Passion Project Capítulo 31
92%

Capítulo 31

T anto la ceremonia como el banquete tendrán lugar en la playa. Me siento en el lado de la novia y guardo el sitio junto a mí para Henry. No estoy segura de si se presentará después de lo de anoche.

El resto de la cena de ensayo transcurrió de lo más tranquilo. Henry estuvo encantador. No me puse en evidencia, nadie se enfadó ni se tiraron puré de patata los unos a los otros. No hubo más lágrimas.

Pero el recuerdo del rostro de Henry y la mirada de lástima cuando nos separamos invadieron mis sueños toda la noche.

¿Se piensa que me siento así de infeliz porque quiero? ¿Por qué iba a querer alguien eso? ¿Por qué iba a querer alguien sentirse como si todo lo que hiciera o dijera causara dolor? ¿Por qué iba alguien querer ser la causa de tanto sufrimiento?

Si pudiera perdonarme, ya lo habría hecho. Pero Sam nunca volverá para perdonarme.

Pues claro que no quiero estar así.

Mi vestido, de un tono amarillo piña, destaca en un mar de rosas y azules. Me gustaría haber traído algo menos chillón, pero cuando hice la maleta estaría hasta las cejas de hormonas de Henry y habría querido resaltar. Ahora me gustaría desaparecer.

Sacudo la rodilla con tanto ímpetu que escarbo un agujero en la arena que tengo a mis pies. Quedan cinco minutos para que empiece la ceremonia y Henry no ha llegado todavía. Quizá sea mejor que no aparezca. Ya la hemos liado bastante, él al delatarnos, yo al perder los estribos.

Uso el programa de boda a modo de abanico porque hace calor y porque necesito quitarme el nerviosismo de encima.

La brisa trae consigo una oleada de hierbabuena y azúcar cuando finalmente se sienta a mi lado.

—Siento llegar tarde —dice mientras se acomoda; lleva pantalones color caqui y una camisa azul clarito.

—No pasa nada —respondo al entregarle un programa.

Por primera vez desde la noche en que nos conocimos, no sé qué decirle. Es como si estuviéramos en lados opuestos de un andén del metro y solo nos pudiésemos intercambiar miradas fugaces cuando se abre un hueco entre los trenes que pasan a toda velocidad.

—Henry… —digo.

—¿Sí? —Me mira como si fuera una desconocida, no alguien a quien quiere. A quien quiso.

—Yo…

El sonido de un ukelele y la voz añeja de Israel Kamakawiwo al cantar Somewhere Over the Rainbow me interrumpen. De todas formas, lo cierto es que no sabía qué iba a decir.

Theo ocupa su puesto en el altar, con el mar de fondo.

A continuación llegan sus padres, que se reúnen con él en la parte delantera y lo besan en las mejillas antes de ocupar sus asientos en la primera fila.

Todas las damas de honor van vestidas de un tono marrón grisáceo cálido, con destellos de un naranja intenso en los ramos de flores.

Cuando llega Andy, nos ponemos todos de pie. Va del brazo de su padre y de su madre.

Una tela ligera le envuelve el cuerpo y ondea al viento como una medusa. Lleva el pelo recogido a un lado y sujeto con una flor de lazo atigrada de un naranja intenso. Lleva cosido por detrás del vestido un parchecito azul. El jersey de Sam.

Cuando llega el momento de intercambiar votos, Theo empieza primero.

Dice que quiso a Andy desde el instante en que la vio.

Promete apoyar sus sueños y llenarle la vida de tantas aventuras como sea posible.

Desea acompañarla en la salud y la enfermedad, y, aunque no es un hombre perfecto, quiere ser perfecto para ella.

Andy se aclara la garganta. Es su turno.

—Theodore, mi amor, mi persona favorita del mundo entero. —Le tiemblan las manos. Él se las sostiene—. Cuando te conocí, estaba lamentando la pérdida de mi hermano, Sam.

La respiración se me entrecorta todavía más. Se me cierra la garganta. Henry coloca una mano sobre mi rodilla. Esto es lo más difícil de todo, que sepa que lo necesito a pesar de la distancia.

—Mi mundo entero se hizo añicos. No sabía cómo recoger los pedazos.

—Andy se toma un momento para contener las lágrimas.

Theo la espera paciente—. Y luego… te conocí.

No me presionaste para sanar, no me dijiste que lo superara, no intentaste arreglarme.

Te sentaste conmigo y con mi dolor y me diste espacio para que me recompusiera.

Me escuecen los ojos. Henry me aprieta la rodilla.

—Recuerdo que hubo un día, cuando acabábamos de conocernos, en el que lo estaba pasando mal. ¿Me bebí, cuánto, media botella de vino de Burdeos mientras estabas en el trabajo?

Theo se ríe.

—Más de media botella.

Los invitados rompen a reír entre murmullos.

—Llegaste a casa y me dijiste: «Cariño, si vas a beber, yo también».

Y te llevaste la botella directa a la boca y le diste un buen trago.

Se te derramó el vino por toda la cara y yo rompí a reírme a carcajadas.

Y luego empezaste a reírte tú. Estuvimos riéndonos hasta que nos empezó a doler el vientre, yo cubierta de lágrimas y tú, de vino.

Desde entonces, cada día te he querido más y más.

Eres mi norte, mi brújula, mi luz en la oscuridad, y me hace muy feliz casarme hoy contigo.

Sé que Sam nos está viendo, y, aunque me rompe el corazón que nunca lo llegaras a conocer, sé que lo aprueba.

Tenso todo el cuerpo para no ponerme a llorar. Un sollozo de la señora Chase hace que me revuelva en la silla. La mano de Henry se cae de mi rodilla.

