Passion Project Capítulo 30
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Capítulo 30

M e paso un vestido de segunda mano naranja por la cabeza y me ato los tirantes para crear unos lacitos perfectos. Me abrocho un par de sandalias beis de tiras y me peino el pelo. Me extiendo un poco de colorete rosa en las mejillas y me pongo el perfume de Sonya en las muñecas.

Quizá no lo tengo todo bajo control, pero puedo dar el pego, desde luego. Al menos lo suficiente como para afrontar a la familia Chase.

«Tú puedes».

Me dejo caer en la cama, con cuidado de no manchar de maquillaje las almohadas blancas, y le envío un mensaje a Henry.

¿Listo para tomar algo?

En la pantalla aparecen unos puntitos azules mientras me contesta.

Acabo de llegar de la playa.

Tengo que darme una ducha

rápida. Tardo cinco minutos.

Cierro los ojos con la cabeza apoyada en la almohada e intento tranquilizarme, pero tengo en el estómago un nudo tan apretado que me cuesta respirar. No he sido capaz de ingerir un solo bocado en todo el día solo de pensar en esta noche, y me siento aturdida y grogui.

Cuando llaman a la puerta vuelvo a la realidad y me levanto de la cama para abrir. Henry tiene el cabello húmedo y desaliñado, y las mejillas sonrosadas por el sol. Lleva una camisa verde claro remangada hasta los codos y unos pantalones entallados azul oscuro. Huele a gloria, como a coco y sal.

—Hola —lo saludo, de repente vergonzosa al estar ante él.

—Hola —dice, clavado en la puerta, sin acercarse a mí.

—Estás, cómo decirlo, tremendamente bueno, ¿eres consciente?

—Mira quién fue a hablar —me dedica una sonrisa y el corazón me da un vuelco.

Me toma la cara entre las manos y me da un beso lento. Los brazos se me quedan sin fuerza; quiero acercarlo más a mí, pero tengo la cabeza llena de abejas que zumban. Paso los brazos por su cintura y siento cómo la calidez de su cuerpo repone mi energía.

Coloca el mentón sobre mi cabeza.

—Va a ser complicado fingir que no estoy loco por ti esta noche —me susurra cuando me aprieta más fuerte con sus brazos.

«Para mí también», pienso.

Sin previo aviso, se me vienen a la mente los ojos de Sam. Sus ojos grandes y fervorosos. De golpe tengo la sensación de que me estoy ahogando, asfixiando, como si las paredes del hotel se me estuvieran derrumbando encima y yo fuese incapaz de moverme.

Me retiro de Henry rápido y me paso las manos por la parte delantera del vestido; espero que no se me haya arrugado mientras nos apretujábamos.

—¿Vamos? —digo mientras cojo la tarjeta de la habitación y mi bolso.

Henry me guía con la mano en la cintura hasta el ascensor. Miro a mi alrededor para cerciorarme de que no hay nadie en el pasillo. Cuando me doy por satisfecha y confirmo que estamos solos, le tomo la mano y no nos soltamos en todo el camino.

Las puertas del ascensor se abren para revelar la recepción y nos encaminamos al bar del hotel.

Me siento en un taburete alto y balanceo las piernas sin llegar a tocar el suelo.

Pide una cerveza para él y un vino rosado para mí, que nos bebemos en silencio mientras una agradable melodía ocupa la terraza.

—Bueno… —El estómago me hierve de los nervios. Respiro profundo—. ¿Cuál es nuestra historia?

—¿A qué te refieres? —pregunta mientras examina la flor de un cactus en una maceta con suculentas que hay en la barra. Este sitio está repleto de ellas.

—Pues me refiero a… ¿Cómo nos conocimos? ¿De qué nos conocemos? De cara a los Chase.

Cruza las manos en el regazo y aprieta los labios.

—¿Qué tiene de malo la verdad?

—No podemos contarles exactamente cómo nos conocimos de verdad —respondo.

Las mejillas se me encienden al recordar aquella fatídica noche, cómo Henry me pidió salir con él, cómo eché hasta el alma y derramé vino por todos lados—.

Nos conocimos en el trabajo. Estabas trabajando de forma temporal en el mismo sitio que yo e hicimos buenas migas en un santiamén tras un par de turnos. ¿Qué te parece?

Frunce el ceño.

—¿Ahora no puedo tampoco ser sincero sobre quién soy? ¿Ni a lo que me dedico?

—No lo veas de ese modo —digo—. Sigues siendo tú, solo que un poco diferente. Tampoco tenemos que hablarles sobre el Passion Project y tal, da un poco de vergüenza.

—¿Desde cuándo da vergüenza? —Se le pone un aire angustiado en la cara—. Es un aspecto bastante importante del año —dice—, ¿no te parece?

Doy golpecitos con la uña en el pie de mi copa.

—Solo quiero que estemos en sintonía, nada más.

—Si hubieras querido estar en sintonía, me habrías contado desde el principio que querías ocultar nuestra relación —protesta mientras desgarra la esquina de una servilleta.

—Creía que no te habías enfadado —contesto, volviéndome hacia él.

—No estoy enfadado —insiste—. Es que me siento un poco como si me hubieras tomado el pelo.

Abro la boca para replicar, pero no me salen las palabras. El agujero que tengo en el estómago se agranda y amenaza con arrastrarme dentro. Devuelvo la mirada a la copa de vino y vuelvo a toquetear el pie.

