Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Savannah

LOS ÁNGELES | UNOS DÍAS ANTES...

S e dice que nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero yo creo que nunca sabes lo que quieres hasta que lo consigues.

Durante años, he soñado con tener esta vida, pero nunca me he sentido tan vacía como en este momento.

Miro a mi alrededor y lo tengo todo, pero, por dentro, me he ido vaciando poco a poco.

Ahora apenas soy capaz de escribir una canción decente que encaje con el nuevo estilo que la discográfica quiere.

A ellos no parece preocuparles demasiado, pero a mí me está comiendo por dentro.

Llevo encerrada en este dichoso estudio más de veinticuatro horas, he perdido la noción del tiempo y ya no sé cuándo fue la última vez que comí algo distinto a las asquerosas barritas de proteína y caramelo que patrocino e infestan este lugar (y que están asquerosas pese a lo que pueda llegar a decir en mis redes sociales).

Me levanto del sofá, tiro la libreta llena de tachones y palabras sin sentido y me miro en el espejo. Tampoco me reconozco a mí misma. Las ojeras atraviesan las capas de corrector y el maquillaje cubre las pequeñas pecas que antes me encantaba resaltar… y que ahora tengo prohibido enseñar.

A Alen no le gusta que use esa palabra. «Prohibido».

Prefiere decir que «no encajan con la línea estética» que «despistan de la imagen profesional», o la peor de todas: «no te favorecen tanto como crees, monada».

«Monada», una palabra de tres sílabas que siempre viene cargada de órdenes.

Conozco a mi mánager desde hace tres años y medio y sé que ese apelativo es su comodín para endulzar decisiones que ya ha tomado por mí antes de que yo siquiera las imagine.

Es el azúcar que pone encima del veneno para que me lo trague sin preguntar.

Al principio confié en él. De verdad.

Me agarré a él como a un salvavidas en un barco que hace aguas. Me prometió estabilidad, seguridad y una carrera prometedora. Fue él quien tomó el timón cuando yo apenas sabía diferenciar entre proa y popa.

Pero con el tiempo…

Con el tiempo entendí que la mano que te guía también puede ahogarte.

Que lo que empieza como apoyo termina convirtiéndose en un molde en el que tienes que encajar sí o sí, aunque duela, aunque te deje marcas.

Es mi mánager y sé que le debo todo lo que tengo ahora mismo, pero cada día siento que, mientras más subo, menos queda de mí.

Y esa es una sensación que me ahoga y me hace sentir egoísta.

Como si no tuviera derecho a cansarme, a quejarme, a querer un respiro, a preguntarme si este camino sigue siendo mío o si ya solo estoy siguiendo las migajas que me deja Alen…

Me odio por pensar así.

La puerta se abre sin que yo dé permiso y Nora aparece apoyada en el marco con su coleta alta algo deshecha y una carpeta llena de notas bajo el brazo.

—Te he estado llamando —dice, mientras entra en el estudio y deja la carpeta sobre la mesa—. Tres veces. Empiezo a pensar que eres alérgica a tu propio móvil.

—Lo tenía en silencio.

—No puedes tener siempre en silencio —me recrimina, avanzando hacia mí—. ¿Cómo va ese temazo?

Sonrío para no hacer saltar las alarmas.

Cuando empecé en Colt Records, automáticamente, por contrato, Nora dejó de ser mi mánager, pero pasó a ser mi asistente personal. Algo mucho más divertido para ella y que, a mí, al menos, me sirve para mantener cerca a la única amiga que logré rescatar de mi antigua vida.

—Mejor que ayer —me limito a responder.

—¿Lo hueles? —Mueve la mano y alza la cabeza, fingiendo olfatear el ambiente—. Ya huelo a otro número uno. Por cierto, no quiero molestarte, pero tenemos que revisar la agenda de los próximos días porque ahora mismo se solapan estas dos cosas.

—¿Y a mí qué me dices? Ya se lo dije a Haley.

