Capítulo 30 #3
—Nuestra tercera hija —me canturrea la señora Chase al oído cuando me abraza—. ¿Cómo estás, cariño?
—Estoy bien. Todo bien. —Me quedo sin aliento.
Me suelta, pero mantiene las manos sobre mis hombros.
—Ay, mi amor. —Me atrae para arroparme en otro abrazo, tierno y cálido—. Nos alegramos mucho de que estés aquí.
—Yo también —le digo pegada a su mejilla.
Me suelta y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, antes de ver a Henry.
—¿Este es tu novio?
Se me llenan los oídos con un ruido como de interferencia y el pulso me late con fuerza.
—No, Henry es solo un amigo.
«Sé la Bennet de Sam».
—Encantado de conocerla, señora Chase. —Henry le da la mano, todavía con el rostro sonrojado de la vergüenza que pasó antes.
—Llámame Laura. —Su voz resuena con más fuerza que el alboroto de la multitud—. Y el calladito que está ahí detrás es Jon, mi marido.
—Un placer. —Henry inspira hondo cuando termina de saludar a los padres—. Yo, eh… —Aprieta la mandíbula—. Voy a por algo de beber.
—Buena idea —digo, cortante. Henry me lanza una mirada cansada y decepcionada. Se dirige hacia el bar, tenso.
La señora Chase me recorre con la vista de arriba abajo. Esboza una sonrisa temblorosa.
—Te hemos echado mucho de menos.
—Yo a vosotros también. —Tengo las manos empapadas; cierro los puños—. Más de lo que os podéis imaginar.
Se le empañan los ojos. Los ojos de Sam. Ladea la cabeza, me estudia y me coloca una mano en la mejilla.
—Lo noto cerca cuando te veo.
«Sé la Bennet de Sam».
Tengo a la señora Chase, a la madre de Sam, aquí delante de mí. ¿Cómo puedo expresar lo que significa ella para mí? ¿Cómo puedo expresar la culpa que siento?
—Yo también lo noto. En todas partes.
Me envuelve en un fuerte abrazo que es como volver a casa, su fragancia familiar me rodea. Es la fragancia que solía traer Sam cuando volvía de las vacaciones de Navidad.
Me tiembla el cuerpo cuando la estrecho. Esta es quien necesito ser delante de ellos y quien debería seguir siendo. Quien sería si Henry nunca hubiera aparecido.
Me suelta y me seca una lágrima.
—Lo sé —dice—. Llevará mucho tiempo sanar.
Una parte de mí sabe que he estado sanando todo este tiempo. Sin embargo, a la otra parte de mí le gustaría acercar un cuchillo a los puntos y abrirlos. La señora Chase me mira con los ojos de Sam y me atrae como si fuera una fuerza gravitatoria. Me toca la fibra sensible.
—Espero que sepáis todo lo que Sam sigue significando para mí —les digo—.
Es el amor de mi vida y no creo que deje de quererlo nunca.
Con él fui mi mejor versión. Es la única persona que me ha visto como quien soy.
A veces siento que… que nunca volveré a tener un amor como el suyo.
Aunque esté con otra persona, no volveré a sentirme igual. Jamás.
En cuanto termino de pronunciar esas palabras, vislumbro a Henry por el rabillo del ojo, con una copa de vino recién servida para mí. Se queda parado, con la cara pálida.
Se me hunde el estómago y se me hiela toda la sangre del cuerpo. Siento que se me enciende la cara mientras una lágrima se derrama por la mejilla de la señora Chase.
—Cariño —dice, apartándome el pelo de la frente—, todos te queremos, espero que lo sepas. Siempre lo haremos.
Respiro con dificultad mientras ella se serena.
—Pero esto es una fiesta. —Se sorbe la nariz y coge una servilleta de uno de los camareros—. Aún no hay que ponerse a llorar, ¿verdad?
—Tienes razón. —Me aclaro la garganta y veo cómo Henry se retira a otra esquina de la fiesta—. Cuéntame qué tal el viaje por Alaska.
