CAPÍTULO OCHO
Todo empezó de forma bastante inocente, aunque él se sentía un poco culpable por manipularla así.
—Creo que el único momento tranquilo que pasé con mis hermanas —dijo— fue cuando las ayudaba a secarse el pelo. Y para pasar el rato, les contaba historias.
Ella se volvió y le sonrió por encima del hombro.
—¿Qué tipo de historias? ¿De caballeros, dragones y damiselas en apuros?
Él arrugó la nariz, temiendo que al final no le gustara su idea, pero como no se le ocurría otra cosa, continuó.
—No, muchacha. Les hablaba de los valientes mozos que lucharon por sentar al Bonnie Prince Charlie en su legítimo trono y arrebatar Escocia a los ingleses.
—Ah, sí —dijo ella sin mucho interés, volviéndose de nuevo—. Creo que lo vi en las noticias. Pero eso fue el año pasado, ¿no?
Él se echó a reír.
—No, muchacha. Estas historias se remontan al Año de Nuestro Señor de mil setecientos cuarenta y cinco.
—Ah. Entonces te apasiona la historia.
—Sí. Podría decirse. Porque lo que sucedió en el 45 fue tan real para mí como... como si yo mismo hubiera estado allí.
—Entonces seguro que cuentas unas historias estupendas.
—Así es, muchacha. ¿Te gustaría oír una?
—Sí, por favor.
Por desgracia, el pelo de Grace se secó mucho más rápido que el de sus hermanas, pero él siguió pasándole los dedos porque la muchacha parecía disfrutar del contacto casi tanto como él.
—Muy bien, pues. Primero te hablaré de la batalla. Y luego, si no estás demasiado cansada, puedo contarte una historia de fantasmas que tuvo lugar después.
Ella se encogió de hombros y casi chilló de placer.
Y a él lo invadió una repentina tristeza por ella.
Porque, teniendo en cuenta a sus hermanos, era probable que la muchacha rara vez hubiera disfrutado de una noche tranquila de historias junto al fuego.
Apenas podía imaginar a Patience con la paciencia suficiente para pasar un rato tranquilo con su hermana menor ayudándola a secarse el pelo o con cualquier otra cosa tan personal.
Quizás Grace nunca había sentido una mano tierna y cariñosa sobre la cabeza, y mucho menos oído una palabra amable. Y sin embargo, Grace seguía siendo la dulce Grace, sin haberse vuelto cínica por culpa de la gente desagradable que la había rodeado.
Aspiró hondo para ahuyentar los pensamientos melancólicos y se concentró en su historia.
—Érase una vez, en 1715... —Comenzó con una breve historia del primer levantamiento, cuando los escoceses intentaron devolver al padre de Charlie, el rey Jacobo, a su trono.
Luego saltó al día en que el príncipe Charlie llegó a las Islas Occidentales en busca de apoyo.
No se limitó a las partes más interesantes por temor a perder su atención, sino por la necesidad de contarle su propia historia.
Pronto llegó a describir la mañana en que se encontraba ante su pequeña cabaña, despidiéndose de sus hermanas. Por supuesto, lo contó como si fuera la historia de su antepasado, el Fitzjames en cuyo honor lo habían bautizado.
—Tres hermanas jóvenes, como las mías. La mayor era capaz de cuidar de las otras durante unas semanas.
Y para entonces, el príncipe seguramente estaría donde Dios había dispuesto, en el trono británico, y Fitz...
Fitzjames habría vuelto a casa. Pasara lo que pasara con la política, juró regresar en dos semanas.
—¿Y lo hizo?
Tragó saliva para deshacer el nudo en la garganta.
—No. No pudo regresar. Había muerto, ¿sabes?, en Drumossie Moor, que ahora se llama Culloden. Fue una masacre horrible. Una locura incluso antes de que se disparara el primer tiro. Y todo porque el joven príncipe nos falló.
—¿Quieres decir que falló a toda Escocia?
—Sí. Nos falló a todos.
—Cuánto lo siento.
¿Lo sentía?
Sus dulces e inocentes palabras le atravesaron el pecho como un emplasto de barro fresco aplicado sobre una quemadura. Sus sencillas palabras de consuelo lo calmaron más de lo que habría esperado.
Con el pelo de ella todavía enredado en sus dedos, sus manos se habían quedado quietas, así que volvió a su tarea mientras, al mismo tiempo, repasaba brevemente todos los infortunios que hicieron de aquella mañana de 1746 algo tan monstruoso y tan trascendental.
Cuando terminó, se dio cuenta de que ella estaba llorando.
Sus sollozos silenciosos le estremecían las pantorrillas.
