Capítulo 33
E l último sol de la tarde me ciega los ojos cuando salgo de la boca del metro. Hoy no hay partido de los Yankees, por lo que no hay mucho movimiento, solo alguna que otra persona haciendo fotos o que va a lo suyo.
Me detengo junto al estadio e inspiro hondo tres veces, con el asa de la maleta en una mano y la bola de béisbol en la otra. Cierro los ojos y me preparo para lo que he venido a hacer.
Una sombra me cubre el rostro y, cuando abro los ojos, hay un hombre a mi lado.
—Disculpa. —Se encoge—. No quería interrumpir.
Parece joven, pero el sol le ha marcado el rostro. Lleva una gorra de los Yankees y una camisa azul sudada.
—No te preocupes. Soy Bennet.
—Mike. —Se seca el sudor de la frente y entrecierra los ojos para mirar al estadio—. Nunca se cansa uno, ¿eh? A ver, yo es que trabajo aquí y todavía no me he acostumbrado.
Por lo general, ante una interacción fortuita como esta, habría salido corriendo en la dirección opuesta. No obstante, manifiesto al Henry que llevo dentro y me abro a la conversación.
—¿Trabajas aquí?
Me da la espalda para enseñarme la parte trasera de la camisa, que está empapada de sudor. La palabra Mantenimiento está escrita a la altura de los omóplatos.
—Qué guay —comento. Recuerdo cuando estuve aquí mismo hace poco, deseando poder percibir a Sam en alguna parte de la infraestructura del estadio y poder sentirlo cerca—. Los Yankees eran el equipo favorito de mi novio —le cuento.
—¿Cómo que eran? No me digas que ahora se ha pasado a los Mets.
—Falleció cuando yo iba a la universidad. —Parece que he pillado por sorpresa a Mike, quien se ha quedado con la boca entreabierta, como si estuviera intentando improvisar alguna respuesta—. Perdona, sé que es demasiada información, pero es que estoy intentando abrirme más a las personas.
—Te acompaño en el sentimiento.
—No pasa nada, de verdad. —Lo miro y me reto a mí misma a ser atrevida. A ser valiente—. Mike, ¿alguna vez has dejado pasar a una persona dentro del estadio para que vea el campo?
Mira su reloj y se muerde el labio.
—No me está permitido…
—Será un segundo solo —ruego—. No tocaré nada de nada.
Echa un vistazo por encima del hombro, como si buscara a su jefe o a su supervisor. Me siento mal por haberlo puesto en este aprieto, pero tengo que ver el estadio por dentro. Me urge.
—Me gustaría verlo —digo—. Nunca tuve la oportunidad de ir a un partido con él.
Mike suspira y se lleva las manos a la hebilla del cinturón.
—Haré una excepción en honor a tu novio.
—¿No te vas a meter en un lío?
Se encoge de hombros.
—Pillé al jefe de mantenimiento siendo infiel en uno de los vestuarios. Me debe una. —Echa a andar con paso enérgico hacia el estadio y me hace una señal para que lo acompañe.
Sigo a Mike y cruzo una puertecita lateral, con la maleta a rastras. Avanza por una serie de pasillos y escaleras; me preocupa que seguir a un desconocido a un callejón oscuro haya sido un error garrafal. No obstante, cuando la luz me da de lleno en los ojos y salimos, sé que estoy donde debería.
El estadio es gigantesco y está cubierto por un césped tan verde como los caramelos de manzana Jolly Ranchers. Huele a hierba recién cortada y a tierra. Se me corta la respiración ante la magnitud del lugar. Me siento como si estuviera en medio de la huella del pulgar de un gigante.
—Es una locura, ¿a que sí? —Mike se quita la gorra de béisbol y se abanica con ella.
—Me siento diminuta.
—Lo pone todo en perspectiva.
—Muchas gracias, Mike. No te haces una idea de cuánto significa para mí.
No le da importancia.
—Faltaría más. —Señala una puertecita al otro lado del campo—. Me llevo tu maleta por esas puertas de allí para cuando acabes. Tómate tu tiempo. —Lo observo arrastrar mi maleta por el campo.
Me vuelvo hacia el montículo del lanzador y avanzo con cuidado hacia él. Alineo los pies con la placa del pícher y me quedo mirando hacia la primera base. El corazón me late veloz.
