CAPÍTULO 4
Dylan
C hrishell hiperactiva es un animal peligroso, mucho más que un caballo con dos terrones extra de azúcar.
Solo lleva media hora despierta y ya ha hecho sus pasos diarios (y puede que también los de todo Dukeforth).
Tenemos que salir hacia Nashville dentro de seis horas, pero ella ya lo tiene todo listo.
Es la primera vez que me voy a alejar tanto del bar y eso es algo que me aterra.
Confío plenamente en Brooke, y ahora no me queda más remedio que hacerlo también en Danny, y sé que se van a encargar del Loopsie's como si fuese de ellos, pero la suerte nunca me acompaña, y basta con que me vaya tres días para que la nueva cocina decida incendiarse o aparezca una fuga que convierta el local en un acuario.
Distanciarme de los caballos también me preocupa, y aquí sí que lo digo claramente por Knox. Es mi mejor amigo y eso no hace más que reforzar mi teoría de que, por mucho que él lo intente, siempre acaba metido en algún lío. A mí me buscan, pero él los persigue.
Tengo que confiar en que mis amigos mantendrán todo en orden mientras no estoy. No me queda otra, porque este viaje no es opcional.
Respiro hondo y me apoyo en la encimera mientras Chrishell sigue dando vueltas por el salón.
—Me voy al Loopsie's, ¿te vienes?
—¡Claro! Le he preparado a Brooke un Excel con horarios, turnos, proveedores, limpieza… ¡Le va a encantar!
Sonrío porque no puede estar más equivocada.
Cojo las llaves de la pick-up del bol que está en la entrada y en menos de diez minutos nos plantamos ahí.
El trayecto me ha servido para despejar un rato los pensamientos intrusivos que hoy no paran de rondarme la cabeza.
La carretera estaba medio vacía a esas horas y el sol ya se alzaba por encima de los tejados de Dukeforth.
Aparco en la parte trasera del local y, antes incluso de bajar del coche, me llega el olor a pan tostado, ajo y algo que huele demasiado bien para ser solo las diez y media de la mañana. Danny ya estará metido en la cocina.
Empujo la puerta del servicio y me recibe el sonido del extractor y el golpeteo rítmico del cuchillo contra la tabla.
Danny está con el delantal, los auriculares puestos y medio pelo recogido en un moño mal hecho.
Pese a que no me canso de repetirle que se lo recoja mejor, no me hace ni caso, como todo el mundo aquí.
Hace algo más de un año y medio que trabaja conmigo, justo cuando terminé de reformar la cocina, que había estado clausurada desde que tomé las riendas del bar. La verdad es que no sabía a quién contratar y estuve a punto de desesperarme. Por suerte, Danny apareció de nuevo en Dukeforth.
Entró al bar una tarde a tomar algo y, al vernos, enseguida nos dimos cuenta de que fuimos al mismo instituto.
Empezamos a hablar y me contó que acababa de volver del ejército por una baja.
Me explicó que, aunque no podía participar en entrenamientos o misiones de combate, había estado a cargo de algunas asignaciones de cocina dentro de su unidad preparando comidas para su pelotón.
No era exactamente un chef profesional, pero se desenvolvía bien.
En algún punto, mientras charlábamos, le lancé la broma de que el Loopsie’s necesitaba alguien que cocinara bien y, casi sin pensar, se ofreció para probar suerte en el bar.
Desde aquel día, Danny es el responsable de la cocina del Loopsie’s, y, sinceramente, no podría haber encontrado a alguien mejor.
Ya no solo por cómo cocina; seamos sinceros, no se necesita ser el mejor para hacer unas alitas o patatas fritas, pero sí es el mejor con el orden, la limpieza y los horarios.
También confié en que algo de lo que aprendió en el ejército sobre disciplina y planificación se le pegase a Brooke, pero eso fue pedir demasiado. Sigue haciendo lo que le da la gana.
—¡Buenos días, Danny! —Paso por detrás de él.
—¿Qué pasa, jefe? —me saluda, moviendo un poco el cuerpo al ritmo de lo que quiera que esté escuchando a través de los auriculares.
—¡Buenos días, Danny! —Chrishell me imita con un tono mucho más agudo y empieza a curiosear por todas partes: levanta tapas, huele cazos y mete la nariz donde no le llaman…
Danny la mira de reojo. Odia que haga eso, pero no dice nada. Se limita a seguirla en silencio y recolocar todo lo que ella va desordenando.
—¿Te importa? —protesta Danny cuando ella levanta la misma tapa por cuarta vez—. Vas a romper el proceso de cocción de las patatas.
—¡No seas exagerado! —se ríe—. Solo son unas patatas rellenas, no cocina molecular.
Danny parpadea, ofendido. Le toco el hombro con disimulo en una señal silenciosa para que no suelte ninguna bordería de las suyas. Conozco a mi novia y sé que puede sacar de quicio a cualquiera, pero no lo hace con mala intención. Simplemente es… Chrishell.
