Capítulo 32
M e despierto con la cara pegada a la almohada. El vestido se me ha arrugado. No me puse el pijama ni me lavé los dientes. Me duele la cabeza y me siento como si estuviera borracha, aunque estoy completamente sobria.
Alguien llama a la puerta. «Es Henry».
Me levanto de golpe y voy al baño para asearme. Se me ha corrido el rímel y tengo los ojos hinchados y con legañas. Tengo las mejillas rojas de llorar.
—Un segundo —respondo, y me echo agua en la cara.
—¿Bennet? ¿Estás despierta? —Es una voz femenina. No es Henry.
Se me había olvidado que había quedado con Andy para tomar un café.
Pongo un poco de pasta de dientes en el cepillo y me limpio los dientes con vigor.
—Me estoy cambiando —digo en voz alta—, un momento.
Escupo la pasta en el lavabo y me enjuago la boca, luego rebusco en la maleta hasta dar con unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta de tirantes.
Cuando estoy presentable, tiro del pomo y le abro la puerta a Andy. Tiene la cara lavada, lleva un vestido veraniego blanco y sujeta en las manos dos cafés y una bolsa de papel marrón manchada de grasa.
—¿Desayunamos en el porche? —Me sonríe alzando los presentes.
—Me parece perfecto. —La dejo entrar a mi habitación, por la que parece que acaba de pasar un tornado.
—No has cambiado. Nunca conseguías mantener la habitación ordenada.
Retiro con el pie una pila de ropa amontonada para abrirnos paso hacia el balcón.
—En realidad, últimamente estoy haciendo un buen trabajo a la hora de mantener la habitación ordenada —digo. Sin embargo, no ha durado mucho, está claro.
—Te he pedido un capuchino —dice cuando me entrega uno de los vasos. Tomo un sorbo del café espumoso mientras nos acomodamos en las sillas del hotel que hay en el balcón. Sabe a gloria.
—Gracias. —Me limpio la espuma del labio superior—. Sigo sin creerme que te hayas casado.
—Es una locura, ¿verdad? —Extiende la mano para poder examinar el anillo—. ¿Te lo pasaste bien anoche? —Mete la mano en la bolsa de papel y saca un croissant .
—Creo que la pregunta más importante es: ¿te lo pasaste tú bien?
Parte el croissant por la mitad y me entrega una de las partes en una servilleta.
—Me casé con Theo. No me importó nada más.
Doy pellizquitos al croissant que tengo en la mano; trocitos de hojaldre salen volando con el viento.
—Andy, te debo una disculpa.
—¿Por qué? —Le da un buen mordisco a su mitad.
—Por no estar ahí en todo momento.
Se quita una migaja de la barbilla y niega con la cabeza.
—No estoy enfadada contigo, Bennet.
—Podrías estarlo. Me siento muy culpable por haberos dejado tirados a ti y a tus padres después de todo lo que pasó.
—Jamás querría que te sintieras así.
—Me daba mucha vergüenza que mi vida fuese un desastre cuando a ti parecía irte tan bien. Creía que mi presencia os haría sentir mal.
Cuando se ríe, se le arrugan las cejas bien arregladas.
—Bennet, nunca te has dado cuenta de que se me da muchísimo mejor que a ti ocultar lo desastre que soy. Siempre ha sido así.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero —dice, cruzando las piernas— a que me enfadé muchísimo contigo el día que te fuiste de Los Ángeles porque estaba enojada conmigo misma por no abrirme a ti, por no compartir mi dolor contigo.
Creías que estaba bien, pero no lo estaba.
Quería que te dieras cuenta de que estaba fingiendo.
Sacudo la cabeza.
—No me di cuenta.
—Esa es la cosa —prosigue—. Se me daba tan bien poner buena cara y ser lo que el mundo esperaba de mí que, cuando murió Sam…, no pude dejar de fingir. Si podía seguir con la farsa, a lo mejor podía dejar de sentirme así de mal. Por supuesto, cuanto más fingía que no me dolía, peor lo pasaba.
Me acuerdo de Henry cuando dijo casi lo mismo sobre que el mundo esperaba que fuera extrovertido y despreocupado.
Y, aun así, lo presioné para que este fin de semana fuera «tan encantador como siempre», sabiendo encima que por dentro no se siente así.
Me quedo con la vista clavada en la espuma del capuchino, sintiéndome cada vez más y más avergonzada por cómo he gestionado este fin de semana.
—Por suerte, llevo yendo a terapia un par de años —añade, cambiándose de posición en la silla—. Estoy trabajando en ello, entre otras muchas cosas.
