CAPÍTULO ONCE
Afortunadamente, Barbara Cunningham estaba demasiado preocupada por el cambio del tiempo como para reprenderlos a él y a Grace por ser una distracción.
Estaba ocupada dando instrucciones a los aparcacoches y organizando los paraguas mientras los invitados a la boda intentaban llegar a sus coches sin arruinar sus galas.
Para cuando la iglesia estuvo casi vacía, la lluvia arreció.
Rocky se acercó pavoneándose hacia donde Grace y él se apiñaban en un rincón cerca de la puerta, esperando a que su madre les diera instrucciones. El hombre reparó en la bolsa azul de ropa de Shawn que colgaba de los dedos de Fitz y luego alzó la vista hacia el cielo más allá de la puerta abierta.
—Buen tiempo escocés el que tenemos —dijo Fitz con una sonrisa.
Rocky sonrió.
—¿Así que no vas a rajarte por el tiempo?
Fitz soltó una risa grave.
—¿Por qué? ¿Acaso esperáis que lo haga?
Rocky hizo un gesto a un joven para que se acercara, luego lo agarró por la nuca y se inclinó hacia él.
—¿Sabes dónde está el instituto Martin?
—Sí, señor.
El chico parecía un poco sorprendido, como si el hombre nunca le hubiera hablado directamente antes.
—Dile a Mary que vas con Grace, para asegurarte de que llegan al instituto. ¿De acuerdo?
El chico sonrió.
—Sí, señor.
Una vez que estuvieron en el coche y en camino, Grace presentó al muchacho.
—Fitz, este es Jacob Vandergriff, el nieto de mi tía Mary.
El muchacho sonrió.
—Espero poder jugar. O sea, soy el quarterback del equipo de segundo, así que puedo ayudar.
Fitz asintió.
—Entonces espero que te dejen estar en mi equipo. Pero tendremos que ver qué tiene que decir Lord Cunningham al respecto, ¿eh?
Jacob sonrió aún más.
Grace también lucía una amplia sonrisa.
—¿De qué estás tan contenta, muchacha?
—Solo estoy deseando ver a alguien hacer que mi padre se trague sus palabras, eso es todo. No sucede a menudo.
El chico resopló.
—No sucede nunca.
El coche entró en el amplio y concurrido aparcamiento. El cartel decía Bienvenidos al País de los Guerreros, Instituto James W. Martin. Fuera lo que fuese lo que había llenado el aparcamiento, debía de haberse cancelado por el tiempo, porque la gente se marchaba en masa.
Grace miró por la ventanilla tintada.
—Parece que alguien ha recibido una generosa donación hoy, ¿eh?
Fitz forzó una sonrisa.
—Si tu padre ha pagado al instituto por el uso de las instalaciones, supongo que no todo su dinero se malgasta.
Ella puso los ojos en blanco y él supo que su pequeña broma había caído en saco roto. Así que decidió que tendría que esforzarse mucho más en impresionarla en el campo de batalla.
Cuando salieron del coche, descubrieron que todos los invitados a la boda los habían seguido a pesar del tiempo.
Las mujeres cogieron paraguas y se dirigieron hacia el estadio mientras los hombres agachaban la cabeza y se apresuraban hacia el instituto.
Y como todos llevaban bolsas pequeñas, Fitz supuso que la invitación había salido la noche anterior, llamando a los hombres a las armas.
Solo esperaba que no le tocara enfrentarse a todos ellos a la vez.
Jacob lo condujo al vestuario, donde se puso unos holgados pantalones cortos negros y una camiseta gris. Justo cuando estaba a punto de volver a calzarse las botas, Shawn, el novio, apareció con unos tacos.
—Prefiero mis botas, pero gracias de todos modos.
Shawn negó con la cabeza.
—No en césped artificial mojado, hijo. Vas a necesitar estos o no avanzarás ni un par de metros.
Cuando se reunieron en el campo, había la mitad de hombres de los que esperaba, pero suficientes para formar dos equipos, por lo que recordaba del juego.
Rocky finalmente se unió a ellos y caminó hacia el centro del grupo. Por su chándal, Fitz sospechó que el hombre no tenía intención de jugar. El joven Rock era la sombra de su padre y cojeaba con una muleta que no había necesitado en la cena de la noche anterior.