Coloco la pelota en el centro de la placa y me siento con las piernas cruzadas delante de ella. Permanezco así un buen momento, dejo que el cuerpo se empape de la atmósfera del estadio, de la inmensidad de todo aquello. Me obligo a no sentirme cohibida por lo que viene ahora.
—Hola, Sam. —Una brisa me acaricia el rostro—. Hola, mi amor. —Paso los dedos por la tierra sedosa alrededor de la placa.
»Bueno… Fui a la boda de Andy. Estoy segura de que ya lo sabes.
A ver, no estoy segura de que lo sepas… No sé qué es lo que creo que sabes.
Aunque, si estás por aquí en alguna parte, estoy segura de que estuviste en la playa con nosotros.
Andy estaba guapísima. Creo que te caería bien Theo.
—Cojo aire, temblorosa; desplazo los dedos por un costado de la pelota y le doy la vuelta para tener de frente las palabras «Lo siento».
»He visto a tus padres. Están estupendamente. Te echan mucho de menos, todo el mundo lo hace. —Miro hacia el cielo para reprimir el escozor que siento en la garganta.
»Oye, Sam, nunca te pedí perdón. Lo siento muchísimo.
He deseado poder decírtelo todos los días, pero no me parecía suficiente.
Unas palabras tan triviales frente a algo tan colosal.
Le he dado un millón de vueltas a lo que me gustaría decirte, pero nada me parece correcto.
No me parece que ninguna palabra pueda rellenar la magnitud de tu pérdida.
—Una nube me tapa los ojos al proyectar su sombra y alivia el intenso calor.
»Te quiero. Lo más seguro es que te quiera hasta el día en que me muera. No concibo un mundo en el que deje de quererte. Necesito que lo sepas. Nunca he dejado de quererte y nunca lo haré. —El viento arrecia y me azota el pelo contra la cara.
»Quiero que sepas que, aunque quiera a otras personas, eso solo es posible porque también te quiero a ti. Soy una mejor persona gracias a que formaste parte de mi vida. —Paso el pulgar sobre las palabras “Te quiero” de la pelota.
»Pensé que vivir en Nueva York sería la mejor manera de rendirte homenaje, aunque ahora sé que la mejor forma es no dejar de amar. Así que no lo haré, nunca.
De repente, el cielo se abre y la lluvia me cae a cántaros encima.
Es el tipo de chaparrón veraniego alegre, con una lluvia cálida y agradable.
Me empapa la ropa. Me levanto en medio del campo de béisbol y estiro los brazos hacia el cielo.
La lluvia me resbala por la cara y me empapa el pelo.
Me inunda los ojos. Me llena los oídos. Corro hacia la primera base, con una opresión en el pecho y resollando.
Pero sigo corriendo. Paso por la segunda base con la respiración entrecortada y pesada.
Alcanzo la tercera base y las piernas me suplican que pare.
Pero no lo hago. Cuando llego al plato de home , me llevo los dedos a los labios, luego a la placa y articulo sin emitir sonido las palabras «Te quiero».
Dejo la pelota en el plato de home y echo a correr hacia la salida del estadio. La lluvia me salpica la cara, me encharca los zapatos y me quita las telarañas que llevan tanto tiempo acumulándose. De repente, se oye un trueno en el cielo estival. Es Sam.
Cuando salgo del estadio de los Yankees, me giro una vez más y sonrío bajo la lluvia. Susurro un «gracias» a todo lo que me rodea y, a continuación, lo dejo todo atrás.
En cuanto llego a casa, me quito la ropa empapada, me pongo algo seco y deambulo de un lado para otro en el salón, sudando bajo el calor sofocante de septiembre.
Pienso en lo que he aprendido hoy sobre mi yo de los últimos meses, en Sam, en Henry, en Andy, en Sonya y en Jamie.
Pienso en la felicidad, en la pasión. En el duelo.
Pienso en el Passion Project y todo lo que representaba, en la esperanza que me ha dado para el futuro, y caigo en la cuenta de que hay una última cosa que debo hacer por mí misma para acabar con el proyecto de una vez por todas.
Requiere tres llamadas: una, a un psicólogo; la segunda, al orientador académico de la universidad; y la tercera, a Sarah.