Capítulo 30 #4
Empiezo a tener palpitaciones y siento un cosquilleo en la yema de los dedos.
—He pasado unos años de mierda, Henry —digo, y siento cómo me sube un calor por el pecho—. Si quiero ser una infeliz, ese es mi problema.
—Bueno, también es mi problema porque estás en una relación conmigo —responde.
—¡No estaba preparada para tener una relación! —le suelto con un pitido en los oídos.
—Entonces, ¿por qué decidiste estar conmigo? —pregunta—. ¿Por qué hacer todo esto?
—Porque me presionaste —le espeto; el enfado me nubla la capacidad de decisión.
—¿Cómo? Yo no te presioné —se defiende con los ojos llenos de confusión.
—¿No te dije varias veces que necesitaba que fueras paciente?
Se cruza de brazos.
—Sí, pero…
—De pero, nada —lo interrumpo.
Se lleva los dedos a la frente.
—Bennet, si te he presionado, lo siento. No era mi intención. Y no me gustaría seguir presionándote para que estés conmigo si no es lo que quieres, eso está claro. Quiero hacerte feliz, y creo que lo hago, aunque hay ocasiones en las que parece que no me dejas acercarme del todo.
Se detiene. Lo único que oigo es el sonido del mar, que se rompe una y otra vez contra nosotros. Desvía la mirada hacia el resplandor de la fiesta que hay en el patio. Luego agacha la cabeza, casi derrotado.
—¿Sabes? —Frunce el ceño—. No me había dado cuenta hasta que llegué aquí.
He tenido que presenciar todo esto para entenderte de verdad.
Y creo que lo dijiste en serio —prosigue, con la voz temblorosa—.
Creo que lo que le dijiste a la madre de Sam iba en serio, lo de que no quieres pasar página.
—La brisa me hiela los huesos cuando se aleja un poco de mí—.
Y si ese es el caso, no sé en qué situación nos deja.
Quiero gritar. Quiero correr al mar y meter la cabeza bajo el agua y aparecer en una orilla donde nadie me conozca. Quiero llorar. Quiero golpear algo con un bate de béisbol. Quiero a Sam. Quiero a Henry. Quiero que todo esto pare.
En lugar de hacer nada de eso, inspiro hondo e intento encerrar mis sentimientos en una caja hermética.
—Esta soy yo —respondo—. Esto es con lo que tengo que lidiar. He sido bastante clara sobre todo ello desde el principio. Igual es que no me estabas escuchando.
Me observa de una forma que nunca le había visto y me doy cuenta de que es porque está llorando. Le brillan los ojos a la luz de la noche y le tiembla el labio.
—Seguiré con el paripé hasta que termine la boda —dice con voz temblorosa— para que no hagan preguntas. Pero después… —Traga saliva, su mirada salta de mí a la fiesta. Cuando vuelve a posarla sobre mí, parece más decidido. Más seguro—. Cuando volvamos a casa, creo que…
Las olas rompen ante nosotros y la espuma blanca se va disipando poco a poco en el mar. Henry y yo, como estatuas, dejamos que el agua nos salpique y nos humedezca la ropa. Guarda silencio, un silencio tan alto que te perfora los tímpanos.
—No quiero estar con alguien que nunca se permitirá amarme por completo. Este verano nos lo hemos pasado bien y he disfrutado de cada momento. Pero no siempre estás ahí conmigo. Lo he notado y creo que en el fondo tú también sabes que es verdad. Mereces ser feliz, Bennet, pero yo también —dice.
No puedo ni mirarlo, no puedo presenciar el dolor de sus ojos.
Siento cómo el peso del duelo se me extiende por todo el cuerpo hasta que me alcanza la vista.
Es un peso que me lleva acompañando desde que Sam falleció.
Un peso que siempre estará ahí, ahogándome, provocando que le haga daño a la gente que me rodea.
Puede que tenga razón. Puede que nunca sea feliz. Puede que así es como debo ser.
—Lo sé —admito, rodeándome el abdomen con los brazos.
—¿Me quieres? —pregunta sin mirarme.
Permanezco de pie, en silencio, sin estar segura de nada.
Más allá de lo que siento, sé que Henry se merece un amor pleno y sin límites.
Merece a alguien a quien no le persigan los fantasmas ni su propia cabeza.
Merece a una persona que en cualquier momento esté dispuesta a lanzarse sin pensárselo dos veces.
Quiero que tenga eso. Quiero que encuentre a esa chica.
Cuando por fin lo miro, me sorprende que no parezca cansado ni tan siquiera triste. Me observa con algo que nunca me había mostrado: lástima.
—Creo que ya tengo mi respuesta —susurra.
Una ráfaga de viento me agita la falda a la altura de las caderas.
—Deberías volver a la fiesta —digo, mientras me seco los ojos—. Se estarán preguntando dónde nos hemos metido. Necesito un momento, pero volveré pronto.
Asiente.
—Vale.
—Vale. Nos vemos por ahí.
Se rasca la nuca.
—Nos vemos por ahí.
Cierro los ojos cuando se aleja. La música flota en el aire y el aroma de los aperitivos se mezcla con la sal del mar. Distingo el tono alegre de la risa de la señora Chase y la cadencia del discurso de Andy entre la multitud. Oigo la voz de Henry y el tintineo de la risa de Theo.
Inspiro profundamente, me trago la sensación de estar perdiendo lo mejor que me ha pasado en la vida y vuelvo a la fiesta.