CAPÍTULO 5
Dylan
A l igual que a Dukeforth no le gusta ella, a mis amigos tampoco. Sobre todo, a Brooke.
—No la aguanto —brama.
—Shhh —susurro, aunque para qué. No hay probabilidades de que Chrishell la oiga, porque el volumen de la música está altísimo y ella está en la barra ahora mismo. Pero no me la pienso jugar, el radar de ofendida lo tiene finísimo.
—No me voy a callar. Llevo trabajando en este bar desde que tuve edad legal para servir alcohol.
¡No necesito que venga una tía con un máster a decirme cómo hacer mi trabajo!
—Knox y Devon asienten, de su parte. No sé por qué estamos manteniendo esta conversación delante de ellos—.
Me ha plantado delante de mis narices un horario creado por ella, cuando ni siquiera sabe qué se hace aquí.
—Reprimo una carcajada, porque como me ría delante de ella es capaz de darme una colleja, pero es divertidísimo verla así.
Creía que nadie era capaz de sacarla tanto de quicio como Knox, pero se ve que sí—.
No me hace falta ningún Excel certificado por la Universidad de Chrishell Fraser para quedarme aquí sola un par de días.
Devon suelta la carcajada que yo estaba reprimiendo.
—Tío, te lo digo con todo el amor del mundo, ¿qué haces con esa tía? Al principio era divertido, pero ya se ha pasado la novedad, ¿no crees?
Me tenso. Knox y Brooke intercambian miraditas.
—Chicos, dadle una oportunidad. Chrishell es una buena chica, solo es un poco… intensa.
—Plasta —remata Knox.
—Llevamos dos años dándole una oportunidad —apunta Brooke.
—Es que ni siquiera es que sea una bruja —añade Devon—. Simplemente… no pega aquí. ¿Sabes cuando intentas meter una pieza en un rompecabezas en un espacio que no le pertenece y deformas el resto que encajaba a la perfección? Pues eso. Da igual cuánto la aprietes.
—Qué comparación más rara, tío —murmura Knox.
—Mirad, entiendo que no os caiga bien —empiezo, buscando el tono más conciliador posible—. Pero es mi novia. Y quiero que, por lo menos, no la machaquéis cada vez que abre la boca.
Brooke abre mucho los ojos.
—¿Machacarla nosotros? ¡Que no venga ella con órdenes! Dylan, de verdad, estos dos años han estado bien, pero ¿en serio te ves toda la vida con ella?
Odio que vuelvan al mismo tema de conversación.
—Claro que…
—Ni de coña —remata Knox por mí—. Solo está con ella para olvidarse de…
En cuanto pronuncia esas palabras, se forma el silencio en la mesa.
—Puedes decir su nombre, no es Voldemort. Y no, no estoy con Chrishell para olvidarme de nadie —dejo claro lo más tranquilo que puedo—. Estoy con ella porque… —me froto la frente, buscando las palabras— porque está. Porque me acompaña. Porque encaja en mi vida.
—¿Estás describiendo a una pareja o un animal de compañía? —Brooke se echa hacia atrás en la silla.
—¿Sabéis qué? Meteos en vuestros asuntos —digo finalmente, sin levantar la voz pero con el tono que solo uso cuando ya he llegado a mi límite—. En serio. No quiero seguir hablando de esto.
No voy a discutir mi relación aquí mientras ella está a tres metros con una jarra en la mano sin tener ni idea de cómo se sirve una cerveza de grifo.
Brooke chasquea la lengua, frustrada, y me sostiene la mirada, desafiándome.
En vista de que no le sigo el juego, suspira, alza las manos y se rinde.
—Está bien. Pero si vuelve a aparecer con otro Excel, lo voy a usar de posavasos —grita justo cuando me alejo hacia la barra, donde está mi novia. No puedo dejarla mucho más tiempo ahí. Se le está empezando a formar cola y la pobre no sabe tirar una cerveza sin llenar todo el vaso de espuma.
—¡Brooke, a la barra! —le insto, todavía de espaldas a ella.
Por suerte, el bar está lleno. Desde que abrimos la cocina al público, poco a poco se fue corriendo la voz por todo el pueblo.
La primera semana pensé que había sido un error monumental, tiramos la mitad de género y yo estuve comiendo alitas toda la semana.
Y ahora… Ahora el almuerzo le da mil vueltas a la happy hour .
Recuerdo perfectamente el día en que Danny preparó sus famosas patatas rellenas por primera vez.
—No había visto tanta gente junta pidiendo comida en la vida. Todo es gracias a tu salsa secreta, tío —le dije cuando cerramos caja.
