CAPÍTULO 12
Savannah
Y a soy la novia oficial de Estados Unidos y también la de Ewan Brown. Ayer, durante el primer día, me pasé todo el tiempo pegada a él como una lapa.
El draft empezó con la primera ronda, presentada por el comisionado de la NFL, y durante todo el día siguieron eligiendo a promesas recién salidas de la universidad.
El favorito de todos los equipos era Declan Johnson, de la Universidad de Alabama, la que tiene la cantera más potente de la NFL.
No fue ninguna sorpresa que fuese seleccionado durante los primeros picks .
Estos se ordenan en función de la clasificación de la temporada anterior: cuanto peor hayas quedado en la liga, antes podrás elegir a los jugadores nuevos.
Algo que me parece bastante injusto teniendo en cuenta que vivimos en el país de la meritocracia, pero Ewan dice que funciona así a propósito y que tiene todo el sentido si lo piensas en términos de equilibrio competitivo.
Supongo que no tengo espíritu de equipo. Ni deportivo.
Nunca he sido una gran fan del fútbol, así que no tenía ni idea de esto. Ahora lo sé porque ayer Ewan se encargó de que me enterase de todo. Parece que es uno de los pocos temas de conversación que maneja…, pero al menos descubrí que no es tan mal tipo como creía.
Estuvimos en la zona VIP, rodeados de algunos compañeros de su equipo, jugadores de baloncesto, influencers y embajadores de los patrocinadores…
Gente con la que ya estoy acostumbrada a relacionarme, pero que sigue dándome la misma pereza que la primera vez.
Por suerte, Ewan no se separó de mí en ningún momento, excepto cuando tuvo que presentar el pick de los Rams.
En cuanto me quedé sola, me adueñé de uno de los sofás de cuero mientras me terminaba un San Francisco sin alcohol tras otro. Hacía demasiado calor y la piel se me pegaba a toda la tapicería porque gracias a mi estilista, iba medio desnuda.
—¿Quieres que te traiga otro? —preguntó una voz al escuchar el sonido que hacía con la pajita de metal.
Al levantar la vista de mi vaso con forma de balón de la NFL, vi una cara que me gustó reconocer.
—¡Jeremy! —saludé—. Menudo show de medio tiempo te has marcado, ¿no?
—Ya me gustaría que esto fuese la Super Bowl… —se carcajeó. Jeremy Jensen es, sin duda, uno de los artistas del momento. Compartimos discográfica durante algún tiempo, pero desde hace un año trabaja de forma independiente—. ¿Cómo va todo?
—Ya sabes —seguí absorbiendo de mi pajita—, lo de siempre. ¿Tú qué tal? Desde que no estás en Colt Records veo a Alen mucho más triste… —bromeé, ya sin nada en el vaso.
No he visto a Alen triste ni el día que tuvo que volar a Michigan porque murió su padre.
—¡Seguro que sí! —se carcajeó, sentándose a mi lado.
—Entonces, ¿qué tal tu nuevo proyecto?
—¡Una locura, pero genial! Ahora estamos intentando hacer un acuerdo de distribución con una major .
—¿Y eso? —Me sorprendió bastante que Jeremy quisiera volver a una discográfica teniendo en cuenta su pasado con Colt Records—. ¿No te ha gustado la experiencia de ir por libre?
—Ni de coña, es lo mejor que he hecho. Solo quiero alguien que me respalde a nivel de logística, distribución… No te puedes imaginar el dolor de cabeza que nos está dando eso. Pero no pienso perder la libertad creativa que he ganado.
Lo vi tan contento que me lancé a abrazarlo.
Compartía ese sentimiento de querer sentirme plenamente responsable de mi arte, pero no capaz de hacer algo así.
Y aunque Colt Records tuviese sus cosas malas, jamás sería una desagradecida de no ver todo lo que han hecho por mí a lo largo de estos años.
No estoy insinuando que Jeremy lo sea, pero supongo que no estamos en la misma posición para tomar esa clase de decisiones…
Y con ese mismo pensamiento estoy desde ayer.
Dándole vueltas y vueltas…, pero literales, porque esta mañana han llegado mis bailarines desde Los Ángeles y, por octava vez, estoy ensayando el baile de la actuación de hoy.
En la anterior gira no bailé, de hecho, tengo a estos bailarines desde finales de diciembre del año pasado, y esta va a ser la primera actuación que hacemos juntos. Suerte si me sé sus nombres.
Con ellos también ha llegado mi coreógrafa y nueva archienemiga, Sasha, que no se ha enterado de que mis dotes artísticas acaban en la garganta. No soy elástica ni sé coordinar más de dos extremidades al mismo tiempo.
Al menos, deberían dar gracias de que no protagonizo los típicos vídeos virales de las giras donde se acumulan clips de artistas tropezándose por el escenario una y otra vez. Aunque creo que mi suerte se va a terminar en la próxima gira como tenga que hacer todo esto.
Llevamos practicando estos pasos desde enero y me gustaría decir que hay algún progreso, pero sigo siendo un pato con peluca y tacones.
—Savannah, ¡ahí es donde tienes que hacer el giro! Al tercer «oh, oh, oh» —enfatiza el tercer «oh» y da palmas al ritmo de la música—. ¿Lo pillas?
