Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Savannah

E ste tío es idiota. Llega media hora tarde, tenemos que pasar por el photocall y se me está empezando a bajar el cardado que Flavio ha tardado tanto en montar.

Estoy rodeada de prensa y gente mucho más famosa que yo. Una mujer bajita vestida con un traje negro y un walkie en su mano me empuja con delicadeza para que me acerque más y más al enorme trozo de cartón que han instalado en la entrada principal del hotel.

Es mi turno y no pienso salir.

Le hago un gesto con la cabeza a Lucy que solo ella sabe interpretar. Intenta calmarme con la mirada, y sonríe fingidamente por si alguien está pendiente de nosotras.

—Savannah Morgan —me nombra la mujer bajita.

«No, no». Me hago la loca y, con un disimulo no muy bien ensayado, me escabullo como puedo entre Hayley Williams y Luke Combs.

Me niego a posar sola ante las cámaras; aunque, bien mirado, preferiría mil veces dar la cara por mi cuenta y ahorrarme este estúpido paripé, antes que seguir adelante con esto.

El problema es que ya no me queda más remedio, así que prefiero ser una mentirosa a ver cómo todos los pódcast de cotilleo de mañana hablan sobre mi nueva relación fallida.

Y más cuando es ficticia y solo he accedido a ella porque creo que así dejarán de compadecerse de la pobre Savannah que pilló a su prometido haciendo cosas de hombre soltero a menos de medio año para la boda.

Cuando intento escabullirme por detrás del panel, una mano firme me sujeta el antebrazo.

La dureza del tacto de su piel y el tamaño de la mano no me concuerda con el diminuto pero regordete cuerpo de la dichosa señora del walkie .

¿Habrá llamado a su amigo el segurata? Me giro con la mejor de mis sonrisas, porque nadie quiere hacer enfadar a alguien de dos por dos.

Pero no es con un tipo de seguridad con el que me encuentro, sino con Ewan. Muy alto. Muy ancho. Muy… tarde.

—Perdona por las horas, cariño.

«¿Cariño?».

—Disculpad —interrumpe la señora del walkie , impaciente—. Si no salís ya, se os pasa el turno.

No me da tiempo a responder. Ewan se adelanta y me atrae hacia él.

Damos un paso al frente y los flashes empiezan incluso antes de que nos coloquen delante del fondo lleno de logos.

—Un poquito más juntos, por favor —pide uno de los fotógrafos.

Como nos juntemos más, nos vamos a fusionar.

Ewan obedece sin pensárselo. Me acerca todavía más a él y su mano, que hasta ahora estaba apoyada de un modo cortés en mi costado, baja un poco más.

—¿Así está bien? —Me susurra a mí y no a la prensa. Se inclina un poco al preguntarlo, lo suficiente como para que su boca quede peligrosamente cerca de mi oído.

Aprieto la sonrisa y asiento porque hay veinte objetivos apuntándonos y porque, para mi desgracia, Ewan huele muy bien. Un perfume caro y con un toque amaderado que no ayuda en absoluto a que mi cerebro se mantenga profesional y distante.

—Perfecto —dice otro fotógrafo—. Ahora mirad aquí.

Ewan gira un poco el cuerpo, colocándose apenas medio paso delante de mí. Noto el calor de su piel incluso a través de la tela del vestido.

—Relaja los hombros —murmura—. Confía en mí. Esto se me da bien.

¡Claro que se le da bien! No hay más que verlo. Su postura perfecta de chico que ha pasado media vida delante de las cámaras lo delata, igual que esa calma suya que roza lo insultante.

—Savannah, ¿cómo te sientes al estar esta noche aquí? —pregunta alguien desde el fondo—. ¿Es especial compartirlo con Ewan?

Antes de que pueda responder, él aprieta suavemente mi cintura contra la parte baja de su pelvis.

—Es increíble —se adelanta a mis palabras—. Estoy muy orgulloso de ella. Ha trabajado muchísimo este último año y yo he estado a su lado para verlo.

«¿Cómo que a su lado?». Respiro hondo y recupero el control antes de que se me note en la expresión.

