Passion Project Capítulo 28
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Capítulo 28

V eo a Henry todos los días.

Ahora que ya está todo claro con Jamie, Sonya y Henry, es como haber suspirado de alivio. Henry encaja perfectamente con nosotras. Se tragó tanto Mamma Mia! como Mamma Mia! Here We Go Again . Pero aquí viene lo bueno: le acabaron encantando.

Siento que me estoy metiendo cada vez más de lleno, que lo deseo más y más.

Nos pasamos por el bar con música en vivo Arlene’s Grocery para ver a Terrance tocar con su banda, los Curtanas.

No pude sacar a Henry de la pista de baile; me hacía girar y me apretaba contra su cuerpo mientras nos movíamos al son de la guitarra de heavy metal .

Volvimos al refugio de perros para presenciar cómo el nuevo dueño adoptaba oficialmente a Fred y a ambos se nos saltaron las lágrimas cuando los vimos avanzar al trote por la calle y perderse entre la multitud.

Henry silbó The Way You Look Tonight todo el trayecto hasta que llegamos a su piso, una oda a nuestro viejo amigo Fred en su viaje a casa.

Caminamos del brazo por el mercadillo nocturno de Queens, que olía a palomitas dulces, dumplings , kebabs y al humo de las parrillas carbonizadas de los vendedores ambulantes.

Nuestro Passion Project se ha convertido en noches que pasamos juntos, besos entre paradas de metro, almuerzos en L’italiano.

Se ha transformado en sexo mañanero y café vespertino.

Días relajados en los que nos aprendemos el cuerpo del otro, qué nos gusta y qué no.

Cómo puedo hacer que Henry se deshaga en mis manos y cómo él puede hacer lo mismo conmigo.

Me cuenta historias sobre Denver, sobre hacer senderismo con su padre, y yo le enseño fotos de mi familia, de Andy, de los Chase.

También he estado yéndome de aventuras yo sola.

La semana pasada fui a una clase de cerámica en Queens.

La anterior, a una para aprender a hacer pasta en la cadena Eataly.

Entré sin más a un espectáculo de Broadway, me senté en la última fila y acabé llorando en silencio con el final.

Leí en voz alta un poema en una cafetería delante de todos los presentes.

Me pasé medio día perdida entre las estanterías de la librería Strand y luego una mujer me leyó el aura en Chinatown.

También acabé probando un pretzel de un vendedor ambulante… y la verdad que no estaba tan mal.

Sonya me está enseñando a tejer y yo he vuelto a hacerle listas de música.

Después de cada escapada, llamo al timbre de Henry.

Normalmente me lo encuentro en chándal y sin afeitar, revisando las fotografías de las sesiones.

Me atrae hacia él y me besa como si me hubiera echado de menos, mucho de menos.

Me pregunta si he encontrado ya mi pasión y le digo que no con la cabeza. Todavía no.

Esta mañana estamos en mi casa.

—¿Me pasas una cuchara? —Henry se sirve una taza de café de mi cafetera de émbolo.

—Ajá —bostezo. Tengo que estar en la biblioteca dentro de una hora y Henry tiene el último turno en el restaurante, lo que significa que no podremos pasar la noche juntos.

Mi dedo se topa con un trozo de papel en el cajón de los cubiertos.

Saco la cartulina gruesa y la sujeto entre los dedos índice y el pulgar, sosteniéndola con cuidado, como si fuera una bomba que pudiera explotar de un momento a otro.

Es la invitación a la boda de Andy. Me había olvidado por completo.

En realidad, no la había olvidado, la había estado ignorando.

¿Cómo puedo mirar a la cara a los Chase, la familia tan cariñosa a la que alejé de mi vida? Siento que se me abre un agujero en el estómago.

He estado dando saltitos por Nueva York, el hogar que debería haber compartido con su hijo, con otra persona. Y he sido feliz. Es como si les diera una bofetada en la cara.

Henry se acerca por detrás, me da un beso en el cuello y mi mente se acalla.

—Sonya no está en casa, ¿verdad? —susurra.

—No. —Hago que me rodee los hombros con los brazos y que me estreche contra él.

Desliza sus manos por mi cuerpo y las coloca sobre mi vientre.

—Esta noche te voy a echar de menos —me susurra mientras me da mordisquitos en la oreja.

—Echa el freno, Madaleno; tengo que prepararme para ir a trabajar —le digo, aunque no me aparto.

—Que le den al trabajo —responde. Sube una de sus manos por mi cuerpo y la posa en mi pecho, me acaricia lentamente el pezón con los dedos por encima de la camiseta—. ¿Qué es eso? —pregunta cuando ve la invitación.

Es ahora o nunca. No puedo seguir posponiéndolo.

—La invitación para la boda.

Me giro para quedar cara a cara, sostengo la invitación entre los dos.

—Soy lo más en las bodas —dice con una amplia sonrisa. Sus ojos brillantes me taladran el corazón— y se me dan genial los padres.

—¿No crees que… a lo mejor… es un poco raro que te lleve…, mmm…, a la boda de la hermana de mi exnovio fallecido? —Sé que ya le pedí que me acompañara, pero ahora que nuestra relación ha cambiado, se me hace raro.

