CAPÍTULO TRECE
De vuelta en el Club de Campo, Grace esperaba en el pasillo desierto de la parte trasera del salón de baile a que su Highlander la alcanzara.
Como no les estaba permitido bailar, por orden de la Reina Bárbara, porque la falda escocesa de Fitz podría levantarse —excusa estúpida—, lo vieron como una oportunidad para esconderse un rato.
Sin embargo, Fitz pensó que necesitaba otro plato del bufé antes. Así que ella se escabulló primero.
Podía verse fácilmente dentro de una semana o dos, sentada en la costa de Oregón, relajándose frente a las olas, buscando puntos en el horizonte... y llorando a mares.
En primer lugar, sabía que no debía enamorarse de un tipo de Texas.
Pero había dejado de pensar en Fitz como de Texas.
De hecho, con ese acento suyo, le costaba creer que hubiera pasado mucho tiempo en el estado.
Que ella supiera, podría haber llegado directamente del aeropuerto sin tiempo de darse cuenta de que había aterrizado en el Infierno.
En segundo lugar, sabía que no debía imaginarse con hijos de alguien, por muy verdes que fueran sus ojos. Y sin embargo había llegado a imaginarlos frente a un sacerdote —intercambiando votos— y a preguntarse si iba a dejar que su madre asistiera a su boda.
Vale, había metido la pata. Pero eso no significaba que pequeñas réplicas de ella y su hermana fueran a aparecer corriendo por el pasillo en cualquier momento.
No se esconderían bajo los largos manteles para espiar al abuelo Rocky y a la abuela Bárbara, aprendiendo a ser crueles e indiferentes con todo el mundo excepto ellas mismas.
No significaba que nada de eso fuera a suceder. Solo significaba que, una vez en casa, necesitaría algo de dinero para la gasolina hasta la playa y unas cuantas docenas de cajas de pañuelos. Eso era todo.
Pero por ahora, era demasiado tarde para luchar contra ello. Demasiado tarde para mentirse a sí misma y fingir que no estaba perdidamente enamorada del tipo al que ni siquiera había pagado todavía.
Eso le recordó que tenía que revisar sus viejos correos electrónicos y averiguar cuánto necesitaba sacar del cajero.
Si él se quedaba en su habitación de hotel otra vez, aún tendría que pagarle a primera hora de la mañana antes de irse al aeropuerto.
Si habían encontrado su dinero y su ropa y los habían entregado en el OMNI, quizá quisiera marcharse en cuanto terminara la recepción.
Rebuscó en su pequeño bolso y sacó el teléfono.
Un cuerpo grande y cálido se acercó por detrás y le deslizó los brazos alrededor de la cintura. Luego inclinó la cabeza hacia su hombro, donde le dejó un beso pausado que le envió escalofríos por todas las venas.
—¿Qué haces ahí? —Una voz grave y familiar le retumbó hasta los huesos, y ella se giró para encontrarse con su fantasía personal.
Ella se rio y le limpió una manchita de nata montada de la mejilla.
—Tengo que volver a encontrar el correo de tu agencia.
Una sombra borró la sonrisa de su rostro.
—No hagas eso, muchacha. No hablemos de salarios y esas cosas hasta que la magia de esta noche se haya desvanecido, ¿de acuerdo? Me queda poco tiempo, creo. Demasiado poco para desperdiciarlo.
Se le encogió el corazón, pero mantuvo el tipo.
—Entonces tengo que ir a un cajero y sacarte el dinero.
Miró el teléfono de nuevo y lo encendió.
Él se lo quitó de las manos y volvió a meterlo en el bolso.
—No hace falta, muchacha. Lo que he hecho, no lo he hecho por dinero. Te lo juro.
Ella negó con la cabeza.
—Ni hablar. Te sometí a... mi familia. No vas a salir de aquí sin al menos el dinero suficiente para pagar la terapia que vas a necesitar, ¿verdad?
Se rio como si fuera una broma y deseó que no fuera cierto. Era como si lo hubiera expuesto a un virus y supiera que iba a tener que ir al médico en cuanto abrieran las consultas el lunes por la mañana.
Él le tomó las dos manos y las sostuvo entre los dos.
—Grace —tragó saliva, nervioso—. Dulce Grace...
—¡Grace! —Mary los había encontrado en el pasillo y los fulminó a ambos con la mirada—. Te están esperando. Quieren hacer una foto antes de cortar la tarta.
Le hizo un gesto a Grace para que se acercara.
—Volveré —prometió la muchacha—. ¡No vayas a ninguna parte!
Él asintió y le hizo un gesto de despedida con los dedos. Ojalá pudiera hacer esa promesa.
Lentamente, la siguió y volvió a entrar en el salón de baile donde Bárbara Cunningham le había prohibido bailar con su hija con ese atuendo. Así que habían buscado un lugar tranquilo para hablar, cosa que él prefería de todas formas.
Simplemente deberían haber encontrado un mejor escondite.
Ahora toda la comitiva nupcial posaba para las fotos por cuarta vez esa noche.
Las jóvenes con esos vestidos horribles, los jóvenes con trajes elegantes y corbatas a juego con los vestidos horribles.
El patriarca con su traje impecablemente cortado, sin nada ridículo salvo la barriga que ocultaba debajo, y la gran dama en persona con un vestido casi demasiado elegante para una novia.
La novia llevaba un vestido sencillo del mismo tono, pero parecía poco más que un camisón comparado con el atuendo deslumbrante de su madre.
Posaban. Se movían y volvían a posar. Y mientras tanto, Fitz los estudiaba.
Grace era mucho más baja que la más bajita de las damas de honor, y Patience era la más alta de todas.
La novia también había sido bendecida —no, maldecida— con esa nariz curvada.
Cuando no prestaba estricta atención al fotógrafo, se le torcía por costumbre y era casi idéntica a la de Mary, la hermana de Rocky.
Rocky, por supuesto, lucía una versión más grande y ancha de la misma.
Pero no Grace.
Estudió la nariz de Bárbara, luego volvió a mirar a Grace, y le complació descubrir que los rasgos de la muchacha no guardaban ningún parecido con los de su madre.
Miró a Patience, luego otra vez a Grace.
A Rocky, luego otra vez a Grace. Finalmente, volvió a mirar a Bárbara y la pilló observándolo.
Los labios de ella se entreabrieron en lo que supuso podría haber sido un siseo, pero estaba demasiado lejos para oírlo, y la multitud hacía bastante ruido con su «celebración de licor gratis», como Grace lo había llamado.
A Grace. A su madre. A Grace. A su madre. Su atención iba y venía tantas veces que estaba seguro de haber desentrañado el misterio.
—Basta —ladró Bárbara, y aunque el fotógrafo bajó la cámara de inmediato y la comitiva nupcial relajó las poses, Fitz estaba bastante seguro de que la orden iba dirigida solo a él.
Ella le sostuvo la mirada y señaló con la cabeza hacia la terraza.
Él era reacio a manchar sus recuerdos de Grace en el balcón, pero siguió a la mujer.
Al fin y al cabo, tenían cosas importantes que discutir y ella obviamente estaba eligiendo su campo de batalla.
Y aunque podría haber librado muchas batallas en su vida, guerras enteras quizás, dudaba que alguna vez se hubiera enfrentado cara a cara con un auténtico Highlander.
No tenía ninguna posibilidad.