—¿Y cómo vais a celebrar el hecho de que ambos seáis los claros protagonistas de la noche de Nashville? —pregunta alguien desde la izquierda con unas claras intenciones.

—Como se merece —responde él, mucho más avispado que yo—. Haremos algo tranquilo… o puede que no tanto. Ya veremos.

Ewan me sube el tirante del vestido que se me había bajado y , acto seguido, mira a los ojos a la reportera.

—Gracias, chicos, por aquí —nos indica una asistente, señalando la salida lateral.

Ewan no me suelta hasta que estamos fuera del alcance de las cámaras. Caminamos por un pasillo estrecho y alfombrado que nos conduce hacia el hall del hotel.

—Oye —abro la boca cuando me aseguro de que no nos oyen—, ¿cómo que has estado todo este año a mi lado? —repito sus palabras—. Van a pensar que le puse los cuernos a Colson contigo.

—De nada por eso —responde, tan tranquilo—. Sería un buen giro de guion.

Ahora mismo le patearía la cara. Hala. Definitivamente, ya no lo veo tan guapo.

—¡Claro que no lo sería! —siseo.

Pero Ewan ya no me escucha. Me deja con la palabra en la boca y se camufla entre el resto de los invitados que empiezan a llenar el interior del hotel.

Respiro hondo, miro a ambos lados y cojo una copa de champán de una bandeja cercana, más por tener algo que hacer con las manos que por ganas reales de beber. Por suerte, nadie parece haber reparado en nuestra pequeña rencilla, o eso quiero pensar.

El hotel está irreconocible. Antes nos han obligado a todos los huéspedes a bajar directamente al garaje para salir de allí, así que no había vuelto a pisar el vestíbulo desde esta mañana, cuando estas mismas paredes estaban desnudas, libres de focos y de la hilera de cámaras.

Las luces son tenues, azuladas, y hacen que todo parezca aún más elegante, si eso es posible. Hay centros de mesa con flores blancas, velas pequeñas repartidas por las mesas altas y camareros que se mueven en silencio, tanto que parece que estén flotando entre la gente con sus bandejas de cristal.

Desde un rincón llega música en directo. Un grupo de country instrumental toca una melodía que identifico al primer rasgueo de guitarra, concretamente una versión suave de Brett Young.

Doy un sorbo al champán y dejo que las burbujas me bajen por la garganta. Me recoloco el vestido, repaso mentalmente el discurso por tercera vez y echo un vistazo alrededor.

Y por mucho que lo he estado intentando evitar, siento que el aire comienza a espesarse por culpa del impacto real de la gala y de todo lo que se espera de mí esta noche.

—Genial —murmuro agobiada, y me acabo la copa de un trago con la intención de que me calme—. ¿Dónde demonios se ha metido Ewan?

Lo busco entre la gente. Ewan es una de las personas más altas de la sala, así que debería destacar con facilidad, pero no hay rastro de él. Tampoco veo a Lucy a mi lado susurrándome cuál es el siguiente paso, cuándo sonreír o a quién no debo mirar demasiado.

«Genial. Absolutamente genial».

Sigo escaneando la sala cuando, de repente, me topo con unos ojos demasiado familiares.

—¿Nora? —susurro—. ¿Tú qué haces aquí?

—¡Hola a ti también, cariño! Estás preciosa, por cierto.

—¿Cómo has entrado? —pregunto, bajando aún más la voz—. ¿Dónde está Lucy?

—Ah —dice, quitándole toda la importancia del mundo mientras mueve una acreditación que claramente no es suya—. Le he dicho a Lucy que me dejara su pase.

Parpadeo.

—¿Qué? ¡Pero la necesito! —siseo—. Tiene toda la organización de la noche. ¡Y copias del discurso!

Nora se lleva una mano al pecho, ofendida.

—Perdona —dice—. ¿Me estás diciendo que no confías en mí? Me duele, Savannah. De verdad.

—Nora…

—Tranquila —me interrumpe—. Lucy me ha obligado a traerte esto.

Se inclina un poco hacia mí y, para mi absoluto horror, se saca del escote un papel arrugado. Lo despliega, le echa un vistazo rápido y sonríe.

