Passion Project Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—No. —Hace una mueca de disgusto—. Te mentí la primera vez. Todo lo que te he dicho desde la noche en que nos conocimos ha sido verdad. —Se detiene frente a mí. Me mira como si quisiera acercarse, pero no se atreve.

—Una verdad construida sobre una base de mentiras sigue siendo una mentira —declaro, pasando junto a él hacia el jardín—. No me puedo creer que para ti yo nunca haya sido más que una cita por lástima. Un compromiso.

—Eso no es verdad. No fue ningún tipo de «compromiso» retorcido —objeta con exasperación.

—A lo mejor se trataba de un experimento social, para comprobar si podías manipular a la chica triste y que hiciera lo que quisieras. No fui más que otra historia para tu colección.

—¡Te digo que no fue así! —Da un paso diminuto en mi dirección—. Te lo juro. No te lo conté porque sabía que te haría daño y no refleja lo que siento por ti. No fue así.

—Bueno, pues entonces dime cómo fue.

Aparta la mirada y entrecierra los ojos por la luz del sol.

—La verdad —reitero, acercándome a él. Traga saliva, sigue evitando dirigirme la mirada—. Si todo este tiempo me tuviste lástima, Henry, quiero saberlo.

—La verdad. —Aprieta la mandíbula y me devuelve la mirada, al fin—.

Jamie me pidió que saliera contigo, sí. Esa parte es verdad.

Y puede que al principio aceptara porque Jamie es estupenda y me gusta ayudar a mis amigos siempre que puedo.

—Me retuerzo, inquieta, a la espera de que suceda lo inevitable—.

Pero todas las razones que te di para empezar el Passion Project son verdad.

Me sentía solo y trataba de mantenerme a flote intentando estar ocupado para no hundirme.

—Junta las cejas y sacude la cabeza—. La noche que nos conocimos, la primera noche, cuando Jamie nos organizó la cita, la verdad es que estaba bastante nervioso.

Lo único que sabía de ti era que eras la compañera de piso de la novia de Jamie y que necesitabas animarte.

Sé por qué me lo pidió a mí en específico: porque nunca dejo que los demás me vean disgustado y porque soy extrovertido y tal.

Pero me preocupaba no poder cumplir con lo que me había pedido por todo lo que me estaba pasando.

Sin embargo, cuando volviste a recoger la cartera…

Cuando nos conocimos de verdad…, no me puse nervioso.

Me hiciste reír. Me dejaste desconcertado.

Y, sí, puede que viese la oportunidad de cumplir con la promesa que le hice a Jamie, pero, Bennet, tienes que creerme. De repente todo fue en serio.

Se aclara la garganta y deja escapar un suspiro profundo.

—¿Sabes qué? A la mierda. Voy a poner las cartas sobre la mesa.

—Se acerca a mí y su rostro se tiñe con una nueva intensidad.

Está tan cerca que puedo notar el calor de su cuerpo—.

Haberte conocido ha sido absolutamente adictivo.

Cuando estoy contigo, no me preocupo ni por mi familia ni por nada.

Estoy presente. Eres divertida, rarita y tan hermosa que en ocasiones me gustaría darme una bofetada por haberme referido a ti alguna vez como mi amiga.

Llevo queriendo estar contigo más tiempo del que te imaginas, pero no podía arriesgarme a perderte si te contaba el favor que Jamie me había pedido.

—En el baño me rechazaste —digo con voz temblorosa.

—Pensé que no estabas preparada para que pasara algo —contesta—.

Seguías sin bajar la guardia. Seguías luchando contigo misma.

No quería ser un error. No quería que te arrepintieras de nada.

Si te besaba, Bennet, no iba a ser medio borracha y confusa en un baño con decoración náutica.

Quería que estuvieras completamente segura de que lo deseabas.

Me siento el corazón en la garganta.

—¿Por qué debería creerte? —pregunto.

—Deberías creerme porque me ha costado muchísimo esfuerzo no besarte unas mil veces desde que te conozco.

Deberías creerme porque cuando Jamie me contó que quizás sentías algo por mí, me puse a bailar de alegría.

Un baile de la felicidad de esos de verdad, de los que dan vergüenza.

Y aun así, tardé semanas en armarme de valor para volver a preguntarte si querías salir conmigo.

Deberías creerme porque podría haber dejado de quedar contigo en cualquier momento este verano.

