Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Dylan

—N o se abren puertas sin tocarlas, Dylan.

Su «vuelta» ha terminado dos calles más al norte cuando se ha encontrado con un montón de movimiento en la entrada del hotel Hermitage, donde también se alojan los jugadores profesionales que están invitados al draft .

Estoy bastante seguro de que no ha sido casualidad acabar aquí, pero hoy no soy la persona más indicada para juzgar y analizar decisiones.

—No has tocado a ninguna puerta —le digo en cuanto la veo meterse por un lateral—. ¡Te has colado!

—Nos —enfatiza, sin llegar a detenerse—. Nos hemos colado.

—Eso no lo hace mejor.

—Shhh —me manda callar—. Camina normal. Además, el tío de la entrada nos ha dicho que los proveedores entraban por aquí. Y nosotros lo somos.

En eso no le falta razón, solo que no estamos convocados para esta noche porque técnicamente el draft empieza mañana. Pero como nadie nos detiene, cruzamos un pasillo alfombrado y, de repente..., estamos dentro.

—Nos van a echar —murmuro.

—Solo si llamamos la atención.

—¿Y cómo no vamos a llamarla? ¡Vamos fatal vestidos!

Bueno, ella no tanto, lleva un vestido negro ajustado y unos tacones. Siempre va perfecta a todos lados. De hecho, va mucho mejor vestida que mucha gente de la que está aquí dentro. Yo, en cambio, llevo los mismos vaqueros desgastados que llevaba esta mañana y una camiseta básica azul oscuro.

Sin pensárselo demasiado, Chrishell se adelanta y se mete en el salón contiguo, que está todavía más lleno. Le chisto para que no me deje aquí plantado como un pasmarote, pero pasa de mí. Desde lejos la observo y lo cierto es que se camufla a la perfección entre el resto de invitados.

Avanzo por el hall sin saber muy bien qué hacer. Ya no hay vuelta atrás. Sigo los pasos de Chrishell —o eso intento, porque ya la he perdido de vista— y entro en el salón, apenas ambientado con una luz azul. Genial, así pasaré más desapercibido.

Sobre el escenario, que no es más que las escaleras que conducen a las plantas superiores con un tablón, hay un hombre de mediana edad con traje y sombrero cowboy dando un discurso que no me podría importar menos.

Solo son palabras sueltas y sin sentido hasta que las dos últimas irrumpen en mi mente:

—¡Savannah Morgan!

«¿Qué acaba de decir el viejo del sombrero?».

La sala estalla en aplausos y los grupitos que estaban desperdigados por la sala se deshacen para acercarse más al escenario.

«¿Eso es que va a subir ahí? ¿Delante de todo el mundo? ¿Ahora?».

Llevo toda la tarde preparándome mentalmente para verla. Pero no hoy.

Cuando huyó de Dukeforth, pensé en ella más de lo que me habría gustado admitir.

Mucho más. Me imaginaba despertándome cualquier mañana y encontrármela allí, apoyada en su viejo Chevy, como si nada hubiera pasado.

Como si todo hubiese sido un mal sueño. O, en el mejor de los casos, como si se lo hubiese pensado mejor y me hubiese elegido.

Sí, es cierto que intentó ponerse en contacto conmigo por todas las vías posibles, pero yo no quería un mensaje, una carta o una llamada… La quería a ella.

Un foco blanco ilumina uno de los laterales del salón. El corazón me palpita como si me hubiese señalado a mí, pero, por suerte, sigo en la oscuridad, escondido entre el público. Solo.

Lo primero que distingo desde aquí es su pelo, algo más oscuro de lo que recordaba.

Desde hace un tiempo me prohibí buscar su nombre en internet y la bloqueé de todos los lugares posibles.

Lo último que supe de ella fue que canceló su compromiso, una información que apareció escrita en un pósit abandonado en mi despacho.

A estas alturas, Brooke sigue negando que fuera cosa suya, pero estoy seguro de que entró a hurtadillas, dejó la nota y se llevó el boli.

Lo sé porque revisé nuestras nuevas cámaras de seguridad.

Además, conozco su letra, por mucho que intentase modificarla.

