Passion Project Capítulo 30 #2
86%

Capítulo 30 #2

Me llevo los dedos al cuello para comprobarme el pulso. Está acelerado.

—¿Deberíamos ir a saludar? ¿O esperamos aquí hasta que llegue? ¿O vamos al baño a escondernos?

—Vamos a esperarla —dice Henry, apretándome la muñeca—. Es la novia, todo el mundo querrá abrirse paso entre la multitud para hablar con ella.

Le retiro la mano de un tirón, aunque trato de ser discreta. Parece que a Henry ya se le ha olvidado que no estamos juntos .

No le quito los ojos de encima, el corazón me late con fuerza, la garganta se me estrecha.

Cuando alcanza a Theo, este pone fin a la conversación con su hermano para darle un beso.

Se besan como si lo máximo que hubieran estado separados en su vida fuera el tiempo que Theo había pasado hablando con nosotros antes.

Él le susurra algo al oído y luego me señala con una sonrisa.

Cuando ella me mira, su expresión es pétrea. Me saluda con la mano desde el otro lado del patio, con un gesto diminuto y delicado.

—Está saludando —dice Henry.

—No me puedo mover.

—Ve a decirle hola —me susurra.

De repente, Andy se gira hacia Theo y se ríe, supongo que de algo que acaba de decir.

Apenas me prestó atención de forma fugaz, como si fuera una mosca a la que espantar.

Las mariposas no se toman molestias con las mosquitas, ¿no es cierto?

Sobre todo, cuando la mosquita salió volando al fallecer el hermano de la mariposa.

No quiere que esté aquí, si no, se habría acercado a saludar, ¿verdad?

¿No habría hecho algo más que un gesto con la mano?

—Tengo que irme —mascullo—. No puedo seguir aquí.

Hago una bola con la servilleta y me abro paso a empujones entre la multitud de vuelta a la recepción del hotel. No vuelvo la vista para comprobar si Henry me sigue.

Una vez en el baño, me humedezco las muñecas con agua fría.

Inspiro hondo y le devuelvo la mirada a mi reflejo.

No hace mucho, me encontraba en esta misma situación en L’italiano, aunque desde entonces han cambiado muchas cosas.

Yo misma he cambiado. Pero al estar aquí en esta boda…

me siento exactamente igual que aquella chica en el suelo del baño del restaurante donde vomité hasta las tripas.

—¿Bennet? —llama una voz chispeante cuando se abre la puerta del baño.

Andy entra, sus tacones blancos repiquetean sobre las baldosas.

Me doy la vuelta para mirarla, las mejillas y el pecho me arden del estrés.

—Andy. —Verla es como contemplar un recuerdo.

De golpe, me transporto a su habitación, donde se había llevado un lápiz a los labios mientras estudiaba para un examen final de Historia del Arte.

Yo estaba leyendo un libro cuyo nombre no recuerdo mientras bebía una manzanilla en una taza del comedor.

«¿Sabes qué? —me preguntó, volviéndose hacia mí—. Deberías conocer a mi hermano, Sam».

Parpadeo, me quedo mirándola fijamente con el grifo abierto. Está un poco mayor, pero completamente diferente. Todo lo que se rompió entre ambas, todo lo que perdimos, queda suspendido en el aire como la colada tendida en un cordel.

—¿Por qué te has ido corriendo? —pregunta, jugueteando con su anillo de compromiso.

Cierro el grifo.

—Perdona. —Señalo los cubículos del baño—. Tenía que hacer pis.

—Ah —responde.

—Enseguida salgo. —Tomo papel del dispensador para secarme las manos—. Deberías estar ahí fuera con tus invitados.

—Tú también eres mi invitada —objeta. Tiene los ojos, del azul del mar, cristalinos.

—Yo, eh… —Tiro el papel a la papelera y me vuelvo hacia ella—. No sé qué decir.

Pone una expresión de incomodidad, le sigue dando vueltas al anillo.

—Esto es raro.

—Muy raro. —Pellizco la tela del vestido y noto el algodón fresco contra la piel.

—No tenías que hacer pis, ¿verdad?

Sacudo la cabeza, me pica la nariz.

—No.

Se ríe ante mi respuesta, a pesar de lo incómodo de la situación.

—¿Cómo has estado?

—Como el culo. ¿Y tú?

Se limpia la nariz.

—Como el culo. Pero bien.

Asiento y me trago el nudo de la garganta.

—Me alegro.

Agacha los ojos y se mira los zapatos impolutos.

—Sé que me dijiste que tu acompañante era solo un amigo, pero…

cuando te vi ahí parada con él…, por un segundo, habría jurado que se trataba de Sam.

—Me sorprendo al ver cómo le resbala una lágrima por la mejilla cuando vuelve a mirarme—.

Estoy tan acostumbrada a verte con él. Sé que no tiene sentido.

Me escuece la garganta e intento respirar a pesar del dolor.

—No debería haber traído a un chico, aunque solo sea un amigo.

Sacude la cabeza, mira al suelo.

—Es difícil no tenerlo aquí. No paro de buscarlo.

—Espero que el que yo esté aquí… no te lo ponga más difícil —digo.

—Claro que no —me asegura, secándose el rabillo del ojo—. Me alegro de que hayas venido. A mi familia siempre le recordarás a Sam.

No me han invitado por pena, me han invitado porque les recuerdo a Sam, porque soy su conexión más cercana con él.

Si me quedaba alguna duda sobre si debería ocultar o no mi relación con Henry, ahora lo veo con claridad.

