Passion Project Capítulo 25
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Capítulo 25

S onya me acaricia el pelo mientras estoy tumbada en su regazo.

Después de lo que Jamie confesó anoche, debería estar enfadada con ella.

Debería haberle cerrado la puerta de mi cuarto en las narices y no haberle vuelto a hablar nunca más.

Sin embargo, cuando llegué a casa y la vi de pie en la puerta de su habitación, no pude seguir enfadada. No pude alejarme de ella.

Necesitaba a mi amiga.

Se disculpó una y otra vez por lo que había hecho, pero no estoy cabreada con ella. Solo estoy cabreada con Henry. Y un poquito con Jamie.

Sonya estaba intentando ayudar. Henry era un desconocido que había accedido a engañar a una chica desolada y destrozada por el duelo.

—Sé que no quieres oírlo —dice apretándome el hombro—, pero tienes que hablar con él.

—Me mintió —repongo.

—Puede que tuviera un buen motivo.

Me tapo los ojos con las manos.

—Me siento tan estúpida. —Estúpida por pensar que yo era algo más que una acción caritativa para él. Estúpida por todas las veces en que sentí algo por él y estúpida por lo culpable que eso me hacía sentir.

—No eres estúpida —rebate—, solo estás enfadada.

Me aprieto las cuencas de los ojos con las palmas para evitar ponerme a llorar. Enfadada es quedarse corto. Estoy mucho más que enfadada. Muchísimo muchísimo más.

—¿Te apetece hacer algo hoy? —Sonya vuelve a acariciarme el pelo—. ¿Y así te distraes un poco? Le pediré a Jamie que nos deje solas, que te dé un poco de espacio. Así me tienes toda para ti.

Hago un gesto de negación con la cabeza y me doy la vuelta, paso de estar de lado a quedar bocarriba.

—No.

—¿Te apetece quedarte sentada y no hacer nada?

—Tampoco.

—Pues esas eran mis únicas dos opciones —dice.

Me siento y la miro.

—Vete con Jamie. No estoy preparada para hablar con ella todavía, pero tampoco quiero que se sienta como una mala persona.

Se muerde el labio.

—¿Estás segura?

—Sí. —Asiento—. No pasa nada. Vete con tu chica, necesito estar sola.

—Vale —acepta cuando se levanta y se ajusta los pantalones cortos—, pero, para que lo sepas, las dos sois mis chicas.

—Vete con la chica con la que te das besos —digo—. ¿Ahora más claro?

Recoge las llaves de la mesita.

—Sí. Y, para que conste, voy a ver a Jamie solo porque se siente fatal por todo esto y sé cómo se pone. Estoy preocupada.

—No tienes que darme explicaciones. Vete, estoy bien.

Se agacha para darme un abrazo y me aprieta con fuerza.

—Llámame si me necesitas —se despide mientras sale por la puerta. Cuando se cierra tras ella, caigo en la cuenta de que es el primer sábado en meses que paso a solas. Sin Henry. Abro su contacto en el móvil, me trago el nudo de la garganta y lo bloqueo. Esta vez de verdad.

Estoy tan enfadada con él que podría ponerme a golpear cosas. La tristeza que sentí anoche se ha transformado en algo más hostil y agresivo. No estoy triste. No estoy deprimida. Estoy cabreada.

Recuerdo todas esas noches, cuando estudiaba en la universidad, en las que íbamos a la jaula de bateo. Cuando Andy me animaba a batear con más fuerza. Cuando Sam me ayudaba a adoptar la posición correcta, aunque eso no me importara. Lo que quería era sacarlo fuera.

Me levanto del sofá de un salto y desfilo hasta la boca de metro para dirigirme al segundo mejor lugar que se me ocurre después de la jaula de bateo.

La sala de la rabia El Diablo es tal y como suena: un local situado en el barrio de Hell’s Kitchen donde puedes pagar por dar golpes a diestro y siniestro y liarla un poco.

El chico de la recepción pasa mi tarjeta, pago por una hora sola en la sala y me conduce a la trastienda. Me entrega un bate y unas gafas de protección, y me coloca un casco en la cabeza.

Cuando se cierra la puerta de la sala de la rabia y me quedo a solas, durante un segundo no sé qué hacer. Noto el peso del bate en las manos y lo sujeto con más fuerza.

Coloco con cautela una botella de cerveza vacía en la mesa que tengo delante, me pongo las gafas y pienso en cómo me enseñó Sam a batear. Me llevo el bate al hombro, respiro y ¡zas!

Golpeo la botella justo en el centro. Sale volando de la mesa, se estrella contra la pared y se hace añicos.

Me coloco delante de un viejo televisor y trazo una línea con el bate en el centro de la pantalla.

La golpeo una y otra vez, hasta que me quedo sin aliento.

Atizo un flamenco de esos de decoración y lo decapito.

Machaco la mesa con el bate y salen disparados trozos de plástico y madera.

Destrozo un jarrón de cristal, y otro, y otro más, antes de pasar a por una tostadora vieja.

Con cada golpe, noto cómo la adrenalina se dispara por los nervios de todo mi cuerpo y dejo escapar un grito gutural a medida que me desato.

Cuando termino, me quedo plantada en el medio de la sala y estudio el rastro de destrucción que he dejado.

En mi opinión, he hecho un buen trabajo: cada metro cuadrado está cubierto de escombros y me he quedado con un cuerpo al que parece que han extraído toda la ira.

Reventada, depongo el arma. Golpea el suelo con un tintineo metálico.

