CAPÍTULO SIETE
Maldita sea mi lengua suelta.
Sonrió y arqueó las cejas con gesto burlón.
—Si estás sobria, me temo que no puedo decírtelo. Solo estaba dispuesto a darte la pura verdad si no ibas a recordarlo por la mañana, ¿vale?
Se rio, todavía con la esperanza de distraerla. Desde el momento en que se le escaparon aquellas palabras, había estado rezando para poder retirarlas.
—¿No vas a decírmelo?
Le fastidiaba tomarle el pelo, pero la muchacha ya tenía bastantes problemas como para encima enterarse de que había pasado la velada en compañía de un fantasma.
No podía seguir dándole largas. Seguro que había algo de verdad que podía contarle, sobre por qué el viaje en coche lo había alterado tanto, pero no lograba dar con ello. En un intento de ganar tiempo para pensar, dijo:
—A ver. ¿Recuerdas la pregunta? Porque a mí me está costando recordarla.
Ella se mordisqueó el labio inferior un momento y luego resopló.
—No.
Y juntos se echaron a reír como niños.
A pesar de sus honorables intenciones, no pudo resistir el deseo de tenerla más cerca, de sentir el calor de su cuerpo mortal mientras aún conservaba los sentidos para percibirlo. Así que le hizo un gesto para que se acercara y se dio una palmadita en la rodilla.
—Ven. Te ayudaré a secarte el pelo, como solía hacer con mis hermanas.
—¿Hermanas?
—Sí. Tres, y todas menores que yo.
—¿Eran?
Se aclaró la garganta para deshacer el nudo de emoción.
—Todas han fallecido, lamento decirlo.
—Oh.
La compasión la hizo acercarse, pero entonces reparó en la toalla de él.
—No voy a sentarme en tu regazo.
Él se colocó un pequeño cojín sobre los muslos por pudor y dejó caer otro en el suelo, entre los pies, señalándolo.
—Siéntate ahí.
Ella obedeció, y cuando le dio la espalda, él alcanzó a ver una sonrisa.
Primero le desenroscó la toalla de la cabeza y la lanzó a un lado. Se rio cuando ella se estremeció. Luego comenzó a pasarle los dedos por la espesa melena rubia, separando los mechones una y otra vez.
—En casa —dijo en voz baja—, mis hermanas se sentaban en fila frente al fuego, una detrás de otra, y se peinaban el cabello entre ellas.
Y si yo andaba cerca, la que quedaba al final se quejaba hasta que accedía a ayudarla.
Al final siempre cedía a sus súplicas y me sentaba detrás de ella.
Y cuando les preguntaba cómo se las arreglaban sin mí, insistían en que una de ellas habría muerto de frío.
Podía verlo con toda claridad, como si sus hermanas estuvieran sentadas en fila delante de Grace, con la chimenea a la izquierda.
—Tenían el pelo tan espeso, ¿sabes? Tardaba horas en secarse del todo.
—¿No había secadores?
—No. ¿Y tú? Háblame de Eugene, Oregón. ¿Qué te llevó allí, tan lejos de casa?
Se encogió ligeramente de hombros.
—La verdad es que estaba deseando marcharme.
Fui a la universidad en California, y mis padres lo permitieron solo porque prometí volver.
Luego… no lo hice. Trabajo a tiempo parcial para una agencia medioambiental, lo que significa que el sueldo no es gran cosa.
Pero no me importa. Tengo una casita encantadora que pinté de amarillo, y dos ancianas que viven en la casa de al lado.
Cocino y limpio para ellas, y a cambio me dejan plantar flores silvestres en sus campos vacíos y tener colmenas en el linde de su propiedad.
Hizo una pausa para soltar un gemido de placer por los dedos que le masajeaban la cabeza. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja.
—Son hermanas gemelas, tendrán unos ochenta años, pero están convencidas de que vivirán eternamente, de que yo las mantendré sanas solo para poder quedarme con mis abejas. Me gano la vida sobre todo vendiendo miel. Lo cual, por supuesto, avergüenza a mis padres.
A Fitz le dolía ver cómo se le hundían los hombros cada vez que hablaba de los Cunningham. Así que cambió de tema.
—¿Gemelas, dices?
—Sí. Y siguen siendo idénticas.
Se obligó a seguir con el masaje.
—¿Son escocesas, quizás?
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé. No hablan nada como tú. Pero beben mucho té, eso sí.
—¿Con leche?
Ella se rio.
—Sí. Con leche. Me ofrezco a comprarles nata, pero dicen que son demasiado frugales para eso. Como si les preocupara no poder permitírselo nunca si le cogieran el gusto.
Tras un largo silencio, preguntó:
—¿Cómo sabías que les gustaba la leche?
—Och, solo era una suposición. Los escoceses beben el té con leche. Y hay un clan en el que nacen más gemelos de lo normal. Algunos dicen que son brujas.
—Se llaman Anna y Aggie Muir. ¿Muir es un nombre escocés?
Asimiló la noticia en silencio, como pudo.
—Ese sería el clan, muchacha.
—Qué curioso. Siempre me están diciendo que son brujas. Pero creo que es solo su excusa para ser raras.
La verdad era que suponía un alivio ver por fin alguna conexión entre Grace y la bruja Muir que lo había puesto en su camino. Ya no cabía duda. Había hecho bien en fingir que era el actor que ella esperaba.
—¿Y tú? —preguntó ella con alegría—. ¿Qué hay de tus hermanas?
Tenía que cambiar de tema o acabaría revelando sin querer algo más que el simple hecho de que nunca había tenido electricidad en su cabaña. Pero ¿qué decir? Si Grace Cunningham quería conocerlo mejor, ¿cómo iba a contarle nada sin arriesgarse a que descubriera la verdad?
Una idea le vino a la mente como un regalo del cielo, y se dio cuenta de que quizá podría contárselo todo, pero de forma indirecta.
Estaba tan entusiasmado, de hecho, que le costó quedarse quieto en el sitio.
Porque si podía contar su propia historia, dejaría algo de sí mismo en el mundo: un recuerdo vivo.
Algo más que un simple bulto bajo la superficie de Culloden.
Algo más que el hermano olvidado porque sus hermanas ya habían abandonado este mundo.
Y quizás, cuando estuviera al otro lado, lo intuiría de algún modo cada vez que ella pensara en él...