Savannah sube las escaleras tomando la mano del viejo. Cuando llega arriba, él se retira sin decir nada, dejándole el espacio que siempre ha merecido ocupar. Ella carraspea y saluda al público.

Vaya, es tan real desde aquí abajo.

Tarda unos segundos en empezar a hablar.

O quizá soy yo, que noto cómo el tiempo se estira de una forma lenta e incómoda.

Aprovecho para observar su cuerpo enfundado en un vestido que marca su silueta.

Luce como una famosa en toda regla. Está bastante más delgada y definida, pero sin una pizca de vida en la mirada, como si todo el maquillaje que le han puesto hubiera borrado cualquier emoción.

—Gracias —empieza a hablar con voz firme—.

Gracias a Nashville por esta noche y por todo lo que ha significado para mí desde el primer día.

Llegué aquí sin saber muy bien qué iba a pasar conmigo.

Llegué desde Nueva York, con más ganas que certezas, y esta ciudad me abrió sus puertas cuando todavía estaba aprendiendo quién era y qué quería decir con mi música.

—Me llevo una mano a la nuca sin entender muy bien qué quiere decir con su discurso—.

La avenida Dukeforth me dio una oportunidad real cuando nadie tenía por qué hacerlo —continúa.

«Maldita embustera».

—Todo lo que soy ahora empezó aquí —añade, mientras su sonrisa se mantiene inalterable—. Y por eso estoy enormemente agradecida de que Nashville me incluya en su paseo de la fama. Sin duda, es algo que jamás habría imaginado y que voy a llevar conmigo siempre.

Mientras todos aplauden, yo tengo que hacer un esfuerzo enorme por no soltar una carcajada y subirme a ese escenario a desmentir todas las mentiras que ha soltado por esa boquita.

La avenida Dukeforth nunca le dio una oportunidad. Una mala decisión y yo fuimos los que metimos a Savannah en mi bar.

Cuando acaba de hablar, se me olvida lo cerca que estoy del escenario. Y justo cuando baja el último escalón, nuestras miradas se cruzan.

Joder. Viene directa hacia mí.

No. Me niego. Estaba preparado para verla, no para enfrentarme a ella.

Intento moverme. Esquivo a un par de personas y murmuro unas disculpas que ni yo mismo escucho. Pero no soy tan rápido como me gustaría; de pronto, siento una descarga en la punta de los dedos. Breve. Eléctrica. Inconfundible.

Ni siquiera sé qué es lo que debería sentir ahora mismo. Tenerla tan cerca es una sensación entre rabia y hogar que no consigo separar. La odio por hacerme sentir así: orgulloso y traicionado al mismo tiempo.

—¿Dylan…?

Aquí está. A menos de un metro. Tan cerca que puedo oler su perfume antes incluso de volver a mirarla a los ojos.

Pero ya no lo reconozco. He estado soñando con su aroma día tras día, pero ya no es el mismo.

No sé si debería tomarlo como una señal de alerta o como una prueba más de que nada volverá a ser como antes.

—Vaya —digo, con una sonrisa que no siento—. Nunca dejas de sorprenderme, Savannah. No sabía que iba a escuchar una versión tan creativa de nuestra…, perdón, tu historia —enfatizo las dos últimas palabras y continúo, al ver que está totalmente bloqueada ante mi presencia—. Has mentido.

Boquea un par de veces antes de encontrar de nuevo las palabras.

—¿Qué haces aquí? —se apresura a decir—. Quiero decir… no esperaba verte.

—Desde luego que no esperabas verme en ningún lado —escupo.

—No digas eso, Dylan. Sabes que he estado muchísimo tiempo buscándote.

—Podrías simplemente no haberme perdido.

—No estás siendo… —No acaba la frase. Esa mirada es lo único real que ha mostrado en toda la noche, pero no me da ninguna pena—. No lo entiendes, Dylan.

—No —respondo sin dudar—. Está claro que no lo entiendo. Pero tampoco quiero hacerlo.

Doy un paso atrás. No sé en qué momento me he soltado de su agarre. Necesito aire. Distancia. Algo que no sea ella.

—Al menos tu discurso llevaba razón en una cosa —añado—. Ojalá hubiese sido Nashville quien te dio una oportunidad y no yo. Así, al menos, no te habría conocido.