Octubre,un año después
E mpuja! —La voz de Henry hace eco mientras empujo con todo mi cuerpo.
—¿A ti qué te parece que estoy haciendo? —La espalda me da un latigazo—. Ay, mierda.
—¿Hacemos un descansito? —Se limpia una gota de sudor de la frente.
—Sí, por favor. —Dejo en los escalones la parte de la cómoda de madera con la que estaba cargando. Hemos conseguido subir la mitad del único tramo de escaleras de nuestro nuevo apartamento en Brooklyn.
—La leche, ¿por qué pesa tantísimo? —resuella.
—Cállate, que encima tienes una colección de rocas que también vamos a tener que subir por estas escaleras.
—Son unas piedrecitas diminutas, no pedruscos.
—Vamos a descansar aquí un segundo. —Me apoyo en la cómoda, que reposa torcida en medio de la escalera. Henry la mantiene firme unos escalones por encima. Es el primer mueble que sacamos del camión y me encojo solo de pensar en la cantidad de peso que vamos a tener que levantar hoy.
Si me hubieran preguntado hace año y medio si consideraría mudarme a Brooklyn, habría soltado una risotada.
Ya me estaba costando vivir en Manhattan, imagínate echar raíces en otro distrito.
Pero aquí estoy, subiendo una cómoda que pesa un quintal a un apartamento en el barrio de Bushwick en cuyo contrato de alquiler aparecen el nombre de Henry y el mío.
Nuestro apartamento de un dormitorio tiene acceso a la azotea y espacio suficiente para que Henry pueda montar un verdadero estudio de fotografía.
Le sacó las fotos de compromiso a Terrance, nuestro amigo del centro de adopción de animales, y de esa misma sesión le contrataron después tres parejas más.
Martin lo ayudó a montar una sociedad limitada y, desde entonces, ha estado trabajando sin parar.
No se ha ido todavía de L’italiano, pero sé que es porque le preocupa dedicarse a la fotografía a tiempo completo.
Le repito todos los días lo mucho que creo en él y en su negocio.
Sé que hará la transición cuando esté preparado.
Tener un estudio en nuestra casa es el primer paso.
Terminé mis estudios universitarios el invierno pasado y me he aficionado bastante a la psicología gracias a un libro que vi en la librería independiente McNally Jackson.
Lo elegí porque pensé que me sonaba la cara de la portada y lo compré cuando me di cuenta de que lo había escrito el psicólogo que había dado la charla en la biblioteca a principios del verano pasado, el doctor Barrera.
Ya me he leído todo lo que ha escrito, todos los libros de psicología que encuentro.
Tengo pensado solicitar plaza para estudiar Psicología Clínica cuando todo se haya calmado y me gustaría dedicarme profesionalmente a la terapia del duelo en el futuro.
Pasito a pasito, pero parece que, al final, sí que tengo una pasión.
Henry va y viene de Denver bastante a menudo y yo lo acompaño cuando puedo.
Su padre es el hombre más dulce que he conocido y sé que a Henry lo destroza que nunca recuerde quién soy a pesar de habernos visto varias veces.
A veces pillo a Henry mirando fotos antiguas de los dos juntos y lo dejo llorar en mi hombro.
Ya no nos alejamos el uno del otro. Siempre nos apoyamos. Nos cuidamos mutuamente.
Mis propios padres también se han enamorado de Henry. Lo llevé a casa por Navidad y lo hizo genial. Tenía razón, sí que se le dan bien los padres.
Sal y Mary se mudaron definitivamente a Maplewood para estar cerca de su nieto. Él nos envía fotos de Michael, que tiene ya un año y medio, todo el tiempo. Intentamos visitarlos cada pocos meses.
Sonya y Jamie decidieron irse a vivir juntas cuando terminó nuestro contrato y Sonya ha empezado su propio negocio diseñando y vendiendo joyas.
Sus diseños se venden en varias boutiques de Nueva York, incluida Harper las sombras de los árboles que hay en el exterior danzan ante nuestros ojos.
Me cuesta asimilar que en un año haya cambiado todo tanto.
Me paso el tiempo riéndome hasta que me duele el abdomen, besando hasta que se me cierran los ojos y me quedo dormida en los brazos del hombre que me quiere, intentando preparar la cena antes de quemarla y pedir comida a domicilio.
Soy fuerte. Soy resiliente. Soy amable. Siempre lo he sido.
Me enorgullece poder decirlo y, más aún, creérmelo.
Me encantaría decir que encontrar algo que me apasiona es lo que ha hecho que por fin esté más feliz, pero mi psicóloga me recuerda en cada sesión que es porque me he abierto al amor de Henry, Sonya, Jamie, Sal, Marjorie, Andy, el señor y la señora Chase, mis padres e incluso el de mi propio corazoncito que me late en el pecho.
Pensaba que no me merecía esta vida, pero ahora sé que sí. Claro que no es demasiado bueno para ser cierto. Es cierto, y ya está.
—¿Henry?
Me pasa un brazo por los hombros y me da un apretón.
—¿Sí?
—Te quiero.
Roza sus labios con los míos con tanta delicadeza que casi me parece habérmelo imaginado.
—Yo te quiero más.
Estar entre sus brazos me recuerda que la felicidad no tiene que estar velada de culpa. El amor no tiene que estar velado de incredulidad. A veces simplemente es, sin nada más.
Y eso es suficiente.
Lo tomo de la mano y nos acercamos a la puerta a por la cómoda, el primer mueble de nuestro nuevo apartamento. Aunque este lugar sea completamente nuevo para mí, sé que estoy en casa.
Estoy deseando llenarla con los muebles más pesados que pueda encontrar.