CAPÍTULO 11
Dylan
E l draft nos prometió un puesto de cerveza, pero si llego a saber que nos iban a encasquetar esta mierda, me habría quedado en casa.
Debería haber supuesto que, por mucho que den concesiones a los negocios locales del estado anfitrión, todo lo que venda cervezas estaría en el peor rincón del recinto.
No pueden permitir que ninguna compita con la patrocinadora oficial.
—¿Estás segura de que es este? —le pregunto a Chrishell.
Estamos prácticamente al otro lado de la avenida. El escenario principal está en la intersección de la Primera con la avenida Dukeforth, o lo que viene a ser lo mismo: a más de cinco manzanas de aquí.
Lo bueno es que, si alguien llega con sed desde su coche, seremos los primeros. ¿Lo malo? Que nadie en su sano juicio se va a recorrer todo el camino de vuelta solo para repetir cerveza. Ni aunque sea la mejor de todo el festival.
—Sí —responde, sin dudar—. Mira el número de tu acreditación y el de ahí. —Señala la carpa blanca compartida.
Nuestro espacio queda justo entre un punto de información y un puesto de perritos calientes, dentro de lo que ellos llaman «zona limpia», donde queda prohibido colocar publicidad exterior agresiva que interfiera con las marcas que de verdad pagan.
Todos los puestos son igual de impersonales y genéricos.
—Ese punto de información se va a poner hasta los topes y nos va a ocultar —me quejo.
—O se va a poner tan lleno que la gente no va a tener más remedio que beber cerveza. —Me da un golpe suave con la cadera, dando por zanjado el debate.
Me paso una mano por la cara y vuelvo a mirar el stand . La nevera está llena y conectada al generador enorme que compartimos con los vecinos, pero el resto de las cosas están esparcidas sobre el tablón de plástico blanco.
Conforme me acerco, descubro que el nombre de mi cerveza está escrito con tiza en una pizarra minúscula colgada en la esquina del toldo blanco. Ni siquiera se ve desde una distancia razonable como para que a alguien le entren ganas de beber.
«Menudo fin de semana me espera».
Abro una de las cajas con la pequeña navaja que siempre llevo encima y le lanzo a Chrishell una de las camisetas.
La despliega horrorizada.
Esta mañana se ha probado cuatro conjuntos distintos, a cada cual más corto y ceñido, así que ver que ahora tiene que taparlo con una camiseta negra con el logo de la NFL y tres veces su tamaño está matándola por completo.
—¿Y si me la ato a la cintura? —pregunta en una súplica.
—Haz lo que quieras. —Ese ahora mismo es el menor de mis problemas.
Me quito la camiseta que llevaba, sin ningún reparo por quedarme semidesnudo, y me pongo mi nuevo uniforme.
Con el calor que hace, ya nos podrían haber dado más.
Esto, en las próximas horas, va a oler peor que Knox cuando llega al bar apestando al estiércol de mis caballos.
Sé que lo hace aposta para que le deje entrar a casa a ducharse, pero ya le he dicho millones de veces que se apañe con la manguera que hay en el establo.
Debajo de la barra hay tres barriles y solo el último de ellos ya está conectado al grifo.
Pero aquí faltan más. Cuando revisamos todo el papeleo, vimos que la organización, según ediciones anteriores, aconsejaba llevar seis barriles de cincuenta litros y trescientos botellines por día.
Al final, somos cerca de cien puestos de concesión repartidos por la avenida y, siendo realistas, a no ser que a alguien le encante nuestra cerveza, lo normal es que no repita.
Y menos estando tan lejos del escenario principal. Solo somos una cerveza de paso.
—¿Sabes dónde está el resto de nuestra cerveza o a quién hay que pedírsela? —le pregunto a Chrishell. Fue ella la que se encargó de mantener la comunicación con ellos.
Ella, con su nueva camiseta negra, un color que detesta, se encoge de hombros.
Odio cuando hace eso.
—Chrishell —intento mantener la calma y no elevar el tono—, fuiste tú la que hablaste con la organización. ¿No te dijeron algo tan básico como cómo reponer las existencias de cerveza?
