Passion Project Capítulo 34
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Capítulo 34

E stoy detrás de la barra. Escurro un trapo de cocina entre las manos y lo retuerzo hasta que queda tan tenso como una cuerda. Sarah asoma la cabeza desde la cocina.

—Está de camino —anuncia—. ¿Todo bien?

Al principio se mostró escéptica. Supongo que nunca se fio de mí, al igual que yo tenía mis dudas con respecto a ella.

No obstante, después de pedirnos disculpas, aceptó ayudarme.

Además, Jamie también le estuvo mandando mensajes defendiendo a muerte mi caso.

Accedió a abrir el restaurante una hora antes para que pudiera darle una sorpresa a Henry.

—Gracias, Sarah —le digo, deshaciendo el nudo del trapo—, por todo.

Se muerde el labio inferior y suspira.

—No fue justo lo que te dije hace unas semanas, lo de que lo hacías infeliz —se disculpa—.

No estuvo bien y no era la verdad. Antes de conocerte, solía salir con el resto del equipo después del trabajo.

Ahora sale pitando de todos los turnos tan rápido como puede para ir a verte.

Llega tarde, anda distraído cuando está aquí y siempre le sonríe al teléfono como un bobo. Se va a alegrar de verte.

Trago saliva, el corazón me late más deprisa.

—Espero que tengas razón.

Le suena el teléfono y lo saca para comprobar el mensaje.

—Ya casi está —informa—. ¿Tienes el sobre?

Asiento y me saco un sobre blanco del bolsillo trasero.

—Genial —dice—. Me voy a la parte de atrás.

Las puertas de la cocina se cierran y Sarah desaparece detrás de ellas.

Ahora solo quedo yo en el restaurante, sola tras la barra del bar.

La luz es tenue, el melodioso tono de voz de Ella Fitzgerald danza en el aire y tengo delante de mí una pizza de peperoni.

Justo como la noche en que nos conocimos.

Henry vendrá a recoger su paga, como vine yo a recoger la cartera, solo que esta vez me encontrará a mí esperándolo, al igual que él me esperó a mí.

Se me encoge el corazón en el pecho y el estómago me da un vuelco. Mantengo la mirada clavada en la puerta. Llegará en cualquier momento.

Han pasado dos semanas desde que lo vi por última vez.

Dos semanas lamentando no haberlo gestionado todo mejor.

Dos semanas sabiendo que lo quería, sin tener ya más miedo, ideando el plan que ahora estoy ejecutando.

Dejo que el recuerdo de ver a Henry alejarse por la playa me cruce la mente, pero esta vez no me pregunto si podré volver a lidiar con un corazón roto.

A lo largo de la vida he tenido que afrontar muchas cosas para las que nunca pensé que estaría preparada.

Estoy tan preparada para el desamor como lo estoy para el amor.

Pero, por Dios, espero que esto no acabe en desamor.

Saco dos copas vacías, las coloco en la barra y sitúo una botella de chianti al lado.

Me agacho a la nevera que hay bajo la barra para sacar una botella del vino de pomelo que me tomé aquella primera noche para que todo sea igual.

Cuando me inclino, la campanilla que hay sobre la puerta del restaurante tintinea.

Me quedo paralizada, agazapada bajo la barra para que no me vea.

—¿Sarah? —llama.

El corazón me da un vuelco solo con oír su voz. Está justo ahí, a poco más de medio metro.

Henry.

Me duele.

Me levanto para dejarme ver, aferrando la botella fría de vino entre las manos. Me mira con los ojos como platos y da un paso atrás.

—¿Bennet? —Se le quiebra la voz, le tiembla como nunca la había oído.

Descorcho el vino.

—¿Tinto o blanco?

—¿Qué…? —empieza a decir, frotándose la barbilla—. ¿Qué es todo esto?

Inspiro profundo y trato de recordar todo lo que había planeado decirle. Todo lo que siento, que espero que sea correspondido.

Sirvo el vino blanco en mi copa y el tinto en la suya. Me observa con atención, pero no se mueve.

—Hace unos meses, me topé con este restaurante después de haber pasado un día horrible —digo, viendo cómo se va acumulando el líquido rojo en su copa—.

Había un chico detrás de la barra que, contra todo pronóstico, me hizo creer que igual valía la pena vivir la vida.

—Coloco la botella sobre la barra y deslizo la copa en su dirección—.

Le bastó una copa de vino para convencerme de que me embarcase en una aventura sin pies ni cabeza en busca de mi pasión.

Resultó muy persuasivo y, a decir verdad, un poco insistente.

—Henry suelta una carcajada. Me basta para proseguir.

»En fin —continúo—, esa noche estaba hecha un desastre.

Estaba avergonzada, pasando por un duelo y apartaba a todas las personas que tenía a mi lado con tal de estar sola.

