CAPÍTULO DOCE
El balón era suyo.
Jacob inició la jugada y Fitz corrió al lugar que le habían indicado. Pero alguien derribó a Jacob antes de que lanzara el balón, así que volvieron a sus posiciones y lo intentaron de nuevo.
En la siguiente jugada, Jacob le lanzó el balón a Fitz, pero uno del equipo de Rocky lo interceptó antes de que pudiera alcanzarlo. Y para colmo, otros dos empezaron a discutir en el otro extremo del campo.
Rocky entró pisando fuerte en el césped artificial.
—¿Qué pasa aquí?
—Me ha placado —se quejó un hombre.
A Rocky se le salieron los ojos de las órbitas.
—¿Y?
—¡Que es de mi equipo!
Rocky agarró el silbato que le colgaba sobre la barriga y se lo sopló en la cara al hombre.
—Se acabó. ¡Camisetas y pieles!
Fitz creyó oír de nuevo aquella carcajada, aunque mucho más entusiasta que antes.
—¡Por favor, tío John! —gritó Jacob—. ¡No te quites la camiseta! ¡Nosotros seremos las pieles!
Todos se rieron, incluidas algunas mujeres, y Fitz se quitó la camiseta gris.
Algunos compañeros de equipo le lanzaron una mirada hostil antes de hacer lo mismo.
Se miró el abdomen para ver si estaba cubierto de barro o algo peor, pero seguía tan limpio como cuando había terminado de ducharse la noche anterior.
Jacob se rio abiertamente, pero cuando Fitz le lanzó una mirada interrogante, el muchacho se limitó a negar con la cabeza y llamó a los jugadores.
—Es evidente que todos están un poco distraídos por la tableta de Fitz —dijo el chico—. Así que vamos a aprovecharlo.
El plan era que Fitz corriera por el campo con los brazos en alto como si esperara recibir el balón en cualquier momento, mientras el resto del equipo intentaría bloquearlo tanto a él como a Shawn, que sería quien llevaría el balón de verdad por el lado opuesto.
—Tú ve por la izquierda —le dijo Jacob—. Para que las mujeres también te vean.
—¿Las mujeres? —Se miró el estómago de nuevo, luego las barrigas de sus compañeros, y por fin lo entendió—. ¿Les tiro besos de paso?
Jacob soltó una risita.
—Si quieres.
—Toma. Esto debería ayudar —dijo un hombre con una barriga parecida a la de Rocky, solo que un tercio de su tamaño. Le pasó la mano por detrás de la cabeza a Fitz, le quitó la goma del pelo, le alborotó un poco los rizos y tiró la goma a un lado.
Estaban riéndose a gusto cuando Rocky pitó y gritó:
—¡Tiempo!
Jacob resultó ser un muchacho muy listo.
Y durante la mayor parte del partido, aguantaron el tipo.
Sin embargo, cuando llegó el momento decisivo, iban diez puntos por debajo y su única esperanza era colar el balón entre los postes para recortar distancias.
Las malditas lluvias habían cesado, pero no a tiempo.
—No os preocupéis —les dijo a su equipo—. Luchamos bien y luchamos con ganas. No hay deshonra en eso.
Luchamos bien. Luchamos con ganas. No hay deshonra en eso.
Había pronunciado esas palabras antes ante un grupo mayor de camaradas. Y las había pronunciado a menudo.
Se le encogió el estómago mientras se colocaba en posición y el pasado se abalanzó sobre él como un rival que carga. El balón salió disparado y luego fue pateado. Pero él no podía prestar atención al partido. Estaba demasiado abrumado por el dolor.
Se desplomó de rodillas y se concentró en respirar.
Después de dos siglos y medio, nunca había llorado la masacre de Culloden estando atrapado en un cuerpo mortal, un cuerpo incapaz de contener todo el horror que había presenciado.
Y del mismo modo que sus piernas habían recordado cómo correr, sus ojos recordaron cómo llorar.
Con la barbilla hundida, el pelo le cayó sobre la cara y no pudo hacer nada más por ocultar su dolor.
Apenas era consciente de sus compañeros celebrando a su alrededor. El balón debía de haber entrado. Entonces irrumpió en su percepción Rocky Cunningham, descendiente de quienes lo habían abatido en el campo de batalla, la compañía de artillería del capitán Cunningham.
—Aun así has perdido, Payton —dijo el hombre desde arriba—. Los Cunningham hemos vuelto a ganar. Es lo que hacemos.
Fitz apretó los puños y se aferró a la poca fuerza de voluntad que le quedaba a su cuerpo, por Grace. Entonces sintió la mano pesada de su enemigo dándole palmaditas suaves en el hombro. Sin regodeo. Sin intención de hacerle perder el equilibrio.
—No seas duro con mi sobrino nieto, ¿eh? Cuando mandas a un crío a hacer el trabajo de un hombre, no puedes culpar al crío. ¿Me equivoco?
