Passion Project Capítulo 27
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Capítulo 27

D ejo que la puerta se cierre de un portazo cuando entro al piso. Quiero que Sonya sepa que he llegado a casa. Quiero que salga corriendo de su habitación, la verdad, como si fuera un reloj de cuco.

Como esperaba, se oye el clic del pomo de su puerta, y Sonya se dirige sin hacer ruido al salón.

—Perdona, ¿dónde llevas metida estos dos últimos días? —pregunta alzando una ceja—. ¿Llevas el mismo vestido con el que te vi la última vez?

Dejo el bolso en el sofá y saco una compresa de hielo del congelador.

—¿Está Jamie? —Me dejo caer en el sofá, con la compresa de hielo sobre el pecho.

—No esquives la pregunta. Llevo sin verte desde que subí a Henry a hurtadillas a la azotea. Eso fue hace dos días. ¿Estás enfadada?

—No. —Me cubro las manos y me echo a reír de forma histérica—. No estoy enfadada, de eso no cabe duda.

—Bennet, ¿al final lo hiciste? —Lanza un grito. Me río más fuerte todavía. Es una risa nerviosa y no puedo parar—. ¡Bennet! ¡Qué dices!

—Es tan ridículo todo. —Me seco una lágrima.

—¿Os habéis acostado?

La miro escondida por entre los dedos, incapaz de ocultar la sonrisa de oreja a oreja que se me dibuja en la cara.

—Puede ser.

—Estoy tan orgullosa que podría echarme a llorar. —Se acurruca a mi lado en el sofá—. Nunca te he visto así, al menos, no desde Sam.

—¿Así cómo?

—No sé. —Se recoge el pelo en un moño y se abanica el cuello—. Atolondrada.

Tiene razón. Llevo en una relación estable con la miseria desde que me vine a vivir aquí, pero Henry me ha convertido en un montoncito blandengue de esperanza.

—Ya. —Sonrío—. Puede ser.

—Lo digo en serio. Desde que apareció en tu vida te has estado riendo más y has salido de tu caparazón.

Me coloco la compresa de hielo en el otro lado del pecho.

—¿Es antifeminista? —pregunto con sinceridad.

—¿El qué?

—Que un hombre me haga así de feliz.

Resopla y pone los ojos en blanco.

—Jamie me hace así de feliz y desde luego que un hombre no es.

Me muerdo el labio.

—Me parece que está mal…

Me pone los pies sobre el regazo.

—Creo que solo es amor.

—Yo no he dicho nada de que sea amor.

—No has tenido que hacerlo. —Sonríe como una diabla.

Me estremezco.

—Qué asco.

—Lo sé, es lo peor.

—Henry no puede ser mi única fuente de felicidad. No puedo depender de él para ser feliz.

—Míralo así. —Cruza los tobillos en mi regazo—. Imagina que tu alma está compuesta por un puñado de cerillas. No están encendidas ni nada, están ahí quietas. ¿Hasta aquí todo bien?

—De momento sí.

—Cada una representa un aspecto de tu vida. Una cerilla para el amor, una para la familia, otra para el trabajo y así con todo aquello que nos llena. ¿Me sigues?

—Ajá.

—Has estado echándoles agua a las cerillas para mantenerlas en perfecto estado porque que prendan fuego da miedo y podrías acabar quemándote, pero las cerillas no están hechas para estar mojadas, sino para arder.

Basta con que pase algo para que una cerillita se encienda, haga efecto dominó y se enciendan todas las demás. Solo tienes que encender la primera.

Hago una mueca de confusión y acto seguido tengo que reprimir una sonrisa porque recuerdo a Henry cuando se burló de las muecas que hago.

—Henry podría ser aquello que te encienda —continúa Sonya—, como también podrían serlo miles de cosas más. Pero tienes que dejar de echarles agua a las cerillas o nunca pasará nada y te quedarás atrapada en un ciclo de tristeza hasta que te mueras sola entre tus propios desechos.

Me retuerzo del asco.

—Espeluznante. ¿Cuándo se te ocurrió esa analogía?

—La acabo de improvisar. ¿Te ha impresionado?

—La verdad que un poco, sí.

Retira las piernas de mi regazo y se levanta.

—Voy a hacerle una visita a Jamie en la cafetería. —Coge su bolso del perchero junto a la puerta—. Dale una vuelta, ¿vale? Enciende una cerilla.

—Saluda a Jamie de mi parte.

—¿Puedo contarle que por fin te has tirado al buenorro con el que llevas ligando desde mayo? —me contesta a gritos desde el pasillo.

—¡Sonya, baja el volumen! —La puerta se cierra de un portazo antes de que pueda responder.

Abro la puerta del congelador y meto la cabeza dentro. Las cerillas arden con intensidad, eso está claro, pero también se consumen rápido, ¿no? ¿Qué pasa entonces?

El pasado sigue presente en mi vida, es una sombra de la que no me puedo desprender, incluso con la luz de Henry.

Podría perderlo en cualquier momento. Al fin y al cabo, ¿no es lo que hago, alejar a la gente y andar buscando que algo salga mal?

¿No es eso lo que hice con Sam, con Andy, con Sonya y con Jamie?

Sé que quiero ser feliz. Sé que, en el fondo, cada fibra de mi ser quiere volver a sentir cosas buenas, quiere volver a amar.

Y aun así… Aun así hay algo que no me permite entregarlo todo.

Algo alteró mi química cerebral para que ahora se centre en el dolor y el sufrimiento, como si no me mereciera vivir de otro modo.

Me meto en la cama —la ropa huele al detergente de Henry— e intento no pensar en las mil y una formas en las que podría fastidiarlo todo.