CAPÍTULO CINCO
Grace sabía a ciencia cierta que había bebido demasiado vino porque se lo estaba pasando en grande sentada a la misma mesa que su familia.
No se había preocupado por el dinero, ni por la codicia, ni por la nube de depresión que inevitablemente la seguiría a casa en Eugene el domingo, porque tenía la mente puesta en Jim.
Jimbo. No, espera. Tenía que llamarlo Fitz, o James. Pero definitivamente no Jim.
El padrino, Ronnie, se puso de pie para brindar.
Sus hombros eran el doble de anchos que la silla tapizada que tenía detrás.
El cuello le medía casi lo mismo que la cabeza.
Ronnie, el compañero de fútbol americano del equipo del instituto de Shawn.
Pero alguien se había olvidado de decirle al tipo que podía dejar de ponerse cachas. Ya no estaba en ningún equipo.
Ronnie se giró hacia la mesa de los novios y toda distinción entre cuello y cabeza desapareció.
Juntos, parecían una tubería recta y gorda, y lo único que interrumpía la superficie eran sus orejas.
La columna sólida se perdía en un pecho tan musculoso que el traje no le sentaba bien de ninguna manera.
Y había algo en el mechón de pelo rojo erizado en lo alto de su cabeza que le resultaba... familiar.
Le estalló una carcajada cuando cayó en la cuenta.
¡Es Beaker! ¡El de los Muppets!
Su madre empezó a sisear y Grace hizo todo lo posible por contenerse. Ronnie seguía hablando, así que se giró y lo miró de nuevo, decidida a comportarse. Pero lo único que veía era a Beaker.
La risa se le escapó entre los dientes, y cuando se tapó la boca con las manos, intentó salir por la nariz, haciéndola resoplar. El siseo se hizo más fuerte y un poco enfadado. ¡Pero no era culpa suya! ¿Cómo iba a esperar nadie que no se riera mientras Beaker hacía un brindis de boda?
Fitz o James o Jimbo —definitivamente no Jim— se puso de pie y se excusó. Luego la tomó de la mano y la sacó a bailar. O quizá no, porque ella se levantó para ir a la pista de baile, pero acabaron de nuevo en aquella preciosa terraza.
La habían sacado de allí por reírse.
—Te he avergonzado —dijo, intentando parecer arrepentida.
—No me avergüenzo fácilmente, muchacha —la guio hasta el borde de la barandilla de piedra para que pudiera apoyarse—. No comiste mucho, por lo que veo.
—Eso parece. Pero bebí bastante. Creo.
Él se rio entre dientes.
Ella señaló su atractivo vientre plano.
—Me fijé en que no bebiste tu vino.
Él se encogió de hombros y se mordió el labio un momento. Y a ella le entraron unas ganas tremendas de mordérselo ella misma.
Tenía que estar borracha, y así lo dijo.
—Un poco —dijo él—. Y hace poco... Es decir, no sé cómo me sentará el vino americano, así que preferí no arriesgarme.
—Ah —fingió entender.
Las balsas de flores seguían flotando, pero habían añadido velas al agua y las fuentes estaban apagadas. Sin embargo, la brisa casi imperceptible había empujado todas las bolas de cristal con velas hacia un extremo de la piscina, dejando una balsa abandonada en las sombras.
—¿Qué necesitas de mí, Grace Cunningham?
Ella hizo una mueca al oír su propio nombre. Ojalá pudiera cambiárselo para dejar de sentir vergüenza, pero su familia jamás se lo perdonaría. Y se enterarían.
—Te necesito esta noche —dijo, y se quedó sin aliento al darse cuenta de cómo sonaba aquello.
Los ojos de él se rieron de ella.
—Quiero decir, para la cena de boda de esta noche, por supuesto.
—Por supuesto —seguía riéndose.
—Y para la boda de mañana.
Él asintió.
—¿Y después? ¿Te importaría si me divierto un poco a costa de tu padre?
—¿Divertirte?
—Sí.
Ella sonrió.
—Solo si puedo mirar.
—No lo querría de otra manera —luego pareció preocupado—. ¿Y después? ¿Me necesitas a tu lado en la recepción?
Ella asintió. Lo quería a su lado hasta el minuto en que subiera al avión, si no como escudo entre ella y el resto del clan Cunningham, al menos como distracción. Pero eso sería pedir demasiado.
Él carraspeó y el sonido retumbó grave en aquel amplio pecho.
—Me da vergüenza decirlo... pero lo único que tengo es mi kilt.
—No te preocupes —dijo ella—. Llamaremos al sastre de papá a primera hora de la mañana.
Él parecía absolutamente mortificado.
¿Había sido tan esnob decir que podía llamar a un sastre en cualquier momento? Aunque temía la respuesta, tenía que saberlo.
—¿Qué pasa?
Él extendió las manos a los lados.
—No tengo dinero, Grace. Nada de nada.
Ella se rio, aliviada.
—Bueno, has venido al lugar indicado —entonces se dio cuenta de que lo había insultado, metiéndolo en el mismo saco que los demás aprovechados, aunque él no lo entendería—. Lo siento. Era broma. No pasa nada. Quiero decir, podemos descontarlo de lo que te pague, si te parece bien.
—¿Lo que me pagues?
—Te estoy pagando, ¿recuerdas? —se giró y se apoyó contra la piedra, señalando hacia las puertas francesas—. No es que fueras a aguantar este calvario si no tuvieras que hacerlo, ¿verdad?
—Creo que bailaría contigo en cualquier lugar, muchacha.
Ella buscó su rostro en las sombras, intentando leerle los ojos, preguntándose si se estaba riendo de ella otra vez. Pero no conseguía enfocar bien, así que se rindió.