—Pero no ha cambiado la reunión —insiste, rebuscando el papel del horario y plantándomelo delante—. ¿Lo ves?

Asiento y echo un vistazo rápido a la tabla inundada de colores. Lo más sencillo sería abrir Google Calendar y sincronizarlo con el resto del equipo, pero nunca me he llevado bien con la tecnología y no voy a empezar a hacerlo ahora.

—¿Podemos mover esto a las nueve? Prefiero adelantar la entrevista a por la mañana y dejar la reunión donde está.

—Cojo uno de los bolis que hay encima de la mesa, tacho uno de los bloques morados que se solapaba y, con una flecha, lo llevo hasta el inicio del día.

Luego Nora se encargará de traducir mis apuntes del paleolítico a algo que un ordenador pueda procesar y se lo enviará a quienquiera que esté involucrado.

—¿Estás segura? Justo la noche de antes tienes el evento del ayuntamiento de Nashville antes del draft .

Echo la cabeza hacia atrás y maldigo por lo bajo. Cierto. No voy a poder escaquearme antes de la medianoche y no pienso aparecer en la entrevista para las redes de la NFL con más ojeras de las que ya cargo últimamente.

—Vale, pues pasa la reunión a primera hora. —Total, no hace falta que esté muy despierta, alguien decidirá por mí, como siempre...

—Perfecto. —Nora guarda los papeles y me sonríe—. Mañana a primera hora hay que recoger algunos de los conjuntos del fin de semana, pero luego le paso esto a Haley sin falta.

—Genial.

—¡Ah!, por cierto —se detiene antes de llegar a la puerta—, con respecto a los días del draft de la NFL… ¿Puedo ser tu más uno para las fiestas?

—Yo ya soy el más uno de Ewan, Nora. Los «más uno» —hago las comillas con la mano— no pueden llevar otro.

—¿Sabes si Ewan puede llevar un más dos? Es uno de los mejores jugadores de la NFL…

—¡Y yo qué sé! Ni siquiera sé cómo se apellida.

—¡¡Brown!! —grita—. ¡Te dije que tenías que aprendértelo! —Vuelve a abrir la carpeta y rebusca otro papel—. Toma, quédatelo.

—¡No lo quiero! —Lo agito en el aire—. Tengo tres iguales.

—¿Y cuál de ellos te has estudiado? —No hace falta que conteste, ya conoce mi respuesta—. ¡Savannah!

—¿Qué? ¡Me da absolutamente igual cuál es su apellido o «cómo nos conocimos»!

—Entrecomillo eso último porque nos conocimos por videollamada en la sala de reuniones de mis publicistas.

Él llevaba un chándal de Nike y yo unas botas Jeffrey Campbell modelo Giddy Stud, unos vaqueros negros y un top a juego acorde con mi nuevo estilo.

Eso es lo más relevante que recuerdo de aquella reunión.

—Dale una oportunidad, Sav… Fue él quien te propuso como su nueva chica de temporada, y no sabes lo bien que te va a venir eso a nivel comercial. Y no solo a nivel comercial…

—Nadie se cree sus relaciones, Nora.

—Se las crean o no, siguen moviendo dinero. La última, solo por salir con él dos meses, consiguió vender su marca de maquillaje por trescientos millones de dólares a Coty Inc.

—¿Y a mí qué? No tengo ninguna marca de maquillaje —respondo, agotada solo de pensar que me va a tocar tragármelo hasta que saque nuevo disco.

—¡Dios! Estás insufrible últimamente.

—Perdona —murmuro—. Tienes razón. Solo estoy… algo cansada.

—¡Normal! ¿Has cenado algo? —Niego con la cabeza—. ¡Perfecto! Le diremos a Reneé que nos prepare unas tortitas.

Cruza la habitación, coge el teléfono que conecta con la cocina de la mansión y se lo apoya en la oreja mientras me vuelve a mirar.

—¿Chocolate o fresa?

La decisión más sencilla de toda la noche.