—Agh, qué puto asco, Dylan —protestó Knox, escupiendo un trozo que había robado de una de las bandejas. Después alargó la mano hasta el servilletero y se limpió la lengua.
—Es salsa ranchera casera, imbécil. ¿Quién te crees que soy? ¿Un sociópata? —le soltó Danny al darse cuenta de lo que estaba insinuando.
Knox lo ignoró y siguió limpiándose la boca.
No tengo claro si el punto de inflexión entre esos dos empezó ahí o por el rollo raro que se traen desde hace tiempo con Brooke. Pero vamos, que cuando Knox y Danny coinciden, la energía siempre está… tensa .
Lo importante es que, gracias a eso, rebautizamos nuestro plato estrella como «la patata secreta».
El móvil vibra en mi bolsillo y me saca del recuerdo. Es Larry. Desde que su hija le enseñó a usar mejor el teléfono, siempre me manda un SMS cuando está en camino.
Aprovecho para mirar la hora.
Uf, si quiero llegar a Nashville antes de que se forme atasco, deberíamos salir de aquí cuanto antes.
—Chrishell, cielo. —Estoy de espaldas a mis amigos, pero eso no me impide saber qué cara acaban de poner por referirme a ella con un apelativo cariñoso—. ¿Te importaría preparar unos termos de café? Yo voy a revisar el aceite y el líquido refrigerante.
Si fuese cualquier otro coche ni me molestaría en hacerlo para este trayecto, pero el historial de averías de mi pick-up me ha hecho aprender a lo largo de los años.
Está aparcada justo al lado de la puerta trasera del bar, inclinada ligeramente hacia la derecha por culpa del amortiguador.
Abro el capó y saco la varilla del aceite para que me confirme lo que ya sabía.
Cojo la garrafa medio vacía que llevo siempre en la parte trasera y le echo un poco.
Después reviso el refrigerante y meto la mano para comprobar las correas.
Una está un poco floja, pero nada que vaya a matarnos hoy. Espero.
Quedarme tirado en Dukeforth no me supone ningún problema, como mucho, tendría que andar durante un rato hasta llegar al taller de Randall, pero, claro, hacerlo en mitad de la nada no me haría ni pizca de gracia.
Con la pick-up a punto, vuelvo a la cocina con la intención de encontrar algo que llevarme.
—¿Vienes a echarme una mano? —me pregunta Danny, que está al lado de la freidora.
—Ya te gustaría que me acercase a ese cacharro —me carcajeo—. Vengo a robar.
Me paseo en busca de algo rápido de comer, y Danny, con la mano fija en el mango de la freidora, recorre la vista al igual que yo.
—Ahí hay una bandeja de pollo rebozado que Brooke aún no se ha llevado, píllala si quieres. Tengo los siguientes en nada. —Señala el aceite chisporroteando.
Chrishell entra en la cocina con los termos de café en la mano.
—Ya tengo los cafés listos —dice, orgullosa, mientras los coloca frente a mí.
—¿Preparada para irnos?
Ella asiente, emocionadísima ante la idea de hacer un viaje en carretera.
—Genial, pues pillo ese pollo de ahí y nos vamos.
Me escapo hacia el bar y me despido de mis amigos. Knox se va a encargar de mis caballos, Brooke del bar y Devon…, bueno, Devon se encargará de vigilar que ninguno de los aquí presentes se mate entre ellos. Nada puede salir mal. O sí, pero ya no depende de mí.
Cruzo el callejón casi al trote y me meto en la pick-up mientras Chrishell sigue en el baño repasándose el pintalabios por quinta vez. Aprovecho para encender la radio y poner mi música.
El motor tose un par de veces antes de arrancar.
Creo que le apetece tan poco como a mí hacer este viaje, pero le doy un par de golpecitos al salpicadero y acaba cediendo.
Unos minutos después, Chrishell aparece por la puerta trasera del bar con su bolso enorme, dos termos y lista para cambiar de emisora. Pero eso no va a ocurrir.
Me niego a ir carretera a Nashville escuchando a Savannah a todo trapo.
Sube a la pick-up y arruga el entrecejo cuando escucha a Nickelback, pero no hace ningún comentario al respecto. Se limita a abrocharse el cinturón y a dejar los termos de café en la consola central. Está demasiado emocionada por pasar un fin de semana en la ciudad.
No soy supersticioso, pero algo dentro de mí me dice que este viaje no es lo que necesito ahora mismo, pero ya estoy enfrente del volante y no hay vuelta atrás. Así que meto primera y me dejo llevar con la sensación absurda y peligrosamente real de que este viaje lo va a cambiar todo.