—Eso es muy dulce de tu parte, Jimbo. O Fritz. O...
—Es Fitz, no Fritz. Pero quizá deberías llamarme Payton, sin más. El resto de mi nombre parece demasiado difícil.
Ella soltó una risita. —Payton. A mi padre no le va a gustar nada.
—Entonces insisto.
Volvió a reírse, pero luego se contuvo.
—No odio a mi padre, ¿sabes?
—¿No?
—No. No lo odio. Odio su dinero. Odio lo que hace con él —señaló hacia las flores que valían miles de dólares flotando desaprovechadas en la piscina—. Y lo que no hace con él.
Un escalofrío le recorrió los brazos hasta las puntas de los dedos cuando la voz del escocés se acercó y se volvió más grave.
—¿Y tu madre?
—¿Madre?
Pensó en la Reina un momento. No había muchos recuerdos entrañables, pero en lugar de sentir lástima de sí misma, Grace compadeció a aquella mujer.
—No creo que sepa cómo ser feliz —luego soltó una risita—. Pero sisear sí que sabe, ¿verdad?
No pudo evitarlo y se dobló hacia delante porque no podía usar los abdominales para reírse y mantenerse erguida a la vez.
Y le encantó descubrir que no se reía sola.
Con los labios cerrados, intentó ahogar su propia risa solo para poder escuchar la de él.
Aquel sonido era demasiado delicioso para desperdiciarlo.
Poco a poco, ambos fueron calmándose.
—Perdóname, muchacha. No había disfrutado de una buena carcajada en siglos.
Respiró hondo con esfuerzo.
—Yo tampoco.
—Pero dime, ¿de verdad cree que nadie sabe que el siseo es suyo?
Grace suspiró.
—Lo sé. Triste, ¿verdad?
—Triste, desde luego.
Él la estaba observando de nuevo y, gracias a un cambio en la brisa y al movimiento de algunas velas, por fin pudo verle bien los ojos. Pero carraspeó y retrocedió un paso.
—Creo que el aire nos ha sentado bien. ¿Volvemos?
Él la condujo al interior y ella se dio cuenta de que había una tensión entre ellos que antes no existía.
Estaba bastante segura de que él procuraba mantener su relación estrictamente profesional, y se lo agradecía.
Al fin y al cabo, parecerse a Clive Owen con kilt le daba ventaja con cualquier mujer menor de noventa años, y podría haber aprovechado fácilmente esa ventaja. Pero no lo hizo.
Y lo último que necesitaba, o quería, era enamorarse de un tipo en Texas, precisamente.
El café y el postre los estaban esperando, y él la obligó a terminar ambos. Por fin, su madre les dio permiso para marcharse, los acompañó hasta las puertas principales y ordenó que trajeran el coche.
Se quitaron los guantes en cuanto el portero se alejó.
—No estás en condiciones de conducir —siseó la mujer—. Así que el coche de tu padre te llevará al Omni.
Grace negó con la cabeza.
—Ya tengo reserva...
—Lo sé. Las cancelé. Tendrás la Suite del Gobernador. Hice que te trasladaran las cosas.
Se imaginó a algún botones pasándoselo en grande al meter sus bragas de vuelta en la maleta. ¿Y el par que había dejado en el suelo del baño? ¡Qué humillación tan perfecta!
La especialidad de Madre.
—Y no se te ocurra cambiar de habitación y quedarte con el dinero. Está pagado, ¿de acuerdo? Disfrútalo. No lo disfrutes. Me da igual. Pero no vas a ir a un tugurio en Arlington. No mientras yo viva.
—Sí, madre —dijo apretando los dientes, y rezó para que el coche llegara pronto.
—¿Te asegurarás de que Jim vaya vestido decentemente para la boda?
Ignoró que él estaba justo a su lado.
—Sí, madre.
—Entonces os veré a los dos en la iglesia por la mañana. Enviaré el coche a las nueve y media.
—Sí, madre.
La larga limusina se deslizó hasta el bordillo y la Reina desapareció en el interior del club de campo.
Grace se volvió hacia el escocés y se sorprendió al verlo sonreír, aunque tenía la mandíbula rígida y la mirada intensa.
—No hace falta llamar al sastre de tu padre, muchacha.
—¿Ah, sí?
—He decidido que mi tartán es justo lo que hay que llevar a la boda de tu hermana mañana.
Ella sonrió.
—Estaba pensando lo mismo.
Él le abrió la puerta para que subiera al coche, pero no la siguió. Ella se asomó para impedir que cerrara la puerta.
—¿Vives lejos? Puedo acercarte.
Él se rio.
—Mi hogar, muchacha, está en Escocia, como ya he dicho. No creo que llegue a tiempo a la boda si voy allí —señaló con una mano hacia el otro lado de la calle—. Hay un parque cerca. Encontraré un trozo de hierba blanda y nos vemos aquí mismo por la mañana, ¿de acuerdo?
Ella puso los ojos en blanco.
—Sube.
—No, muchacha. Sigue tu camino.
—Sube. Prefiero arriesgarme a tenerte en mi habitación de hotel que dejarte aquí para que te devoren las hormigas rojas mientras duermes.
—¿Hormigas rojas?
—Sí. Y muy enfadadas.
Se echó hacia atrás para hacerle sitio.
Hizo una mueca mientras se lo imaginaba. Luego asintió y subió al coche. Cuando el vehículo arrancó, extendió los brazos como si temiera caerse.
—¿Primera vez en un coche? —bromeó ella.
—La respuesta a eso depende, muchacha.
—¿De qué?
—De lo borracha que estés.