—Fresa.

Nora asiente y transmite la orden antes de tirarse en el sofá de cuero.

La imito y, de paso, me aflojo la hebilla del cinturón.

De reojo, llevo la mirada hacia el otro lado, donde sigue aguardando mi libreta de cuero marrón a la espera de que componga algo que realmente merezca la pena.

Bueno, que merezca la pena para ellos, para mí...

no tanto. Tarareo la última melodía en la que he estado trabajando con el deseo irrefrenable de que esta vez me guste más, pero es imposible, sigue siendo una basura.

—¡Eh! —Nora, que juraría que estaba a medio minuto de quedarse dormida, me da un codazo—. ¡Eso es bueno! ¿Es tuyo?

Asiento.

No he dejado de componer ni un solo día, pero desde hace unos meses todo lo que sale de mí me parece insuficiente, así que prefiero mentirle al resto del mundo y decir que no tengo nada, pero con ella es distinto.

Y si me siento así es porque la discográfica se ha encargado de machacarme, repitiendo una y otra vez que el country ha perdido popularidad y que, como no componga algo mejor que eso, vamos a desaparecer de las listas de éxitos.

—Solo es una estrofa tonta en bucle…

Sí, esa también es una buena forma de describir mi último single . No es lo que dice la crítica, obvio, es lo que digo yo. Y cada vez que lo escucho estoy más segura.

—Savannah, estás escribiendo mientras haces giras, promoción, campañas, sesiones de fotos… —enumera contando con los dedos—. No eres una máquina. No te presiones.

—Y no lo hago, de verdad —miento.

En un mundo idílico, le contaría mis problemas y ella simularía estar escuchándolos, pero nunca hemos tenido esa clase de relación.

No es que no se preocupe por mí, sino que no todo el mundo muestra el interés del mismo modo.

Ella intenta mantenerme arriba todo el tiempo, incluso cuando no es eso lo que necesito.

Y supongo que eso está bien, así hemos funcionado siempre.

—¿Vamos a por esas tortitas?

Nora se levanta de un salto y me da la mano. Con el cinturón desabrochado y el pantalón bailándome en las caderas, la acepto. Cojo la libreta y el móvil del reposabrazos del sofá y salimos del estudio.

Una bocanada de aire nocturno de mediados de abril nos envuelve mientras cruzamos el jardín hacia la casa principal.

Invertí aquí parte de lo que gané en la gira de mi primer álbum.

Creí que no llegaría a disfrutarla demasiado y que sería algo temporal; otra parada más entre giras, promociones y hoteles impersonales, pero al final se ha convertido en mi refugio.

La casa es blanca, moderna y con cristaleras enormes que dan a las montañas que rodean Pacific Palisades.

El camino de piedra está flanqueado por palmeras Washingtonia y se ilumina con pequeñas luces incrustadas en el suelo que simulan las estrellas.

Podría ser glamuroso si no fuese porque yo voy con calcetines y unos Crocs verde lima; la sudadera de Nora tiene una mancha de lejía y nuestro único objetivo es conseguir tortitas después de las doce.

Dentro, el recibidor se abre hacia un salón con chimenea eléctrica, estanterías repletas de vinilos que nunca escucho y un sofá gigantesco que tampoco uso. Casi siempre estoy en el estudio o en mi habitación.

—¡Buenas noches, Reneé! Aquí huele de maravilla —saluda Nora.

La cocina es un espacio abierto contiguo al salón. Reneé, por su parte, siempre forma parte del decorado de la cocina, como ese enorme florero de margaritas blancas y gerberas naranjas que descansa sobre la isla marmolada.

Nunca se me ha dado bien cocinar ni llevar una dieta demasiado equilibrada, a no ser que por equilibrada entendamos cereales y azúcares como base alimenticia.

Así que, haciendo gala de sus métodos habituales, Alen buscó a la antigua cocinera de Selena Gomez y me la metió en casa para asegurarse de que me trague todos los nutrientes necesarios para seguir siendo su mejor activo.