—Perdóname, muchacha. Debería haber inventado una historia de dragones, damiselas y caballeros de reluciente armadura. Pero en lugar de eso, ¡te he traído la tristeza de Culloden hasta tu misma puerta! ¡Soy un necio!
Ella negó con la cabeza, se volvió y se las arregló para arrodillarse ante él, aún con lágrimas en los ojos.
—No. Quería oírla. Nunca lo supe. Es decir, mi padre siempre hablaba de Escocia como si fuera el mejor lugar del mundo solo porque sus antepasados eran de allí, o por el dinero que había ganado con los negocios del petróleo.
Nunca fue real para mí, hasta ahora. Nunca pensé en la gente que de verdad vivió y murió allí.
Escocia era solo un tema que sacaba cuando quería que mi padre cambiara de conversación.
Ella bajó la cabeza, avergonzada. Pero él ya no podía resistirse a su dulzura, así que tiró del cinturón de su bata para acercarla al sofá.
Le puso un nudillo bajo la barbilla y le alzó el rostro para encontrarse con sus labios en un beso tierno.
Era todo lo que quería al principio, pero pronto no fue suficiente, y profundizó el beso hasta que ninguno de los dos respiraba con calma.
Necesitó toda su fuerza de voluntad para poner fin al abrazo y dejarla apartarse.
Ella se recompuso antes de levantarse y salir de la habitación, y mientras él aún resistía el impulso de seguirla, regresó con una caja de pañuelos.
—Muy bien —dijo con alegría, como si el beso nunca hubiera ocurrido—. Quiero oír esa historia de fantasmas. Y más te vale que sea buena.
Señaló el cojín del suelo.
—Te toca. Tu pelo es casi tan largo como el mío, y todavía no está seco.
—Puede que sí, muchacha, pero me parece que lo de que me pases los dedos por el pelo no es tan buena idea.
Bajó la mirada hacia su regazo solo un segundo, pero ella pareció pillar el problema.
—Ah, vaya.
Abrió los ojos un poco más y se sonrojó.
—Lo siento. Eh, bueno, yo solo...
Él dio unas palmaditas en el cojín de al lado y se recostó.
—Ven. Siéntate aquí. Prometo no morderte si prometes no acariciarme.
Ella se rio y la tensión del momento se disipó. —Vale. Pero sigo queriendo que me cuentes la historia.
Con vasos de agua y un plato de queso y galletas saladas ante ellos, Fitz comenzó el relato que había estado intentando evitar.
Pero quería que ella supiera por qué había venido ese día, por si acaso un día se daba la vuelta y descubría que él ya no estaba.
Quizás entonces recordaría y pensaría: «Tal vez era uno de esos fantasmas después de todo».
Y eso podría evitar que lo buscara, o que aguardara su regreso, esperando en vano como debieron hacer sus hermanas.
—Érase una vez —comenzó de nuevo, y Grace soltó una risita. Él le tomó la mano y ella se la entregó de buena gana. Entonces jugueteó con los dedos de ella mientras buscaba las palabras adecuadas—. Érase una vez, hubo una batalla horrible en Drumossie Moor. Muchos murieron.
—Demasiados.
—Sí. Así fue. Y a la mañana siguiente de la batalla, algunos de ellos volvieron a levantarse.
Ella frunció el ceño. —¿Algunos? ¿Por qué solo algunos?
Él gruñó con impaciencia. —No lo sé. Y ahora, ¿la cuento yo o la cuentas tú?
—Culpa mía. Adelante.
Él le dio un tironcito de la mano y comenzó de nuevo. —A la mañana siguiente de la batalla, setenta y nueve de los caídos volvieron a levantarse, entre ellos un muchacho llamado Rabby y su perro.
—Y un hombre llamado Fitzjames Payton.
Él la miró a los ojos en busca de alguna señal de que supiera lo que estaba diciendo, pero ella se limitó a guiñarle un ojo y asentir. —Continúa.
—Sí. Y un hombre llamado Fitzjames. Fue el cuadragésimo octavo en levantarse.
—Buen detalle —susurró ella.
Él le puso un dedo en los labios para pedirle que guardara silencio. Y después de apartarlo, pudo continuar con la historia sin más interrupciones. Finalmente, la cabeza de la muchacha se inclinó hacia un lado y se apoyó contra su hombro, y ella inspiró el sueño hacia su pecho y lo exhaló de nuevo.
La había perdido.
Pero decidió seguir hablando, aunque ella no pudiera oírlo. Quizás, pensó, podría hablarle a su subconsciente de sí mismo y, cuando despertara días después, de alguna manera intuiría que él no iba a volver.