Sigo conversando todo el tiempo que puedo.
Por suerte, con la señora Chase no es difícil.
Es una mujer muy dinámica que cuenta historias y bromas sobre sus viajes.
Siempre ha sido así, aventurera. Ella y el señor Chase empezaron a viajar cuando Sam y Andy estaban en la universidad y ya han visitado casi todos los continentes.
Mientras me cuenta una excursión en la que pescaron sobre hielo, busco a Henry con la mirada.
Tras unos minutos, pido disculpas y me retiro de la conversación para ir a buscar a Henry al bar.
El sol se ha puesto por completo, por lo que el patio resplandece con unos farolillos que se iluminan ante el cielo nocturno.
Todos los invitados de la fiesta tienen la piel salpicada de pequeñas manchitas que parecen luciérnagas.
Es precioso, pero me dificulta la tarea de encontrar a Henry.
Compruebo el interior de la recepción del hotel.
Asomo la cabeza por el baño de los hombres.
Vuelvo al patio y me abro paso a codazos entre la multitud con la esperanza de cruzármelo.
Lo busco en la playa. La orilla refrescante está desierta, salvo por una persona solitaria con los pies metidos en el agua. Una persona solitaria que reconozco.
Me quito las sandalias y las sujeto por las tiras mientras camino por la arena. No se vuelve para mirarme cuando llego a su lado en la orilla, se limita a contemplar el agua. Nos quedamos de pie, hombro con hombro, observando el negro horizonte.
Inspira hondo y suelta el aire por la boca.
—Hola.
Siento cómo el agua fría me sube por los pies y me llega a los tobillos.
—Hola.
—¿Lo has dicho en serio? —pregunta con un tono uniforme y grave—. ¿Lo que le has dicho a la madre de Sam?
—No debiste haberlo escuchado —digo, mientras mis talones se hunden cada vez más en la arena mojada.
Niega con la cabeza y se mira los pies.
—Eso no responde a mi pregunta.
La brisa salada del océano me moja las espinillas y me pongo a temblar.
—Sí y no. Es confuso. A ver, siempre lo querré, pero contigo… —Dejo que mi voz se apague.
Se guarda las manos en los bolsillos y cambia el peso de pie.
—Estoy empezando a pensar que estaba en lo cierto en el baño de esa fiesta.
—¿Qué quieres decir con eso? —Se me quiebra un poco la voz al final.
—Que no estás preparada. No sé si lo estarás en un tiempo.
A ver, pensaba que lo estabas, pero luego hemos llegado aquí y me has escondido de las personas que te importan.
Solo me invitaste para que me mostrase encantador, tú misma lo dijiste.
Y luego voy y te oigo decir que nunca volverás a querer a nadie…
—¿Qué querías que hiciera? —Me vuelvo hacia él—. Nos delataste en cuestión de segundos. Tenía que minimizar los daños.
Casi se ríe con esto último, luego niega con la cabeza.
—Siento mucho haberla cagado, ¿vale? No fue a propósito. La verdad es que no me diste mucho tiempo para prepararme para mentir sobre toda nuestra relación.
—No es tan difícil —digo con los dientes apretados—. Sí que te pasaste meses mintiéndome, ¿recuerdas?
Su expresión se torna severa. Seria.
—No me puedo creer que sigas enfadada por eso, Bennet —me reprocha y se vuelve hacia el mar—. Creo que lo único que quieres es enfadarte por algo. Creo que quieres ser una infeliz porque te da miedo ser feliz.
—Eso no es justo —digo, con la garganta encogida—. No quiero ser una infeliz.
Respira con frustración.
—Piensa en este fin de semana —continúa—. Has construido toda una mentira sobre nuestra relación sin ningún motivo. Son personas encantadoras que quieren que seas feliz, pero tú prefieres complicar las cosas.
—No los conoces —replico—, no conoces su historia.
—Sé lo que veo. Y lo que veo es un grupo de personas que te quieren y que desean lo mejor para ti. Eres tú la única que quiere que el pasado te limite, no ellos.