Payton CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

¡Clive Owen con kilt! ¿Era broma?

Grace tenía que concentrarse en respirar y caminar o acabaría en la acera, ya fuera por falta de oxígeno o por no poder dar un paso más.

No podía creer su suerte. De hecho, no recordaba haber tenido suerte en la vida, y si así era como el Karma compensaba toda una vida de olvido, Grace pensaba aceptarlo. ¡Encantada!

La agencia de talentos le había prometido que, si el tipo que había elegido no estaba disponible, enviarían un sustituto adecuado.

Lo único en lo que había insistido era en que, fuera quien fuese, tenía que ser capaz de imitar un acento escocés.

Desde que se enteró de que Patience estaba comprometida, no había dejado de reprocharse el haberle dicho a su familia que estaba saliendo con un escocés.

En su momento, había sido una forma de darle un poquito de envidia a su hermana mayor —algo que no pasaba nunca, jamás—, pero cuando Grace se dio cuenta de que iba a tener que presentar a ese hombre imaginario, deseó haberlo descrito como un tipo aburrido, ratón de biblioteca y sin don de gentes.

Pero ya no. Por primera vez en mucho tiempo, se alegraba del error que había cometido.

Le echó otro vistazo cuando él se apartó para dejarla entrar primero al club de campo.

Sí. Clive Owen con kilt.

No. Clive Owen con barba de tres días y pelo hasta los hombros, con kilt. Un escalofrío de emoción la recorrió de arriba abajo, activando cada chakra a su paso.

Patience Cunningham, muérete de envidia.

El escocés le ofreció el brazo y siguieron los carteles hacia el Evento Cunningham/Forrester.

Grace se dio cuenta de que, además de las miradas curiosas que atraía el kilt, su «cita» caminaba bastante despacio.

Observaba la elegante iluminación como si nunca hubiera pisado un restaurante de categoría.

Luego su atención volvió hacia ella, y Grace se quedó mirando esos dulces ojos verdes un segundo de más antes de que él le guiñara un ojo.

Y se le ocurrió que quizá caminaba despacio por ella.

Tal vez había notado cómo le temblaban los tobillos sobre los tacones que, pese a sus siete centímetros y medio, apenas le elevaban la coronilla hasta el hombro de él.

Esa emoción volvió a recorrerla y se estremeció.

—¿Tienes frío, muchacha?

Negó con la cabeza y decidió que sería más seguro dejar de mirarlo embobada.

Atravesaron una amplia entrada con gruesas paredes redondeadas y se encontraron cara a cara con su familia.

Y así, sin más, se acabó lo agradable. La gente estaba agrupada como siempre.

Los Privilegiados, o los aprovechados, como a ella le gustaba llamarlos, pululaban alrededor de los que manejaban el dinero: los Abogados.

Estos sonreían y asentían mientras intentaban evitar que los aprovechados molestaran a los que generaban el dinero: los Petroleros.

Hogar. Empalagosamente. Dulce. Hogar.

Le revolvía el estómago ver que todo seguía exactamente igual que siempre. Ella era la oveja negra, pero eso era lo único de lo que podía sentirse orgullosa.

—Ahí está Grace —exclamó su tía Mary, como si todo el mundo la hubiera estado buscando o algo así.

Siempre había un tono mordaz en las palabras de Mary. Pero la ligera arruga de desdén en su nariz desapareció temporalmente cuando vio al doble de Clive Owen. Se apartó a regañadientes del abogado de papá, Anthony, y se apresuró hacia delante como si fuera la recepcionista oficial de la familia.

—No puedes ser la cita de Grace —deslizó sus dedos enjoyados alrededor del codo de Jim e intentó llevárselo.

Él miró a la mujer como si pensara que había perdido la cabeza, levantó el brazo para zafarse del agarre de Mary y mantuvo en alto esa gran manga esponjosa de pirata, como si temiera que ella fuera a atacarla si no lo hacía.

Con el brazo todavía en alto, se volvió hacia Grace como suplicándole que lo salvara de un perro descontrolado. Pero en medio de esa expresión de horror, logró colarle otro guiño.

—Lo siento, Jim —dijo ella, bajándole el brazo—. Déjame presentarte a mi tía Mary —tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no reírse de la cara colorada de su tía—. Mary Vandergriff, este es... eh... Jim.

—Señora —le dedicó a Mary un breve asentimiento—.

Tiene razón. No soy su cita. Soy el pretendiente rendido de Grace —deslizó un brazo alrededor de la cintura de Grace y la atrajo suavemente hacia él.

Y por muy romántico que pudiera parecer, ella sospechaba que se estaba preparando para usarla como escudo entre él y Mary.

No lo culpaba. Mary era tan pasiva-agresiva como el padre de Grace, y no resultaba agradable estar cerca de ninguno de los dos.

Cualquier cosa amable que dijeran solía ser un insulto apenas velado, y Grace había pasado la primera mitad de sus veinticinco años aprendiendo a reconocerlo, y la otra mitad esforzándose por ser una persona diferente.

Era como cualquier otra forma de abuso, en realidad. Solo tenía que asegurarse de que el círculo se rompiera con ella. Y si nunca tenía hijos, no tendría que preocuparse por transmitir el rasgo.