—Lo siento —se disculpa, tocándose la barbilla—. Lo siento. Sé que este fin de semana es complicado para ti y no quiero hacértelo más difícil. Te seguiré el rollo, ¿vale? Nos conocimos en el trabajo. Nada de hablar del Passion Project . Me parece bien.

Cierro los ojos e intento desterrar los pensamientos oscuros que se me cuelan en la cabeza. Pensamientos como que Henry se merece a alguien mejor, alguien que no le haría pasar por todo esto.

Me toca el tobillo bajo la mesa, un toque sutil que nadie salvo él o yo notaríamos.

—Todo va a salir bien —asegura—. Te lo prometo.

Su optimismo nunca flaquea, me parece un poco ingenuo.

—Ya —digo y trato de parecer convencida—. Todo va a salir bien.

—Bien —contesta, dándome un empujoncito en el hombro—, eso es lo que me gusta oír.

—¡Bennet! —retumba una voz a mi espalda. Me bajo del taburete tan rápido como puedo mientras un hombre corpulento se acerca a nosotros.

—¡Theo!

—¿Dónde te habías metido? —Me rodea con sus brazos musculados y me da un abrazo de oso antes de dirigir su atención a Henry—. Este debe de ser Henry.

—Sí, soy el…

—Mi amigo —espeto.

—Gracias por dejar que me cuele en vuestra boda. —Henry fija su mirada en mí a la vez que le da un apretón de manos a Theo, aunque solo un segundo. Luego su atención vuelve a dirigirse a él—. Este lugar es espectacular.

—Lo eligió Alexandra. Esta mujer tiene un gusto exquisito. Se le va a ir la pinza cuando te vea, Bennet.

¿Que se le vaya la pinza es algo bueno o malo?

—¡Me alegro tanto por ella! —Trato de sonar lo más animada posible, ocultando la sensación de pánico—. Y por ti. ¡Me alegro por los dos! ¡Os vais a casar! ¡Que vivan los novios!

A Henry se le escapa una risita a mi lado, sin duda burlándose con cariño de mi falta de habilidades sociales, aunque en esta ocasión eso no me tranquiliza como normalmente lo hacen sus bromas. Me retiro un paso.

—¿Cómo os conocisteis? —pregunta al notar que me alejo de él—. ¿Tú y…, mmm…, Alexandra?

Theo esboza una sonrisa radiante, solo falta que le salgan corazones por los ojos.

—Alexandra estaba adquiriendo obras de arte para uno de mis clientes.

Normalmente suelo tratar con músicos, y esta mujer en particular no terminaba de encontrar la pieza perfecta para su salón.

En aquel entonces Alexandra solo era una becaria, pero se abalanzó sobre un cuadro que tenía una mariposa estampada en una tela morada, por puro capricho.

Mi cliente se enamoró de la obra. Tanto que llegó incluso a convertirla en la portada de su nuevo álbum.

Reconozco la portada del disco de inmediato: la estampa de una mariposa negra sobre unas ondas aterciopeladas moradas con salpicaduras de pintura roja por encima a lo Jackson Pollock.

Sabía que los clientes de Theo movían pasta, pero esta princesa del pop en particular es de las grandes.

La portada de ese disco está por todas partes.

Se me hincha el pecho de orgullo por Andy.

—En fin, mi cliente nos invitó a una fiesta de bienvenida en la ciudad de Calabasas. En cuanto la vi…, lo supe. —Theo vuelve a soltar una risa, que suena como una pandereta—. Sabes el efecto que tiene Alexandra sobre las personas, ¿verdad, Bennet?

Sonríe.

—Resplandece.

—Qué ganas de conocerla —dice Henry con una sonrisa de oreja a oreja.

—La fiesta debería empezar ya mismo. —Theo comprueba su reloj—. Ah, la barra libre del bar abre dentro de cinco minutos. Nos vemos luego allí dentro, ¿verdad?

—Claro. —Le doy un buen sorbo al vino y siento cómo el pánico se me instala en el vientre—. ¡Enhorabuena de nuevo! —le digo en voz alta mientras se dirige a paso acelerado hacia el patio.

El corazón me va a mil por hora y puedo sentirlo con la yema de los dedos cuando me coloco bien los tirantes del vestido.

—Respira, podemos hacerlo —me asegura Henry.

El camarero le devuelve la tarjeta y un empleado del hotel nos acomoda en el patio para la recepción.

Llegó la hora de asumir las consecuencias.

El patio se encuentra en la parte trasera del hotel, con vistas al mar.

El tenue batir de las olas contra la arena impregna el aire de una bruma salada.

Las luces cuelgan como sauces llorones de las vigas de madera sobre nuestras cabezas.

La brisa, dulce y cálida, le aparta suavemente el cabello del rostro a Henry.

Nos quedamos de pie junto a una mesa en una esquina del patio para poder observar el océano.

Un camarero nos ofrece una bandeja con camarones al coco y tomo dos. No se me escapa la ironía de que yo solía ser quien normalmente repartía los camarones.

No con una, sino con dos colas de camarón colgándome de la boca, la veo al fin. Lleva un mono palabra de honor de un blanco impoluto decorado con unas plumas delicadas que se despliegan por el escote. Su cabello escarlata se mece mientras se desplaza por el patio para saludar a los invitados.

Escupo los camarones en una servilleta.

Henry se apoya en los talones.

—¿Es ella?

—Sí. —Trago saliva. En su momento, era una de las personas más importantes de mi vida. Ahora… es prácticamente una desconocida.