Capítulo 29
N os compré el vuelo más barato que pude encontrar. Henry está mirando por la ventana, tamborileando en el reposabrazos que nos separa.
—¿Todo bien? —pregunto cuando me doy cuenta de su nerviosismo al sobrevolar el cielo. Insistió en que, a pesar de su miedo a las alturas, prefería el asiento de la ventanilla al del pasillo para que yo no tuviera que pasar por encima de él si necesitaba ir al baño.
—Sí —asiente—. Las alturas no me suponen un problema tan grande cuando estoy dentro de algo. A diferencia de, qué sé yo, si estuviéramos en lo alto de un rascacielos sin una red de seguridad.
Me río.
—Pero sobrevivimos, ¿o no?
—Sobrevivimos. —Se inclina sobre el asiento y me aprieta la rodilla.
Descanso la cabeza en su hombro y noto la serenidad que me invade en cuanto entro en contacto con él.
Un bebé llora dos filas por detrás de nosotros y un hombre se está comiendo un sándwich rancio al otro lado del pasillo, pero, al descansar la cabeza sobre su hombro, el mundo se calma un poquito.
Puede que este fin de semana no sea un desastre total.
Por la ventanilla de su lado, veo de refilón la tierra a nuestros pies, luego consulto el rastreador de vuelos en la pantalla que tengo delante.
Le doy un toque a Henry en las costillas.
—Eso es Colorado —anuncio, apuntando con el dedo por la ventanilla.
Sonríe mientras mira de reojo.
—Sí que lo es.
—¿Lo echas de menos?
—Sí. —Mantiene la vista fijada en la ventanilla, contemplando el suelo que hay debajo—. Un día de estos te llevaré a Denver y nos iremos de senderismo.
—Vas a cortar conmigo en cuanto veas lo poco en forma que estoy.
—Merecerá la pena, te lo prometo. —Una idea le cruza por la mente—. Como dijo Jane Austen: «¿Qué son los hombres al lado de las rocas y las montañas?».
—Espera un segundo. —Siento un cosquilleo en el corazón—. No te creo.
Asiente con la cabeza, satisfecho.
—Ajá.
— ¿Orgullo y prejuicio? ¿Has visto la peli?
—Me he leído el libro y he visto la peli.
Tenía que saber de dónde venía tu nombre.
Aunque te habrás dado cuenta de que no te pareces en nada a Lizzy, ¿verdad?
Es difícil saber lo que piensas, eres sombría y taciturna, un poco fría, aunque de forma atractiva…
, e increíblemente amable y dulce cuando te conocen. Eres el señor Darcy.
—¿Y eso te convierte precisamente a ti en Lizzy, o qué?
Sacude la cabeza.
—Yo me parezco más a Bingley.
—O sea, en tu versión ¿Bingley y Darcy están juntos?
Se encoge de hombros.
—Creo que eso haría muy feliz a un montón de personas que escriben fanfiction —dice.
Lo observo boquiabierta, con la mandíbula desencajada.
—¿Qué pasa? —pregunta—. Puede que le haya echado un vistacillo a algún que otro texto de los fans cuando estuve investigando.
—Flipante. No me puedo creer que te los hayas leído.
—Lo que sea por mi chica. —Me da un beso tierno y cariñoso que llega incluso a convertir la pequeña cabina de este avión en Pemberley, la morada del señor Darcy. Cuando estoy con Henry, me siento arropada, tranquila y como si me derritiera… Mierda. Va a ser imposible mantener esto en secreto.
Coloco la mejilla en su hombro y siento el ritmo de su respiración con la cabeza.
—¿Puedo preguntarte algo que lleva un tiempo rondándome por la cabeza? —pregunta.
Asiento.
—¿Por qué a Alexandra la llaman Andy? No parece un apodo muy intuitivo.
Noto cómo las mejillas se me estiran con una sonrisa al inundarme una oleada de recuerdos.
—Porque cuando Sam y Andy eran pequeños, vieron Toy Story juntos y Andy se obsesionó. Escribió «Andy» en la suela de todos los zapatos de Sam y… se quedó.
Se hace el silencio cuando me empiezan a arder los ojos. Henry me acerca más a él y me da un beso en la frente.
Solo quedan un par de horas hasta que mis mundos colisionen.
Me imagino a Henry dándole la enhorabuena a Andy y la mano al señor Chase.
Me lo imagino bromeando con Theo y rellenando la copa de champán de la señora Chase.
Todo lo que haga les dejará claro que no es Sam, que es Henry.
Compararán su manera de hablar, de reírse o de vestirse con cómo lo hacía Sam.
¿No está mal? ¿No es una invasión? ¿No debería sentirme más abatida?
De repente me entra calor, empiezo a sudar y a necesitar espacio con urgencia. Me desabrocho la sudadera con capucha y me la quito a tirones tan rápido como puedo. Aunque no es un gran alivio, me siento más libre.