Por eso, para evitar que me prepare esos horribles batidos détox que detesto, muchas veces me escondo en mi estudio; ahí pierdo la noción del tiempo y no dejo que nadie entre.

Nadie, salvo Nora, claro. Las primeras veces intenté detenerla y marcar mi espacio personal, pero es incorregible.

De hecho, ella tiene su propio apartamento en Santa Monica Beach, pero se pasa aquí la mayoría de las noches.

Excepto cuando sale de fiesta y liga, ahí sabe que tiene prohibido entrar en mi casa.

Mi cocinera nos sonríe con la mirada y nos planta dos platos de humeantes tortitas.

Las de Nora llevan un enorme medallón de mantequilla y sirope dorado por encima.

Las mías, mermelada de fresa y frutas cortadas en forma de estrella.

Ese debe de ser su último intento de hacerme ingerir vitamina C antes de irme a la cama.

Reneé no habla mucho. Pese a llevar en Estados Unidos más de veinte años, no acaba de soltarse con el inglés más allá de su vocabulario profesional.

Fuera de eso, guarda silencio. Solo sé que tiene una hija de mi edad porque un día vino a recogerla en un viejo Toyota.

Cuando estoy en casa, vive conmigo, solo se va cuando estoy de gira o tengo algún viaje programado.

A veces me pregunto qué pensará de mí cuando me mira y sonríe.

Puede que ni le interese. Puede que se dedique a hacer su trabajo y ya está.

Nora, entre bocado y bocado, se levanta para coger el mando de la televisión en busca de algo de ruido.

—¿Alguna preferencia?

Niego con el dedo.

Ante mi luz verde, pone un programa de reformas de casas con el que está obsesionada. Esa gente te convierte un garaje en una mansión en menos de tres semanas y siempre dentro del presupuesto. Es absoluto cine.

Se deja caer de nuevo en el taburete y apoya la barbilla sobre su mano, observando cómo uno de los presentadores arranca un inodoro.

—Podríamos reformar el estudio —dice, con la boca llena de miel—. Sería divertido.

—Nora, ese estudio ya tiene aislamiento acústico, un piano de cola y un micrófono que cuesta más que mi primer coche.

Ella se encoge de hombros y sigue con su cena.

—¿Querrán algo más, señoritas? —nos pregunta Reneé con su característico acento francés.

Miro el reloj digital del horno.

—Oh, no, descuida. Puedes irte a descansar.

Pese a que le he dicho un millón de veces que no es necesario, ella me sigue hablando de usted. Yo me niego a hacer lo mismo, me parece que eso solo incrementaría aún más la distancia que ya hay entre nosotras.

—Que descansen, señoritas.

Y no tardo en hacer caso a mi cocinera, porque después de comernos las tortitas y ver cómo una pareja canadiense duplica el valor de su nueva casa gracias a quitar el horrible papel de pared y crear un open space , nos vamos a dormir.

Ya en la cama y con el pijama puesto, dejo caer el cuerpo entre las sábanas y alzo la vista hacia el techo antes de recorrer con la mirada mi habitación.

Puede que el dormitorio principal necesite una reforma…

o dos. Contraté a una de las mejores decoradoras de todo Hollywood y le expliqué con diferentes carpetas de Pinterest cuál era mi estilo…

y claramente no lo supo captar del todo bien.

O quizá ni yo misma sabía qué quería en realidad.

El resultado es una mezcla elegante y perfectamente impersonal.

Además, hace unos días, en un arranque de ira por falta de inspiración, también tomé la horrible decisión de quitar todos mis discos de oro y premios enmarcados.

Creí que no tenía derecho a verlos todos los días, que no era merecedora de ellos…

, pero ahora tampoco me merezco las marcas que se han quedado en la pared.

Apago la luz, me tumbo de lado y me duermo pensando que igual estos últimos años no he tomado tan buenas decisiones como creía.