Si no me importaras, podría haberme largado y haber desaparecido tras ese primer fin de semana, pero encontré una excusa para pasar el verano entero contigo.

Jamie no me pidió que hiciera eso. Nadie me lo pidió.

Tomé esa decisión porque quería estar cerca de ti.

Quería pasar todo el rato contigo. Y sigo queriendo.

Trago saliva. Sigue siendo muy complicado.

—¿Alguna vez has pensado que igual…? —Carraspeo—. ¿Que igual debería gustarte alguien un pelín más fácil? ¿Una persona menos desastrosa?

—No. —Niega con la cabeza—. En ningún momento.

Se me va a salir el corazón del pecho. Me temo que se ha dado cuenta, que toda la ciudad de Nueva York puede notarlo.

—Tienes que creerme —susurra—. No hay nada que quiera más que esto. —Me acaricia la mandíbula con el pulgar, que acerca a mi boca.

Titubea, se detiene antes de llegar a tocarme el labio inferior.

—Pero lo que importa es lo que tú quieres, Bennet.

Si no estás preparada o si simplemente quieres cortar por lo sano, lo entenderé.

Si decides que solo seamos amigos, no volveré a mencionar nada de esto.

Pero no puedes ligar conmigo ni tocarme como si me desearas y luego alejarte como si no estuvieras segura.

No podemos seguir con ese baile. Me resulta demasiado difícil.

No quiero seguir manteniendo viva la esperanza si no hay nada.

Tienes que decírmelo, Bennet. —Me toca la frente con la mano, me aparta un mechón de pelo del rostro y luego descansa la palma en mi mejilla—. ¿Qué quieres?

Le rozo la tela del pantalón con el dorso de las manos. Las piernas me tiemblan como un flan, no tengo control sobre mi cuerpo. «Dilo. Suéltalo: Te deseo. Te creo».

Desplaza la mano de mi cuello a mi hombro; su pulgar presiona sobre mi clavícula.

—Sea lo que sea, está bien.

Cada fibra de mi ser me dice que lo alcance, que lo agarre con ambas manos y no lo suelte, así que me acerco a él y le rodeo el torso con un brazo para atraerlo contra mi cuerpo. Volvemos a estar pegados nariz con nariz, como lo estuvimos en aquel espantoso baño.

—Quiero que seamos más que amigos —susurro.

Presiona su frente contra la mía y mi nariz le acaricia la mejilla. Si me muevo un milímetro en su dirección, nuestros labios se tocarán. Sé que no va a ser él quien dé el primer paso. Debo ser yo.

Lo único que tengo que hacer es moverme un milímetro y acortar la distancia que nos separa.

Alzo la barbilla y noto cómo sus labios se rozan con los míos, un movimiento tan ligero que se podría confundir con un cosquilleo. Desliza las manos por mi cuello y mis brazos y me agarra con fuerza. Sonríe contra mi boca.

—¿Sí?

Asiento, incapaz de impedir la sonrisa que se me ensancha de oreja a oreja.

—Sí.

Me besa. Me da un beso de verdad, de los que hacen que se me erice la piel; lento al principio, pero con el ímpetu de un tren a toda velocidad.

Introduce la lengua entre mis labios y le rodeo el cuello con los brazos.

Nos hemos aguantado tanto tiempo que, ahora que lo hemos puesto en marcha, no creo que se pueda detener.

Sabe a azúcar y huele a hierbabuena, una combinación picante y dulce que resulta dolorosa. Me abre la boca con los labios mientras me recorre el cuerpo con las manos, me roza el pecho y sube hasta mi cabello. Presiona su lengua contra la mía con delicadeza, ni mucho ni poco.

—¿Puedo besarte aquí? —susurra cuando su boca baja por mi cuello. Inclino la cabeza hacia un lado para darle acceso.

Me siento frenética, entre delirante y hambrienta. Bajo todas las defensas en un instante.

—Puedes besarme donde quieras —respondo a medio camino entre una risa y un quejido.

Y así lo hace. Me recorre las pestañas, el pómulo, la barbilla y la boca con los labios. Mi mantra se materializa delante de mis ojos conforme me toca.

«Mis mejillas son reales. Mi barbilla es real.

Mis labios son reales. Yo soy real». Le toco el rostro, el cuello; noto su piel áspera bajo mis dedos.

Dejo que mis manos tracen su cuerpo, bajen por su torso y se deleiten con cada músculo y cada contorno, hasta que paso los pulgares por las presillas de su pantalón. «Henry es real».