—Cunninghams, levantad la mano —bramó el hombre mayor.
Poco más de la mitad alzó la mano. Rocky entonces se volvió hacia Fitz y sonrió.
—Supongo que eso significa que te quedas con el resto. A menos que quieras quejarte de que tengo todo el músculo de mi lado.
Fitz arqueó las cejas.
—¿Así que eso es lo que llamáis músculo?
Y miró la barriga de Rocky.
La multitud se quedó en silencio, expectante ante la reacción del grandullón, y estalló en carcajadas cuando él se rio.
—¿Te gustaría un resumen de las reglas?
Fitz negó con la cabeza.
—He visto cómo se juega. Dos veces. En lo que vosotros los americanos llamáis vuestra Super Bowl.
Rocky soltó una carcajada como si Fitz hubiera contado el mejor chiste del mundo. Luego preguntó:
—¿Y no te importa enfrentarte a los Cunningham?
Fitz se acercó más al hombre y se inclinó hasta quedar a un palmo de su cara. Con las manos en las caderas, dijo con claridad:
—Lo llevo deseando siglos.
Rocky ladeó la cabeza.
—No sé de qué me hablas, hijo.
Fitz resopló.
—¿Culloden? ¿Te suena?
Rocky puso las manos en las caderas, imitando su postura.
—Para que lo sepas, los Cunningham lucharon en Culloden.
Fitz estaba demasiado cerca del hombre para gritar, pero lo hizo de todos modos.
—¡Sí! ¡Lo hicisteis!
Hizo una pausa para tomar aire y dejar que el hombre se regodeara un poco, y luego fue a por la yugular.
—¡Pero vosotros, bastardos, luchasteis en el bando equivocado!
Con la cara roja y farfullando, Rocky se dio la vuelta y apartó a su equipo. Los demás parecían querer reconsiderar a qué equipo pertenecían.
—Los que no tengáis miedo de luchar, venid conmigo.
Le guiñó un ojo a Jacob y se alejó pisando fuerte hacia el extremo sur del campo. Eran trece en total, ya que nadie quería admitir que tenía miedo. Cuando se reunieron a su alrededor, hizo su confesión.
—No estaba bromeando cuando dije que solo he visto jugar el partido dos veces. Así que he pensado que lo mejor sería poner al joven Jacob al mando.
Los demás miraron al muchacho y finalmente asintieron.
Les llevó un instante, pero parecieron relajarse algo, esbozar una sonrisa y caer en la cuenta de que aquel partido quizá no fuera la competición seria que habían esperado, o temido.
Y aunque a Fitz le alivió que el chico supiera jugar, le decepcionaba un tanto que no hubiera otro hombre hecho y derecho que se sintiera capaz de liderarlos.
Pero daba lo mismo. Un líder dispuesto valía más que uno curtido, pensó.
Lo único que quedaba por demostrar era que Fitz estaba a la altura de Grace, aunque no pudiera hacer nada por retenerla.
La verdad lo pilló desprevenido: que en realidad no estaba allí para hacer papilla a los Cunningham por haber causado su muerte.
Pero si lograba avergonzarlos, aunque solo fuera un poquito, nadie podría impedirle bailar una giga en condiciones, quizá sobre los capós de sus coches...
Jacob le dio instrucciones sencillas, y mientras el muchacho conspiraba con los demás, Fitz se irguió para mirar por encima de sus cabezas agachadas y buscó el rostro de Grace en las gradas.
Le llamó la atención una mano que saludaba bajo un gran paraguas negro.
La muchacha estaba sentada en la esquina superior izquierda, apartada de los demás.
Igual que había estado apartada del resto, de pie en un rincón, durante la boda de su hermana.
Cuánto le preocupaba.
Y como si ella notara su inquietud, le hizo la señal del pulgar en alto.
Él respondió con el mismo gesto, pero luego echó un vistazo a su escuálido equipo y se encogió de hombros, como diciéndole que no se hiciera demasiadas ilusiones. Y un segundo después, lo premió la carcajada cristalina que empezaba a reconocer.
Cayó en la cuenta de que no tenía por qué preocuparse. La muchacha no le guardaría rencor si no lograba humillar a su padre. Pero aun así, cuánto disfrutaría ella si lo conseguía...