«Claro que lo pillo, Sasha, no soy idiota».
En lugar de eso, le sonrío y bebo un trago de isotónico antes de que le vuelva a dar al play .
Cantar y bailar al mismo tiempo está siendo más complicado de lo que pensaba, pero no pienso admitirlo en voz alta. Me niego a que me vuelvan a subir a la cinta de correr para aumentar mi capacidad torácica.
—Venga, cinco minutos de descanso y retomamos donde lo hemos dejado.
Sasha se va de la sala con el teléfono en la mano (seguro que está decidida a criticarme en su grupo de bailarines exitosos de Hollywood) y yo aprovecho que ya no está para tirarme al suelo y estirar las piernas. Y no, tampoco llego a tocarme los pies con la punta de los dedos.
—Hola.
Miro por el hueco que queda entre mi pierna y el brazo. Es una chica más menuda que yo, de pelo oscuro y ojos claros.
La decisión de que todas mis bailarinas fuesen morenas para que yo pudiera destacar más fue de mi equipo.
Son siete chicas y dos chicos. Y la que tengo frente a mí creo que se llama Michelle…
Le devuelvo la sonrisa, a la espera de que siga hablando.
—Soy Michelle. —Vaya, he acertado—. Creo que nunca hemos llegado a hablar demasiado…
Tiene razón, Sasha los lleva como perritos por todas partes y apenas he cruzado más de dos palabras con ellos después de los ensayos.
—No lo haces tan mal, de verdad. Sasha puede llegar a ser un poco cargante. Créeme, lo sé. Llevo bailando con ella desde que fundó su compañía.
Michelle se sienta en el suelo frente a mí y estira las piernas igual que yo. La diferencia es que ella sí llega a tocarse la punta de los dedos del pie con la mano. Claro.
—Solo quería decirte una cosa —continúa—, pero no te lo tomes mal, por favor. No quiero que me despidas.
Me hace gracia que lo diga, como si yo tuviera esa potestad.
—Dispara.
Apoya los codos en las rodillas y se inclina un poco más hacia delante.
«¿Cuánto tiempo más puede aguantar en esa postura?».
—Cuando bailas, se nota que intentas llegar antes que la música. Ahí es donde pierdes el ritmo y la respiración. Aprovecha los cambios de ochos para respirar. En cada giro, suelta el aire.
Asiento despacio, asimilándolo.
—Gracias —murmuro.
—Para eso estamos —responde, incorporándose—. Si quieres, luego podemos ensayarlo un par de veces más juntas. Estoy disponible.
Antes de que pueda responder, la puerta se abre.
—¿Se puede saber qué hacéis sentados? —grita Sasha—. Quiero energía y quiero que nadie se me adelante al tempo.
Suspiro. Cuando levanto la vista, Michelle ya está de pie, con la mano extendida para ayudarme a levantarme.
Actúo en veinte minutos y estoy destrozada de la paliza de esta mañana.
Es cierto que desde hace algún tiempo estoy haciendo más ejercicio del que hacía antes, que era nulo, y soy consciente de que algunos pasos me ayudan a moverme mejor en el escenario y animan al público, pero siento que todavía no encajan del todo con el estilo que quiero transmitir. Con quién soy yo.
No creo que tirarme al suelo y moverme como un gato persa en busca de premios sea lo mejor para mí. No soy Britney Spears en los Billboard Music Awards de 2016. Aunque, pensándolo mejor, debería estar agradecida de que no pretendan que saque una serpiente al escenario como en sus VMA de 2001…
Ahí sí que me negaría en rotundo. O eso quiero pensar.
—Tienes agendada ahora una entrevista rápida para las redes sociales de la NFL. No te llevará más de diez minutos. —La voz de Lucy se cuela en el camerino—. ¿Estás ya lista?
Miro mi reflejo, que prácticamente va vestida como una animadora de los Dallas Cowboys.
No entiendo por qué no me dejan ser la misma que fui el año pasado.
No me fue nada mal. Fui número uno durante siete semanas seguidas en la lista Billboard con el segundo single que saqué y estoy segura de que la discográfica se ha llevado una buena tajada de todo eso.
Lucy no espera a que responda en voz alta y tira de mi brazo para que salga del camerino cuanto antes.
—Te están esperando al lado de la fan zone , donde está el campo en miniatura —dice mientras me empuja hacia el carrito de golf que nos aguarda con el motor en marcha.
El conductor, un señor con gorra de la NFL y un bigote perfectamente recortado, nos dedica una sonrisa orgullosa.
—Después de eso, este señor tan simpático te llevará directa al escenario —continúa Lucy, ya con medio cuerpo fuera del carrito—. No te distraigas con nada, ¿te queda claro?
—Sí, Lucy, no tengo cinco años —respondo, forzando la sonrisa.
—Ya lo sé —suspira—, pero no me puedo permitir que nada salga mal. No sabes lo que Matt y Haley pueden hacerme…
—Lo estás haciendo genial, descuida. —Le aprieto la mano para decirle que lo entiendo—. Todo va a salir genial.
No sé si intento tranquilizarla a ella o a mí.
En menos de tres minutos llegamos al fan zone . Lo hacemos a través de unas carpas que rodean algunas partes clave del evento y a la que solo tienen acceso vehículos acreditados como el nuestro.