CAPÍTULO 3
Savannah
E stoy atrapada en el mismo bucle toda la mañana.
—Tienes que elegir entre uno de estos tres vestidos.
—No me gusta ninguno.
—No es eso lo que te he pedido.
—Pero es que no puedo tomar una decisión si no me gusta ninguno —insisto sin ganas.
—Tesoro —Emily, mi estilista, avanza con sus tacones imposibles y se sienta a mi lado. El sillón es algo pequeño para las dos, pero eso no le impide hacerse hueco—, estoy intentando hacerte esto lo más sencillo posible.
—Lo sencillo sería elegir el vestido que yo propuse.
—No lo ha aprobado nadie. Ni tus publicistas ni los de él.
Ahora preguntaría si resulta que piensan ponérselo ellos en mi lugar, pero eso solo daría lugar a otro bucle sin sentido en el que no me apetece entrar.
—Savannah, cariño, sabes cómo funciona esto —incide. Vuelve a suspirar y yo también. Creo que llevamos suspirando desde las nueve de la mañana—. Estos son los que han aprobado —repite, como si no lo hubiera dicho ya mil veces.
—El lencero de lentejuelas está bien —acabo escogiendo.
—¡Genial! Eso es una excelente noticia. Te va a quedar genial con el cambio de look . En media hora te espera Flavio, ¿oído?
Ya no me quedan fuerzas para discutir, así que asiento y me voy a la máquina expendedora a por una chocolatina antes de que también me prohíban comérmelas.
Hasta ahora, llegar a este punto de mi carrera ha sido más o menos sencillo.
Me estaba dedicando a ser yo misma y a hacer caso en todo lo que me decían.
El problema es que ahora parece que eso ya no les basta.
Y no hablo de la gente que me sigue, sino de los que están por encima de mí.
Se amparan en la idea de que ya hay demasiadas como yo, demasiadas rubias con botas de cowboy haciendo lo mismo, y que, si quiero seguir en la cresta de la ola un año más, tengo que hacer algo distinto.
Tengo que crear una nueva versión de Savannah. Una que nunca he sido ni quiero ser.
Minutos después vuelvo a estar sentada, pero esta vez en la silla favorita de Flavio.
Veo cómo un trozo de mí misma cae al suelo seguido de otro, adiós a mi flequillo en forma de cortina.
Antes los mechones me llegaban hasta el lóbulo de la oreja y me enmarcaban todo el rostro, ahora parece que me voy a tener que acostumbrar a que se me metan en los ojos.
Además, Flavio también me está matificando el tono, el mismo que él me aclaró demasiado para la gira anterior, y ahora, por alguna razón que nadie me ha explicado, han decidido oscurecerlo un poco.
Llega un punto en que mirar el espejo carece de sentido, así que lo dejo estar.
Cojo el móvil, lo desbloqueo y, en un intento por entretenerme, reviso alguna de las miles de notificaciones.
Contesto un par, dejo algún corazón y sigo haciendo scroll sin pensar demasiado, solo para mantener las manos ocupadas y la mente lejos de lo que está ocurriendo en mi cabeza. Metafórica y literalmente.
Y, sin saber cómo, acabo en su perfil.
Miro la fecha de sus últimas fotos y me fijo en que está aumentando la asiduidad de publicación. Amplío una de las fotos recientes y, por supuesto, mis ojos van directos a sus abdominales: marcados, sudados, perfectamente iluminados.
Está objetivamente bueno, no lo voy a negar, pero no me interesa.
No de esa manera. No de la que están empeñados en forzar.
Paso el resto de la mañana encerrada en el estudio de imagen y vestuario convirtiéndome en una nueva Savannah en contra de mi voluntad, y a mitad de tarde vuelvo a casa para encerrarme en el estudio de grabación.
Llevo escondiéndome de la prensa más de dos semanas, cosa que no nos está resultando fácil, de hecho, hace tres noches, el equipo de seguridad tuvo que acordonar la entrada de mi casa porque una horda de paparazzi hizo acampada en las inmediaciones.
Cuando alguien que siempre ocupa sus titulares desaparece de la noche a la mañana se ponen nerviosos y buscan el modo de captar la mejor foto robada.
Esa instantánea vale miles y miles de dólares.
Desde ese día, duermo con una manta colgada sobre las cortinas del dormitorio, por si a alguno se le ocurre ajustar la cámara y probar suerte.
El camino a casa ha sido sencillo, al menos todo lo sencillo que puede ser cruzar desde West Hollywood a Pacific Palisade en plena hora punta.
Dentro de casa me reciben voces. Avanzo y, para mi sorpresa, Nora está hablando animadamente con mi cocinera mientras se come un enorme plato de pasta carbonara. Lo que me sorprende obviamente es lo primero, no lo segundo.
Nora levanta la vista con la boca llena y me señala con el tenedor.
—Ya estás aquí. Uy, ¿nuevo look ? —comenta lo obvio—. Me gusta.
—Hola, señorita Morgan. Le he dejado su plato en la bandeja térmica para que no se le enfríe. Según mi horario, creía que iba a llegar antes. Disculpe el descuido.
Levanto la vista hacia el reloj del horno.
Sí, yo también pensaba que iba a llegar antes. Le echaría la culpa al tráfico de Los Ángeles, pero ha sido mi culpa por intentar dejar de ser una niña de tres años y tener la potestad de elegir mi propia ropa.
