CAPÍTULO 7
Dylan
—¿H as visto todas las minitallas que han dejado en el baño?
No sabía que una persona podía pasearse tantas veces seguidas por veinte metros cuadrados. Si esta mañana en casa pensaba que estaba hiperactiva perdida, ahora le abriría la ventana por si quiere seguir recorriendo la habitación.
Asiento con fingida sorpresa y me tiro sobre la cama. No pueden darme más igual las cremas y los jaboncitos. Alargo la mano y cojo el folleto que nos han dado en recepción.
Estoy en un hotel totalmente fuera de mis posibilidades, pero no lo he pagado yo, así que me da igual.
Intento sonreír cuando Chrishell sale del baño por quinta vez, solo que esta, a diferencia de las anteriores, me lanza un botecito con el logo del Renaissance, donde nos ha alojado la organización del draft de la NFL con un descuento especial para quienes participamos de algún modo en el evento.
Aunque, por lo que me he podido enterar, creo que no es solo para los trabajadores y algunos postulantes, los socios de los equipos que tienen season tickets también pueden quedarse aquí.
Los jugadores y directivos más importantes están en The Hermitage.
Paso el pulgar por el folleto sin demasiado interés: fotografías de Nashville sacadas de un banco de imágenes, gente sonriente con camisetas de equipos de la NFL, recomendaciones de locales en los que comer, zonas de fans, eventos que se celebrarán en la ciudad este fin de semana…
Chrishell vuelve a cruzar la habitación, esta vez con el pelo húmedo y el móvil en la mano.
¿En qué momento se ha metido en la ducha?
Dice algo sobre bajar luego a dar una vuelta, pero no estoy muy seguro de si habla sola o conmigo.
Se tira en la cama, hasta colocarse a mi lado, y me quita el folleto de las manos.
—Vale, escucha —dice—. Esta noche hay un evento en The Hermitage. Van a dar los premios a los referentes de Nashville de este año.
Levanta el móvil delante de mi cara y empieza a deslizar con el dedo.
No se ha dado cuenta de que en el folleto que me ha quitado pone la misma información que me está enseñando con el brillo de la pantalla a tope.
—Tenemos que ir. Seguro que va gente importante.
Gente a la que le interesa una buena cerveza artesanal —añade con confianza—.
Podemos movernos, hablar, presentar la marca…
Este tipo de cosas no pasan todos los días.
¿Te he enseñado las nuevas tarjetas personalizadas que nos he hecho?
Están en el bolsillo interior de mi bolso.
Me muevo para alcanzarlas, pero ella me sujeta de la muñeca antes de que pueda hacerlo.
—¡¡No puede ser!! —Me percato de que ha cogido el folleto y le echa un vistazo a una página distinta a la que yo estaba mirando—. ¿Por qué no sabía yo esto? —chilla, agitándolo en el aire.
—¿Qué pasa?
—Vale, vale, vale… —murmura—. Esto es muy fuerte.
—¿Qué pasa? —insisto, en vista de que me está ignorando y sigue con la mirada clavada en el folleto.
—Savannah.
Ese nombre me produce un escalofrío por todo el cuerpo. Espero que eso signifique que le han entrado unas ganas irrefrenables de visitar la ciudad de Georgia y no lo que mi mente está imaginando.
—¿En Georgia? —pruebo suerte—. Nos pilla a siete horas de aquí, pero si te apetece…
—¿Qué dices? —se ríe y me pega un manotazo—. ¡No seas bobo! Savannah. Savannah Morgan. —Señala el folleto, que desearía haber tirado a la basura hace cinco minutos—. Va a actuar en el escenario principal pasado mañana. Iremos a verla, ¿no?
Chrishell me mira entusiasmadísima. Una niña de cinco años a punto de abrir su regalo de Navidad.
Solo que ella no sabe que ese fue mi mismo regalo hace ya tres años y no fui yo quien lo destrozó.
Nunca le he hablado de mi relación con Savannah, si es que eso pudo llamarse así en algún punto.
No porque sea un secreto, sino porque nunca ha dejado de doler lo suficiente como para contarlo en voz alta.
Hay cosas que, cuando las dices, se vuelven reales del todo, y yo pensé que, si no la nombraba, acabaría desapareciendo.
Durante un tiempo funcionó. Conseguí que mis amigos dejaran de hablar de ella, aunque al principio no paraban de repetirme que se había puesto en contacto con todos, que les pedía que por favor me dijeran que atendiera sus llamadas.
Me deshice de ese número de teléfono. Y, después de todo…
, me antepusieron a ella y se hizo el silencio.
Hasta que llegó Chrishell. Lo irónico es que no supe que era fan de Savannah hasta que ya era imposible cortar con alguien solo por la música que escucha.
