacerle un solo rasguño a su mármol, me van a echar de aquí a patadas, pero paso de dejar las cervezas fuera mientras busco a alguien que me indique el acceso.

Ya estoy dentro. Me tomo la libertad de caminar hasta los ascensores centrales y pulsar el último botón, el que intuyo que me llevará hasta la azotea.

El ascensor se abre sin hacer ni un ruido y, tal cual, aparezco justo donde me imaginaba.

La terraza se divide en dos partes, una cubierta por una cúpula de cristal repleta de plantas y enredaderas, y otra al aire libre con un mobiliario bastante más moderno de lo que me tiene acostumbrado este lugar.

Chrishell me ha dicho que se iba a quedar cerca de la entrada, pero no la veo por ningún lado. ¿Dónde demonios se ha metido esta mujer?

Dejo la carretilla en una esquina donde me aseguro de que no molesta y me acerco hasta el final de la azotea.

Desde esta zona se ve el edificio de AT en plan, ¿cómo coño consiguen mantenerse en pie si cada vez los hacen más altos y finos, y encima la tierra no para de moverse?

Hace poco vi un vídeo que explicaba que, en Japón, por ejemplo, ponen gigantescos contrapesos que balancean el edificio cuando hay un terremoto o usan columnas flexibles que permiten que todo se mueva sin romperse.

Me parecen jodidas obras maestras de la ingeniería.

—¡Dylan! ¡Estoy aquí!

Chrishell me saluda desde detrás de una palmera gigante que la oculta casi por completo. Solo veo su mano asomando entre las hojas, agitándose con entusiasmo.

—¿Se puede saber qué haces ahí?

—Es nuestro puesto. —Señala una especie de carrito de palomitas colocado junto a una pared.

Me quedo mirando el armatoste de metal y madera con ruedas doradas.

—¿Esto?, ¿estás de coña?

—¿No es genial? Es como el carrito de The Nitro Bar.

—Por mi cara, sabe que no estoy entendiendo nada—.

¡Sí! Audrey, la CEO, empezó en 2016 y este año ya ha conseguido facturar más de cuatro millones de dólares.

¡Cuatro millones! —Abre mucho los ojos—.

Y solo llevó un carrito como este por todas las universidades de Estados Unidos con el objetivo de crear marca.

Igual podríamos robarle la idea y hacer nosotros lo mismo cuando lleguemos a casa…

¿cuánto crees que tardarías en montar uno como estos?

Miro el carrito otra vez.

—¿Y si lo hablamos mejor cuando lleguemos a Dukeforth?

—Oh, ¡claro! Es que todo esto es una inspiración para mí. ¿Vas poniendo aquí las cervezas?

—No van a caber todas —murmuro.

—No pasa nada. Es más por imagen. Y he traído esto —canturrea mientras rebusca en su diminuto bolso de mano.

Saca un taco de tarjetas de visita y las alinea con cuidado sobre una de las tablas de madera del carrito.

—Nunca se sabe a quién puedes conocer esta noche —se justifica con una sonrisa.

Cojo una por pura inercia.

Al final, cuando me las enseñó la otra noche no me fijé demasiado.

Estaba cansado del viaje y lo cierto es que no me pudo dar más igual.

La tarjeta es marrón oscuro, del mismo tono que el vidrio de las botellas nuevas, y el logo destaca en relieve dorado; ese detalle sí se me quedó grabado.

Lo que no vi fue la parte de atrás. Y de lo que tampoco me di cuenta es de que solo aparece el nombre de Chrishell y su número de teléfono.

Por un lado, lo prefiero, odio coger el teléfono y hacer de relaciones públicas, algo que a ella está claro que le encanta…, pero no me convence que no deje claro cuál es su papel en todo esto.

Antes de irme a por la carretilla, devuelvo la tarjeta al montón, sin molestarme en dejarla como la encontré. De reojo, veo que Chrishell la vuelve a realinear con el resto.

Muy bien, que se encargue de sus tarjetas mientras yo me encargo de mis cervezas.

Equilibrando en el carrito las últimas cervezas que he puesto sin que se me desmorone todo, me percato de que una nueva figura entra en escena.

Los camareros, que estaban acabando de decorar las mesas altas, se ponen rígidos de golpe, pero no se detienen.

Un tipo trajeado le susurra algo a una camarera que lleva un delantal algo más oscuro que el resto y esta asiente.

Y, con la misma rapidez con la que ha entrado, desaparece. Vaya, buenas noches para él también.

Y sin que la camarera tenga que abrir la boca, el equipo capta la indirecta. Meten el turbo y en menos de tres minutos lo dejan todo listo, deteniéndose como estatuas, cada uno frente a una mesa.

Yo, durante todo este rato, me he quedado detrás de mi carro de palomitas, observando la situación.

Somos el único punto externo al hotel. Al menos en restauración, porque en la zona de la cúpula he visto un puesto de carcasas de móviles personalizadas con un microchip que reconoce tus constantes vitales.

Los he buscado en internet. Tienen una app para configurar la carcasa y más de dos millones de seguidores.

Madre mía, en este país ya compran cualquier tontería…

De repente se escucha más alboroto, más voces cruzadas y un par de risas que no hacen el menor esfuerzo por pasar desapercibidas. La puerta del ascensor vuelve a abrirse y esta vez ya no es gente de organización.

Y a una de ellas la reconozco.

—Recuerda, hay que hacer contactos esta noche —me sisea Chrishell antes de que todos empiecen a cruzar la cúpula.