CAPÍTULO 10
Savannah
D esde hace tiempo, siempre llevo conmigo mi libreta marrón.
Ahí apunto todo lo que se me pasa por la mente: frases que me gustaría conseguir rimar, pensamientos inconexos…
y mis deseos más ocultos. Sé que es una tontería y que no solo por escribirlos en un folio en blanco se van a cumplir, pero, de algún modo, me ayudan a enfocarme en ellos.
Desde hace más de tres años, a comienzos de cada mes, escribo exactamente lo mismo: «Que Dylan me perdone». Y ayer descubrí que estoy más lejos de conseguirlo que nunca.
No me arrepiento de la opción que escogí, pero sí de las microdecisiones que tomé por el camino.
Lanzo la libreta al otro lado de la habitación y, con ella, todos mis sueños imposibles. Camino hasta el baño y me retiro la tercera mascarilla calmante del día. Aunque he conseguido bajar un poco la rojez de la piel, sigo con la cara y los ojos hinchados.
Tengo prohibido llorar durante los eventos. También durante las cuarenta y ocho horas previas. Así que más me vale arreglar este desastre antes de que vengan a buscarme.
Hoy tenemos la reunión presencial con el equipo de relaciones públicas y prensa de Ewan.
Deberíamos haberla hecho antes del evento de ayer, pero fue imposible cuadrar agendas.
Aun así, creo que no se nos dio tan mal fingir.
Al menos, no al principio. Después de mi discurso y de mi encuentro con Dylan, estuve disociada toda la noche.
Me paso los dedos por el pelo, todavía con restos de laca del peinado de ayer.
Lo cepillo hasta deshacerme de ellos y me hago una coleta alta que luego cubro con una gorra del equipo de Ewan.
Rebusco en la maleta hasta encontrar las gafas de sol más grandes que tengo y saco el chándal de la marca que contribuye a llenar la cuentas bancaria de mi nuevo novio.
Ni en un millón de años mis estilistas me dejarían salir así vestida a no ser que hubiera un contrato de por medio. Como ahora, que es parte del acuerdo.
Jiwan Sports solo tiene un patrocinio millonario y es con Ewan Brown, por lo que, al aparecer así juntos, estamos dictando exactamente lo que saldrá en los medios. Es una declaración de intenciones sin necesidad de decir ni una sola palabra.
Todavía no tengo claro cuánto me va a beneficiar esta bola de nieve que estamos creando, pero ya no me queda más remedio que dejarla rodar, porque, tal y como dictan nuestras agendas sincronizadas, Nora y Lucy aparecen puntuales frente a mi puerta, listas para ir a la reunión en la vigésima planta.
No podemos jugárnosla a salir del hotel y que nos vean rodeados de publicistas. Sería una cagada en toda regla. Aquí arriba, en cambio, tendremos algo más de privacidad.
—Buenos días, bombón. Qué bien te queda eso —saluda Nora, repasándome de arriba abajo. Lo bueno de ser famosa es que puedes ponerte gorra y gafas de sol en interiores y nadie te va a mirar raro—. ¿Estás lista?
Me pongo un poco de gloss , me guardo la tarjeta de la habitación en el bolsillo izquierdo y asiento con una sonrisa.
Las puertas del ascensor se abren y salimos a un pasillo flanqueado por enormes ventanales.
Al otro lado del cristal, la ciudad se ve tranquila, casi demasiado para estar a solo unas horas de que comience el draft .
Caminamos hasta una de las salas privadas y entramos.
Hay café, agua, zumos alineados de la mejor manera y una mesa absurdamente grande para los pocos que seremos. Nosotras somos las primeras.
Aprovecho que en esta reunión no está el resto de mi equipo y me acerco sin culpa a la mesa de comida.
Lucy es la asistente de Matt y Haley, mis publicistas principales, y es la que se encarga de mí cuando toca salir de viaje a eventos o cualquier otro tipo de aparición.
Ellos están demasiado ocupados en la oficina con el resto de campañas, prensa y otros frentes abiertos.
Al igual que Alen, no pueden permitirse perder una semana entera de trabajo por un evento de solo tres días, así que todos acaban delegando en Lucy y Nora.
Y estoy segura de que Lucy no me va a decir que no me coma ese croissant de mermelada.
Y yo tampoco pienso pedirle permiso.
Doy el último mordisco justo cuando la puerta se abre y entra gente nueva.
No necesito que nadie me los presente para saber que son los publicistas de Ewan.
Sus zapatos caros (y de gente aburrida) los delatan de inmediato.
Son tan altos como él, pero bastante más mayores.
Llevan un maletín y cara de no haber probado un croissant desde hace más tiempo que yo.
Huelen a café solo y a vuelos de primera hora.
—Buenos días —saluda uno de ellos con un gesto profesional.
Lucy se pone en pie como impulsada por un muelle. Nora pasa de ellos.
—¿Aún no ha llegado el señor Brown? —pregunta el de los zapatos más feos, mirando alrededor de la sala y caminando hacia la mesa de comida.
«¿En serio nos lo está preguntando a nosotras?».
Pongo los ojos en blanco y busco a Nora, que me da un puntapié suave por debajo de la mesa para que no me ría.
