Capítulo 34 #2
—Te apuesto a que no sabes que estoy enamorada de ti.
Estoy loca, profunda y perdidamente enamorada de ti.
Me equivoqué al decirle aquello a la madre de Sam.
Pensaba que era lo que necesitaba escuchar, pero me equivoqué.
Te quiero tanto que duele. Te quiero tanto que pensé que no me lo merecía.
Te quiero tanto que he empezado a ir a terapia para poder quererte bien.
Para poder querer al mundo bien. Te apuesto a que he sentido más pasión este verano que la que he sentido en años.
Te apuesto a que no sabes que eres mi persona favorita.
Te apuesto a que no tenías ni idea de nada de esto porque me daba mucho miedo decírtelo.
Pero te lo digo ahora, sin tapujos: te quiero.
Y no tiene nada que ver con lo mucho que quise a Sam porque eres una persona diferente y es un amor diferente.
—Noto cómo las manos me empiezan a temblar a medida que avanzo—.
Y espero de corazón acertar con esta última apuesta porque si no voy a quedar como una tonta de remate, pero…
—Inspiro profundamente y me permito decir la parte que más miedo da—. Te apuesto a que tú también me quieres.
Lo que sigue es el silencio. Un silencio largo, una eternidad que parece pasar mientras Henry y yo nos miramos sin movernos. Toma el billete de veinte dólares entre las manos, le da la vuelta una vez, pero no dice nada.
—¿Qué dices, Henry? —susurro—. ¿He ganado la apuesta?
«Por favor, di que sí. Por favor, por el amor de Dios, di que sí».
Tiene sus ojos verdes clavados en mí, bañados por una capa de lágrimas.
—Ganas la apuesta —responde—. Por supuesto que ganas la apuesta.
Una bocanada de aire sale de mis pulmones y falta poco para que se me escape un sollozo de alivio.
Corro hacia el otro lado de la barra, me abre los brazos y lo envuelvo en un fuerte abrazo.
Inhalo su aroma a hierbabuena azucarada, lo agarro con fuerza de la camisa y noto cómo su caja torácica se estremece de risa o de llanto, no estoy segura.
Me levanta del suelo y me sujeta más fuerte de lo que nunca ha hecho.
—Lo siento tanto —se lamenta contra mi cuello—. Siento tantísimo haberte dejado allí.
Me vuelve a poner en pie y me aparto para poder mirarlo. Le retiro el pelo de la frente y me sujeta por la cintura para acercarme a él.
—Fui yo quien te apartó —digo—, ¿qué ibas a hacer?
Hace una mueca.
—Dije barbaridades.
—Necesitaba oírlas —digo—, de verdad que sí. Le conté a Andy que estamos juntos. Bueno… que estábamos juntos. Tenías toda la razón, se alegró por mí.
—Aun así, me siento fatal. Para ti era muy importante.
—Claro que para mí era importante, como también lo eres tú, y no te traté como si lo fueras —rebato—.
Debería haberte presentado ante la familia Chase como mi pareja con orgullo, no ocultarles lo importante que eres para mí.
Ninguno se merecía eso. Ambos podríamos haberlo gestionado mejor, pero lo único que importa es cómo lo gestionemos ahora.
Basta ya de alejarnos el uno del otro, ¿vale?
—Vale —dice—. Basta ya de alejarnos el uno del otro —repite.
Me abraza con fuerza contra su pecho y nos balanceamos.
—Te sienta bien estar detrás de la barra —comenta—. Me gusta cómo se han invertido los papeles.
—No has vomitado en el baño —apunto—, así que los papeles no se han invertido del todo.
—Ya. —Se ríe—. Va a ser que no.
Me aparto para mirarlo.
—Dios, te he echado muchísimo de menos —digo.
—Yo también te he echado de menos —contesta, y se le dibuja una sonrisa dulce en los labios. Levanta el billete de veinte dólares y me lo enseña—. Me parece que un poco sí que me merezco la mitad del premio.
Sonrío con aire burlón, sabía que iba a decir eso. Me saco un billete de diez dólares del bolsillo y lo sostengo en alto para que lo vea.
—Todo tuyo —digo.
Me toma la cara entre las manos y me besa; deja que el dinero se caiga al suelo. Una sensación de calor me recorre el cuerpo cuando mis manos le rozan la cintura. Agarro el tejido de su camisa y compruebo que es real. Compruebo que él es real.
—Lo deseo con todas mis fuerzas —admito—. ¿Podemos volver a estar juntos? ¿Por favor?
—Me encantaría —dice, sonriéndome desde arriba—, durante todo el tiempo que sea humanamente posible.
Nuestros labios se unen, su boca es tan suave y tierna como siempre. Le rodeo las costillas con los brazos y me junto a él.
—Te quiero —susurro.
Me da un beso en la sien.
—Yo también te quiero, desde hace tiempo.
Pego la mejilla a su pecho y oigo el latido de su corazón bajo la camisa. Enreda sus dedos en mi pelo, me sostiene como si fuera algo valioso, algo preciado.
—¿Henry? —lo llamo, con la voz amortiguada por su pecho.
—¿Sí?
—¿A dónde te gustaría ir para nuestra próxima cita del Passion Project ? —pregunto.
Me acaricia la nuca y me alza la barbilla para que lo mire.
—¿Ahora mismo? Solo quiero irme a casa contigo —dice—. ¿Podemos hacer eso?
—Por supuesto —respondo—, siempre.
Pasa un brazo por encima de mis hombros para tenerme cerca. Le rodeo la cintura con un brazo, para impedir que se aleje, y empujo la puerta del restaurante con la otra mano.
Una vez fuera, contemplo su rostro, su rostro dulce, abierto, amable y encantador.
Sus ojos, su pelo alborotado por el viento…
No me lo podría imaginar mejor si lo intentara.
No sé a dónde vamos o qué pasará a continuación.
No sé si llegaré a encontrar una pasión o si siempre ha sido una meta arbitraria que no importaba en realidad.
Lo único que sé es que esto es lo que importa.
Él es lo que importa. Yo soy lo que importa.
Dejo que me invada esa sensación, como una ola del mar, mientras beso a este chico arrebatador que enciende todas las cerillas de mi cuerpo.
La primera brisa otoñal nos envuelve a la par que el calor opresivo del verano se derrite.
Voy a estar bien.