—¿Vas a terapia?
Asiente.
—Todas las semanas —responde—. Pero eso, nunca tuve oportunidad de disculparme por haberme comportado como si todo estuviera yendo bien cuando me visitaste. Nada iba bien.
—Nunca debí decirte lo que te dije ese día, en cualquier caso. Y no debería haber desaparecido.
—Cariño —dice mientras deja el croissant en la mesa que nos separa—, todos perdimos a Sam. Todos lidiamos con ello de distinta manera. Sabía que tú necesitabas espacio. No me puedo enfadar contigo por cómo te lo hayas tomado.
Pongo cara de desconcierto.
—Me había montado una película en la cabeza de que, cuando llegase aquí, todos me ibais a odiar. Pero la única que me odia soy yo.
—¿Me habría gustado que me llamaras alguna que otra vez? Claro. Pero perder a Sam… es mucho más grande que ninguna de nosotras. No tienes por qué odiarte por haber lidiado con la pérdida de la forma en que lo hiciste.
—Andy —repongo mientras agarro el vaso de cartón del café con tanta fuerza que doblo uno de los laterales—, si Sam nunca me hubiera conocido… nunca se habría montado en el coche esa noche.
Sus labios se tensan y forman una línea fina.
—Bennet, no vayas por ese camino.
—Estaba conduciendo para venir a verme porque estábamos rompiendo. Todo es culpa mía. Todo. —La verdad. Por fin. Me tiemblan los dedos. Se inclina, me quita el vaso, lo coloca en la mesa y lo reemplaza con su mano.
—Todos nos hemos sentido culpables. Mi padre lo animó a ir a hablar contigo en persona aquella noche. Ha tardado años en sentir que no fue culpa suya.
El estómago me da un vuelco.
—¿Todos sabíais que estábamos rompiendo?
—Sam no podía ocultar sus emociones, y menos aún cuando se trataba de ti. No cambió lo mucho que te quería, y supongo que tampoco cambió lo mucho que tú lo querías.
Niego con la cabeza.
—No. Nunca dejé de hacerlo. No creo que lo haga jamás.
Acerca las manos a mi rostro y me toma las mejillas.
—De eso trata la vida, de no dejar de amar, pase lo que pase. —Se le dibuja una leve sonrisa en el rostro—. Te queremos, siempre lo haremos. No es culpa tuya.
Suelto un gran suspiro.
—Gracias, Andy. —Le rodeo el cuello con los brazos, por encima de la mesa—. No sabía cuánto necesitaba escuchar eso. —Se acurruca en mi hombro. Andy Chase me sostiene. Si ahora mismo me hiciera pedazos, ella me mantendría entera.
Cuando nos separamos, le seco una lágrima de la mejilla. Inspira hondo.
—Bueno, háblame de Henry. No es solo tu amigo, ¿a que no?
Ya sabía yo que lo sabía.
—No. —Me reclino en la silla—. Bueno, no lo sé. —Dejo escapar un suspiro—. Ya no lo sé.
—¿Por qué?
Le doy un bocado al croissant.
—Me escuchó decirle a tu madre que nunca volveré a querer a nadie como quise a Sam —contesto.
—La hostia —exclama, con los ojos como platos.
—Y cuando se molestó… No pude mentirle. No pude decirle que no era verdad, cuando no he pasado página realmente.
Inspira hondo. La brisa agita su melena rojiza.
—Pasar página no significa que no queramos a Sam o que no lo echemos de menos todos los días porque, créeme, yo lo hago. Significa que nos abrimos al amor y a todo lo que la vida tenga que ofrecernos. Sam habría querido que vivieras la vida. Yo quiero que la vivas.
—Decirlo es muy fácil.
—Lo sé —me rebate—, pero no te estás haciendo ningún favor al sabotearte así. Tienes que intentarlo. Y no me refiero a hacerlo a medias, Bennet. Quiero que te esfuerces a tope.
—¿Y si no puedo?
—Sí que puedes —dice—. No te define ninguna de las elecciones que hiciste con Sam, ni tampoco los errores que cometas con alguien más.
Si de verdad no estás lista para estar con alguien nuevo, no pasa absolutamente nada.
Pero si lo estás, Bennet, tampoco. No necesitas mi permiso, pero si pensabas que sí, aquí lo tienes: permiso concedido.
Se me escapa una risita nerviosa cuando voy a coger el café, y a darle un sorbo.
—Vale —acepto.
—Vale —repite.
Contemplo el agua, a los grupos de personas tumbadas en toallas de playa, a los niños buscando conchas.
