Peaje a Los Ángeles (Dukeforth 2)
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PRÓLOGO
Dylan
N o hay nada que me joda más que la gente que toca lo que no es suyo. Y mi moto es una de las pocas cosas que todavía me pertenece.
Estoy en la parte trasera del bar, a punto de encenderme un cigarrillo.
Hace años, solo jugaba a pasear entre los dientes los filtros desgastados de la vieja cajetilla de mi abuelo.
Ahora soy uno de los nuevos amigos de Jerry, el del estanco, sobre todo cuando estoy nervioso o enfadado, que desde hace algún tiempo es mi estado natural.
Estoy a punto de darle la primera calada a mi Marlboro cuando un sonido en la distancia me arranca de mis pensamientos.
Es un rugido familiar. Tanto que no debería estar escuchándolo ahora. Básicamente porque nadie más que yo tiene las llaves para provocarlo.
En medio de la noche, me quedo quieto con el cigarro entre los labios y el Zippo ardiendo a milímetros de mi piel. El calor me da de lleno, chamuscando un par de mechones largos que me prometí cortar hace meses.
Entonces la veo. A través del horizonte, una moto igual que la mía se alza por la carretera que conduce a Nashville. Desde la distancia, me apostaría toda la caja del bar de un mes a que es la mía, pero eso no es posible, ¿no?
Espero un par de segundos, lo justo para ver cómo sale de la curva y coge velocidad en la recta. Ahora observo mejor la situación.
Podría haber dos motos iguales en Dukeforth…, pero sé que eso es prácticamente imposible. Esa moto lleva en mi familia casi toda una vida y nunca he visto otra igual por aquí. Ni siquiera en la ciudad. Además, reconozco cada ronroneo que hace. Y esa es mi maldita moto.
Solo escuchar el rugido acercándose me genera una furia incapaz de controlar.
Le dije a Knox que podía dar una vuelta por el rancho con ella, no que la sacase a pasear como si fuese uno de los caballos.
Le voy a dar tal patada en el culo cuando lo pille que terminará sentado a lomos de Maddie, una de mis yeguas.
A medida que la silueta de mi moto se hace más nítida bajo mi campo de visión, Brooke aparece por la puerta trasera del local cargando dos bolsas de basura enormes entre los dedos.
—¡Ah! —Tropieza y da un salto en el aire para salvar la caída. Las botellas no corren su misma suerte y estallan contra el suelo, aunque ni el ruido de los cristales oculta el rugido de mi moto—. Tenemos que arreglar este escalón ya, ¿eh?
Ruedo los ojos. No sé por qué coño sigue usando esos tacones para trabajar. No sería la primera vez que se queda atascada en una alcantarilla y termina en el suelo.
Al menos esta vez caería sobre las bolsas de basura. Y, aun así, eso no sería lo peor que ha pasado hoy...
Paso de Brooke, que sigue peleándose con sus tacones y la basura esparcida por el suelo a medio asfaltar, y yo sigo con la mirada puesta en mi Kawasaki Vulcan Classic 1500, que mantiene una trayectoria que conozco demasiado bien.
Está entrando en el parking .
Tiro el cigarro y guardo el mechero, que aún sigue algo caliente, en el bolsillo trasero. Salgo directo al asfalto a la espera de su siguiente movimiento. ¿Va a tener los cojones de venir hasta aquí o la va a dejar en la entrada principal?
Con cada paso que doy noto cómo me aumenta la mala hostia. Como encima se atreva a pedirme una cerveza, será mejor que se deje el casco puesto si no quiere que le parta la cara. Hoy no tengo un buen día.
La moto entra en el callejón trasero a toda hostia, sin medir la velocidad ni importarle la grava que salpica contra la carrocería. Casi derrapa. Knox jamás la metería así. Devon tampoco. Y esos dos gilipollas son los únicos a los que alguna vez les he dejado tocarla.
Me detengo en seco porque el cuerpo del conductor no cuadra con mis cavilaciones.
No es Knox. Tampoco Devon.
Es… alguien mucho más pequeño. Más estrecho. Más ligero.
Pero no, no puede ser…
Tras unos segundos interminables, la moto se detiene frente a mí con el motor todavía en marcha. Y ahí está: una figura femenina perfectamente moldeada.
Me quedo clavado en el sitio mientras se lleva las manos a la cabeza. No me espero ninguna sorpresa; ya sé perfectamente a quién voy a encontrar detrás de la visera.
Cuando se quita el casco y lo deja caer sobre el depósito, la realidad me golpea tan fuerte que no sé dónde apoyarme para no caer. Empiezo a retroceder y tropiezo con el mismo puto escalón con el que casi se mata Brooke hace un momento.
Ese rostro. El que llevo más de tres años intentando evitar en pantallas, revistas y cualquier medio de comunicación posible, y el mismo que este fin de semana me persigue, ahora está a dos metros de mí, respirando el mismo aire caliente y quemado que suelta mi moto.
—¿Qué coño haces aquí, Savannah? —escupo palabra a palabra.
Porque, si hay un lugar en el mundo donde no debería estar, es aquí, de vuelta en Dukeforth.
Y encima robándome mi puta moto.