Aunque, pensándolo bien, en mi caso habría estado bastante justificado.
Mi novia vuelve a mirar el folleto, alucinada y ajena a todo lo que ese nombre despierta en mí.
—Es increíble —dice—. ¿Te imaginas verla en directo?
Asiento despacio, con una media sonrisa que lógicamente no sabe interpretar.
Claro que me lo imagino.
Lo que no me imaginaba era que Nashville fuera a devolverme justo aquello que me quitó. Que, después de tanto tiempo, Savannah volvería a colarse en mi vida sin pedirme permiso.
Un poco más calmada, Chrishell pasa unas páginas más del folleto para después dejarlo caer sobre el otro lado del colchón. Se gira hacia mí y apoya la cabeza en mi pecho con una mirada que sé lo que pretende conseguir.
—Oye —ronronea con ese tono que solo utiliza cuando quiere distraerme—. ¿Sabes qué también es increíble?
Niego con la cabeza, totalmente distraído.
—Que estemos en un hotel como este, en Nashville, sin horarios y con una cama enorme.
Desliza los dedos por el interior de mi camiseta con un único objetivo. Todo lo contrario a lo que me apetece ahora mismo.
—Chrishell… —murmuro, sin saber muy bien qué viene después.
Ella ríe por lo bajo y se acerca un poco más.
—Relájate…
Apoya la mano sobre mi muslo, se inclina para besarme y yo respondo por costumbre. Ella sigue paseando su mano por mi cuerpo, confiada en que va a acabar en el mismo lugar de siempre.
Sus labios se deslizan desde la comisura de mis labios hasta la clavícula. Cierro los ojos e intento concentrarme en la sensación, en el peso de su cuerpo sobre el mío, pero mi cabeza no coopera y ella se da cuenta.
Se detiene lo justo para estudiar mis movimientos.
—Eh —dice en voz baja—. ¿Estás conmigo?
Abro los ojos y asiento.
—Sí —respondo—. Perdona.
Chrishell me observa un segundo más. No intuye que le estoy mintiendo.
Sin decir nada más, se inclina otra vez sobre mí y deja que sus labios vuelvan a mi piel.
Sus manos se cuelan por debajo de mi camiseta y yo sigo el movimiento sin pensar demasiado, levantando los brazos para que se deshaga de ella.
La tela acaba en el suelo y ella sonríe, satisfecha.
Se inclina de nuevo, besándome el pecho, bajando poco a poco hasta marcar el camino con su boca.
Me desabrocha los pantalones sin dejar de besarme. No la detengo, pero tampoco pongo de mi parte. Simplemente dejo que siga y marque el ritmo por los dos.
Desnudo, mis dedos se hunden en las sábanas mientras ella continúa a lo suyo, segura de que esto va a funcionar.
Siempre funciona.
Mi cuerpo responde con una especie de placer vago y automático, como una canción que te sabes de memoria, pero ya, por mucho que la sigas escuchando, no te transmite lo mismo que al principio.
Chrishell sube de nuevo hasta mi boca y me besa con más intensidad, buscando algo que no sé si puedo darle ahora mismo. Desea arrastrarme con ella al placer, anclarme a esta cama, a su cuerpo, a lo que estamos haciendo. Yo le devuelvo el beso, lo justo para que no note lo lejos que estoy de aquí.
Su respiración se acelera. La mía, en cambio, no tanto.
De nuevo, vuelve a su lugar, entre mis piernas.
Se mueve segura, decidida, y el cambio altera todo mi cuerpo.
Aumenta la presión, el ritmo y la intensidad de sus movimientos para provocarme una reacción que, al final, llega.
Porque, a pesar de mis esfuerzos, mi cuerpo responde aunque yo no le haya dado permiso.
Chrishell sonríe contra mis muslos, convencida de que me está devolviendo al presente. Cree que me tiene otra vez donde quiere, y yo no hago nada por sacarla de su error.
Y, cayendo en una vieja tentación, me imagino que no es mi novia la que está encima de mí.
Me dejo llevar y mi cuerpo responde antes de que pueda frenarlo.
Contengo el aliento, cierro los ojos y dejo que la imagen de otra mujer haga el trabajo que yo no estaba siendo capaz de conseguir.
Mis manos suben casi con vehemencia, se enredan en el pelo de Chrishell y tiro un poco, lo justo para que ella jadee y sonría, convencida de que es ella la que me provoca así.
Me muevo con más intensidad, dejo que la fantasía me empuje, que sea otra la que ocupe el espacio que Chrishell cree suyo. Y funciona. Vaya que si funciona.
—Dylan… —balbucea.
No digo su nombre en voz alta para no cagarla.
«Joder, maldita Savannah».