Henry descansa las manos sobre sus rodillas.
—Sé que no va a ser fácil, pero creo que este fin de semana es un gran paso para ambos.
«Cuéntale lo de las habitaciones del hotel ya», me grita el cerebro, pero mi corazón solo quiere que esta situación se acabe.
—Yo también lo creo —digo, notando cómo el miedo se apodera de mí.
—Para mí es muy importante que quieras que esté ahí contigo. Siempre lo es, pero en especial ahora que estamos juntos. —Su pecho sube y baja—. Gracias por dejarme ser parte de esto, Bennet. No me tomo a la ligera el conocerlos.
Cierro los ojos, vuelvo a acurrucarme sobre su hombro y me hago la dormida mientras me acaricia el pelo.
Lo único en lo que puedo pensar es en lo sincero que es Henry, en que no me pide mucho, y, aun así, no consigo dárselo. En lo mucho que me gustaría dárselo, y, aun así, sigo tomando las peores decisiones.
El bebé que hay dos filas por detrás profiere un grito desgarrador.
Te entiendo, cariño. Yo también.
El hotel Amaya es un destino de ensueño para las redes sociales.
Cada rincón es digno de subirse a Instagram.
Las paredes están pintadas de un blanco cremoso y el suelo está cubierto de baldosas pulidas a juego.
Hay suculentas en todas las mesas, macetas con palmeras en cada esquina y helechos frondosos que parecen confeti colgados del techo.
Las paredes están salpicadas de flores coloridas que transmiten el encanto ideal de un día soleado en Los Ángeles. Es precioso, aunque un poco falso.
Trato de no parecer alarmada mientras ojeo el vestíbulo en busca de alguno de los Chase. La ceremonia se celebrará en la playa mañana al atardecer, pero esta noche será la cena de ensayo en el restaurante al aire libre del hotel, con vistas al mar.
—Hola, bienvenidos al hotel Amaya —nos saluda la recepcionista cuando nos acercamos—. ¿Cómo os puedo ayudar?
Me aclaro la garganta y contesto en voz baja.
—Para hacer el check in , a nombre de Bennet Taylor.
—Estamos en el ala de habitaciones de la familia Chase —añade Henry.
Teclea en el ordenador y busca nuestra reserva.
—Ah, sí, aquí la tengo.
—Oye. —Se vuelve hacia mí, radiante—. ¿Crees que tendremos vistas al mar?
Ay, Dios. Se lo tengo que decir. Se lo tengo que decir ya.
—Una cosa, sobre la habitación…
—Dos habitaciones con cama matrimonial. Habitación 307 para la señorita Taylor y habitación 407 para el señor Adams. Parece que están una justo encima de la otra.
—Vaya, debe de haber un error —dice Henry—, solo necesitamos una habitación.
La mujer frunce el ceño ante la pantalla del ordenador.
—Aquí dice que la reserva se hizo en un primer momento para una habitación, pero que se cambió hace un par de días a dos habitaciones.
Henry la mira con expresión de no comprender.
—Me parece que la reserva era para dos personas, una habitación.
—Henry —Me vuelvo hacia él—. Tiene razón, son dos habitaciones.
—¿Cómo? —Me mira estupefacto—. ¿Por qué?
—Ahora te lo explico —murmuro entre dientes.
—A la piscina de la azotea se accede desde la planta quince con la llave de la habitación. Hay toallas a vuestra disposición en la piscina o en la playa. —Señala la puerta corredera de cristal en la parte posterior—. A la playa se accede por esas puertas. Espero que disfruten de su estancia.
Henry aprieta la mandíbula al coger la llave. Empuja la maleta hacia el ascensor. Lo sigo arrastrando los pies.
—¿Por qué has reservado dos habitaciones? —pregunta—. ¿Cuándo me lo ibas a decir? —Se detiene para llamar al ascensor.
—No lo sé, ¿ahora?
—Estoy confundido —dice cuando las puertas del ascensor se abren con un sonido metálico y nos arrollan unos huéspedes, como si fuésemos pedruscos en mitad de un arroyo caudaloso.
Metemos las maletas en el ascensor. Pulso el botón de la tercera planta. Henry rechina los dientes y pulsa el de la cuarta.
—Andy tenía una habitación libre y… me sentí incapaz de decirle que no.
Se pasa una mano por el pelo a la vez que una expresión indescifrable le cruza el rostro.
—La verdad es que me apetecía pasar tiempo con mi novia.
Tengo que contarle lo otro, que no saben que estamos juntos. De un tirón, como si fuera una tirita.
—Hay algo más —vacilo cuando el ascensor empieza a subir—. No saben que eres mi novio y… —Respiro por la boca, me noto los latidos del corazón en el cuello—. Y me gustaría que se mantuviera así.