—Ay —se queja, como si la estuviera atacando—, sabes que de eso no me encargo…
No lo recuerdo. Lo que sí sé es que el hashtag del draft está siendo tendencia.
Tenemos que hacer algo para entrar ahí… ¿Se te ocurre algo?
Aunque con esta horrible cosa no voy a llamar la atención. —Se tira de la camiseta.
Es una batalla perdida.
—¿Puedes, por favor, revisar los mails ? —respiro hondo—. O, al menos, reenviármelos a mi correo para que yo lo pueda buscar. Necesitamos saberlo antes de que esto abra.
Aunque sea una zona al aire libre y gratuita, hay un control de aforo de una del mediodía a una de la madrugada.
—Cariño —me hace un gesto con la mano, sin mirarme—, relájate. Hace un día precioso y hemos salido del pueblo. ¿Qué más quieres?
«No haber salido de Dukeforth».
Siempre que salgo de allí, ocurre algo malo. Lo tengo comprobado.
La última vez fue en las cataratas Cumberland… y me acabé enamorando de Savannah Morgan.
—Quiero saber cómo reponer la cerveza, Chrishell. Ya te lo he dicho.
Resopla, visiblemente molesta, y empieza a toquetear la pantalla de su teléfono con grandes aspavientos. No pienso entrar en su juego
—Alex Barrett es el responsable de nuestro cuadrante.
—Rueda los ojos por la pantalla y lee en voz alta—: «Los responsables de los cuadrantes se encontrarán dentro de las diferentes casetas de información repartidas por el festival.
En caso de no estar ahí, un asistente de información será el encargado de comunicarse directamente con él».
¿Ves? No sé por qué te pones tan nervioso, si está aquí al lado.
Abro la boca para contestar, para explicarle —otra vez— que ponerse nervioso es mi estado natural cuando algo depende exclusivamente de mí y no está bajo control, pero me veo salvado por una fuerza superior en forma humana.
Un chaval de unos veinte años con una gorra roja hacia atrás se planta delante de nosotros.
Si no llega a ser por él, hubiésemos acabado discutiendo.
—Hola, soy Zac, vuestro vecino —dice, ladeando el pulgar por encima del hombro. Sigo la dirección del gesto y localizo la pizarra de West’s Dogs. Las letras son tan diminutas como las mías—. ¿Me podríais echar una mano con esto?
Lleva una caja entera de panes de perrito apoyada contra el pecho, dos botes XXL de mostaza y kétchup atrapados como puede bajo un brazo y un paquete de servilletas que parece a punto de desmoronarse.
—Claro —respondo de inmediato—. Déjalo aquí mientras subes la persiana.
—Gracias, de verdad. Siempre he odiado el primer día —dice, pasándose el dorso de la mano por la frente sudada—. Todavía no hemos abierto y ya siento que llevo ocho horas aquí.
Aunque compartimos carpa, estamos separados por una puerta de tipo establo que marca la frontera entre su puesto y el mío, pero podemos abrir la parte superior como una ventana para conectar ambos espacios.
Yo, al contrario que él, solo tengo una persiana principal, la que da directamente a la calle, porque mi puesto queda pegado a la caseta de información.
Con la persiana subida y la puerta trasera abierta, Zac arrastra las cajas de panes hacia su zona.
Aprovecho para echar un vistazo rápido a su stand : dos neveras industriales ocupan el fondo, flanqueadas por tres hornos de vapor y dos parrillas de rodillos que todavía están apagadas.
No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que su espacio es, como mínimo, el doble de grande que el mío.
—¿No es tu primer año? —pregunto, siguiendo el hilo de lo que ha dicho antes.
Zac me mira a la vez que sube una de las parrillas a la barra.
—Solo sí. Llevo viniendo con mi padre desde los dieciséis, pero ahora está bastante fastidiado de salud y no puede aguantar este ritmo.
—Hace una pausa para volverse a secar la frente, solo que ahora lo hace con una servilleta, y añade, sin cambiar el tono—: Eso sí, como no facture lo mismo o más que cuando él está aquí, no tendrá ningún reparo en darme un buen guantazo cuando vuelva a casa. Para eso no está cansado.