No necesitan que sea Bennet con un novio nuevo, necesitan que sea la Bennet de Sam. Al menos durante este fin de semana.

Puedo hacerlo.

—Siempre pensé que asistiría con él a tu boda —admito.

—Yo también. —Se acerca un paso y me da la mano—. Yo también.

Me trago las lágrimas y me recompongo.

—Siento haberme echado a llorar antes de que ocurra nada —me disculpo—. Si ni siquiera te has puesto aún el vestido de novia.

—Las bodas ponen sentimental a la gente —dice—. No pasa nada. Podemos hablar de todo después.

Me seco la mejilla con un papel y respiro hondo.

—¿Volvemos a la fiesta?

Asiente y la veo transformarse ante mis ojos en la Andy chispeante. Tiene las mejillas secas y perfectas, ni siquiera se le ha corrido el rímel. Me da la mano.

—Vamos, antes de que hagan el brindis sin nosotras.

Entramos al patio de la mano, como las hermanas que podríamos haber sido. Ubico a Henry en nuestra mesa, sigue ahí de pie, abandonado.

—Ese es tu amigo, ¿verdad? —pregunta Andy, dirigiéndose hacia él—. Quiero conocerlo.

Trago saliva cuando nos acercamos.

—Alexandra Chase, este es mi amigo Henry —digo cuando llegamos a la mesa—. Henry, esta es Andy.

Se le crispa el ceño cuando le extiende la mano.

—Encantado de conocerte, Andy. Estás preciosa. —Le da un apretón de manos—. Este lugar es increíble. Se nota que has pensado hasta el más mínimo detalle.

Andy se ríe.

—Ya me cae bien.

Henry se reclina sobre la barandilla, tan amigable y encantador como siempre.

—Es un placer estar aquí. Gracias por haberme invitado.

—Si tienes el sello de aprobación de Bennet, tienes el mío. —Andy le da una palmada en el brazo—. Es difícil de descifrar.

—¿Cómo dices? —Le suelto la mano y me cruzo de brazos.

—Los Chase tuvimos que sudar la gota gorda contigo —bromea.

—Os quise a todos desde prácticamente el primer momento —rebato.

Andy alza una ceja.

—Yo pensé que al principio me odiabas. Sam igual.

—Y yo. —Coincide Henry—. No es a la que mejor se le dan las primeras impresiones… aunque en el buen sentido, creo.

—No estoy de acuerdo —me quejo, lanzándole una mirada asesina—. No estaba intentando impresionarte.

—Ya —resopla—. Créeme, lo sé. —Se vuelve hacia Andy—. Cuando nos conocimos, Bennett prefirió emborracharse hasta vomitar a tener una cita conmigo. —Se ríe para sus adentros al recordarlo—. Como para no pensar que me odiaba después de eso.

—Henry. —Giro la cabeza con brusquedad en su dirección, con el corazón a mil.

—¿Qué? —pregunta, mirándome con los ojos entrecerrados, y luego vuelve la mirada a Andy—. Me costó todo el verano conquistarla.

—Ah —exclama ella—. ¿Estáis… saliendo?

Henry abre los ojos como platos cuando registra su error.

No solo se le ha escapado que tuvimos una cita, sino que le ha contado a mi ex mejor amiga, ante la que estoy intentando actuar con normalidad, lo que pasó una de las noches más bochornosas de mi vida cuando le pedí expresamente que no lo hiciera.

Se vuelve hacia mí, con la boca desencajada, pero no le salen las palabras.

—No —intervengo—. No. No estamos saliendo. A ver, puede que tuviésemos una cita, pero… No nos conocimos así, sino que… —Me giro hacia Henry, al que se le están subiendo los colores—. Solo somos amigos —consigo decir a trompicones.

Henry niega con la cabeza, con los ojos cerrados. Se le empiezan a encender las orejas.

—No estamos juntos… —reitera, tragándose la vergüenza—. Esa noche fue un error. Para ella no significó nada. No tenemos ese tipo de relación.

—En resumidas cuentas —me jacto—, tuvimos una cita, pero me di cuenta de que no estaba lista para dejar a Sam atrás. —Es la verdad. Eso fue lo que pasó.

—Puedes decirme la verdad —dice Andy—, lo sabes, ¿verdad? —No es fácil leer su expresión, aunque sé que está pensando en Sam.

Asiento.

—Sí, por supuesto.

Me agarra de la muñeca.

—Solo quiero que seas feliz —dice, y se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas.

—Lo sé —respondo. No puedo hacer llorar a esta mujer en su boda. Sobre todo, cuando ya he sido la causa de tantas de sus lágrimas—. Si estuviera con alguien, te lo diría —afirmo—. Pero no lo estoy. Esa es la verdad.

A mi lado, Henry se queda de piedra. No puedo mirarlo.

—Está bien. —Andy me aprieta la muñeca y sonríe antes de soltarme la mano—. ¿Has visto ya a mis padres? —pregunta.

Se me cae un ladrillo de cemento en el estómago. Digo que no con la cabeza.

—¡Mamá! ¡Papá! —Hace señas al señor y la señora Chase para que se acerquen y se abran paso entre la multitud—. ¡Está Bennet!

La señora Chase se dirige a nuestra mesa con un chillido.

Su melena canosa tiene un corte estilo bob y lleva unos enormes pendientes verdes con forma de concha que se mecen con cada paso.

Sobre su sencillo vestido negro lleva un chal estampado de cachemira con largas borlas negras.

El señor Chase no anda lejos, lleva un traje de color cámel que probablemente tenga desde los años setenta.