Capítulo 24 #2
—Hola, Anna —digo, y el estómago me da un vuelco. Seguramente esto tenga algo que ver con el motivo por el que de repente me han pedido que hoy cambiara de puesto—. Acabo de terminar el turno. ¿Necesita algo?
Hace un gesto de desaprobación.
—Toca la sesión de control del período de prueba.
«Mierda».
Compruebo el móvil. Las cuatro y cincuenta y nueve. Ahora el tiempo pasa rápido, cómo no.
—¿Podemos dejarlo para otro momento?
Anna chasquea la lengua.
—Siempre son sorpresa, Bennet. No podemos hacer una excepción con usted.
«Escríbele a Henry. Dile que vas a llegar tarde. Lo entenderá». Abro los mensajes y empiezo a escribir.
Retenida en el trabajo. Espéram…
Cuando voy a pulsar la última tecla, la pantalla se pone en negro. «No». Se me agria la saliva. «No, por Dios, no».
—¿Bennet? —Anna hace clic con el bolígrafo.
Presiono el botón para encender el teléfono con la esperanza de que reviva, pero está muerto.
—Ay, Dios, justo ahora no —murmuro entre dientes, con una súplica. La miro, desesperada—. ¿Me podría dejar su teléfono?
—Señorita Taylor —dice Anna con voz firme y cortante—, necesito realizar la sesión de control en este momento o no podrá trabajar en Carlyle.
«Corre, vete. ¿A quién le importa? Hazlo y ya está, Bennet. Vete».
Pero… no puedo. Si pierdo este trabajo, no me dará para comer. No tendré más remedio que irme de la ciudad.
—Por supuesto —digo—, discúlpeme.
La sigo a una oficina pequeña, donde me hace una serie de preguntas sobre los turnos y mis compañeros.
¿Algún incidente? No. ¿Algún cliente conflictivo?
No. ¿Alguna cita que podría cambiarle la vida y que quizás se haya perdido por el trabajo?
Sí. Luego me lee un informe extenso del encargado de la biblioteca que, gracias a Dios, es positivo.
No hay ningún reloj en la sala, de lo contrario, lo observaría y vería cada segundo pasar. Cada segundo que Henry pasa sentado solo en el bar es pura tortura. Una cruel repetición de nuestra primera cita. Ojalá pudiera decirle por telepatía: «Ya voy, voy para allá».
Al fin, Anna chasquea el bolígrafo y sonríe.
—Todo parece correcto. Buen trabajo.
—Gracias —suspiro y corro hacia la puerta. Me giro y pregunto—: ¿Qué hora es?
Comprueba el reloj que lleva en la muñeca.
—Las cinco y treinta y siete.
Salgo corriendo hacia la estación de metro y acerco el teléfono al lector de la puerta; me doy un golpe en el estómago con el torniquete, que no cede. Claro. No tengo batería en el móvil. No puedo pagar el trayecto así.
«Venga ya».
Salgo pitando al punto de venta e inserto la tarjeta de débito. La máquina la escupe.
En el cartel a mano puesto sobre la máquina se lee Solo efectivo .
La otra máquina acepta mi tarjeta de débito y, después de lo que se me antoja una hora, me entrega una nueva MetroCard.
Paso la tarjeta por el lector y bajo las escaleras volando con el tiempo justo para ver cómo el metro se escapa a toda velocidad y se lleva con él el último rayo de esperanza que tenía de poder llegar al bar antes de que Henry tirase la toalla.
«No, no te rindas». Subo las escaleras a toda prisa y salgo a la concurrida calle, pero no puedo pedir un Uber porque no tengo batería.
Veo un taxi amarillo pasar a toda pastilla por la intersección, sin llegar a detenerse lo suficiente como para que pueda llamarlo.
Madre mía, qué estupidez. Nunca he pedido un taxi y ni siquiera sé cómo hacerlo.
El metro es mi única opción. Bajo de nuevo corriendo, vuelvo a pagar y salgo disparada al andén, rezando por que llegue un tren.
Esperar es una tortura; la idea que tenía de cambiarme de ropa y ponerme el vestido bonito azul o tan siquiera de llegar a tiempo para cenar se va desvaneciendo poco a poco.
Nunca he sentido el tiempo pasar tan lento.
En la vida. Cuando llega un tren, son las seis y cuarto y ya voy cuarenta y cinco minutos tarde.
Me catapulto al vagón y espero que Henry no haya tirado la toalla conmigo.
El vestido azul de Sonya está en la bolsa, arrugado. El maquillaje que me ha hecho se ha corrido. Me da igual.
«Tú céntrate en llegar».
El tren avanza a paso de tortuga hasta la calle Delancey. Salgo zumbando de la boca de metro, me falta poco para atropellar a la gente que se cruza en mi camino. Me duelen los pulmones y tengo la frente chorreando de sudor.
Abro la puerta de Rosencrantz & Guildenstern y avanzo directa a la barra.
Ni rastro de Henry.
Vago por el comedor y compruebo todas las mesas, por si estuviera en alguna. Aquí no está. No está por ninguna parte.
Cruzo la calle hacia el restaurante L’italiano. Seguro que está allí, como la última vez.
Agarro el tirador de la puerta y respiro hondo. Sin embargo, cuando veo quién hay sentado en el bar, me desconcierto. No es Henry. De hecho, es una de las personas que menos me esperaba.
—¿Jamie?
Cuando me ve, se pone de pie de un salto.
—¡Bennet! ¿Dónde estabas? Te he estado llamando.
—Me retuvieron en el trabajo y me quedé sin batería. ¿Está Henry por aquí?
Miro hacia el comedor, compruebo todas las mesas.
—No. Sarah dijo que se pasó por aquí cuando no te presentaste, pero se fue.
—¡Ah! ¡Sarah! —Me acerco a la barra y la veo sacando brillo a unas copas—. ¿Tienes el número de Henry en el teléfono?
Me lanza una mirada con cara de pocos amigos mientras frota el borde de una copa.
—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a dejarlo plantado?
—No era mi intención —me excuso—. Me retuvieron en el trabajo y el tren iba más lento que el caballo del malo.
—¿Por qué no le preguntas a Jamie? Como fue ella quien le pidió que saliera contigo desde el principio… —dice.
Jamie apuñala a Sarah con la mirada.
Niego con la cabeza.
—Sonya se lo encontró en una app de citas. Jamie no tuvo nada que ver.
—¿De verdad te crees que es una coincidencia que Jamie trabajara en el mismo restaurante que el tío con el que te emparejó su novia? —Sarah ladea la cabeza.
—Sarah, basta ya —la interrumpe Jamie.