EXTRACTO DE FRASER
Chelsea se plantó frente al espejo ovalado enmarcado y contempló su reflejo, porque eso era lo que debía hacer, ¿no?
Una vez que la novia llevaba puesto el vestido y se habían dado los últimos retoques, se suponía que tenía que quedarse ahí mirándose y concentrarse en grabar el recuerdo en su cerebro. ¿O no?
Ojalá Austin estuviera allí con ella. Entonces la imagen estaría completa. Él siempre conseguía que se sintiera tranquila, feliz, relajada. Como si nada en el mundo pudiera ir mal mientras estuvieran juntos. Era, sin duda, la chica más afortunada del mundo.
Una boda en Escocia, algo con lo que jamás habría soñado, que nunca se habría atrevido a pedir, pero Austin había insistido.
Se encontraba en la sala de la novia de lo que llamaban una capilla pequeña.
Pero la versión escocesa de pequeña equivalía a la versión estadounidense de catedral.
Las antiguas paredes de piedra estaban cubiertas de tapices que representaban ceremonias nupciales igual de antiguas.
En uno, los novios aparecían con los brazos atados con una tela, y estaba bastante segura de que las manchas rojas debían de ser sangre, porque un tipo junto a ellos sostenía un cuchillo con la punta roja. Casi podía imaginarlo sonriendo.
Era como una versión escocesa de una ceremonia de hermanos de sangre, solo que con una pareja. Pero por suerte, ella no se casaba con un escocés y estaba bastante segura de que eso ya no se hacía.
Lo más parecido que habían hecho ella y Austin fue un análisis de sangre, y solo porque la madre de él insistió. La mujer casi se llevó una decepción cuando los resultados de Chelsea llegaron limpios de enfermedades familiares latentes, agazapadas y listas para brotar y manchar el apellido Forbes.
Solo unas horas más y podría aferrarse a Austin y no perderlo de vista nunca más, dejar atrás a la comitiva nupcial y comenzar su viaje de luna de miel por el país.
Pero por mucho que quisiera recorrer castillos y escuchar leyendas escocesas, preferiría encerrarse en una cabaña con su flamante esposo durante unas semanas y dejar que el estrés de la boda se desvaneciera hasta convertirse en un recuerdo.
Sin embargo, no podría relajarse de verdad hasta que el padrino abandonara la isla.
Tenía previsto volar a París a la mañana siguiente, pero no se lo creería hasta verlo.
Estaba tan pegado a Austin que casi podía imaginarse despertándose después de la noche de bodas y encontrarse a Rick sentado a los pies de la cama, fulminándola con la mirada cada vez que Austin se daba la vuelta.
El vívido recuerdo de aquella mirada le provocó un escalofrío que le recorrió la columna y agitó las capas del vestido.
Un golpe en la pesada puerta de madera la sobresaltó, y antes de que le diera tiempo a dar un paso, la puerta se abrió.
Sonrió, con la esperanza de que fuera Austin, que se hubiera colado para darle un beso rápido y prometerle que no faltaba mucho.
En el espejo, veía la clara uve blanca de la pechera de un esmoquin, que brillaba en la tenue luz del pasillo.
—Se supone que no debes verme todavía —dijo mientras se daba la vuelta. Pero la sonrisa se le borró de la cara cuando Rick irrumpió en su frío y solitario santuario—. ¿Qué quieres?
Él torció el gesto con desprecio.
—Cuidado, Cheese. No querrás que Austin te oiga hablarme en ese tono.
La llamaba Cheese cuando pensaba que alguien podía oírlo. Los demás asumían que era un apodo cariñoso, una forma de decirle que era una más de la pandilla, pero cuando estaban a solas, la llamaba Cheesy, y lo decía con toda la mala intención del mundo.
Estaba tan cerca de interponerse por fin entre aquella comadreja y Austin que debería haber esperado que él la atacara una última vez.
Pero al menos no era tan estúpida como para morder el anzuelo.
Rick debía de sentirse desesperado en ese momento, y no había manera de saber lo peligroso que podía llegar a ser.
Sus ojos siempre prometían que ella pagaría por haberlo rechazado.
¿Y qué mejor momento para hacérselo pagar que el día de su boda?
Separó un poco los pies, ocultos bajo la amplia falda blanca, por si intentaba algo.
Él cerró la puerta y echó el cerrojo. El chasquido del pestillo al encajar le revolvió el estómago.
También le hizo lamentar cada oportunidad que había tenido de decirle a Austin que su mejor amigo la odiaba, pero ya era demasiado tarde.
Callarse y esperar lo mejor había sido una estupidez.
Y Rick le había prometido que Austin creería su versión, muy diferente de la verdad, si alguna vez intentaba interponerse entre los dos hombres.
Caminó lentamente a su alrededor, y aunque cada instinto le gritaba que no le diera la espalda, ella no se movió.
Él miró el vestido con desprecio, luego fue subiendo la mirada lentamente hasta su rostro antes de detenerse de nuevo frente a ella.
Pero no dijo nada. Ni cumplidos de cortesía. Ni miradas furiosas. Nada.
Echó un vistazo al reloj. Quince minutos. ¿Podría mantener la boca cerrada tanto rato?
—No queda mucho tiempo —dijo él en voz baja.