Dos palmaditas más y la mano desapareció. La presencia desapareció. Pero las palabras quedaron flotando en el aire como el primer cañonazo de una batalla.
Cuando mandas a un crío a hacer el trabajo de un hombre, no puedes culpar al crío...
Solo que el chico que le vino a la mente en ese momento no era Jacob Vandergriff.
Era el joven Charles Edward Stuart, un príncipe que en 1745 apenas era mayor que el propio Fitz.
Y con poco más de veinte años, Fitz no sabía de qué habría sido capaz él mismo.
¿Habría podido rechazar a sus consejeros e ir al campo de batalla antes?
¿Habría reconocido el terreno desastroso, los fallos fatales antes de que quedaran al descubierto?
No sabría decirlo.
Y no podía quedarse sentado en medio de un campo de fútbol americano en Arlington, Texas, y permitir que un joven se sintiera peor de lo que ya debía de sentirse. Así que se secó la cara, se puso de pie y buscó a Jacob con la mirada.
Encontró al chico en el borde del campo, con Shawn consolándolo.
Fitz se apresuró hacia él.
—Perdóname, muchacho. Se me agarrotaron las dos piernas y no pude levantar la cabeza para ver si marcaste.
El chico todavía parecía abatido.
—¿Y bien?
—Justo por el centro —dijo, mientras una sonrisa le iba asomando poco a poco.
Fitz soltó un grito de alegría y le dio una palmada en la espalda al muchacho. Luego chocó los cinco con Shawn.
Rocky estaba al final de las gradas ayudando a su esposa a bajar los escalones.
Fitz señaló hacia él con la barbilla.
—Supongo que le hemos enseñado algo, ¿eh?
Grace se acercó a él con el ceño fruncido de preocupación. Él negó levemente con la cabeza y ella sonrió.
—Eh. —Jacob parecía confundido—. ¿Qué le demostramos exactamente al tío Rocky?
—Que no nos rendiríamos, muchacho. Que incluso ante una muerte segura, luchamos con todas nuestras fuerzas.
—Creo que estás mezclando la vida real con tus historias de batallas otra vez. —Grace le rodeó la cintura con el brazo a pesar del olor desagradable. El contacto de sus dedos contra la piel desnuda le provocó un escalofrío placentero.
—Suelo hacer eso, ¿verdad?
Ella le sonrió mirándole a los ojos.
—Sí, así es.
Rocky los miró con el ceño fruncido y Fitz no pudo resistirse a darle una lección mientras aún pudiera.
—¿Ves esto? —gritó señalando a Grace.
—¿Qué? —respondió el hombre mayor.
—¿Cómo puedo haber perdido si tengo esto?
Rocky desestimó el comentario con un gesto de la mano, puso los ojos en blanco y se llevó a su esposa.
Fitz se volvió y se perdió en el verde profundo de los ojos de Grace, preguntándose cómo su padre podía ser tan necio.
—Lo siento, muchacha, pero tengo la firme convicción de que Rocky Cunningham es ciego en todos los sentidos.
Ella esbozó una sonrisa valiente y desterró el dolor de su rostro.
—¿Rocky qué?
El orgullo que sintió por ella en ese momento le cortó la respiración y pensó que el pecho le iba a estallar. Pero junto con la satisfacción de haberla ayudado quizás a ver a su familia como los necios que eran, le preocupaba que su tiempo juntos llegara a su fin.
¿Era eso todo lo que hacía falta? ¿Volvería a sentir de repente que se elevaba del suelo?
Escudriñó el campo en busca de alguna señal de una brujita con larga túnica oscura, pero no vio nada parecido.
Solo había grupos de jóvenes mirando, sin duda preguntándose por qué habían interrumpido sus grandes eventos solo para que un puñado de hombres desaliñados pudieran jugar a sentirse jóvenes y en forma de nuevo.
—Vamos, Fitzjames Payton, jugador de fútbol americano. —Grace le dio un empujoncito con el hombro, acurrucada bajo su brazo—. Vayamos a asearnos para esta noche.
—¿Te vas a cambiar de ropa también? —No es que le interesara ver a la muchacha desvestirse, solo pensaba que el vestido que llevaba no le favorecía nada. Aunque, pensándolo bien, tampoco le sentaría bien ni a uno de esos zombis que salían en la tele. El color era de lo más triste.
—Oh, no. —Se adelantó y dio una vuelta sobre sí misma, intentando dar vida al vestido, pero sin éxito—. Tengo que llevar esto a la recepción. Y si me lo quito, solo conseguirías volver a ponérmelo sobre mi cadáver.
Él soltó una risita al ver su nariz arrugada, una nariz esbelta y respingona. Una nariz que no tenía nada que ver con los gestos retorcidos y desagradables de su padre, su tía Mary o su hermana.
Una nariz que le hacía dar vuelcos al corazón.