Me mira con el ceño fruncido.
—Vaya —musita. Abre la boca como si fuera a decir algo, pero se lo piensa mejor.
Vamos por la segunda planta. Solo me quedan treinta segundos para arreglarlo.
—Me parece irrespetuoso que nos toquemos y nos besemos delante de ellos —me explico—, por lo de Sam.
Se pasa la mano por la cara.
—Lo entiendo —dice—, pero creía que al menos querías que los conociera.
—Sí que quiero —le respondo—, ¡y lo harás! —Las puertas se abren en mi planta. Salgo del ascensor y me vuelvo hacia él—. A lo mejor en un par de meses te presento como mi novio. Piensa que es una ronda de calentamiento.
Me aparta la mirada.
—¿Una… prueba?
—Una prueba no. —Tuerzo el gesto—. Es que no quiero soltarlo todo de golpe cuando llevan años sin verme.
—No, si lo entiendo —dice con expresión disgustada—. Tiene sentido.
—Esto no tiene que cambiar nada. Los conocerás igualmente y seguirás siendo tan encantador como siempre; solo será un poquito diferente. Podemos seguir pasándonoslo bien, ¿no?
—Tan encantador como siempre —murmura. Traga saliva, tiene el cuerpo tenso—. ¿Por qué no me lo contaste antes, en vez de soltármelo de repente en el último segundo?
Me muerdo el carrillo por dentro y me pregunto cómo podría explicárselo todo.
—Porque no quería que me miraras como lo estás haciendo ahora mismo —digo— y también porque me pone muy nerviosa verlos. Necesito de verdad que todo vaya bien.
—¿Sabes qué? —Tuerce la boca y desvía la vista al suelo—. Tienes razón, no quiero enfadarme por esto —prosigue—. Este fin de semana es importante para ti y confío en tu juicio. Si es lo que quieres, me parece bien.
«Menos mal», pienso.
—No sabes cuánto me tranquiliza oírte decir eso —digo—. Me daba mucho miedo que pensaras que no te quería aquí. Sí que quiero tenerte aquí. Te necesito aquí.
Niega con la cabeza y sujeta la puerta del ascensor para que podamos terminar de hablar.
—Voy a echar de menos dormir a tu lado, eso es todo.
—Yo también —admito—. ¿Podemos seguir hablando de esto luego? Vamos a deshacer las maletas, ¿me recoges luego para que nos tomemos algo antes de la cena de ensayo?
—Me parece un buen plan. —Esboza una sonrisa, una de verdad, que le recuerda a mi corazón por qué es una buena idea tenerlo aquí.
Por qué él es una buena idea. Su empatía y entendimiento sin fin, su amabilidad y sinceridad incluso cuando me equivoco…
Es casi demasiado bueno para ser cierto.
Demasiado bueno para mí, al menos. Demasiado bueno para merecérmelo.
Las puertas del ascensor se cierran y empujo la maleta por el pasillo exterior.
Me detengo en la habitación 307 y abro la puerta con la llave.
A mis pies, la alfombra de la habitación es mullida.
La decoración de las paredes está compuesta por fotos de palmeras y cactus sobre un fondo de cielo algodón de azúcar.
Sobre la cama hay una reproducción gigantesca en blanco y negro del letrero de Hollywood.
Frente a la entrada hay una puerta de vidrio que da a un balcón.
Cierro los dedos en torno al tirador y la deslizo para abrirla y revelar una vista asombrosa a un océano azul cristal.
El aire, cálido y salado, me llena los pulmones mientras el sol me calienta la piel.
Desde aquí, las olas no parecen más que pequeñas ondas.
Los niños chapotean y hacen bodysurf mientras sus padres están tumbados y fingen leer a la sombra de grandes sombreros de paja.
Los barcos pasan a toda velocidad, tirando de personas a bordo de lanchas neumáticas o haciendo paravelismo.
Me siento en una de las sillas del balcón y me llevo las piernas al pecho para descansar la barbilla en las rodillas.
Intento inventarme historietas sobre las personas que hay en el agua, como hicimos Henry y yo aquella tarde en el parque, pero no es lo mismo.
Me parece ridículo hacerlo sola, artificial.
¿Por qué me hago esto? ¿Y a él? No quiero estar lejos de él, aunque solo sea un par de noches.
Claro que echo de menos a Sam. Por supuesto. Sin embargo, puede que me sienta un poco culpable porque ya no lo echo de menos de la misma forma. Puede que me sienta culpable porque, en este momento, extraño más a Henry, y eso que tan solo está a una planta de distancia.
¿En qué clase de persona me convierte eso?
Echo la cabeza hacia atrás y observo el balcón que tengo encima, del mismo tamaño y forma que el mío, y me pregunto si Henry estará ahí fuera, contemplando el mar, igual que yo.