En un acto reflejo, mi cerebro manda la orden automática de reírse, pero me contengo cuando levanto la vista y veo que Zac no sonríe.
—Ella es Chrishell, mi novia —digo, señalándola con la cabeza—. Y yo soy Dylan. Estamos para lo que necesites, tío.
—Lo mismo digo. —Nos devuelve una sonrisa sincera.
Menos mal. Al menos el tío de al lado no es un gilipollas.
Para celebrarlo, abro la nevera, saco un botellín y se lo paso.
—Bienvenido al vecindario.
—Os invitaría a un perrito, pero… —dice, mirando de reojo el caos que todavía tiene montado.
—No te preocupes —respondo, y esta vez sí me río—. Ya habrá tiempo.
Zac asiente y deja el botellín a un lado mientras sigue guardando los panes dentro de la repisa superior de la parrilla de rodillos.
—¿Te importa quedarte aquí mientras voy a buscar al tal Alex?
Chrishell creo que ni me ha oído, pero sigue tan absorta en su teléfono que ni se va a dar cuenta de que me he ido.
Salgo del stand y lo recorro por detrás hasta llegar al punto de información que colinda con nuestra carpa. A diferencia de nuestros puestos de comida, este es más robusto, como un contenedor gigante.
Golpeo tres veces con los nudillos, pero no espero respuesta. Abro la puerta de metacrilato y me cuelo dentro.
En el interior hay dos ventiladores funcionando a duras penas: uno apunta a una mesa vacía y el otro a una barra alta, donde una chica bajita con los pies colgando los mueve al ritmo de la música que suena a través de los altavoces.
—Bienvenido al draft de la NFL. Soy Brookie, ¿en qué puedo ayudarte?, ¿quieres un mapa del recinto?
«Vaya». La Brooke de esta nueva realidad es sospechosamente más inquietante que la mía. Me sonríe de una forma que deja de ser amable demasiado rápido y cruza una línea invisible hacia lo perturbador. Además, parece sorprendida de que alguien se haya colado aquí cuando todavía no es la hora.
—No. Soy Dylan Parker —me presento—. Tengo una concesión de cerveza. —Saco la acreditación del bolsillo y se la enseño, aunque estoy bastante seguro de que desde su banqueta no distingue nada—. Buscaba a Alex, el encargado de mi zona…
—Oh. —Mi, a partir de ahora, nueva mejor amiga Brookie salta de la banqueta y las dos trenzas que lleva a los lados botan con ella—. Enseguida lo llamo.
Coge un walkie-talkie de la mesa vacía y susurra algo que la música me impide entender. Asumo que está llamando a Alex.
—Ya viene —anuncia—. ¿Quieres una botella de agua?
—No, gracias. Estoy bien.
—¡Genial! —Me dedica otra sonrisa forzada y se balancea sobre sus pies sin saber qué hacer ahora conmigo—. Bueno, me vuelvo a mi… —dice, señalando el lugar donde estaba sentada antes.
—Oh, sí, claro. Adelante. —Le hago un gesto con la mano.
Yo le sonrío y ella me imita.
Nos quedamos así durante más tiempo del socialmente aceptable.
Vaya qué incómodo.
«Alex, llega ya».
Doy una vuelta sobre mí mismo y acabo deteniéndome frente al póster del draft , uno enorme que ocupa casi toda una pared del contenedor.
Sobre el skyline de Nashville, varios tipos posan con equipaciones de colores neutros, sin escudos ni nombres.
Encima de ellos están los patrocinadores de este año.
Recorro los logos con la mirada: una marca de telecomunicaciones, otras de refrescos, coches… Y, destacando por encima del resto, una marca de cerveza. A esta última le dedico un poco más de tiempo. ¿De verdad quiero llegar ahí?, ¿ese es mi objetivo?
Chrishell no para de repetírmelo una y otra vez, y yo siempre le he seguido la corriente… pero ¿solo le estaba dando la razón o de verdad pienso que la tiene?