Se aparta un tanto, rascándose la mandíbula.

—¿No quieres que vaya?

—No, no es eso. —Tomo aire—. ¿No te parece inapropiado?

—Depende. —Se encoge de hombros—. Depende de en calidad de qué quieras llevarme.

Me cruzo de brazos.

—No lo sé.

—No suelo enredarme con cuestiones semánticas, pero si te refieres a «llevarte al tío que es solo un amigo con el que te acuestas», entonces diría que no debería ir.

Pero si te refieres a «tu novio»… —Sonríe con timidez—.

La verdad que sí que me gustaría ir. —Se detiene al notar que vacilo—.

A menos que no quieras… ya sabes, hacerlo oficial.

—No lo sé —admito, y es la verdad—. Me da miedo.

—No pasa nada. —Su rostro se anima—. Todo lo que vale la pena da al menos un poquito de miedo.

—¿Y si rompemos?

—¿Y si va todo bien y somos felices? —replica, sosteniéndome el rostro con las dos manos.

Cierro los ojos e imagino cómo sería; no distaría mucho de cómo estamos ahora. Todo lo que hemos hecho este verano me ha asustado un poco, pero también ha valido la pena. Me he enfrentado a muchos de mis miedos, incluido el colgarme del lateral de un rascacielos, y he salido victoriosa.

Cuando abro los ojos, veo que me mira con esperanza y siento el mismo subidón de adrenalina que me invadió en el rascacielos.

—Vale —acepto, con la voz un poco quebrada.

—¿Vale? —Sus ojos se iluminan y sus labios empiezan a esbozar una enorme sonrisa.

Le tomo del rostro y lo beso. Me rodea la cintura con los brazos y me estrecha contra él. ¿Cómo puede saber así de bien por la mañana? Sabe a cosquillas, a calidez, a pan caliente con mantequilla.

—Sí —le digo.

—Eres mi novia —me susurra entre besos.

Novia es algo que solo he sido con Sam. Siento vértigo al volver a oírlo, al volver a serlo.

Me levanta en brazos y me lleva al salón, donde me tumba en el sofá. Le quito la camiseta. «Soy su novia».

Desliza las manos por mi espalda y las posa en mis caderas. Le pongo la mano entre las piernas y me complazco al notar que ya está listo y que no tendré que esperar mucho para volver a tenerlo dentro.

Saco un preservativo del bolso, que está en el suelo, y le ayudo a ponérselo.

Me quita el pijama y lo aparta a un lado. Vuelvo a acercar sus caderas a mi cuerpo, lo rodeo y aprieto con las piernas. El sofá cruje bajo nuestro peso. Que se desarme, no me importa.

—Mi novia —suspira cuando se adentra en mí. Me aferro a sus hombros con el deseo de que ser su novia ahuyente el miedo.

En la biblioteca, abro la página web de la boda con la barbilla apoyada en una mano. Les echo un ojo a las fotos de la pedida de mano, con unos colores brillantes preciosos que parecen que van a salirse de la pantalla. Andy y Theo se ven tan felices que podría ponerme a llorar.

Cuando leo sobre el séquito nupcial me avergüenza no conocer a nadie.

¿Cómo ha podido cambiar tanto la vida de Andy en tan solo un par de años?

El hermano de Theo, Alonzo, es el padrino, y una mujer que se llama Vanessa es la dama de honor.

Tiempo atrás, Andy quería que yo fuera su dama de honor y que Sam fuese el padrino. Ninguno de los dos lo somos.

Continúo bajando por la página hasta que llego al final y lo veo.

Una foto pequeña de Sam con un pie de foto: «Padrino de boda honorífico: Samuel Chase».

Tenso la mandíbula. Llevo años sin ver una foto suya.

No me he permitido hacerlo. Lleva traje y corbata y sale sonriendo delante de un arbusto de hortensias.

Es de la graduación. Ese día le até la corbata.

Recuerdo verlo cruzar el escenario con un nudo en la garganta por el miedo a qué nos deparaba el futuro tras la graduación.

Recuerdo sentirme orgullosa, aunque también triste de puro egoísmo porque sabía que todo iba a cambiar.

Andy y yo estábamos sentadas juntas entre el público con el señor y la señora Chase; los cuatro ocultábamos las lágrimas para que los demás no las vieran, reprimiendo las emociones que conlleva el crecer y pasar página.

Después de la ceremonia, los Chase me invitaron a cenar y tuve la sensación de que era un momento suspendido en el tiempo.

Deseé poder quedarme para siempre en esa mesa, apretujada en un restaurante entre Sam y Andy, dando sorbos a tés helados y picando patatas fritas.

Bajo para leer el texto.

Hermano de la novia. Samuel Chase falleció en un trágico accidente, pero la familia siente su presencia todos los días. La novia llevará un pequeño parche de uno de sus jerséis de béisbol cosido en el corpiño del vestido en su honor y para que la acompañe en cada paso del camino.

Me falta el aire y respiro de forma entrecortada.

Se me hace un nudo en la garganta. Cierro la página y hago como que no he visto nada.