Lucy, por su parte, niega, abre el portátil y empieza a tomar notas sin que nadie haya dicho nada todavía. Me fascina su capacidad para parecer siempre tan productiva.
La puerta se abre otra vez.
Ahora sí que es Ewan. Lleva gorra, gafas de sol y un chándal. Mi mismo chándal, solo que su versión masculina. Vamos totalmente a juego.
Se quita las gafas con calma y sonríe a los publicistas, que de repente parecen un poco más espabilados que antes. A continuación y sin pedir permiso, se deja caer en la silla, dinamitando mi espacio personal mientras apoya el codo en la mesa.
—Buenos días —dice, relajado—. Siento el retraso.
—No hay problema —contesta el primero que ha preguntado por él, demasiado rápido. Uf, puedo oler su miedo desde aquí.
Ewan se inclina hacia mí y baja la voz.
—Qué sexy . Vamos muy coordinados hoy —murmura Ewan, echándome un leve vistazo mientras cruza los brazos sobre la mesa. Segunda vez que pongo los ojos en blanco en lo que llevamos de reunión.
—Bien —interviene el publicista que faltaba por hablar, aclarándose la garganta—. Si os parece, empezamos.
—Sí, dadme un segundito, por favor —pide Lucy sin levantar la vista del portátil—. Estoy abriendo Google Meet para meter al resto del equipo.
Mientras ella sigue peleándose con las miles de ventanas que tiene abiertas, yo me acomodo en mi asiento, intentando no pensar demasiado en lo cerca que está Ewan de mí. Ya me debería haber acostumbrado a su presencia, pero es que es tan grande que me siento cohibida a su lado.
—Listo —anuncia Lucy finalmente—. Conectados. Matt y Haley están en línea. Podemos empezar a repasar los puntos y las próximas apariciones.
Lucy mueve el portátil hasta el final de la mesa para que todos podamos verlos.
Saludo a Matt y a Haley, y, para mis adentros, agradezco en silencio que solo estén a través de una pantalla.
No es que me caigan mal, de hecho, son de los más simpáticos que he tenido, pero no me gustan los publicistas en general. Me parecen gente falsa e interesada.
Lucy empieza a enumerar las fechas de las apariciones y los puntos clave de la campaña, pero mi cerebro solo es capaz de registrar la cercanía de Ewan, el aroma de su perfume que me llega cada vez que se inclina y el calor que emana de él.
Intento repasar el calendario mentalmente, pero es imposible centrarse en algo que no sea él.
—Savannah, ¿todo bien? —pregunta Ewan de repente, con una sonrisa que mezcla diversión y desafío—. Pareces… distraída.
La reunión se detiene para prestarme atención. Todos me están mirando a mí en lugar de a la pantalla. Lo odio. Le lanzo una mirada rápida y decido devolverle la jugada.
—Oh. Desde luego, solo estaba pensando en lo tarde que has llegado y lo poco profesional que es por tu parte. ¿Tenemos alguna cláusula de rescisión de contrato por falta de compromiso? —le suelto con calma.
Ewan sonríe con arrogancia.
—No sabes lo comprometido que puedo llegar a ser con algo...
Por cierto, tengo una propuesta —dice, inclinándose un poco más hacia delante—.
Ayer conocí a Warren Delos y me invitó a su gala benéfica en Los Ángeles a finales de mes…
Podríamos mantener todo este circo hasta ese momento.
Ya sabéis cómo funciona esto, a la gente le flipa ver a famosos donar dinero a una causa que ni siquiera conocen.
—Yo sí que lo conozco, es el de los ordenadores. Su fundación benéfica se encarga de hacer talleres de tecnología e innovación en barrios complicados, reformatorios o centros de adopción.
—Ah. —Ewan frunce el ceño. Parece sorprendido—. Pues mejor aún. ¡A todo el mundo le gustan los niños!
—Sí —apunta el publicista del bigote—, cuantas más apariciones altruistas hagáis, mejor.
—Si solo aparecéis en eventos donde alguno de los dos es el protagonista, pueden acabar sospechando. Y no solo la prensa, sino la gente que os sigue —añade Lucy.
Matt y Haley le dan la razón y ella suspira aliviada.
Los siguientes minutos de la reunión se diluyen entre un sinfín de fechas nuevas, cruces de agenda y eventos que no me pueden apetecer menos, mientras debaten si debo asistir o no.
Como la cena de los Los Angeles Rams, donde presentarán a los novatos seleccionados en el draft . Solo de pensarlo me entra sueño.
—Vale, todo eso está muy bien —interviene Nora por primera vez desde que empezó la reunión, dejando su vaso de café sobre la mesa—, pero no perdamos de vista para qué estamos aquí.
Las agendas las podemos sincronizar más adelante.
Ahora mismo lo importante es otra cosa. Necesitamos anticiparnos a las preguntas de la prensa y tener respuestas claras, estudiadas.
Saber qué contamos y qué no. También cómo queréis comportaros en público, el nivel de cercanía, los gestos, las miradas…
Todo eso se va a analizar durante estos tres días.
Y de todo eso dependerá que vuestra agenda siga en pie o no.