Capítulo 25 #3
Me rodea la cintura con un brazo y me acerca todavía más.
No me basta. ¿Cómo podría bastarme algo cuando lo estoy besando?
Baja las manos por mi cuerpo y se toma su tiempo, como si disfrutara de cada centímetro.
Desliza la mano hasta mi muslo, donde me ayuda a rodearle la cadera con la pierna.
Lo abrazo del cuello y me aferro a él, con necesidad de sus labios.
Nuestros cuerpos se mueven y respiran juntos, hasta que me tropiezo con una de las sillas de la playa que hay en el césped.
—Mierda. —Me empiezo a caer de espaldas. Henry se abraza a mi cuerpo y me sujeta la cabeza contra su pecho; nos caemos juntos. Amortigua la caída con un brazo para evitar que me golpee la cabeza contra la dura superficie.
Ahora se ha quedado encima de mí.
Le aparto el pelo de la frente mientras me observa desde arriba.
—¿Estás bien? —pregunta, comprobando si me han salido bultos o arañazos por el cuerpo.
—Henry —lo llamo mientras sostengo su rostro entre las manos—, estoy muy bien.
Hago que demos la vuelta para quedar yo arriba, con las piernas abiertas a la altura de sus caderas, sentada a horcajadas en su regazo e inmovilizándolo por los hombros.
—¿Seguro que estás bien? —Se ríe, sus manos descansan en mis muslos.
—Sí, ¿por qué?
—Estamos en público —apunta, estirando el cuello hacia la puerta que da a la azotea.
—Es una azotea privada —digo, presionando los labios en su cuello—. Y no me importa quién nos vea. —Porque quiero más.
Me sujeta la cara y me besa con fuerza y pasión.
—No me puedo creer que te esté besando —deja escapar con un gemido.
Todas aquellas veces que me contuve para no tocarlo ahora me invaden y las libero.
Contoneo las caderas, en un movimiento hacia delante y hacia atrás, contra las suyas.
—Joder, Bennet —gruñe.
Le agarro del pelo cuando me toma de la cadera y del trasero, y me clava los dedos en la piel.
Se me baja un tirante del vestido y Henry presiona sus labios en mi hombro, donde estaba.
Bajo la mano hasta el borde de su camiseta y se la quito, por fin puedo sentir la calidez de su piel contra la mía.
Dejo que el vestido caiga por debajo de mi pecho.
Me acaricia el borde del pezón.
—Eres hermosa.
Deposita besos dulces y suaves entre mis pechos. Suelto un gemido y siento cómo se mueve y crece debajo de mí.
—Este es mi sábado preferido —dice.
—Solo lo dices porque estoy medio desnuda —le doy un beso en la mejilla.
—No. —Me abraza con fuerza contra su cuerpo y me tumba de espaldas—. De eso nada. —Se inclina sobre mí. Le rodeo la cintura con las piernas y, cuando las aprieto, deja escapar un gemido. Desliza los dedos hacia abajo y me acaricia el interior del muslo con delicadeza.
—¿Puedo? —pregunta cuando sus dedos se acercan a mi entrepierna.
—Por supuesto. —Me abro ante él, separo las rodillas.
Pasa un dedo bajo mi ropa interior y me acaricia de arriba abajo. Me da caricias con la yema de los dedos hasta que encuentra el punto que me tensa el cuerpo.
—¿Ahí?
Asiento, concentrada.
—Ahí.
Sonríe satisfecho y se aprieta contra mí, sin dejar de acariciar ese punto. Me concentro en la sensación y en el placer. Dejo escapar un gemido pequeñísimo a medida que me va cercando más y más.
Arqueo la espalda mientras prosigue con su bendito ritual entre mis piernas. No quiero llegar todavía. Es muy pronto.
—Henry —jadeo—, ¿tienes un condón?
Echa la mano a su bolsillo trasero y saca una cartera marrón de cuero. «Más rápido, más rápido, más rápido». Quiero que vuelva a dejar caer su peso sobre mí cuanto antes. Rebusca un segundo, saca el envoltorio plateado de un preservativo y me lo entrega. Lo inspecciono.
—Caducó el año pasado.
Se le esfuma el entusiasmo del rostro.
—¿Tienes uno?
—Sí, por supuesto que la tía deprimida y su compañera lesbiana tienen preservativos por doquier.
—Mierda. —Vuelve a colocarme bien el vestido a la altura de las caderas.
—Y que lo digas, mierda. —Me estiro bocarriba. Henry se da la vuelta y se acomoda a mi lado.
—De todas las formas en que me imaginé que esto podría pasar —dice— he de admitir que justo esa ha sido toda una sorpresa.
—¿Cómo te lo imaginabas?
Se ríe, se acerca a mí y roza su mano con la mía.
—En casi ninguna de mis fantasías estábamos en una azotea.
—¿En casi ninguna? —le doy un golpecito con el codo.
—Bueno, tengo una en la que te besaba en lo alto del rascacielos.
Mi corazón se derrite como un helado bañado en chocolate caliente. Me vuelvo para observarlo. Ya me estaba mirando.
—Siento haberme perdido nuestra cita. —Le acaricio el labio inferior con los dedos—. Ambas citas.
Coloca mi pierna sobre su cadera, nuestros pies y piernas quedan enredados. Me da un beso largo y lento antes de hablar:
—Te esperaría en ese bar un millón de veces si con ello pudiera acabar aquí contigo.
Coloco la palma de mi mano en su mejilla. «Conmigo estás a salvo». Eso es todo lo que veo en sus ojos cuando me mira. Eso es todo lo que siento en sus labios cuando me besa. «Conmigo estás a salvo».
Parpadea y puedo sentir cómo sus pestañas se rozan con las mías.
—¿Quieres que vayamos a mi casa?