—Madre mía, qué bien me ha sentado —me susurro. Me tiembla todo el cuerpo. El corazón me late con fuerza contra las costillas mientras recupero el aliento.

Me siento mareada cuando pongo un pie en la calle. Caigo en la cuenta de que la mitad de mi enfado estaba dirigido a Henry y, la otra mitad, a mí misma por haber fallado. Por ser tan ingenua. En el fondo sé que no estoy hecha para volver a enamorarme, así que ¿por qué me lo creí de todos modos?

Otra lección que he aprendido de esta escapada es que ya no necesito a Henry para hacer el Passion Project . Lo puedo hacer yo solita.

Me coloco bien la bolsa de la compra en el hombro mientras subo las cinco plantas hasta el apartamento.

Una gota de sudor se me escurre por el esternón.

Hoy hace tanto calor que me siento como una olla de ramen.

Esta mañana casi no pude ni vestirme y solo pude ponerme un vestido negro de tirantes finos y una pinza en el pelo. Aun así, es mucha ropa.

Me he tirado toda la semana en piloto automático: comer, dormir, ir a trabajar, intentar no pensar en Henry, repetir. Esa es mi nueva normalidad.

Giro la llave en la cerradura y, cuando abro la puerta, me encuentro a Sonya y a Jamie de pie en el salón. Llevo sin hablar con Jamie desde que nos peleamos la semana pasada.

—Hola —saluda con la cabeza agachada cuando me ve entrar.

Tiene los ojos rojos y las pestañas apelmazadas. Coloco la bolsa de la compra en el suelo y me quito las sandalias.

—Hola —digo.

—Lo siento mucho —se disculpa—, no debería haberte mentido.

Tiene una pinta horrible, como si se hubiera pasado toda la semana llorando.

—Tan solo tratabas de ayudar —le digo.

—Es que… —Se toma unos segundos para serenarse y le lanza una mirada a Sonya en busca de apoyo—. Es que sé cómo es, ¿vale? La tristeza. Y el querer a Sonya… me hizo sentirme menos desesperanzada. Deseaba que te pasara lo mismo. Fui una ingenua y una estúpida.

Niego con la cabeza.

—Ya no estoy enfadada contigo, Jamie —le aseguro—. Entiendo por qué lo hiciste.

—Aun así… —Jamie se mira los pies—. No estuvo nada bien.

Sonya nos da a ambas la mano.

—No debimos entrometernos en tu vida —dice—. Lo único que quería es que te quedaras en Nueva York. Nunca le diste una oportunidad de verdad. Y, no sé… pensé que si hubiera un chico igual intentarías encariñarte con la ciudad.

—No pasa nada. —Le aprieto la mano—. ¿Quién puede decir que tiene unas amigas que se esforzarían tantísimo por que se sintiera mejor? Tengo mucha suerte.

—Te queremos —dice Jamie—, tanto como para entrometernos de vez en cuando.

—Lo sé —admito, dándole la mano para formar un círculo—. Yo también os quiero.

Sonya nos rodea con los brazos y nos junta en un abrazo grupal. Me río cuando oigo a Jamie sorberse los mocos.

—Sigo enfadadísima con Henry —confieso en voz baja—, no puedo olvidarlo.

Ninguna responde, así que las dejo abrazarme hasta que tengo tanto calor que ya no puedo soportar más el contacto físico. Me retiro del abrazo y me abanico con la mano.

—Madre mía, qué calor hace aquí —me quejo—. Nada de abrazos grupales hasta que pongamos un aire acondicionado centralizado.

—Sigue soñando con abrazos y aire acondicionado centralizado —dice Sonya al recoger la bolsa de la compra.

Llaman al timbre para entrar al edificio. Sonya da un salto para presionar el botón y dejar pasar.

—He pedido ensaladas de Sweetgreen —informa—. ¿Os apetece almorzar en la azotea y disfrutar del tiempo que hace?

—¿Ahora? —pregunto.

—Sí —responde mientras saca una lechuga de la bolsa—. Jamie guardará la compra y subirá las ensaladas, ¿verdad?

—Claro. —Jamie se encoge de hombros y le quita la lechuga a Sonya para guardarla en la nevera.

—Vamos. —Sonya me empuja hacia la puerta, casi no me da tiempo ni de volverme a poner los zapatos antes de salir al pasillo.

Me conduce escaleras arriba tirando de mí.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Cuando llegamos a lo alto de la escalera y estamos delante de la puerta de la azotea, se detiene y me suelta la mano.

—Perdóname, pero tuve que entrometerme una vez más.

Abre la puerta y, de pie en mitad del jardín de nuestra azotea, aparece Henry.

Un rayo me atraviesa los huesos.

—No. —Me giro de golpe para volverme a la escalera, pero ya me ha cerrado la puerta en la cara.

Y ahora me quedo sola en la azotea con Henry.

Nos miramos fijamente, el sol cae a plomo sobre ambos. Tiene los labios ligeramente separados y la mirada triste. La brisa le agita el cabello despeinado y le pega la ropa al cuerpo. Detesto que me siga afectando.

—Bennet… —Da un paso hacia mí.

Me retiro hacia atrás.

—No.

Se detiene.

—Déjame que te lo explique —dice.

Niego con la cabeza y aprieto la mandíbula.

—No.

—Por favor —ruega.

—Me mentiste —digo—. Te pregunté mil veces por qué me estabas ayudando y me mentiste cada una de ellas.