Passion Project Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Eso puedo hacerlo —dice, y me sujeta de la nuca para atraerme hacia su cuerpo y besarme. Me subo encima de él y coloco las piernas a cada lado de sus caderas. Me besa con pasión y lo tomo de la mandíbula.

—¿Qué quieres hacer hoy? —pregunta mientras me recorre la espalda con los dedos.

—¿Esto? —digo.

—Es sábado —comenta. Ahora sus manos bajan a mi cintura y se posan en mis caderas.

—¿Y qué?

—Es el día de nuestro Passion Project —dice, haciendo una pausa para mirarme con las cejas enarcadas.

—¿Y qué? —vuelvo a preguntar.

—Que, por muy divertido que haya sido encontrar… —vacila, avergonzándose antes de lo que va a decir—, eh…, un nuevo tipo de pasión…

—¡Buuuuuuu! —Me estremezco.

—Perdona, sé que ha sido malísimo. —Sonríe, sabe que sus chistes malos me derriten—. ¿No quieres probar una pasión nueva hoy?

—¿Esto no cuenta? —Le aparto el pelo de la frente—. ¿Puede contar?

Suspira y echa la cabeza hacia atrás para apoyarla en la almohada. Aprieto los labios en su pecho y siento su calor en mi boca.

—Tenía una cosa planeada —dice—: una feria gastronómica en el centro para recorrer el mundo con el paladar.

—Podemos pedir comida —sugiero—. Pedimos comida y hacemos nuestra propia vuelta al mundo con los restaurantes de tu barrio y así no tenemos que salir de este apartamento ni un solo segundo. Venga. Eso tiene que contar.

Esboza una sonrisa, sus manos me recorren las caderas hasta llegar a los muslos y vuelven a subir.

—Habría contado igualmente, incluso sin pedir comida.

—Bien. —Me agacho para clavarle los dientes.

—Fantástico —dice, apartando la colcha de mi espalda y dejándome expuesta.

—Maravilloso —respondo—. Ahora ve a por otro condón.

Se ríe y me da un beso en la nariz.

—Me gustas mucho.

La piel me cosquillea.

—Tú también me gustas —le contesto.

«Me gustas». Es algo que a la mayoría de las personas no les cuesta admitir.

Los niños que van al cole se lo gritan los unos a los otros en los pasamanos del parque infantil.

La gente envía cartas de amor a asesinos en serie que están en prisión.

Sin embargo, para mí es un paso que no creía que volvería a dar con nadie.

Saca otro preservativo de su mesita de noche y se ajusta debajo de mí. Me dejo caer lentamente sobre él y siento cómo me llena por completo. Es una exhalación, una liberación, un momento de mutuo alivio.

—Sí —afirma, tomando aire—, ya lo creo que cuenta.

Suelto una carcajada a la vez que empiezo a moverme encima. Sus dedos se aferran a mis muslos para guiarme.

—Sabía que entrarías en razón.

—Mmm… —murmura en señal de aprobación—. Eres muy convincente.

Me atrae hacia él, de modo que mi pecho queda pegado al suyo.

Es la segunda vez que lo hacemos y pensar que puede haber o que sí que habrá más veces hace que me ruborice por completo.

Me observa con esas pestañas largas suyas, me rodea la cintura con una mano y nos da la vuelta, de manera que quedo inmovilizada contra la almohada en un movimiento rápido y juguetón.

Me deja sin aliento. Me devora la boca con suaves y delicados bocados de alegría.

Besarlo hace que pierda de vista todo lo demás, como si de repente sus labios fueran lo único que hay en el mundo y yo haría lo que fuera por entregarme más a él.

No puedo dejar de pensar en lo divertido que es esto, en cómo no quiero marcharme de su minúsculo apartamento nunca, en cómo la pasión puede parecerse mucho a la felicidad, si lo permites.

Sudamos juntos, nos reímos juntos, respiramos juntos hasta que el sol se oculta por completo bajo el horizonte y la luna cuelga con orgullo del cielo.

Cuando hacemos una pausa, nos sentamos en el suelo envueltos en las sábanas y probamos lumpia del restaurante filipino de la esquina, tacos de birria de una taquería pequeñita, patatas fritas del McDonald’s (sí, cuenta como comida internacional porque las patatas fritas son de Bélgica), además de un pretzel esponjoso y un schnitzel de una terraza típica alemana a un par de manzanas.

De postre, pedimos un pudin de plátano de Magnolia Bakery y bebemos vino que Henry robó de L’italiano.

Le cuento sobre aquella vez que nos pillaron a Sonya y a mí enviándonos mensajes en pleno examen de matemáticas y el director nos confiscó los móviles, y Henry me cuenta la historia de cómo se conocieron sus padres y cómo siempre habían querido tener hijos pero no estuvieron seguros de que fuera posible hasta que lo tuvieron a él.

Derramo un poco de consomé en la camisa que Henry me ha prestado y cuando proclamo en voz alta que soy un desastre, me regaña: «Deja de hablar así de una persona que me gusta mucho».

Me comprometo a no volver a decirlo.

Siento como si hubiera regresado a su lado tras un largo viaje, como si lo hubiera conocido en una vida pasada, en vez de hace tan solo unos meses. Es un tipo de familiaridad que habita bajo la piel y me calienta desde el interior. Me pregunto si Henry también siente lo mismo.

Nueva York emite sonidos sordos a nuestros pies.

Unas sirenas atraviesan el aire. Un coche se detiene en una intersección y puedo sentir las vibraciones del rumor de la música a través de las paredes del piso de Henry.

Inhalo su aroma, dejo que me llene los pulmones y me invada el cuerpo…

y la vida. Por primera vez en mucho tiempo, en este preciso lugar con esta precisa persona, siento que estoy justo donde tengo que estar.