Se compadeció de Jim y se interpuso entre él y su tía.

—No le hagas caso a Jim. Es mi mayor admirador. No puedes confiar en una palabra de lo que dice.

El actor frunció el ceño mirándola. Pero ¿qué esperaba que hiciera, abanicarse ante sus halagos? Estaban en el Sur, sí. Pero ella no era ninguna boba sureña.

—Está bien —dijo Mary, retrocediendo—. Buena suerte ganándote a su padre, Jim.

No creo que le impresione mucho tu falda —lo que pretendía ser una sonrisa agradable se convirtió en una mueca descarada, y Grace se avergonzó de haber expuesto al tipo a aquella mujer tan desagradable.

Pero le estaba pagando por su tiempo, con una generosa propina prevista para compensar todas las incomodidades que vendrían.

Casi bastaba para tranquilizar su conciencia.

Casi.

Se encogió de hombros.

—Lo siento por eso —le echó un vistazo y él seguía frunciendo el ceño.

—No puedes esperar que esa mujer te trate con respeto si no eres capaz de aceptar un cumplido de un hombre que ya te ama, ¿no?

Abrió la boca, pero no se le ocurrió ningún argumento racional, así que la cerró de golpe y se limitó a asentir. Por suerte, él dejó de fruncir el ceño. Y justo a tiempo. La segunda prueba más importante estaba a punto de llegar.

—Por favor, dime que mi hermana no acaba de llamar falda a tu kilt, señor —su padre se adelantó y su barriga, grande y sólida, ocupó el centro del pequeño círculo.

Despidió a Mary con un gesto, y esta fue a unirse a otro grupo de aprovechados que andaban a la deriva sin nadie más sustancial a quien pegarse.

El escocés estrechó la mano que le tendía su padre. —Así es, señor, pero quizá ella no sea consciente.

—Oh, lo sabe muy bien.

—Papá, te presento a Jim. Jim, este es mi padre, Rockefeller Cunningham.

—Rocky para los amigos. —Siempre empezaba con buen pie, así que si la conversación era breve, puede que a su padre no le diera tiempo a ponerse desagradable.

El actor entrecerró los ojos. —¿Cunningham?

—Sí. Es escocés, pero quizá eso no lo sabías, ¿no?

A Grace le entró el pánico. Había pedido un actor capaz de imitar un acento escocés convincente. No contaba con que alguien tuviera que estudiar historia de Escocia para conseguir el papel. Al fin y al cabo, no les pagaba tanto.

—Auch, sí —dijo su actor—. Sé de sobra que los Cunningham son escoceses. Un unicornio en vuestro escudo, si no me equivoco.

—Sí. —Su padre sonrió—. Con un cuerno de oro.

Le dio una palmada en el hombro al escocés, pero, sorprendentemente, el hombre no se movió ni un ápice a pesar de lo que debía de haber sido un golpe considerable.

A su padre le gustaba descolocar a los hombres como fuera, y si no podía hacerlo con palabras, recurría a lo físico.

Pero esta vez, Grace pensó que quizá su padre había querido que el gesto fuera una señal de aprobación.

—O sabes mucho del tema, Jim, o te has informado bien. —Su padre entrecerró los ojos mirando a Grace como diciendo: «a mí no me engañas». Luego se volvió hacia el escocés—. ¿De dónde eres?

Tenía que intervenir. —Seguro que no has oído hablar de ese sitio en tu vida, papá.

Además, ahora vive en Eugene. —Le dedicó al actor una sonrisa y un guiño rápido, con la esperanza de que fuera lo bastante listo para seguirle el juego.

Estaba claro que era lo bastante guapo para cualquier papel y lo bastante musculoso para parecer un highlander medieval envuelto con gracia en un paquete de tartán.

Pero lo listo que era, eso no podía adivinarlo.

Había sido una estúpida al pensar que de verdad iba a salirse con la suya mintiéndole a su familia. Podría haberse librado diciendo que habían roto, pero antes de que su madre le contara lo del compromiso de Patience, le había preguntado si seguía saliendo con aquel escocés del que tanto hablaba.

—Pues sí —había dicho Grace—. Seguimos juntos. Y felices.

Entonces su madre había ido al ataque. —Bien. Pues no lo estropees de aquí a abril. Quiero que lo traigas a la boda.

El impacto de descubrir a qué boda tendría que llevarlo quedó eclipsado por el pánico de tener que conseguir un novio para abril. ¡Y no uno cualquiera! ¡Tenía que ser escocés!

Tras varias noches en vela, había pensado en decirle a su madre que había pillado a su novio escocés poniéndole los cuernos, pero no quería que nadie creyera que era tan estúpida como para salir con un infiel.

Y prefería con mucho gastarse los ahorros en contratar a un novio para un fin de semana que tirar por la borda todo lo que había conseguido.

Porque le había costado muchísimo más que un simple fin de semana demostrar que podía sobrevivir lejos del «refugio familiar» en Texas.

Pero la mentira no había resultado tan sencilla. Y estaban a punto de pillarla.

¿Era un escocés de verdad? Puede. Pero ¿cuánto podía saber un escocés tejano sobre Escocia?