Andy y Theo se miran con los ojos brillantes mientras se colocan mutuamente una alianza de oro en el dedo. Cuando llega el momento, se dan el «sí, quiero» con entusiasmo.

Todos los presentes nos ponemos de pie y aplaudimos a los novios, quienes vuelven a recorrer el pasillo al son de una versión de cuerda de Another One Bites the Dust . El señor y la señora Chase, así como los padres de Theo, caminan del brazo en un frente unido.

Henry y yo seguimos a los demás invitados de la boca hacia el banquete en la playa.

Cuando comprobamos el número de nuestra mesa, nos entregan un Aperol Spritz de un naranja intenso.

Naturalmente, Andy eligió un cóctel para la boda que combine a la perfección con su paleta de colores.

La puesta de sol sobre el océano crea un atardecer de un naranja vivo que se extiende por el horizonte.

Eso es algo que Andy no ha podido planear, ha tenido que ser Sam.

Nos sentamos en la mesa con algunos de los amigos de la escuela de Andy, seguimos sin dirigirnos la palabra.

—Probando, probando. Uno, dos, tres… —Alonzo le da unos golpecitos al micrófono en la mesa presidencial—. Con todos ustedes, la pareja del siglo: ¡Theodore Brightwood y Alexandra Chase!

Los novios acuden a toda prisa a la pista de baile y las damas de honor los cubren con pétalos de flores naranja.

Cuando el aplauso de la multitud se apaga, empiezan a mecerse suavemente mientras da comienzo su primer baile al son de The Way You Look Tonight .

Se me hace difícil no mirar a Henry ni recordar cómo silbó esa misma canción cuando volvíamos a casa después de que adoptaran a Fred.

Un camarero me sirve un plato con pollo y a Henry un filete de ternera. Jugueteo con las patatas y hago como que tengo apetito mientras Alonzo da un discurso. Henry sigue sin dirigirme la mirada.

Cuando el DJ acelera el ritmo con September , de Earth, Wind al contacto con las baldosas, noto los pies, descalzos, fríos.

Nos abrimos paso entre parejas que se balancean al compás, adelante y atrás, adelante y atrás.

Henry se detiene en el centro y echa un vistazo por encima del hombro al señor y la señora Chase, envueltos en un abrazo, sin prestarnos atención.

Cuando vuelve la mirada, me coge de la mano, se la lleva al pecho y con su otro brazo me rodea los hombros.

—Bueno… —dice mientras nos balanceamos.

—Bueno… —Echo un vistazo por encima de su espalda y veo a Andy abrazada a Theo, con la cabeza descansando en su hombro mientras bailan.

—Yo… eh… —Traga saliva. Sigue sin mirarme—. Me voy esta noche.

Le aprieto la mano e interrumpo nuestro baile.

—Me lo imaginaba —digo.

—Ya. —Tuerce la boca—. Quería quedarme toda la boda, pero…

—Ya casi ha acabado —concluyo.

Toma aire y lo expulsa por la boca.

—Sé que siempre va a haber una parte de ti que sea de Sam—dice—. Y no pasa nada. Él forma parte de ti…, pero lo único que quería saber era si también había alguna posibilidad de que tuviéramos un futuro juntos. Que al menos lo ibas a intentar.

—Lo estaba intentando —digo, con la nariz irritada.

Asiente con los ojos cerrados.

—Lo sé —responde—. Sé que piensas eso.

Qué injusticia. Ojalá pudiera hacerlo. Ojalá no estuviera rota. Ojalá fuese ese tipo de persona que nunca ha sabido lo que es el duelo, que solo sepa lo que es el amor. Pero no lo soy. No lo soy, y punto.

No es justo que Henry se quede atrapado aquí conmigo, en una relación complicada con una persona complicada, aunque me guste tanto como es humanamente posible.

Me trago el nudo de la garganta.

—¿Cuándo tienes que irte? —pregunto.

—El avión sale a las once y media, así que… —Me atrae hacia él y coloca su barbilla sobre mi cabeza—. Cuando termine esta canción.

Esta es la última vez que abrazaré a Henry, lo presiento.

Cuando me retiro para mirarlo, tiene el rostro abatido; el cielo nocturno disimula su tristeza.

—¿Así que se acabó?

Me aparta un mechón de pelo del rostro sin pronunciar palabra alguna.

Asiento, balanceándome al son de la canción.

—Está bien —susurro. Parece definitivo.

Me aprieta con fuerza contra su pecho y nos quedamos así el siguiente minuto y medio, hasta que la guitarra deja de sonar y la melodía da paso a otra canción.

Me da un beso en la sien y se despide con un susurro rápido antes de dirigirse a nuestra mesa para recoger sus cosas. Lo veo caminar por la orilla de vuelta al hotel. Sigo su rastro hasta que se vuelve del tamaño de una hormiga.

Me quedo sola, descalza en la pista de baile, rodeada de personas que cantan una canción de Whitney Houston, mientras observo cómo mi persona favorita se marcha.

El resto de la noche pasa a cámara lenta a mi alrededor.

Las luces parecen más tenues, los cócteles me saben más amargos, el mar no me parece tan bonito.

Oigo los sonidos de la boda de forma amortiguada mientras entablo conversaciones triviales por inercia.

Me vuelvo descalza a la habitación del hotel.

En cuanto la puerta se cierra con un portazo detrás de mí, me derrumbo en la cama y hundo el rostro en la almohada, en un intento por contener mis sentimientos.

«Es lo mejor —pienso—. Es lo mejor. Es lo mejor. Es lo mejor».

Como si repetírmelo una y otra vez fuera a hacerlo realidad.