«No digas nada. No digas nada».
Él frunció el ceño.
—Si vas a hacerlo, más vale que te des prisa.
No tenía ni idea de qué hablaba, y no era tan ingenua como para preguntar. Sabía que debería taparse los oídos hasta que alguien viniera a decirle que era hora de ir al altar, pero su orgullo no le permitiría hacer nada que le diera a Rick motivos para reírse.
Él resopló.
—Estúpida vaca. No me digas que no lo has pensado, al menos.
Ella arqueó una ceja. Al instante deseó no haberlo hecho.
—Irte, idiota. Deberías irte, ahora. Sabes que deberías. Entiendes el tipo de mujer que él necesita, no una camarera de tres al cuarto de los barrios bajos. Sabes que quiere triunfar en política y tú solo serás su ruina.
Señaló hacia ella con el dedo.
—¿Ves? Incluso ahora no dices nada porque sabes que tengo razón.
Se había ido acalorando a medida que hablaba, pero sin subir la voz. Sabía que alguien llamaría a la puerta en cuestión de minutos, y siempre se las arreglaba para ocultar la repulsión que sentía hacia ella.
Solo tenía que esperar a que llamaran.
Daba igual lo que dijera aquel cerdo odioso, solo estaba haciendo un último intento desesperado por detener la boda.
Si se deshacía de ella, tendría más cuidado con las mujeres que Austin pudiera conocer.
Pero había cometido un error fatal una noche en que pilló la gripe y dejó que su amigo fuera al partido de los Celtics sin él.
Y Austin, fiel a sí mismo, no se lo pensó dos veces antes de parar en un restaurante que estaba muy por debajo de alguien como él.
Sonrió al recordar a un tipo rubio encantador a más no poder, con hoyuelos por todas partes, que se había tirado el pastel encima a propósito para que ella tuviera que acudir a su rescate.
—Lo siento muchísimo —había dicho ella, mientras intentaba limpiar el estropicio del banco con una toalla húmeda.
—Lo volvería a hacer sin pensarlo —había dicho en voz baja—. Pero siento lo del helado en el suelo.
Ella lo había mirado de reojo.
—No estás bien de la cabeza, ¿verdad? Le has robado la ropa elegante al médico y te has escapado del manicomio, ¿a que sí?
Austin negó con la cabeza.
—Yo nunca le haría eso a los pantalones de otro.
Se habían reído juntos entonces. La primera de mil risas.
—Quizá esto te convenza, Cheesy —dijo Rick, sosteniendo una pequeña grabadora digital. Pulsó un botón, la dejó sobre el tocador y salió.
—Lástima que no te cases con Erica Winston —la voz de Rick era inconfundible—. ¿Viste que su padre se presenta al Congreso?
—Sí. Lo vi —la voz de Austin tenía un deje melancólico que era imposible ignorar, no allí, sola, sin nadie delante de quien fingir.
—Si no hubiera estado enfermo aquella noche, cuando fuiste al partido de los Celtics sin mí, ahora estaríamos esperando a Erica.
Austin se rio.
—¿Te imaginas? ¿Erica Winston conformándose con una boda pequeña en una capilla polvorienta de Escocia?
Rick también se rio, pero Austin probablemente no tenía ni idea de lo satisfecho que estaba su amigo por estar grabándolo en ese momento.
«Esperando a Erica ahora mismo», había dicho.
Así que la conversación acababa de tener lugar, ¿no?
¿Habían estado en la capilla? Era el día de su boda, ¿y él seguía pensando en Erica?
¿Cuánto tiempo llevaba Rick grabando a su prometido, a la espera del fragmento de audio perfecto? Solo podía imaginarse lo satisfecho que debía de estar consigo mismo en ese momento. De hecho, probablemente estaba al otro lado de la puerta esperando a que se derrumbara.
Si fuera lista, lo apagaría.
Alargó la mano hacia la grabadora, pero se detuvo cuando Austin habló de nuevo.
—Casarme con ella me habría costado mucho más que trasladar la fiesta de boda a Escocia.
—Sí —dijo Rick—, pero habría valido la pena.
—¿Tú crees?
Bueno, aquello no era precisamente una negación rotunda. Pero solo podía oír su voz, no ver la expresión de su rostro. Probablemente había puesto los ojos en blanco al decirlo. Al fin y al cabo, conocía a Rick lo bastante bien para no discutir con él cuando no hacía falta.
El diablo volvió a la carga.
—Solo si quieres ser congresista algún día. O algo mejor. No puedes conseguirlo si te casas con una camarera con padres drogadictos.
—Bueno, ya es demasiado tarde, ¿no?
—No, tío. No es demasiado tarde.
La grabación se cortó.
«Demasiado tarde, ¿no?». No eran solo las palabras, sino el pesar en su voz lo que dolía.
Chelsea se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración e inspiró hondo.
Ojalá no doliera tanto hacerlo. Su pecho parecía empeñado en vaciarse de todo oxígeno, de toda sangre...
incluso del corazón. Las costillas le apretaban como abrazaderas, comprimiéndolo todo, a la espera de que algo estallara.
De repente, la idea de tener a Austin a su lado ya no le resultaba tan reconfortante. Pero necesitaba... algo.
Llamaron suavemente a la puerta.