Así que lo contó todo.
Le contó lo mucho que le había hecho gracia encontrarse en Texas y cómo enseguida una muchacha bajita de buen corazón lo había arrastrado hacia los arbustos.
Le contó lo que pensaba de su familia y que necesitaba buscarse una nueva.
Y le contó, en voz baja, que después de que realizara alguna hazaña noble por ella, vendría una bruja y se lo llevaría para siempre.
Luego le explicó cómo, un día, ella abandonaría su propia mortalidad e iría en busca de las puertas del Cielo, y que no debía temer, porque si estaba en su poder hacerlo, él la estaría esperando pacientemente justo allí, en la entrada.
Fácil de encontrar. Esperando con los brazos abiertos y una sonrisa en el rostro.
De repente, ella inspiró hondo y despertó sobresaltada. —¿Qué? —Se apartó y lo miró con el ceño fruncido—. Hola.
—Hola.
Ella se frotó la cara. —Creo que me he quedado dormida.
—Sí, así ha sido. Y no pasa nada.
Ella miró a su alrededor. —¿Me contarás el final de la historia mañana?
—Si no es mañana, en otro momento, ¿vale?
Ella parpadeó varias veces y sonrió. —¿En algún momento en que no esté borracha ni dormida?
Él se rio suavemente y se levantó para acompañarla a su habitación. —Te lo prometo. Cuando te cuente el final, no estarás ni dormida ni borracha.
Ella bostezó. —¿Sabes? En realidad no bebo. Excepto cuando estoy en Texas.
—Bueno, hay lugares que tienen ese efecto. —La orientó hacia el dormitorio y le dio un empujoncito para que echara a andar.
—¿Como si estuvieras en Inglaterra?
Él asintió a su espalda y le dio un pequeño empujón antes de dejarla seguir sola. —Si estuviera en Inglaterra, muchacha, te apuesto lo que quieras a que estaría bebiendo.
Ella se rio y lo dejó en el umbral. Luego volvió. —¿Sabes qué podrías hacer, aunque esté medio dormida o medio borracha?
—¿Y qué es, muchacha?
Ella le escudriñó los ojos. —Podrías besarme. —Su voz era poco más que un susurro. Su rostro estaba a solo unos centímetros.
Él le dedicó una sonrisa torcida y le acarició la mejilla con los nudillos. —Ah, ¿puedo?
Ella se mordió los labios y asintió. Él se dio cuenta entonces de que ya no llevaba aquel pintalabios rojo.
—De acuerdo —dijo—. Pero solo porque me lo has suplicado.
Ella abrió la boca con un grito ahogado y él se apresuró a pillarla por sorpresa.
El beso en sí fue dulce e inocente, igual que la propia Grace.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y él dejó que llevara el beso adonde quisiera.
Al fin y al cabo, no era el hombre más experimentado en lo que a cortejar muchachas se refería, y tampoco era que hubiera aprendido mucho en los últimos dos siglos y medio, con o sin televisores y pantallas de móvil.
De hecho, se dio cuenta de que su dulce Grace bien podría tener más experiencia que él. Al menos, con lo limitada que era la suya, nunca habría pensado que un beso pudiera durar tanto, o ser tan... como una conversación.
Ella inspiró bruscamente y eso bastó para hacerle volver en sí. Él puso fin al beso y se apartó.
—Creo, Grace, que si seguimos mucho más, te vas a quedar dormida encima de mí otra vez.
Ella soltó una risita y se dio la vuelta. Él cerró la puerta antes de que ella tuviera ocasión de desvestirse sin darse cuenta de que la había dejado abierta.
—Buenas noches, mi Grace —murmuró a través de la puerta.
—Buenas noches, Fitzjames —respondió ella—. Siento lo de tus hermanas.
Él se quedó inmóvil, preguntándose si había oído bien, o si, quizás, el subconsciente de ella ya estaba confundiendo al Fitzjames ficticio con él mismo.
Se arrodilló ante el diván y rezó, como solía hacer cada noche tiempo atrás.
Rezó con toda su alma para que Grace encontrara la felicidad que él tanto anhelaba poder darle.
Y dio gracias a Dios por una pequeña llamada Soncerae, y por el milagro, fuera cual fuese, que lo había llevado a la vida de Grace, aunque solo fuera por un día o dos.
También rezó para que su acto noble, fuera cual fuese, se le revelara con claridad a la mañana siguiente. Rezó para ser valiente, fuerte y capaz de llevarlo a cabo…
Y si no era mucho pedir, también le gustaría ser valiente, fuerte y capaz a la hora de humillar a unos cuantos aficionados al fútbol americano por la tarde.