Me tiemblan los dedos mientras bajo hasta la sección para confirmar la asistencia y encuentro mi nombre en la lista.

Hago clic para confirmar la cena de ensayo antes de la boda y elijo tanto el pollo como el filete de ternera para que Henry y yo podamos compartir.

Dios santo, ¿qué van a pensar de mí?

La familia Chase me acogió en cuanto Sam me presentó. Me colmaron de regalos en cumpleaños y fiestas, me invitaron a las vacaciones familiares, me quisieron porque Sam me quería. Se solían referir a mí como su tercera hija.

¿Cómo va a estar bien que traiga a alguien nuevo a la boda? ¿Que lleve sin hablarles tantísimo tiempo y me presente con un novio nuevo que no es su hijo?

Invitar a Henry me surgió de forma espontánea.

Pensé que sería la persona ideal para que me acompañara, ya que casi todo aquel que lo conoce lo acaba adorando.

Cuando se lo pregunté, me imaginé presentándolo como el nuevo amigo que había hecho en Nueva York, no como mi novio.

Son dos cosas completamente diferentes. La primera les hace ver que estoy bien, que estoy intentando poner mi vida en orden.

La segunda les hace ver que he pasado página y me he olvidado de su hijo.

Que soy feliz, cuando debería estar de luto.

Saco el teléfono del bolsillo y abro los mensajes con Andy.

¿Tu dirección sigue siendo la misma?

Vamos a enviar las invitaciones

enseguida.

Nunca le respondí. Madre mía, qué petarda puedo llegar a ser. Me paso muchísimo tiempo dándole vueltas a si debería disculparme por no responder o actuar como si nunca hubiera pasado y decirle que voy a ir a su boda. Me paso tanto tiempo rumiándolo que Andy se me adelanta y me suena el teléfono.

Acabo de recibir una notificación

de que has confirmado asistencia.

¿Vas a venir? ¿Con un acompañante?

Se me encoge el pecho y aprieto con más fuerza el móvil.

Andy vuelve a escribir.

¿A quién vas a traer?

¿Cómo diantres puedo explicárselo? No lo pensé. Para nada. Tecleo una respuesta:

Voy a traer a mi nuevo novio, lo que

me parece una auténtica traición

a ti y a tu familia porque estaba

con tu hermano y ahora está muerto

por mi culpa.

Borrar.

No veo la hora de restregarte

a mi nuevo novio por la cara

después de haber abandonado

Borrar, borrar, borrar.

Sujeto el móvil entre las manos y cierro los ojos con fuerza. Se me llena el pecho de pánico hasta que parece que va a sofocarme, impidiendo que la sangre me llegue a la cabeza.

Me acompaña un amigo.

Enviar.

Acto seguido, se me revuelve el estómago.

Estoy bastante segura de que mentir era la peor opción, y eso es justo lo que he hecho.

Henry no es mi amigo y ya está, para nada, y eso salta a la vista con tan solo vernos interactuar.

Abro los mensajes para comprobar si por algún milagro no lo envié, pero Andy ya está escribiendo una respuesta.

Si quieres una habitación

para tu amigo, uno de mis primos

ha cancelado a última hora,

así que tenemos una libre en el hotel.

Es tuya, si quieres.

No se comparte habitación de hotel con personas que solo son tus amigos, ¿verdad? Y menos aún cuando es la propia novia la que te ofrece una. Esta mentira ya se me ha ido de las manos y la he contado hace solo dos segundos.

Yo me ocupo, pero te lo agradezco.

Sé lo mucho que te importa

el espacio personal. Envíame

el nombre de tu amigo y ya está.

No puedo discutírselo. Es la novia. La novia siempre lleva la razón.

Henry Adams.

Aparecen los puntitos azules en la parte inferior de la pantalla y llega el mensaje de Andy.

Te envío la confirmación.

El corazón me late como un puto martillo hidráulico. Vuelve a escribir:

El finde voy a estar muy liada,

pero me gustaría que nos pongamos al día.

¿Te parece el domingo por la mañana?

Me muerdo el labio y espero que no sangre.

Me encantaría.

Unos segundos después, recibo la confirmación del hotel de Los Ángeles con una habitación a mi nombre y otra a nombre de Henry. Dejo caer la cabeza en el escritorio que tengo delante y me autocompadezco un par de segundos, luego guardo el móvil. No puedo ni verlo ahora mismo.

¿Cómo voy a explicarle lo de las dos habitaciones? Si le cuento que le he mentido a Andy y que le he dicho que solo somos amigos, le va a molestar. Si le cuento a Andy que le he mentido y que Henry en realidad es mi novio, le va a molestar. Estoy intentando salvar esta relación, no prenderle fuego.

«Espabila, Bennet».

Puede que todo vaya bien y que Henry no se enfade porque haya reservado dos habitaciones de hotel separadas, y que Andy no se entere de que Henry es mi novio, y que me salgan arcoíris y cerdos volando por el culo y que empiecen a bailar la Macarena.

Me inclino sobre el escritorio, tapándome la cara con las manos. No entiendo por qué no puedo dejar de liarla.