Dejo atrás los murmullos de Danny, las risitas de Chrishell y cruzo la cocina para entrar al local.
—Voy a revisar el inventario —anuncio, porque si no salgo de aquí me van a arrastrar a su absurda discusión—. ¿Te dijo algo Larry de si podía venir hoy?
—Si le haces el pedido antes de las doce, sí.
—Genial, gracias, tío.
Enciendo las luces del pasillo y bajo directo al almacén. Cojo la libreta donde apunto todo y empiezo a contar cajas y revisar fechas.
Después, detrás de la barra, reviso los barriles de cerveza y compruebo que Brooke no se ha dejado nada sin reponer. Aunque tenga mi propia marca de cerveza, sigo combinándola con las de Larry; las favoritas de los clientes son la tostada alemana y la IPA americana. Ambas son apuestas seguras.
Llamo a mi distribuidor antes de que sea más tarde, y hago un pedido pequeño con lo indispensable para estos días. Voy a dejar este sitio sin supervisión por primera vez en años y no quiero que falte de nada.
—¿Dylan? —La voz de Chrishell resuena desde el fondo del pasillo—. ¡Creo que Danny se ha enfadado de verdad! —gimotea sacando la cabeza a través de la cortina que delimita con el bar.
Con el pedido ya hecho, cierro el cuaderno con el bolígrafo dentro y dejo escapar un suspiro.
—Normal. Te ha dicho mil veces que no hagas eso.
—¡Era una broma! Solo quería oler —protesta ella—. Sabes que me encantan las patatas con esa salsa…
—Venga, déjalo y hazme un favor —la insto, señalando con la cabeza hacia el salón—. ¿Puedes encender el resto de las luces? Y ya que estás, pon en las mesas los salvamanteles nuevos. Están en la caja que dejé encima del congelador.
—¿Los que llevan la carta impresa? —pregunta ilusionada.
Los diseñó ella misma la semana pasada y aún no ha visto el resultado. Al rato, la escucho encender luces y arrastrar sillas que no hace falta mover.
—¡Dylan! —me llama Chrishell desde la otra punta—. ¿Las servilletas de papel van encima del salvamantel o al lado?
—Encima. Y dobla las esquinas bien.
Echo un vistazo rápido. Está inclinada sobre la mesa con el ceño fruncido, tratando de adivinar cómo doblar una servilleta.
No se le da demasiado bien hacer nada de esto.
De hecho, estoy casi seguro de que antes de estar conmigo ni siquiera había entrado a un bar de este estilo.
Sin duda, ella es más de oficinas con despachos de cristal, cafés con leche de avena y llamadas a través de aplicaciones impronunciables.
Pese a los dos años que llevamos juntos, siento que seguimos viviendo en realidades paralelas. Dukeforth es un pueblo al que le tienes que gustar, y no al revés. Y ella, por mucho que intente camuflarse, sigue sin encajar.
La primera vez que la vi fue durante el entierro de su abuelo, el señor Fraser.
Recuerdo que apareció en el pueblo de la nada.
Los que vivimos aquí tenemos un radar infalible para detectar forasteros, y ella desde luego que lo era.
Sus padres estaban fuera del país y ella fue la única que se dignó a despedirse del viejo Nolan.
Creo recordar que no hablamos hasta pocos días después, cuando acabó entrando en mi bar con cara de querer llorar porque aquí nadie acepta (ni sabe lo que es) Apple Pay y necesitaba que alguien le fiara algo de efectivo para sobrevivir.
Le dije que no se preocupara, que se lo apuntaba en la cuenta.
Me miró como si le hubiera salvado la vida.
Según me contó, había terminado hacía poco su máster de diseño creativo y branding en Boston y que volver a la ciudad no le servía de mucho porque no encontraba prácticas.
Como su abuelo llevaba parte de los proyectos culturales del ayuntamiento y la alcaldesa era muy amiga suya (demasiado, diría yo) le ofreció un pequeño puesto allí a tiempo parcial.
Chrishell aceptó pensando que sería algo temporal, un apaño hasta que encontrara algo mejor en cualquier otro sitio, pero ya han pasado más de dos años desde entonces.
Cuando al fin consigue colocar todas las servilletas de la manera correcta, oigo el inconfundible sonido de la puerta chirriar.
—¡Brooke! —Chrishell es la única que la saluda en voz alta, yo me limito a hacer un leve gesto con la cabeza—. Querida, ¿tendrías un minuto para mí?
Brooke odia que la llame «querida» tanto como Danny odia que toque sus ollas.
La conversación no podría empezar peor.
Brooke, antes de contestar, me mira a mí primero. Me encojo de hombros y finjo demencia, aunque sé a la perfección lo que le va a decir, y no le va a gustar.
—¿No oléis a quemado? Voy a ver a Danny —me escaqueo.
Brooke hace un gurruño con una de las servilletas que acaba de plegar Chrishell y me la tira, pero apenas me roza; ya he atravesado la cortina, estoy en la zona segura del bar y no pienso meterme en esa conversación.