Sin embargo, algo dentro de mí me dijo que le debería decir que sí.

Que él era importante, que iba a ser importante para mí.

Y lo acabó siendo. —Desvía la mirada hacia una lámpara.

»Se pasó todo el verano ayudándome a buscar mi pasión —digo—. En realidad, era una causa perdida. Hicimos un montón de cosas raras intentando encontrarla. Pero ahora ya sé cuál es. ¿Quieres saberlo? —Se vuelve hacia mí, con los ojos vidriosos, y asiente.

»No es un trabajo, ni una afición, ni tan siquiera una persona.

Es tan solo… amar. Amar e intentarlo. Darles a las personas una oportunidad.

Subir al borde de un rascacielos para apreciar las vistas.

Compartir historias mientras se comparte una pizza.

Hacer amigos nuevos y hacer el esfuerzo de ir a visitarlos a Nueva Jersey.

Asistir a una clase de economía porque alguien que te importa quiere ir.

Aporrear un jarrón con un bate de béisbol cuando no has dejado que tus emociones salgan a la luz en mucho mucho tiempo.

Darle la mano a alguien. Hacer algo que te da miedo con alguien que te da miedo.

Darte cuenta de que puedes estar rota, pero eso no significa que no puedas sanar ni significa que no te puedan querer.

Ir a terapia y terminar los estudios universitarios.

Empezar de nuevo. Levantarse cada día y decidir que vale la pena.

Es muy sencillo y me siento tonta por haber tenido que recorrer todo ese camino para darme cuenta.

Es así de sencillo, y creo que todo lo demás encaja por sí solo.

—Cierra los ojos y coge aire. Parece que va a decir algo, pero sacude la cabeza y traga saliva.

Se me antoja que está muy lejos. Me muero de ganas de tocarlo.

»He gastado muchísima energía preocupándome por no quedarme atrás, porque el mundo siguiera adelante sin mí o por si tener una pasión me arreglaría.

Pero me he dado cuenta de que yo, y solo yo, soy la única que puede arreglarme.

Nadie más. Ni un trabajo de ensueño, ni una pasión, ni tú, ni siquiera un psicólogo.

Solo yo. Así que ya no me voy a quedar esperando a que una llave mágica me abra las puertas de la vida; lo voy a hacer yo.

Voy a empezar de nuevo. Me comprometo a levantarme todas las mañanas y poner todo mi empeño.

Puede que nunca encuentre una pasión ni una vocación y tal, pero que le den a eso, Henry.

Ni siquiera me parece que tenga importancia.

»El Passion Project es la mejor decisión que he podido tomar; no porque haya encontrado una pasión, sino porque me ha hecho feliz.

Tú me has hecho feliz. Me has enseñado que el amor no entiende de si tienes o no la vida resuelta ni de si estás destrozado por el duelo.

Al amor no le importa si tienes ansiedad o depresión o si el día a día te tiene con el agua al cuello.

El amor ama, simple y llanamente. Cada día me siento agradecida por haber devuelto hasta el alma en este baño, lo cual es una locura, porque esa fue una de las peores noches que he pasado en la vida, pero me condujo hasta una de las mejores cosas que hay en mi vida: tú.

—Saco todo a relucir, todo lo que siento por él, del tirón.

Prosigo; espero no estar pasándome de la raya.

»Quiero estar contigo, de verdad. Quiero besarte, dormir contigo, reír contigo.

Y contarte historias y ver películas y llorar contigo.

Quiero verte hacer fotos y quiero conocer a tu padre y quiero ir a la montaña de senderismo y sostenerte cuando te derrumbes.

Quiero pelearme contigo y hacer las paces y poner los ojos en blanco cuando te pares a hablar con alguien por millonésima vez en el parque.

Quiero adoptar un perro viejo y gruñón contigo y que lo llamemos Fújur Tercero.

Quiero beber vino contigo y reírme de las personas, admirarlas y hablar de ellas contigo.

Quiero que nos cuidemos y que nos apoyemos por turnos.

—Una lágrima se resbala por mi mejilla.

La seco—. Estoy preparada. Estoy más que preparada.

Me he cansado de estar triste. Me he cansado de estar enfadada con el mundo y conmigo misma.

Me he cansado de aferrarme al pasado porque me da miedo el futuro.

Los ojos de Henry no sueltan prenda. No sé si me odia o si me ama porque no dice nada.

Levanto el sobre.

—La noche que nos conocimos, te apostaste con Sarah que me volverías a ver y ganaste la apuesta. —Abro el sobre, saco un billete de veinte dólares y lo dejo en la barra—. Me gustaría hacer otra apuesta.

Se acerca a la barra y recorre el billete con los dedos.

—Vale —dice—, ¿a qué apostamos?

Aquí va la última confesión.