Ahora mismo, lo puedo sentir: echo muchísimo de menos a Henry.
Echo de menos su cabello, sus ojos, su voz.
Echo de menos su risa, echo de menos su actitud de ver el vaso medio lleno, echo de menos la forma en la que habla con la gente y presta verdadera atención.
Echo de menos cómo soy cuando estoy cerca de él. Lo echo de menos todo.
Bajo la mirada hacia mi regazo, donde sostengo el vaso de café.
—Lo quiero —admito, sobre todo para mí. Pasado un momento, miro a Andy, que tiene una enorme sonrisa de oreja a oreja.
—Lo sabía —dice.
—¿Cómo?
Se encoge de hombros y me mira con sus párpados brillantes.
—Sé qué pinta tienes cuando estás enamorada.
Me hundo en la silla y me rodeo el cuerpo con los brazos.
—No creo que quiera saber nada de mí.
—Me parece que te vas a llevar una sorpresa. No creías que yo quisiera saber nada de ti y te quiero con locura, Bennet Taylor.
—Te quiero con locura, Alexandra Brightwood.
Me da un manotazo.
—Chase. Voy a seguir apellidándome Chase.
—Menos mal. —Sonrío. Prometo en silencio, aquí y ahora, que nunca más volveré a alejarme de ella.
A mi lado, el asiento del avión donde debería estar Henry permanece vacío. Dejo caer el bolso encima para que no me recuerde que estoy volviendo a una ciudad que no me hace sentir como en casa si no es con él.
Se desbordan algunos objetos del bolso: los auriculares, las gafas de sol y un paquete de chicles se deslizan por el asiento. Lo vuelvo a meter todo dentro. Hay algo en el bolso que me llama la atención, algo que no reconozco de inmediato. Pero, cuando lo hago, me quedo sin respiración.
La aprieto entre los dedos y siento el peso familiar de la pelota, el cuero suave y las costuras irregulares que recorren su superficie redondeada.
Andy ha debido de colarla en el bolso al salir de la habitación esta mañana.
Saco la pelota de béisbol y le doy vueltas entre las manos. Con la vista borrosa, veo su letra, descolorida, escrita con un rotulador permanente rojo: «Lo siento. Te quiero».
Me tiemblan los labios cuando me llevo la pelota al pecho y respiro para calmar la oleada de emoción que se me acumula en el cuerpo.
La ha guardado. Durante todo este tiempo, la ha guardado.
Estoy sosteniendo algo entre las manos que no solo ha tenido Andy, sino Sam también; es el regalo más preciado que me podría haber hecho. Una reliquia del pasado, un tótem al perdón.
Todas aquellas noches que pasamos en la jaula de bateo, todas aquellas mañanas en la cama de Sam, todos aquellos desayunos y cenas y lágrimas y sonrisas; todo me arrolla, cada recuerdo es como un pájaro que me aletea bajo la piel.
Las lágrimas se secan y la garganta se me afloja cuando sonrío al pensar en ellos. Sonrío al recordar la primera vez que me besó, en el jardín botánico. Sonrío al recordar el sonido de su risa. Sonrío al recordar lo celosa que se ponía Andy cuando no la invitábamos a los planes que hacíamos.
Me parte el corazón caer en la cuenta de que he estado evitando a Sam tanto como al resto de personas de mi vida. Siento que forma parte de mí, pero ¿cuándo fue la última vez que acogí con alegría su memoria?
Todo es cuestión de perdón. Se lo he pedido a muchas personas este verano: a Andy, a Sonya, a los Chase, a Henry…, pero no me lo he pedido a mí ni se lo he pedido a Sam.
Y necesito hacerlo. Quiero sanar. Quiero crecer y florecer y ver mi futuro como algo que podría ser feliz. Quiero volver a estudiar. Quiero ir a terapia. Quiero aprender más sobre las personas, sobre el duelo.
Y quiero que Henry me acompañe mientras lo hago. Quiero que mi amor por él se centre solo en él. En nosotros. Lo quiero más que cualquier otra cosa que haya deseado en mucho mucho tiempo. Es sencillo, sencillísimo. Porque él es un amor de mi vida. Uno de los dos.
Aprieto la pelota con las manos todo el vuelo de vuelta a casa.
La sujeto mientras cruzo el aeropuerto y me subo en el tren que conecta el aeropuerto con Manhattan.
Apenas pienso, solo me muevo; la pelota de béisbol parece guiarme hacia mi destino.
Me aferro a ella durante todo el trayecto en metro hasta el estadio de los Yankees.