CAPÍTULO DIEZ
Como la dama de honor menos importante —puesto que le habían asignado solo por lazos de sangre y no por su relación personal con la novia—, Grace fue la primera en avanzar.
Caminó despacio por el pasillo, tal como le habían indicado, e intentó no pensar en el horrible vestido que llevaba.
Era la mezcla más espantosa entre azul lavanda y marrón —un color que su madre insistía en llamar chocolate, a juego perfecto con las invitaciones en champán y chocolate hechas a mano.
Por desgracia, hecho a mano, en el caso de Patience, significaba terminado en el último minuto.
No había habido tiempo de quejarse y las invitaciones ya se habían enviado.
Cuando Grace recibió la suya, pensó que era una broma.
Pero luego la broma le salió cara cuando se vio obligada a ponerse aquel color nauseabundo.
En cuanto terminara la recepción, buscaría la barbacoa más cercana y se aseguraría de que nadie volviera a ver el vestido jamás, ni siquiera en una tienda de segunda mano. Al fin y al cabo, los pobres ya tenían bastantes problemas.
Sonrió a Shawn e intentó no mostrar la lástima que sentía por él.
Beaker estaba a la derecha de Shawn, pero ella giró la cabeza hacia la izquierda para no echarse a reír.
Lo último que necesitaba era soltar una carcajada durante la ceremonia.
Sus padres probablemente la internarían en rehabilitación antes de que acabara el día, convencidos de que tenía un grave problema con el alcohol.
Pero lo único que tenía en realidad era un ataque de… felicidad.
¡Su cuerpo seguía en Texas y era feliz! ¿Quién lo habría dicho?
Era dura y se obligó a no mirar a Fitz hasta haber llegado a su puesto.
Una vez allí, se giró para esperar a que el resto del cortejo ocupara sus posiciones.
Cuando sus ojos encontraron aquella figura morena de atractivo taciturno en una de las filas traseras, sintió que el corazón le bailaba en el pecho.
La banda de tartán verde hacía juego con sus ojos.
Aquel rostro encantador estaba igual de sexy sin barba incipiente que con ella.
Y para la ocasión, se había recogido el pelo en la nuca, pero ella estaba deseando volver a vérselo suelto.
Quizá en el campo de fútbol americano. Solo esperaba estar cerca cuando se quitara la camisa.
Su madre empezó a chistear en plena entrada de la novia, y Grace la miró directamente a los ojos y negó con la cabeza. Si alguna vez se casaba, cosa que no haría, pero si lo hiciera, obligaría a su madre a prometer que mantendría la boca cerrada, si es que le permitía asistir.
Su madre parecía un poco sorprendida y bastante enfadada.
Menuda bronca le iba a caer cuando todo aquello terminara.
Pero de momento, a Grace le daba igual. Tenía a su héroe sentado en la última fila esperándola, dispuesto a estar a su lado, y no parecía importarle si le estaba pagando por ello o no.
De hecho, no habían hablado de dinero en absoluto.
¿Por qué sería?
La novia llegó por fin al altar. Patience se volvió hacia su padre, a quien correspondía levantarle el velo.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Grace al ver el orgullo en el rostro del hombre.
Fue un momento conmovedor —captado por la cámara de forma natural, o quizá intencionada— que enseguida pasó.
Estaba bastante segura de que la reacción de Rocky no había sido ensayada, pero sospechaba que la pose perfecta de Patience sí.
Eso nunca me pasará a mí.
Esa certeza hizo que las lágrimas siguieran cayendo.
A menos que volviera a casa y se casara con quien le ordenaran, Rocky Cunningham nunca la miraría así, y quizá ni siquiera entonces.
Jamás había estado verdaderamente orgulloso de ella.
Incluso de niña, cuando había tenido algo de lo que alardear, él se había mostrado indiferente.
Sin más, no era digna de los Cunningham, por alguna razón. Y por mucho que lo hubiera celebrado, consolándose con que tampoco quería serlo —por la codicia inherente que venía con esos genes—, era como fracasar en ser perro cuando obviamente habías nacido perro.
El corazón le latió un poco más fuerte, como cada vez que se le pasaba por la cabeza volver a Texas para siempre, o por dinero. Así que cerró los ojos y se llevó el ramo a la cara para fingir que estaba de vuelta en casa, en Eugene. Donde pertenecía.
Pero también le entristecía pensar en subirse al avión al día siguiente, porque tendría que despedirse de Fitzjames.
Miró hacia el fondo de la capilla con la esperanza de grabar su imagen en la memoria. Pero él no estaba allí.
Fitz se puso en pie en silencio y se deslizó hasta el extremo del banco.
El sacerdote sermoneaba sobre la santidad del matrimonio ante un clan de personas incapaces de apreciar la santidad de la bondad.
Y desde luego, le diera igual molestar a Grace o no, no podía quedarse allí sentado viéndola sufrir ni un momento más.
Había visto el desfile de emociones atormentadas en su rostro y sabía que sus lágrimas se debían a mucho más que un poco de sentimentalismo por ver casarse a su hermana.
La muchacha estaba sufriendo. Y cuando había cerrado los ojos, se había dado cuenta de que estaba a punto de sufrir otro ataque de ansiedad.
Lo necesitaría cerca si le daba de verdad.
Había visto muchos ataques así en Culloden.
La tristeza del lugar abrumaba a los visitantes mucho antes de que se construyera el Gran Centro de Visitantes y se instalara la Sala de Guerra.
Después de aquello, no pasaba una semana sin que una o dos muchachas —y a veces algún veterano— huyeran del edificio presas del mismo pánico que sufría Grace.
Dulce Grace.
¿Cómo iba a salvarla de aquella gente?
Avanzó despacio por el pasillo exterior a los pilares hasta llegar al frente de la capilla.
Allí se quedó de pie, confiando en no llamar la atención mientras observaba a la muchacha.
Cuando ella abrió los ojos y miró hacia la última fila buscándolo, no pudo seguir callado.
Las cejas de la muchacha se fruncieron y su pecho subía y bajaba con rapidez.
Primero intentó chistear, pero eso solo atrajo la atención de la madre de Grace. Por lo visto, ella había aprendido a ignorar aquel ruido extraño.
—Grace —dijo con claridad—. Estoy aquí.
La mirada de Grace voló hacia él y respiró hondo y despacio.
Una sonrisa de alivio floreció en su rostro y todo volvió a estar bien en el mundo.
Entonces él se dio cuenta de que la sala había quedado en silencio.
Todos los rostros se habían vuelto hacia él, e incluso el sacerdote, la novia y el novio lo miraban expectantes.
—Ya está todo bien. Podéis continuar.
Las cejas del sacerdote por fin volvieron a su posición original y reanudó su discurso. Fitz miró a Grace y la encontró sonriéndole radiante. Y durante el resto de la ceremonia, permanecieron perdidos el uno en el otro, sin importarles lo que los demás pudieran pensar.
Pobre muchacha. Lo necesitaba tanto. Y él solo tenía el resto del día para estar con ella. Con suerte, también la noche. Pero ¿y después?
Como mínimo, tenía que conseguir que subiera a un avión de vuelta a Oregón. No podía dejarla en Texas, donde su madre podría destrozarla a base de crueldad. Y su padre, desde luego, no iba a protegerla, pues el hombre era tan ajeno a las necesidades de Grace como ella.
Pero ¿cómo salvarla?
¿Acaso aparecería algo más peligroso que su familia para amenazarla?
Solo podía seguir rezando para que la tarea que se le encomendaba quedara clara antes de que se le acabara el tiempo.