—Pero si está chupado —añade—. Agradeces, sonríes, dices algo emotivo sobre Nashville, mencionas la música y listo. ¡Ah!, y muy importante, no te tropieces con el cable del micrófono al bajar. ¿Te has fijado? Lo tienen fatal puesto.

—¡Trae eso! —Le quito el discurso de las manos de un tirón e intento alisarlo sin mucho éxito.

—Eh, cuidado —protesta—. Ha estado muy bien protegido. Y, en serio, relájate. Lo tienes controlado. Y si no, improvisas. Se te da bastante bien cuando no entras en pánico. Que es justo lo que estás haciendo ahora mismo.

—Lo sé, tienes razón —cedo al fin—. Vale, entonces… ¿qué hacemos ahora?

—¿Os apetece una?

Antes de que Nora pueda contestar, Ewan aparece a nuestro lado con dos bebidas en la mano.

—¿Se puede saber dónde te habías metido? —lo regaño sin pensar.

—He ido con Regan a por algo de beber —se justifica—. Hay que aprovechar que no estamos en temporada...

Bajo la mirada hacia el vaso y, al devolverla hacia él, descubro que no está solo. Detrás de Ewan hay otro chico. Más bajo que él, moreno, piel olivácea y con una sonrisa que contrasta con el aura de mi falso novio. Podría ser su antagonista físico, pero, aun así, sigue siendo igual de atractivo.

—Os presento a Regan Jason —dice Ewan, dándole una palmada en la espalda, que ocupa fácilmente dos tercios de su ancho—. El mejor running back del equipo.

—Yo soy Nora —se presenta cogiendo uno de los vasos de Ewan—. Su mejor amiga y asistente personal.

Lo segundo es consecuencia de lo primero, sin duda.

Cojo la bebida de Ewan y le doy un trago justo cuando veo a un tipo trajeado subir al pequeño escenario. Sé lo que viene a continuación.

Miro a mi alrededor y me obligo a respirar. Puedo hacerlo. Claro que puedo. Tal y como ha dicho Nora, esto está chupado, lo he hecho un montón de veces. Solo tengo que subir, hablar delante de… ¿Cuántas personas hay aquí? ¿Doscientas? ¿Trescientas? Un número manejable. Perfectamente manejable.

Además, ni siquiera tengo que cantar. Cosa que, sinceramente, preferiría.

He actuado en el Madison Square Garden y en el SoFi Stadium. Esto es solo una pequeña charla entre amigos. Solo que aquí tengo que dar un discurso con el que no me siento cómoda en absoluto.

El tipo del escenario carraspea y el murmullo empieza a apagarse.

—Bienvenidos a esta noche tan especial para Nashville —saluda con su voz grave perfectamente entrenada para sonar institucional—.

Es un honor teneros aquí, y no solo para dar la bienvenida a uno de los eventos más importantes del deporte en nuestro país —asiente, satisfecho con su propia pausa dramática dando espacio para que le agasajen un poco—.

Este fin de semana, Nashville no solo será la casa del draft de la NFL, sino también el punto de encuentro de miles de personas que aman esta ciudad tanto como nosotros.

Y desde el ayuntamiento queríamos agradecerlo como mejor sabemos hacer: reuniendo a quienes hacen de Nashville lo que es.

Artistas, productores, compositores, deportistas, profesionales que han llevado el nombre de esta ciudad mucho más lejos de lo que jamás imaginamos —continúa—, esta noche es por y para vosotros.

Para celebrar vuestro talento, vuestro trabajo y el impacto que tenéis dentro y fuera de Tennessee.

Aprieto los dedos alrededor del vaso de Ewan, que ya está vacío.

—A lo largo de la velada —continúa—, hablaremos con varias figuras que se han convertido en referentes de Nashville y que, con su trabajo, han ayudado a que esta ciudad siga siendo un hogar para la creatividad, el esfuerzo y la disciplina.

Ahí está.

Ese es el momento.

Le estampo el vaso a Ewan sin siquiera mirarlo y su torso lo recepciona sin inmutarse. Levanto la barbilla, estiro los hombros y sonrío. Porque, si algo sé hacer, es salir ahí fuera y fingir para que nadie se dé cuenta de lo nerviosa que estoy.