Payton CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

Lo encontró sentado junto a la puerta giratoria, mirando por la ventana como si esperara a alguien.

No había manera de evitarlo. No podía simplemente marcharse y fingir que él no había significado nada para ella, no después de haber revivido todo aquello al intentar explicarle a su estúpida ex hermana lo que era el amor de verdad.

Y aunque se sentía antipática en ese momento, no lo era tanto como para herir al chico. De hecho, probablemente solo estaba llorando la pérdida del hombre del que se había enamorado, y parecía que el impostor tenía la culpa.

Se levantó al verla y sonrió mientras ella se acercaba.

Llevaba el bolso al hombro y mantenía el codo en alto entre los dos, para mantenerlo a distancia.

Rápido e indoloro.

—Mira. La agencia de talentos llamó para disculparse porque no habían podido encontrar a nadie capaz de hacer un acento escocés convincente. Llevaban intentando llamarme desde ayer, pero tenía el teléfono apagado, así que...

Echó la cabeza hacia atrás y luego asintió lentamente. Comprendió que lo habían pillado, y aunque ella no lo vio retroceder, sintió como si se hubiera alejado.

—Aunque me gustaría darte las gracias. O sea, llegaste en el momento perfecto, ¿no?

Su sonrisa era forzada. —Sí, así fue.

Se encogió de hombros e hizo una mueca. —Y si quieres, o sea, estaría encantada de pagarte lo que iba a pagarle al otro. Al fin y al cabo, te lo has ganado. Y un extra, ya sabes, para la terapia que vas a necesitar.

Asintió. —Muy generoso, sin duda. Pero no lo necesito, de veras.

Asintió. —Bueno, vale.

Pasó junto a él y se volvió para mirarlo mientras caminaba de espaldas.

—Mañana tengo un vuelo temprano, así que...

Señaló la puerta.

—Te acompañaré hasta tu coche.

El taxi estaba allí, esperando. El sol se había puesto y apenas quedaban restos del atardecer. Solo unas franjas rosas y púrpuras bordeaban el horizonte del oeste.

El impostor abrió la puerta del coche. Ella lanzó el bolso dentro y se subió tras él.

Él cerró la puerta con suavidad y se asomó por la ventanilla abierta.

Con las luces de guirnalda y la marquesina a su espalda, tenía el rostro en sombras y parecía un Highlander sacado directamente de los libros de historia. O quizá... un fantasma.

Se le encogió el corazón.

—Que Dios te guarde, muchacha —dijo en voz baja.

Se derritió por dentro al oír la cadencia de su acento y cómo pronunciaba muchacha. Y dos historias que le habían rondado la cabeza todo el día de pronto se fundieron y se convirtieron en algo mucho más que simples nubes. Pero no tenía tiempo de descifrar lo que su corazón intentaba decirle.

Desesperada, se acercó de nuevo a él. —Mira.

Deseaba tanto tocarlo que tuvo que sentarse sobre las manos para poder pensar con claridad.

—¿Te importa si te hago una pregunta?

—En absoluto.

Los faros de otro coche le iluminaron el rostro y dejaron ver su sonrisa, aún forzada, aún triste, y aquello la estaba matando.

—¿Me contarías cómo murieron tus hermanas?

El brusco movimiento de su cabeza demostró que había logrado sorprenderlo. —¿La verdad?

—La verdad.

—¿Y no estás medio dormida ni medio borracha?

Se mordió el labio y negó con la cabeza.

Apartó la mirada un segundo, suspiró y volvió a mirarla. —No puedo estar seguro, ¿sabes? Pero confío en que murieran de viejas.

Se enderezó rápidamente, apartándose de la ventanilla, dio un golpe en el techo y el taxi arrancó.

¿Hermanas menores? ¿Murieron de viejas? ¡Entonces él también tendría que ser viejo, pero no lo era! Si decía la verdad, cosa que no podía ser, era un vampiro de verdad o...

—¿Uno de los fantasmas de los que te habló? —Grace dio un respingo al oír la voz junto a ella. Allí sentada había una chica joven, y estaba segura de que no había nadie en el taxi cuando se subió, aunque iba distraída.

—¿De dónde has salido?

La chica soltó una risita. —Pues de Escocia, ¿de dónde si no? ¿Te habías dormido cuando Fitz llegó a la parte de la joven bruja?

—¡Soncerae!

—La misma que viste y calza.

La chica parecía satisfecha y sonrió.

—Y ahora, ¿qué crees que vamos a hacer con Fitzjames Arthur Payton?

—¿Hacer? ¿Qué puedo hacer yo? Si es uno de esos fantasmas de los que hablaba, no puede quedarse.

La chica se mordió el labio y le guiñó un ojo a Grace. Luego dio unos golpecitos en el plexiglás detrás del taxista para llamar su atención.