—No te preocupes, Renée, no tengo demasiada hambre —le digo, ignorando por enésima vez su empeño en tratarme de usted.
Para mí, mantener el tuteo no es una falta de respeto, sino un intento de cercanía que ella se niega a aceptar—.
¿Te importa si me lo como luego? Voy a ir un rato al estudio de grabación. Puedes retirarte ya, si lo deseas.
No la estoy mirando directamente, pero, a través del reflejo del horno, veo la cara que pone Nora. Está claramente ofendida… o hambrienta. Quizá también estaba esperando el postre que le acabo de arrebatar porque le he dicho a mi cocinera que se tome un respiro.
Antes de volver a encerrarme en el estudio, me quito la prueba de maquillaje para el evento y me pongo ropa cómoda.
Después, intento recogerme el pelo, aunque con mi nuevo corte es misión imposible.
Lo llevo tan escalonado que cada mechón va completamente a su aire y se escapa de entre los dedos en cuanto intento recogerlo.
Al final, doy por buena una coleta medio caída que sé que no aguantará ni cinco minutos en su posición original.
En unas cinco horas volverá mi chófer para llevarme a LAX, el tiempo perfecto para intentar componer algo. Ya dormiré en el avión camino a Nashville.
Tengo que sacar disco nuevo a finales de verano sí o sí porque tiene que estar terminado antes de que cierre el periodo de elegibilidad de los Grammy, y cada día que pasa siento el reloj apretándome un poco más.
El año pasado estuve nominada a tres categorías en los American Country Awards como Mejor Artista Revelación, Mejor Canción Country y Mejor Videoclip.
Y aunque no gané ninguna, el simple hecho de estar nominada me puso en el radar.
Ahora mi equipo quiere dar el salto a los Grammy y, para eso, necesito un disco más sólido, más redondo…
y menos yo. No puede sonar tan country , tiene que ser mucho más comercial, algo que no me es tan sencillo de componer como creí que sería.
No porque no me vea capaz, sino porque no quiero. No me veo reflejada.
Cuando entro al estudio, Nora ya está ahí. Dios mío, ¿cuándo ha cruzado el jardín? No me da ni un respiro.
—¿Qué tal ha ido el día? ¿A que no sabes con quién he hablado? —dispara las preguntas tan rápido que ni siquiera me deja abrir la boca para responder a la primera.
—Sorpréndeme.
—Pues resulta que hoy he ido a una pop-up de café de especialidad, y ¿a que no sabes quién estaba ahí?
—Sorpréndeme —repito sin el menor entusiasmo.
—¡Jeremy Jensen! —Ella sonríe, orgullosa, y saca el móvil para mostrarme la story que subió hace apenas una hora con él. Lo cierto es que se le da mucho mejor ser influencer que mi asistente—. Y hemos acabado hablando de ti. ¿Te liarías con él? Yo desde luego que sí —confirma, ampliando la foto.
—Está casado —le informo, por si es la única persona del planeta Tierra que todavía no se ha enterado.
—¡Qué más da eso! Es una pregunta hipotética. Además, en cuanto le he dicho que trabajaba como tu asistente personal, se ha interesado demasiado… —Nora alza las cejas, divertida.
Jeremy Jensen es, ahora mismo, uno de los cantantes más importantes del país.
Pasó por un bache cuando se separó de la banda que tenía con sus hermanos, pero desde que dejó Colt Records, la discográfica en la que estoy yo, no ha hecho más que subir en los rankings .
De hecho, dicen que ha llegado a superar a Drake en semanas acumuladas en las listas.
Lo conocí hace dos navidades en el evento de iHeartRadio, y desde luego que no me dio la sensación de que estuviese intentando ligar conmigo.
Simplemente fue simpático. Así que no me creo ni una palabra de lo que está insinuando Nora.
Y más teniendo en cuenta que está casado desde hace poco más de dos meses.
Esa noticia acaparó todos los tabloides durante más de una semana. Y, para ser honesta, le estoy infinitamente agradecida por aquello, ya que me dio un pequeño margen de libertad. Por unos días pude moverme sin que todos los flashes se pegaran a mi espalda como moscas.
—Igual solo quería desviar la atención de que probablemente le estabas acosando y, bueno, hablar de mí era mucho más divertido —respondo en broma, aunque no puedo negar que hay algo de verdad en mis palabras.
—Me ofendes, Savannah. No era acoso… solo que era Jeremy Jensen y yo estaba obligada a acercarme. —Su sonrisa es angelical, pero sus ojos brillan con una chispa de travesura que me hace desconfiar de todo lo que diga.
—Claro.
La ignoro y continúo peleándome con la mesa de mezclas.
Paso el dedo por los faders intentando recordar todos los pasos que me explicó el técnico cuando la instaló el viernes pasado.
Subo un poco el canal tres, donde tengo la guitarra, y bajo el gain del micrófono porque creo que está algo saturado.
Subo otra vez el volumen de la guitarra, recorto un poco de agudos y compenso los graves que grabé ayer.
No tengo ni idea de si lo estoy haciendo bien, pero al menos la mezcla deja de sonar tan distante, tan… mal.
Lo pauso y suelto un suspiro largo.
Madre mía, de aquí tiene que salir mi nuevo sonido y apenas sé cómo funciona.
Y, aun así, sigo hasta que llega la hora de volver a Nashville.